Eugenia de Montijo, qué pena, pena, que
 te vayas de España para ser Reina.
Por las lises de Francia, Granada dejas, y
 las aguas del Darro por las del Sena.
Eugenia de Montijo, qué pena, pena...

Así fue como sonó la copla cuando el 30 de enero de 1853 Eugenia de Montijo se convertía en Emperatriz de los Franceses tras dar el sí quiero a Napoleón III en Notre Dame de París, llevando el velo que María Antonieta lució en su boda, quizás aquello fue ya una señal del destino, pero ese día era distinto. Aquel día París amaneció con gritos de a favor del II Imperio y con un cielo radiante,  la joven novia dijo al emperador sonriendo : -Es España que me envia el sol de Granada.

Y ahora este 11 de julio justo a las 8:00 am de este 2020 se han cumplido ya 100 años del fallecimiento de la última soberana de Francia y de la última jefe de estado galo. Porque después de la caída del Imperio en 1870 no hubo más dinastías y  ninguna mujer volvió a gobernar Francia.

Desde entonces y en la actual y V República Francesa la mujer del jefe de estado es solo la Primera Dama, pero todos han sido presidentes, y sin embargo olvidan que ese cargo nació en 1848 con Luis Napoleón Bonaparte, luego Napoleón III. Es un mito que el cargo de Presidente existiera desde 1792 cuando se proclamó la I República Francesa, surgida además de las matanzas de Septiembre y del asalto a las Tullerías que forzaron el destronamiento de Luis XVI.

Eugenia de Montijo ha sido víctima de una leyenda negra en estos 150 años, desde la caída del II Imperio su figura estuvo asociada a la de María Antonieta. Ella era la Austriaca y Eugenia la Española y así era como gritaban cuando huyó de París tras el desastre de la Batalla de Sedán ¡Muerte a la Española! Y sin embargo la culpa de que el Imperio cayera no fue suya. Aún así Eugenia aceptó su destino con resignación y jamás se rebajó a sus calumniadores, ni siquiera para defenderse.

En sus 18 años como Emperatriz jugó un antes y un después en la historia de la Francia actual. Cuando llegó París era un alcantarilla y gracias a ella, a su esposo y al Barón Haussman hoy París es la ciudad de la luz. Eugenia financió así mismo a Louis Pasteur en sus investigaciones  para la vacuna contra la rabia y abogó por el sufragio femenino, aunque por desgracia el Senado no lo aprobó, y no fue hasta 1946 cuando las mujeres votaron en Francia por primera vez, pero si consiguió que estas fueran a la universidad y gracias a ella Julie-Victoire Daubié consiguió su diploma en maestría, Madeleine Brés se graduó en la Facultad de Medicina y la pintora Rosa Bonheur fue condecorada por la Legión de Honor Femenina que la propia Eugenia creó. Mismamente intentó sin éxito que la escritora George Sand fuera la primera mujer en ser admitida en la Academia Francesa.

En el plano artístico y literario la Emperatriz protegió a Charles Baudelaire y a Gustave Flaubert cuando el sector conservador y la iglesia atacaron sus obras, y aunque católica, Eugenia nunca fue intransigente y en 1863 no mostró reparo alguno en que la obra Almuerzo sobre la hierba de Manet en la que hay un desnudo femenino, se expusiera en el Louvre.

Cuando ejerció de Regente no se dejó engatuzar por aquellos que la subestimaron y como jefe de estado en funciones cumplió con el cargo de esposa del Emperador, incluso en los últimos días del Imperio estuvo dispuesta a morir luchando pero le aconsejaron no acabar como Luis XVI y fue entonces cuando abandonó París.

Sin ser ya la Emperatriz, desterrada y viuda,  Eugenia mantuvo una coraza de hierro hasta el final, pero la vida se apagó definitivamente para ella cuando perdió a su único hijo en 1879 al morir este asesinado por los Zulúes en Sudáfrica. En la década de 1880 el gobierno francés le permitió residir de nuevo en Francia, siempre que no mostrara sus ideas en público.

A partir de ese momento viajaría de un sitio a otro, tratando de consolar el dolor. En 1910 visitó el antiguo palacio de Compiègne, su residencia de verano y museo ahora, y le permitieron quedarse en la habitación de su hijo al reconocerla, pese a ir de luto y tapada con un espeso velo. Por un breve momento la Emperatriz volvió a ser la Emperatriz y los recuerdos felices cobraron vida de nuevo.

Y he aquí algo que nadie sabrá, o que muy pocos saben,  y es ya acercándonos al final de su vida cuando tanto su esposo como su hijo habían muerto hacía más de 40 años. Es el año 1918 y Francia ha derrotado a Alemania en la I Guerra Mundial, todos lo celebran, incluso la Emperatriz, pero esta jugará su último papel político aún. Eugenia ha sabido que en el Tratado de Versalles no se incluirá la devolución de Alsacia y Lorena, ocupadas desde 1871 por Alemania, pero en su poder hay una carta del Emperador Guillermo I, escrita hace 47 años,  en la cual él le respondía que Alsacia y Lorena serían ocupadas como zona estratégica para Alemania cuando Eugenia le había escrito otra carta en la que le decía que no tenían derecho a ocupar territorio francés. Esa carta es enviada con otra de la Emperatriz al Primer Ministro Georges Clemenceau en la que le dice que por favor Francia debe incluir en el Tratado de Versalles la devolución de Alsacia y Lorena, es una prueba de oro y de justicia histórica.

Clemenceau, llamado el Viejo Tigre, republicano, ateo y enemigo de todas las monarquías se sorprende al saber que esa mujer cuyo pasado él detesta aún siga viva, pues muchos la creían muerta hacía tiempo. Al leer las dos cartas responderá: -¿Pero en qué se mete la vieja esta?

Y sin embargo la devolución de esas dos provincias francesas se añaden al Tratado de Versalles y el Primer Ministro tendrá la honestidad de darle las gracias a esa vieja como la ha llamado.

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-De vivir mi amado hijo hoy estaría muy feliz: Respondió la emperatriz al saber que Alsacia y Lorena vuelven a ser de Francia.

Desde hace casi 50 años la exiliada vive en la mansión de Farnborough Hill, Inglaterra, y cerca se encuentra el Mausoleo Imperial que desde 1881 alberga los restos del Emperador y el Príncipe Imperial. Tras las fiestas por la victoria y el desfile aliado, en el cual ha asistido y ha sido además condecorada por Jorge V con la Cruz del Imperio Británico por sus servicios como enfermera durante la guerra, Eugenia baja las escaleras hasta la cripta, llevando en sus manos dos tratados. El de 1871 con Francia derrotada y el de 1919 con Francia como ganadora, se ha hecho justicia y se los enseña a las tumbas de sus seres queridos con una sonrisa absoluta.

1920 en el Palacio de Liria, Madrid, residencia de su sobrino, el Duque de Alba.  Con 94 años está casi ciega y sin embargo su mente está sana  y llena de recuerdos. El Doctor Carraque tiene a bien operarla y la ancianita recupera la vista, ve como una niña y está feliz y decide estrenarse leyendo su amado Don Quijote y trazando un Viva España con una excelente caligrafía. Se siente de tan buen humor que tiene pensado volver a Inglaterra para el 14 de julio.

11 de Julio de 1920. Siente frío al despertarse a las 8:00 am y con absoluta paz dice: -Ha llegado la hora de que me vaya. Esto se acaba.

94 años de vida, 27 como Grande de España, 18 como Emperatriz de los Franceses y 50 de exilio. Ha sido una vida larga y dichosa y a su vez trágica, pero ella misma respondió en cierta ocasión que había sido una mujer muy feliz.

España e Inglaterra le rinden funerales y honores de estado y la bandera de Francia y España cubren su ataúd. Francia se niega a rendirle cualquier tipo de homenaje, pero aún así muchos acuden a París a despedirla cuando el tren que la lleva a su última morada hace parada en la capital francesa.

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Los restos de la última gran soberana de Francia reposan en tierra extraña, al lado de su esposo e hijo en la Cripta de  Farnborough Hill y los peregrinos Bonapartistas visitan sus tumbas en cada aniversario. En pleno 2020 es triste ver que no descansan en Les Invalides al lado de los dos primeros Napoleón. Sin duda alguna, la última Emperatriz de los Franceses todavía no ha dicho su última palabra. En este día 11 de Julio en la Iglesia de Saint-Louis, en Vichy, su recuerdo es honrado por aquellos, que con el paso de los tiempos, aplaudieron sus servicios a los ideales de Napoleón que en sí son también los del pueblo francés.

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