Capella de Ministrers publica el disco ‘Cantigas de Santa María’ para celebrar el 800 aniversario de Alfonso X el Sabio, el Xacobeo y el X Early Music Morella en 2021

Capella de Ministrers publica el disco ‘Cantigas de Santa María’ para celebrar el 800 aniversario de Alfonso X el Sabio, el Xacobeo y el X Early Music Morella en 2021

Capella de Ministrers ha publicado Cantigas de Santa María de Alfonso X el Sabio (Toledo, 1221 – Sevilla, 1284), un disco en el que aborda la conocida obra del rey de Castilla, de León y otros reinos de la época como Murcia y Sevilla. Las obras recopiladas en este disco corresponden a diversas grabaciones: El Grial, La Ruta de la Seda, Ramon Llull, Moresca, Musica Angelica y Lamento di Tristano con las que conmemora el 800 aniversario del monarca, el Año Santo Xacobeo y la décima edición de Early Music Morella.

Carles Magraner, director de Capella de Ministrers, reúne en la grabación, que incluye 19 cantigas, un repertorio para celebrar las tres efemérides que confluyen en el año 2021. El trabajo discográfico es el número 62 de una formación de música histórica de referencia con 34 años de presencia en el panorama internacional.

El gran proyecto del Alfonso X el Sabio, que dio un gran impulso al conocimiento en el siglo XIII, fueron las Cantigas de Santa María, que se convirtieron “en una de las aportaciones más importantes al mundo de la cultura en el Medioevo tardío”, tal y como expone Maricarmen Gómez Muntané (Universidad Autónoma de Barcelona) en el libreto del disco, donde apunta
a que “el círculo de responsables de la redacción de las Cantigas debió ser reducido, si bien formado por trovadores gallego-portugueses con la obligada colaboración de expertos en el arte de la escritura musical, al ir escritas mediante un sistema de notación que permite su interpretación rítmica, sin que existan precedentes en este sentido en todo el suelo hispano”.

La forma de plasmar por escrito el ritmo musical es atribuible a la escuela parisina de Notre Dame hacia el año 1200, con lo cual tres o cuatro décadas después seguía siendo una novedad casi en todas partes. Ello convierte a las Cantigas de Santa María en una obra de vanguardia de su época, un proyecto al que el monarca dio un impulso definitivo hasta convertirlo en una colección que supera las cuatrocientas piezas.

Una cuestión abierta al debate es en qué medida intervinieron los juglares en la interpretación de las Cantigas ya que no existe ninguna indicación en los manuscritos al respecto. Lo que es evidente para Gómez Muntané “es que su acompañamiento o incluso su versión instrumental resulta de gran atractivo para el oyente, a lo que invita la estructura poético-musical y en particular las de milagros, que con un número de coplas variable atiende en su práctica totalidad a la forma virelay”.

El Museo Mayte Spínola de Marmolejo acoge el Primer Premio Pintor Jofra 2020

El Museo Mayte Spínola de Marmolejo acoge el Primer Premio Pintor Jofra 2020

El Museo Mayte Spínola en Marmolejo ha acogido el Primer Premio Pintor Jofra 2020, del que Ana Sánchez se ha llevado el primer premio.

Los otros ganadores han sido Castillejo Ramírez, segundo premio y Juan Porras Funes, tercer premio.

Este acto ha sido organizado por el Exclmo. Ayuntamiento de Marmolejo, con Manuel Lozano como alcalde, quien se dirigió a los artistas acompañado de la concejala de Turismo Pilar Lara y Rafael Valdivia, concejal de Cultura.

Primer premio Pintor Jofra 2020

Miembros del Jurado

-Presidenta: Mayte Spínola, artista plástica, mecenas y fundadora y promotora del MAC “Mayte Spínola”
-Archiduque Andrés-Salvador Habsburgo Lorena
-Antonio Campos, pintor y finalista de ediciones anteriores
-María José Bolívar, pintora y finalista en la edición del año pasado
-Manuela Picó del Grupo ProArte y Cultura
-Juan Díaz y Dolores Díaz, hijos de JOFRA y artistas plásticos
-Antonio Lara y María Sorroche, técnicos de cultura.

África en el umbral crítico del COVID-19 (II)

África en el umbral crítico del COVID-19 (II)

En estos días de pospandemia con rebrotes amplificados exponencialmente y aperturas de fronteras y vuelos internacionales desde Europa, Asia, Oceanía y América y la coronacrisis en el continente más pobre, se reavivan los puntos de vista más trágicos que arroja datos estremecedores. Algo así, como una especie de apocalipsis podría arrasar esta amplísima superficie, con hospitales abrumados, sin apenas respiradores y capacidades de gestión que en pleno siglo XXI se impugnan.

En un ejercicio de ironía sin precedentes, el Fondo Monetario Internacional, FMI, demanda a los donantes que se vuelquen en estos servicios sanitarios inestables, que él mismo favoreció para dilapidar. Científicos galos insinúan a todas luces, que este espacio geográfico vuelva a ser el cobaya de farmacéuticas occidentales; si bien, la Organización Mundial de la Salud, OMS, sale al paso considerándolo de discriminación inadmisible.

Sin embargo, el organismo internacional hace suyos los pronósticos más tenebrosos de hasta 10 millones de casos del SARS-CoV-2, en los seis meses posteriores al Sur del Sáhara.

Continuando la estela del texto anterior, en efecto, África clama, pero no lo hace únicamente con lamentos y abatimientos añadidos por el escenario epidemiológico del COVID-19, sino también, con lecciones y asignaturas pendientes que, ante todo, merecen ser atendidas: visiblemente devastada, desprovista y angustiosamente dependiente de terceros, es la historia que como siempre se repite.

Una instantánea que muestra la desprotección en la que se halla África, nos indica, que la inmensa mayoría de las poblaciones africanas cuentan con sistemas sanitarios atenuados y el conocimiento ante una pandemia de la categoría del coronavirus, es prácticamente inexistente; hasta el punto, que algunos estados ni siquiera cuentan con kits de detección.

Una situación que enrarece los enfoques, porque las medidas de higiene como el lavado habitual de manos, es uno de los dispositivos esenciales para aplacar el aumento de contagios y romper la cadena de propagación del virus.

Es indudable, que el patógeno avanza inexorablemente de manera incesante, pero más parsimonioso a lo presentido. Aquí, donde el distanciamiento social es inaplicable y numerosas inoculaciones estarían pasando desapercibidas por la carencia de test masivos. Con lo cual, merece la pena interpelarse sobre la coyuntura epidemial, qué ha operado hasta ahora y cuáles serían los probables entornos que se ciernen en África.

Los elementos climatológicos, demográficos, socio-económicos y políticos podrían fundamentarlo. Pocas certezas en estos intervalos de indudable perplejidad y muchas sospechas.

Para descifrar este hecho, los analistas se apoyan en dos posibles hipótesis: la primera, las administraciones africanas sabedoras de sus inconsistentes sistemas de salud, se coordinaron antes que otros países occidentales; y, segundo, la anomalía en los recursos para hacer test, con informes deficientes y tasas de realización de pruebas muy bajas, no aclaran el número real de infectados que existen.

Un ejemplo que ratifica lo expuesto ocurre en Nigeria. En esta nación se identificaron a más de 200 individuos que habían permanecido en contacto directo con el viajero italiano que reportó el primer episodio confirmado. Unos días después, sólo se realizaron las pruebas a 33 personas de las implicadas.

El primer portador del microorganismo localizado en África recayó en un ciudadano chino en Egipto, el 14 de febrero; o lo que es igual, el 31 de enero, dos semanas más tarde que España anunciara sus primeros positivos. En África Subsahariana, el primer caso se emitió el 28 de febrero en Nigeria. Desde esa jornada, la variación en los contagios ha sido vertiginosa, hicieron falta 16 días para rebasar los 100 casos y otros 10 para alcanzar los 1.000. El 9 de marzo había cinco países infectados; transcurrieron 10 días cuando se pasó a los 34.

A día de hoy, la intensificación exponencial que arroja el coronavirus en África habría sido peor, si los Gobiernos no hubieran reaccionado con premura. Habiéndose ralentizado su diseminación, al menos a juzgar por las reseñas concernientes a un virus cuya magnitud es compleja de evaluar.

Ya, desde enero, estas naciones y su principal organización supranacional, la Unión Africana, UA, han hecho un esfuerzo importante para coordinarse y diagnosticar el SARS-VoV-2 en 46 territorios.

Un continente en el que un 89% de las ocupaciones se encuadran en el sector informal, con la resultante privación de subsidios de desempleo, enfermedad o jubilación, muchas de estas gentes han debido de conformarse con normas alternativas a la cuarentena absoluta: consecuencia del inconveniente de confinar a una persona que no puede sobrevivir, si no sale de su casa para empeñarse en los menesteres que le atañen.

No obstante, no debe pasarse por alto la degradación de los derechos humanos, la insatisfacción social y las derivas autoritarias en zonas como Kenia, Malawi, Zambia, Uganda, Sudáfrica o Nigeria, que no cambian el rostro depravado de quiénes tienen en sus manos la injusticia más perversa.

El presumible debilitamiento del COVID-19 en la calidez climática o la apreciación comparativamente inferior de viajes y turismo, representan la posición periférica de África dentro del orden mundial.

Matices que esclarecen el desenvolvimiento lineal y no exponencial advertido, desenmascaran la escasez de sistemas validos de detección, la prevalencia de mortandad referente a otras afecciones o la priorización de procedimientos sanitarios tradicionales.

A corto plazo, una de las derivaciones de la pandemia es la acentuación del desequilibrio alimentario, con turbulencias en la cadena de suministro que podrían ser catastróficas. África, se verá intensamente dañada por ser la demarcación importadora neta de géneros agrícolas y alimentarios: si la economía no se regula, posiblemente, se torne en una grave crisis que trascendería en la paz y seguridad.

Allende a las resultantes sanitarias que percuten, el contexto endémico haría caer en la extrema pobreza a 50 millones de africanos, como lo postula el Banco Africano de Desarrollo, BAD, en un informe editado recientemente en su apartado ‘Perspectivas económicas en África’. Las suposiciones contrastan, que en 2020 un tercio de los africanos, o séase, 425 millones de personas, vivirán supeditadas con menos de 1,90 dólares al día. Pero, la repercusión de la infección empeorará el curso.

Mismamente y yuxtapuesta a la ingente incertidumbre reinante, una segunda oleada de langosta aguarda a África Oriental. Calculándose que su incidencia rondaría en torno a veinte veces más aguda, que la que en febrero sobresaltó a ocho estados de la comarca. La conjunción de estas causas constituye un desafío en toda regla para la manutención y los medios de subsistencia en el Cuerno de África.

En cuanto a la objeción obligada, la Organización de las Naciones Unidas, ONU, señala, que es crucial dar preferencia a la agricultura, para lo cual, debe despejarse la incógnita como una parte crítica no subordinada a pausas articuladas con compases en la lucha del coronavirus. Además, para asegurar la seguridad alimentaria, es preciso defender los corredores de alimentos y respaldar a los agricultores para que no se produzcan paralizaciones en la distribución.

A ello hay que ensamblar, la deferencia de las comarcas y comunidades donde las dificultades por momentos crecen, robusteciendo los sistemas de protección social y protegiendo la llegada a los alimentos a los grupos más desamparados, fundamentalmente, las niñas y niños, como las mujeres embarazadas, los ancianos y otros colectivos vulnerables.

Actualmente, los formuladores de políticas africanas afrontan un dilema cuando se trata del virus: al anhelo de impedir que el COVID-19 se instale a sus anchas, varios países africanos aglutinan una experiencia denodada en la conducción de brotes de enfermedades contagiosas.

La instauración del Centro Africano para el Control y Prevención de Enfermedades, por sus siglas, CDC, enfatiza que en los últimos años la posición en la salud pública se ha reforzado ampliamente.

Pero los engranajes para rastrear, tratar y confinar difieren bastante, principalmente, entre los residentes en fronteras permeables y deficientemente inspeccionadas, donde es dificultoso la observación continuada del padecimiento a nivel nacional.

Los portadores iniciales ya están establecidos en numerosos sectores, pero la penuria en la praxis de las pruebas, hace que sea trabajoso conocer la dimensión íntegra de la transmisión.

La escasa o nula aclaración sobre el patógeno denota que no se sabe con exactitud las cifras de asintomáticos o leves y, aún menos, las particularidades en que pudiese estar influenciado por la topografía y demografía de África.

Para armar en el sentido de la expresión este universo de inopia, carestía y ahogo en su batalla particular contra el SARS-CoV-2, la Unión Europea, UE, ha promovido un puente aéreo humanitario con tres vuelos procedentes de Italia con rumbo a Somalia, destinando 42 toneladas de ayuda.

De lo analizado hasta ahora, la simbiosis investigación, desarrollo e innovación, nociones interrelacionadas e indispensables en la era pre-covid, se hacen imperativas en el panorama que nos precede.

Un simple antecedente lo esquematiza todo: únicamente el 0.1% de las patentes mundiales gravitan en inversiones africanas. Queda claro, que las capacidades continúan, pero las eventualidades se resisten.

Cientos de pensadores y estudiosos han reclamado más inversión y coherencia en las actividades orientadas a la obtención de nuevos conocimientos, como método inapelable para vencer esta difícil realidad. Compitiendo categóricamente para intensificar la ciencia africana, pero, no como un área de investigaciones europeas, chinas o norteamericanas al puro estilo de acaparamiento o laboratorio de pruebas, sino por la estimación del conocimiento local y la ampliación de recursos designados a la ciencia para en y desde África.

Indudablemente, todo ello, presumiría la plasmación de proyectos de investigación sobre este continente, colaboración y liderazgo de entidades africanas en iniciativas investigadoras y la contribución de estos mismos entes en presentaciones internacionales.

Igualmente, abarcaría a medio y largo plazo la descongestión del conocimiento, no más lejos de los principales núcleos en Kenia, Nigeria o Sudáfrica como el más avanzado, para no adolecer los discursos asimétricos internos. Sin inmiscuirse y como proposición de mínimos, debería concederse la movilidad africana, inhabilitada a explorar los encuentros académicos en Europa por las limitaciones migratorias vigentes. Obviamente, nada de lo anterior entrañaría comenzar de cero, sino promocionar e incrementar sugerencias asentadas y reconfigurar percepciones discordantes entre el Norte y Sur. La UA tiene que desarrollar con más amplitud decisiones panafricanas en la línea del CDC, fundado en 2016 tras la irrupción de la epidemia del ébola.

En esta tesitura, los valedores preferentes de la UA, particularmente la UE, ha de abandonar la oratoria y conquistar la acción.

De esta forma, si algunos dirigentes europeos desean desprenderse de las dinámicas acomodadas, han de apostar por el impulso de la investigación en África, entendiendo que irrefutablemente ésta será la única senda para la superación.

En este aspecto, derrotar la afrenta del ‘pesimismo versus optimismo’, que encubre criterios paternalistas y egocéntricos, para acomodarse en visiones de realismo y reforzar la ciencia africana en cualesquiera de sus disciplinas y aproximaciones.

Así, abarcando desde las ciencias naturales hasta las matemáticas, economía o ciencias sociales, sin desmerecer las perspectivas más pospuestas del positivismo y el neoliberalismo que tengan en cuenta el conocimiento local, frecuentemente encuadrado en guías diferentes a las dadas por Occidente.

En otras palabas: los síntomas y destellos que se entretejen, prevén que África digerirá arduamente secuelas sanitarias y, sobre todo, económicas derivadas del coronavirus. Sin lugar a dudas, es predecible por la clase dependiente del continente, como por sus economías uniformes y carentes de variantes y heterogéneas para aportar diversidad y sujeción en la exportación de materias primas.

Y es que, el muestreo estratificado de los más frágiles, previsiblemente sufrirá los inconvenientes de manera más puntiaguda, ya sea en áreas deprimidas de las grandes ciudades o en el calamitoso Sahel, donde se atisba un trance alimenticio de gran volumen que acabará perturbando los campos de refugiados y migrantes de la región.

Ante esto, la ciencia debe permitirnos ratificar los cálculos, ahondar en los peros y los contras de estas anomalías y facilitar la anticipación pertinente con las soluciones en los epicentros que se confirman.

Esta crisis puede ensancharse como una instantánea de establecimiento y agravamiento del conjunto poblacional, donde sucumban los de siempre o, por el contrario, y gracias a la investigación, se advierta como una rendija de oportunidades que proporcionen indicios originales, creativos y minuciosos, diversificados a los ya consabidos y que volteen la evidencia contemporánea o futura.

Sin más, es así, como puede prevenirse que, en África, no se reproduzca el enredo letal que en un sinnúmero de ocasiones nunca debería haber ocurrido.

En definitiva, dada la lasitud de los sistemas de salud de diversos estados en vías de desarrollo, el COVID-19 podría amasar efectos demoledores. La circunstancia que África se enfrente a la pandemia en la casuística virulenta a como lo están haciendo Europa, Asia o América, inquieta a las organizaciones no gubernamentales, ONG y a los organismos internacionales.

Dicho esto, cuántas medidas, remedios y circunspecciones se están siguiendo, o al menos, eso parece, África, sostiene una necesidad perceptible de demandas humanas y materiales, así como infinitas trabas de acercamiento a los servicios básicos en numerosísimos territorios.

Un espectro de entresijos al que se añaden los sistemas sanitarios aminorados, paupérrimas instalaciones y un déficit de componentes y experiencia en la localización de un virus como el SARS-CoV-2, que irremediablemente nos reporta a la disyuntiva con que se saldó el ébola, sobrevenido entre 2014 y 2016, respectivamente, y que ha quedado entre las páginas oscuras de la historia como el mayor brote epidemiológico.

Por aquel entonces, en diciembre de 2013, con un foco en Guinea Ecuatorial, la plaga se explayó velozmente a Liberia, Sierra Leona, Nigeria, Senegal, Mali, Estados Unidos, España y Reino Unido. Sus resultados se descifraron en 11.300 fallecidos y más de 28.000 infectados.

Hoy, nadie esconde los miedos que se incrementan en la totalidad de la malla africana, ante el escepticismo si proliferará el virus con la malignidad que lo está perpetrando en otros puntos conocidos del planeta. Seis meses han transcurrido desde que la OMS recogiera el testigo de China con lo que estaría por llegar y extenderse hasta la fecha por 188 países. La cifra provisional alcanza 17.295.538 personas en cuanto al volumen de infectados y 673.171 óbitos por esta desdicha.

Es innegable que se han realizado importantes avances y se trabaja a destajo para desarrollar una vacuna, pero el patógeno ha traspasado fronteras como un tsunami imparable, prosperando por doquier hasta instalarse en África.

La demora habida en esta planicie, hace sopesar que la prolongación del virus podría encontrarse en un estadio anterior de su evolución con respecto al resto. Mientras, en Europa y las regiones inicialmente sacudidas, como China y Corea del Sur, sus sobresaltos subyacen en los rebrotes y previsibles oleadas.

La insuficiencia de datos fiables merma a numerosas naciones africanas y algunos Gobiernos son remisos a identificar epidemias, o mostrar sus sistemas de salud en precario al reconocimiento externo. Aun admitiendo el uso de mascarillas, es insalvable que los hospitales terminen en estado de shock.

Pero, si algo hemos aprendido en este tiempo recorrido con el lastre económico y social que todavía objetamos, es que este virus no entiende de fronteras y la mirada global es tan valiosa como la nacional: compartir información es imprescindible para encarar las debilidades y fortalezas de África, que no silencia su pobreza y los conflictos armados que la encadenan.

Las vidas que el virus no podrá borrar

Las vidas que el virus no podrá borrar

Al margen de las desangeladas estadísticas en la cuantificación de óbitos habidos en España por la pandemia del SARS-CoV-2 que estamos padeciendo, existen personas con nombres y apellidos y un relato memorable al que le acompaña una biografía que merece ser evocada en el Patio de la Armería del Palacio Real.

Muchos familiares de los difuntos en un mar de consternación, no han podido darles si quiera, el definitivo adiós y el postrero abrazo, como consecuencia de las restricciones sanitarias aplicadas para detener la propagación. Sus seres queridos, abrumados por las sombrías circunstancias a llorarlos en soledad, les queda el bálsamo de la memoria indeleble. Sumándonos a este duelo para aliviarlos en un homenaje a los compatriotas que el virus nos ha arrebatado.

Hoy, el propósito legítimo de este reconocimiento es doble: que los finados no se queden en una mera cantidad, o en un dígito que agigante el registro de uno de los más apesadumbrados recuentos de la historia reciente de este país; y, por otro, que la sociedad en su conjunto se sume a este dolor, arropando a los allegados de las víctimas y contando con el afecto y la condolencia de sus conciudadanos.

Son por miles las almas esperanzadas que nos escrutan desde el cielo y nos evocan a un pretérito que permanece vivo entre nosotros: hombres y mujeres de distintas edades, procedencias y de toda índole que han perecido directamente o han sido sospechosas de padecer el coronavirus, pero, sobre todo, el patógeno se ha cebado con el colectivo más vulnerable, nuestros mayores.

No olvidemos de estos trechos brumosos, que se nos despojó de cualquier resquicio en ver plasmado algún rito social en torno a la agonía final: las horas angustiosas del velatorio, recibir abrazos de pésame o el sepelio e incineración con los parientes.

Por lo tanto, no se trata únicamente de lo que se genera detrás de la muerte, sino antes. Todas y todos, tenemos derecho a sentirnos asistidos por alguien de nuestro entorno afectivo; además, de ser prevenidos que nos apagamos y que las personas más cercanas conozcan cómo nos encontramos, no estando aislados y ni mucho menos, sin las condiciones paliativas mínimas.

Cuando no se produce una defunción en las realidades que creemos dignas, también le sustraemos valor a las vidas de esas personas. Una cuestión que, hoy por hoy, en mayor o menor intensidad, percibimos en los planteamientos que desvalorizan el sentir de los fallecidos.

Es más, en infinidad de oportunidades hemos podido escuchar máximas como: ¡Ah, pero tenía patologías previas!, o ¡es que ya tenía 85 años! Adentrarnos en el inmenso calvario que ha aglutinado el escenario epidemiológico, como otorgarles el lugar que merecen y reivindicar que nunca más vuelva a repetirse, forma parte de la compleja labor que es asumir socialmente el suplicio ante la muerte y reparar la pérdida súbita.

Una tarea que no puede desunirse del deber de hallar una narrativa consonante para este tormento, porque actúa en los marcos mentales y de valor, que engrandecen o desestiman las vidas de las víctimas y, que, en definitiva, aportan o ciegan la concordia y la comprensión de los demás.

Lo que aquí subyace es la evocación y el abatimiento: el daño, la pena y la rabia contenida. Es así como tintinea esta melodía dramática. Todo combinado en un caleidoscopio emocional que es la lava del luto individual y colectivo: con ese tiento suave de vuestras manos, la mirada compasiva que transfiere la distancia, la fragancia de los cabellos y la enseñanza imperecedera que nos habéis transmitido.

Ahora nos queda la humanidad en el recuerdo y las lágrimas derramadas, con el lamento conjugado del porqué os habéis marchado inesperadamente. De ahí, que para hacer frente a un duelo de estas peculiaridades, primeramente, es preciso aceptar la coyuntura de la verdad.

En otras palabras: la severidad sobrecogedora y el desierto de los datos constatados y los que aún permanecen en el anonimato, con el riesgo que jamás salgan a la luz. Como, del mismo modo, no debería exceptuarse la dimensión religiosa que, sobre todo, en su vertiente católica, comparten la amplia mayoría de los afectados.

Antes de este matiz, queda otro que es indiscutible: la imposibilidad orgánica de sostener el proceso homeostático y su dignidad, más cuando se ha originado un aluvión de contextos traumáticos en los momentos concluyentes de estas personas, por la incomunicación afrontada antes del tránsito final.

La primera expresión de reflexión, irreparablemente, pasa por conocer nominalmente a todos los extintos por el COVID-19. Desde entonces, luctuosamente debemos referirnos a 28.420 decesos y a un volumen de infectados de 260.255 en el cómputo general de España. De alguna manera, la epidemia ha trazado una línea equidistante entre todos.

Visto desde otro prisma, en las dos caras de una misma moneda, figurarían aquellos para quienes el coronavirus sigue siendo un desafío en toda regla, resultándonos más o menos, temible y soporífero, pero sin comprometernos a un estropicio en los quehaceres cotidianos, al que en alguna ocasión retornaremos a la normalidad. Y esta situación nos hace bromear sobre las adversidades de amoldarnos a medios desconocidos, aunque sea para conservar el estado anímico en lo más alto.

Inversamente, en la otra cara, brillan como luceros en el firmamento, las personas que atrozmente la afección se ha llevaba en cuestión de horas; con el añadido del desgarro emocional para los más próximos a los restos mortales, ante unas honras fúnebres que prácticamente no existieron.

Obviamente, sin posibilidad de redimir su existencia anterior a lo que estaría por sobrevenir, se sienten aprisionados en un sueño tenebroso y tétrico: condenados a no intercambiar unas últimas palabras o miradas cómplices y, sin el desahogo del llanto y los abrazos compartidos.

Con estos mimbres, este pasaje pretende hacer un reconocimiento especial a todos los que se han ausentado para siempre, acompañando en el espíritu a sus familiares, y para quienes esta calamidad no es exclusivamente una materia de números vacíos con nombres que sin clemencia deshumanizan un drama.

Suele afirmarse que cuando anhelamos mirar atrás, estamos haciendo memoria. El término concreta un aspecto indispensable en la naturaleza de los recuerdos: su constante necesidad de preservarlo. La memoria, valga la redundancia, es un edificio común en el que es imperativo combatir contra el tiempo que transita inexorable; confiriendo la voz a los que quisieron poner rostro al sufrimiento resistido.

Esta crisis epidemiológica nos ha dejado recónditas cicatrices y ha socavado la topografía nacional de oquedades que los recuerdos están prestos a rellenar. Según las deducciones preliminares del primer registro clínico nacional multicéntrico, sobre este padecimiento que ha materializado la Sociedad Española de Medicina Interna, por sus siglas, SEMI, uno de cada tres enfermos hospitalizados por el SARS.CoV-2, desarrolló importantes dificultades respiratorias y uno de cada cinco, finalmente murió.

Estamos refiriéndonos a un estudio que refunde antecedentes de 12.213 individuos dados de alta o fallecidos y en el que han colaborado 604 analistas de 146 centros sanitarios de las Comunidades Autónomas.

La investigación ratifica, como se había hecho ostensible, que la amenaza del virus está vinculada con las franjas de edad: más de la mitad de los excesos de mortandad se produjeron entre las personas de más de 90 años; asimismo, el 42,5% entre los mayores de 80 y un 25%, abarcaría el percentil encajado entre los 50 y 59 años.

Habitualmente estos pacientes recibieron tratamiento con varios fármacos antivirales, especialmente, la hidroxicloroquina, un principio activo antimalárico o antipalúdico que, tras diversas pruebas impulsadas por la Organización Mundial de la Salud, OMS, se ha prescrito que su uso no es recomendable, por detectarse una acentuación de la mortalidad.

Ya, entre el 26 de marzo y el 9 de abril, respectivamente, los hospitales españoles entraron en estado de shock y las Unidades de Cuidados Intensivos, UCIS, pasaron de asistir a 3.679 contagiados graves, a atender el doble: 7.069 el día 7, porque el Ministerio de Sanidad no ofreció ese dato los días 8, 9 y 10.

La escasez de conjuntos tecnológicos apropiados o de especialistas, con el precedente de estar infectados o en cuarentena un número considerable, forzó a poner en práctica el triaje, trillaje o cribado, como protocolo de intervención que es un método de selección y clasificación; lo semejante a determinar quién podía o no recibir cuidado ultraespecializado en estado crítico, en atención a las posibilidades de sobrevivir.

Precisamente, en esos intervalos aciagos y con la alerta general, el Ministerio de Sanidad comenzó a obtener equipos básicos para la atención de los enfermos, fundamentalmente, componentes de ventilación mecánica denominados respiradores. Para ello, requirió la ayuda del Instituto Nacional de Gestión Sanitaria, INGESA, un organismo nada curtido en la negociación de los mercados internacionales y, por lo que se ha podido comprobar, a penas seguro en la selección de aparatos para la asistencia de los intensivistas, anestesiólogos y enfermeras especializadas a cargo de unidades de críticos u otros servicios similares.

De los mecanismos recibidos, escasamente unos pocos fueron efectivos para su empleo en las UCIS. Los restantes, configuraron un mero trámite o registraron subidas de presión imprevistas, o apenas precisos u ofrecieron mala ventilación, o sencillamente eran ineficaces.

Esta sería la síntesis de las adquisiciones que se realizaron en coyunturas puntuales con la irrupción del COVID-19.

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© Foto: National Geographic de fecha 30/VI/2020, la breve reseña insertada en la imagen iconográfica es obra del autor

Actualmente, las cifras nos muestran que España es uno de los lugares del mundo donde el coronavirus ha golpeado con más virulencia, pero cuando nos referimos a los sentimientos que nos embargan, los dígitos no dicen la veracidad.

Detrás de la casuística irresuelta en las descriptivas oficiales, queda un llanto; o un hueco ahogado en las entrañas; o tal vez, una aflicción que rubrica la nostalgia de una vida en quienes la compartieron.

Ellas y Ellos, no estaban presentes en los aplausos de las ventanas y balcones, pero sí en la vanguardia desafiando la pandemia. Indiscutiblemente, me refiero a los profesionales que dispusieron barreras de protección para asegurar las vidas de cristal en los centros de personas mayores. De hecho, les punza que se ponga en entela de juicio el ejercicio de sus funciones.

Sin duda, estos recintos que custodian el oro más preciado que disponemos, nuestros mayores, han sobrellevado al patógeno de manera acusada. Enzarzándose despiadadamente como si del ojo de un huracán se tratase, al dejar a su paso miles de víctimas mortales con historias de angustia y espanto inenarrables; pero, sobre todo, sensaciones de aislamiento e ingratitud difícilmente explicable, si no se siente en primera persona.

En el punto más culminante epidemiológico, los gerocultores no solo se toparon con el acceso a los hospitales cerrados para los ancianos, conjuntamente, a todo el sector profesional se le culpabilizó de falta de diligencia, atribuyéndosele una actuación sanitaria que no le incumbía, ni tenía capacidad para desempeñarla. En estos espacios neurálgicos, personas anónimas se han dejado como diríamos vulgarmente la piel, hasta ser presas del virus. Ayudando a los más frágiles e insistiendo por encumbrar una sólida muralla que contrarrestase al bicho.

Armándose de paciencia, sobrellevando un estrés paralizante, tomando difíciles decisiones, dando la cara ante el pánico de los residentes y pensando en los demás, antes que en uno mismo.

Han sido semanas de sobresaltos constantes, en los que el SARS-CoV-2 se expandía con una tendencia vertiginosa, casi imparable. Si en los prolegómenos de los coletazos más virulentos estas estancias recibían luz verde de los hospitales, éstos, a su vez, seguían con un dramatismo descomunal en luz roja.

Es innegable que nos abruman los 19.634 muertos que a día de hoy se han producido en las 5.457 residencias públicas, concertadas o privadas de ancianos, pero, aún más nos duele, la falta de reconocimiento que adultera el pésame.

Sin embargo, la narración factual de la desdicha motivada por la nueva cepa y las prevenciones acordadas, cobran protagonismo en las recriminaciones de los geriátricos. Al acusarlos de preparar protocolos que salpicaban a algunos hospitales, rechazando a pacientes dependientes y con discapacidad. O lo que es lo mismo: homicidio imprudente, denegación de auxilio y prevaricación.

Calificándose de improcedente la secuenciación que compuso la Consejería de Sanidad al comienzo de la crisis sanitaria, para relegar a ciertos enfermos con grandes dependencias y eludir el colapso de ingresos.

Consecuentemente, como si una espada les atravesara el alma, todos, sin excepción,se han ganado la dicha de perpetuar e inmortalizar a los suyos, rindiéndoles su respeto con la distinción que perdieron: la dignidad. Por eso, concedemos la palabra a quiénes pueden reflejar las lagunas que subyacen tras la partida de estas personas y que estuvieron sometidas nada más y nada menos, que en una encrucijada. Entre algunos Nombres Propios que nos dejan este ‘In Memoriam’ inacabable, figuran el de Amparo, o Daniel, Gabriel, Olga o Ana…, que percibieron el pálpito y la huella imborrable de sus vidas. Nadie mejor que Ellas y Ellos para donarnos el legado que les honra.

En estas últimas semanas hemos conocido con sabor agridulce, desde familiares, amigos y compañeros de los difuntos, autobiografías, reseñas y anécdotas desde los amplísimos rincones y cobijos de la geografía española.

Contemplar uno por uno los rostros que hermosean su semblanza, es empinarse a la fosa que enmascara esta ingrata enfermedad y sumergirse en sus obituarios, nos ilumina a abrazar la crudeza y el rigor de los instantes sobrellevados. Muchas de estas descripciones son tan refinadas y elegantes, que sabedoras del alcance de la batalla final que habrían de encarar, tenían conciencia plena que no dispondrían de un último apoyo tan crucial en su despedida.

Ciertamente, lo vivido en estas fechas, podría estimarse como una singularidad existencial, aunque en ocasiones haya podido parecer una pesadilla: la inmensa mayoría de los familiares dolientes, no tuvieron posibilidad humana de volver a reencontrase con los suyos; en un abrir y cerrar de ojos se encontraron con un trance, al que ni tan siquiera se surcó el velatorio para directamente transitar al camposanto.

Mismamente, se rotulan segundos eternos, mensajes de amor y muestras de admiración y cariño con significaciones de intenso valor y sacrificio, condicionado por un adversario implacable e intangible como el coronavirus.

Incluso, han subsistido choques infernales por denominarlos de algún modo, como la de aquellos pacientes que superando una hemiplejia e infarto cerebral, no consiguió prosperar en otro duro combate al que le aguardaba el COVID-19. Lógicamente, se resalta la tristeza entremezclada con centelleos de luz, que tuvieron la virtud de hacer felices a quienes en un santiamén la vida se les apagó.

En esta mañana consagrada del 16 de junio con una brisa excelsa, rosas blancas comienzas a poblar la base del pebetero, cuya llama destila las vidas truncadas que no desaparecerán; si bien, el tiempo imperturbable ha querido pasar sus páginas de largo, Ellas y Ellos, siempre estarán con nosotros.

Análogamente, su impacto persistirá durante generaciones completas y se harán palpitantes en cada una de las nuevas hojas que habrán de escribirse en el dietario ilustre de España.

Mientras perseveramos los que continuamos sanos, debemos conjurarnos con las víctimas que de repente se hallaron ante la intemperie más cruenta de la muerte. De la desesperanza y desolación, sobresale la fortaleza, gracias a la solidaridad fusionada, la investigación que no cesa y al empeño decidido sin límites, de los que se exponen por los demás.

Este empuje, coraje y aliento que sobreviene de lo individual a lo colectivo, es la simbiosis ideal que podemos implementar para los conciudadanos que tan inhumanamente se nos han ido, reposen en armonía.

Finalmente, rehenes de un torbellino repentino en una aldea global desolada por el desconcierto unitario de un virus conocido como el SARS-CoV-2, rendimos tributo y ofrecimiento a Ellas y Ellos, donde se delatan hechos intransferibles que atesoran un pasado dispuesto a ser aclarado.

¡Descansen todos en paz y brille la luz para siempre, con la seguridad que quienes le seguimos y confiamos, sabremos con la ayuda de Dios, si llegara el caso, dar continuidad a su encomiable ejemplo!

​“A pocos días del 175º Aniversario de la Unificación de la Bandera de España, hoy es esencia sagrada y misterio de la Patria”

​“A pocos días del 175º Aniversario de la Unificación de la Bandera de España, hoy es esencia sagrada y misterio de la Patria”

Nos congratulamos en la celebración de los 175 años de la Institución Oficial de la Bandera Nacional. Una efeméride que se encuentra vinculada en su génesis histórica a la Corona de España.

Numerosos años de intenso calado y recorrido en los que la Bandera ha sido un referente ineludible de grandes homenajes y distinciones de toda una Nación, pero igualmente, fiel testigo y en ocasiones motivo de discrepancias y réplicas, que no son más que las que han rubricado a lo largo de los dos últimos siglos la agitada historia del Reino de España, hasta que la rojigualda por fin ha conquistado el lugar privilegiado que merece.

La puesta en valor y síntesis de la Insignia Nacional, retrato de la unión de todos los españoles y de quiénes desde sus funciones han servido o entregado la vida por ella, en cualesquiera de los cielos de la Tierra, se glorifica con este acontecimiento.

Por lo tanto, este pasaje pretende ser una senda itinerante en el tiempo, que se reviste de rojo y gualda, una Bandera que es semblanza viva e imagen de una superficie con la que se forja la declaración oficial de todo lo que envuelve a este país, que hoy vive a consta de la convivencia democrática y que con entusiasmo es el distintivo que la hace ser invencible.

Pero, al referirme al Símbolo y Guion Vital que ilustra a la Bandera de España, es hacer mención a algo más que un sentimiento y no mucho menos, que a la seña de identidad donde contemplar a un Estado Social y Democrático de Derecho, con rasgos diversificados desde mucho antes de irrumpir con su nacimiento. Y es que, en esta pluralidad cultural reproducida en la solidaridad que sublima a cuáles quiera de los vientos que acaricia sus pliegues, se atina su inmensa personalidad.

Al emprender el trazado de la Bandera de España que parece distante en el tiempo, se evidencia la correlación entre la Insignia Nacional, la monarquía española y la institución castrense, donde ya se advertían los matices rojos “gules” y gualda “oro”, como aspectos de profunda usanza de los Reinos de España, para surgir en 1785 otros más cercanos desde la bicolor naval de Su Majestad el rey Carlos III, como algunos modelos en el contexto de la Guerra de la Independencia y las Cortes de Cádiz, hasta alcanzar el año 1843, punto de partida de esta conmemoración, para proseguir con pequeñas diferenciaciones como es el caso de los escudos o el tamaño de la misma, o excepciones como el león o la franja morada de la II República, hasta alcanzar nuestros días.

Sería el 13 de octubre de 1843, cuando la presidencia dirigida por el liberal progresista Joaquín María López, dispuso los colores rojos y amarillo como el “verdadero símbolo de la monarquía española”, estableciendo que la totalidad de banderas y estandartes que aglutinaba al ejército español, los aprobaran.

Por aquel entonces, este Estado en sintonía con otros territorios de su contorno, se oponía al desafío de fusionar el primitivo sentimiento nacional con la monarquía y para ello se propuso a la instauración de símbolos tradicionales.

Aquella Bandera roja y amarilla, que se alzaba como la imagen preferente de España, tenía una raíz mucho más antigua que lo que realmente parecía, más en concreto, estaba datada allá por el año 1785.

Precisamente fue este año, cuando Carlos III pidió a su ministro de Marina, Antonio Valdés y Fernández Bazán, la descripción de una nueva bandera con el propósito de incluirla en la Marina de Guerra española.  

En este período y desde la instauración de la Dinastía Borbón, la Armada española se reconocía por banderas de color blanco, sobre las que se ponía a la vista el escudo de la monarquía y las aspas rojas de Borgoña. Pero, en este momento preciso, el Jefe de Estado apostó por una variación drástica en la imagen y tras haber valorado los doce modelos mostrados por Valdés, dispuso implantar una Bandera de tres bandas horizontales roja-amarillo-roja, con la singularidad que la dimensión de la división central debía ser equivalente al de las dos franjas rojas.

Los motivos en las variaciones que sustancialmente eran indiscutibles, quedan expuestos en el Real Decreto del 28 de mayo de 1785, en el que se fundamenta la transformación vislumbrada que dice literalmente: “para evitar los inconvenientes y perjuicios, que ha hecho ver la experiencia, puede ocasionar la Bandera Nacional de que usa mi Armada Naval y demás embarcaciones españolas, equivocándose a largas distancias o con vientos calmosos”.

A lo anteriormente señalado, se añade la opinión de Juan Álvarez Abeilhé, que indica al respecto: “la mayoría de los países utilizaban pabellones en los que predominaba el color blanco, tales como, Francia, Gran Bretaña, España, Toscano, Sicilia etc., y dado que estaban frecuentemente en guerra entre sí, se producían lamentables confusiones en la mar, al no poder distinguirse si el buque avistado era propio o enemigo hasta no tenerlo prácticamente encima”.

También, resulta clarificador el juicio del historiador Hugo O´Donell al mencionar en la obra “Símbolos de España”, que esta no era ni mucho menos la única causa del trasfondo en la innovación de la imagen de la Bandera, al insinuar que concurrían exiguas certezas de confusiones calamitosas en alta mar con motivo de los colores.

Toda vez, que el mismo autor manifiesta, que cuando Carlos III dispuso modificar la Bandera, el Reino de España ya no veía conveniente identificarse con la monarquía francesa, con la que por entonces cooperaba portando el símbolo blanco. Lo cierto es, que, a partir de 1785, la Bandera rojigualda comenzaría un itinerario apasionante que la haría erigirse en la enseña pública de la Nación, aunque para ello, aún faltarían seis décadas por llegar.

De lo que no cabe duda, que la iniciativa de los tonos rojo y amarillo no fue casual, ni una mera argumentación decorativa, sino que entrambos, se reunía los matices de los estandartes de los viejos reinos de Castilla y Aragón.

Comenzando por las flotas de la Armada Hispana, la nueva Bandera no se hizo esperar para enarbolarse en los arsenales regios y, más tarde, en plazoletas, explanadas y fuertes costeros. Sin obviar, el protagonismo que adquirió en la Guerra de la Independencia frente al ejército galo en 1808, donde por vez primera, tuvo la ocasión de ser ondeada en su propio territorio.

Pese, a que su aparición continuaba estando demasiado condicionada, proseguía interviniendo con numerosos estandartes en su amplia mayoría de color blanco. Así, a comienzos de 1820, la Bandera obtuvo si cabe, más presencia, cuando se produjo el golpe militar del general Rafael de Riego, que abrió las puertas al primer régimen liberal con el consabido Trienio Liberal.

En un lapso de la historia según revelan Javier Moreno Luzón y Xosé María Núñez Seixas en que “la movilización política alcanzó niveles insólitos hasta entonces en España”, los representantes de la dirección se accionaron en la empresa de instituir símbolos permanentes, que mostraran la soberanía del pueblo por la que declaraban gobernar. De esta manera, la rojigualda, al calor del llamado Himno de Riego, fue paulatinamente irrumpiendo hasta exhibirse con lucimiento en eventos oficiales, principalmente, en protocolos castrenses.

Pero el rápido desplome de la política liberal detuvo la ascensión de la Bandera, ya que el absolutismo recién establecido era totalmente enemigo a la imagen de Nación y, por consiguiente, a la empresa de insignias nacionales.

La pugna en el régimen político entre el absolutismo y liberalismo no acababa más que comenzar. Con este proceder y la eclosión de la primera Guerra Carlista, la Bandera roja y amarilla volvió a presentarse en las zonas de hostilidad, pero ahora, bajo la custodia de tropas liberales.

Consumada la movilización del bando liberal y no lejos de ser un hecho retratado con la reina Isabel II, el sendero parecía quedar suficientemente claro para que la rojigualda se constituyera en el verdadero símbolo Nacional.

Evidentemente, la villa de Madrid como capital de España, fue en 1840 la concatenación en que se hacía familiar la estampa de la Enseña Nacional, que comenzaba a hacer gala en lo más alto del Palacio Real y en las Cortes Generales.

Los persistentes desplazamientos de la reina por el territorio español, favorecieron la expansión de las tonalidades de la Bandera, que se hacían ostensibles en bases militares, establecimientos públicos y vías, e incluso, en viviendas particulares, tal como acontece en nuestros días.

Un punto de inflexión en el sentimiento patrio y, con ello, la conformidad decisiva de la Insignia Nacional, lo predispuso la Guerra de Marruecos que avivó la prodigalidad de banderas rojigualdas, hasta alcanzar dominios tan lejanos como Cuba.

Según señalan Moreno Luzón y Núñez Seixas, tras las noticias previas que las fuerzas dirigidas por Leopoldo O´Donell y Juan Prim habían sido las triunfadoras en la Batalla de Tetuán, la muchedumbre no titubeó en acudir en grandes masas a los caminos, para poner a la vista las banderolas rojas y amarillas a la exclamación unánime de “¡Viva España!”.

Las formas en que el símbolo de la Nación fue asentándose de manera fija y duradera, fue determinante para que permaneciera usualmente sin polémica, en una etapa del Sexenio Democrático enjuiciado como excesivamente alterado, cuando fue destronada la Dinastía Borbón y reemplazada por el reinado de Amedo de Saboya y, a posteriori, el comienzo de la Primera República.

Si bien, en aquellos instantes de la historia España, algunos círculos reducidos emprendieron con afán el patrocinio de un posible cambio de Bandera, al entender que ésta estaba demasiado emparentada a los borbones. Unos planteamientos derivados principalmente de corrientes republicanas, que acostumbraban a respaldar la originalidad de banderas tricolores, a semejanza de los estilos galo, en la que el matiz morado cobraba vigor al encarnar con elocuencia el lema de la libertad.

Curiosamente dicho color, que se había asomado retraídamente durante el Trienio Liberal, se relacionaba al Reino de Castilla con las huestes de comuneros, una revuelta frente a la autoridad de la corona, aunque, más bien parecía, una imprecisión, ya que el color real del reinado en los tiempos de la revolución conversa era el carmesí, también conocido como rojo de grana que es un tono rojo purpúreo vivo.

De cualquier manera, aquel resquicio inicial en la aprobación de la rojigualda se amplificaría en los años consecutivos, no más bien, por la acción de las inclinaciones republicanas que en su amplia mayoría admitían la Bandera roja y amarilla, sino, que, por el contrario, ante la influencia de las tendencias nacionalistas. Principalmente el País Vasco y Cataluña, donde en la última etapa del siglo XIX e inicios del XX, se comienzan a descubrir los primeros indicios de agravio a la Enseña Nacional. A ello habría que agregar, las horas bajas por las que pasaba la Corona, la Iglesia y el Ejército, agravado tras la crisis de 1898, que animó a estos grupos antiespañolistas, a los que le acompañó una resistencia patriótica de ímpetu análogo, que se dilucidó en el contexto de escaramuzas abiertas en los que la Bandera ejerció gran protagonismo.

En los lapsos inaugurales del siglo XX, no quedaron inadvertidos los grandes esfuerzos materializados por parte del gobierno, con el ahínco de preservar e incrementar la consideración a la Bandera, ya fuera en los colegios o en la misma institución castrense, que gradualmente indujo a que la rojigualda fuera adquiriendo el lugar dominante a la vista de la sociedad española.

Estas voluntades se vieron incrementadas en las formas del gobierno autoritario de Miguel Primo de Rivera a la hora de imponerla, aunque finalmente resultó ser desacertado, al promover que aquellas tonalidades pasaran a ser los de una monarquía discordante, a cualquier forma de organización social que atribuye la titularidad del poder al conjunto del pueblo.

Así, no debería sorprendernos, que, en 1931 con la aparición de la Segunda República, viniese unido a un cúmulo de banderas, en la que la última franja de la Bandera española era sustituida al color morado. El cambio en sí, no fue sencillo, porque aquellos que eran opuestos al giro de régimen, reprocharon una decisión que consideraron inadecuada, ya que la rojigualda, como exponían, era querida por los españoles y como publicó el Diario de Castellón, “su carga histórica y emocional la hacía irreemplazable”.

Aquel debate espoleó a los dirigentes republicanos a introducir en la Ley de Defensa de la República, la sanción contra aquellas personas que expusieran símbolos añadidos a los representativos. Un mandato que únicamente había concretado Miguel Primo de Rivera a favor de las banderas nacionalistas. De cualquier modo, como consecuencia del golpe del 18 de julio de 1936, una vez más, las gamas rojas y amarilla reaparecieron. Todo ello, teniendo en cuenta que numerosos de los amotinados se alzaron contra la dirección republicana, llevando la Bandera con la franja morada, donde entre sus cabecillas existían recelos sobre el oportunismo de abrazarse a un emblema, que, en cierta manera, mermaría los respaldos entre las partes antimonárquicas.

Conjuntamente, grupos políticos como la Falange, se revelaban con mayor inclinación por sus propias insignias. Estos prejuicios a la sombra de la rojigualda perecieron ante el coraje de quiénes defendieron la insurrección militar.

Para ellos, recuperar por encima de todo aquella Bandera, entrañaba como declaran Moreno Luzón y Núñez Seixas, “la emergencia de un sentimiento perseguido, oculto en el ámbito privado: tras cinco años de clandestinidad y angustia identitaria, aquel símbolo, que para muchos representaba a la Nación desde tiempos inmemoriales, salía a la luz y concitaba a pasiones en una catarsis colectiva”.

Fue así, como al hilo conductor de la historia de la Bandera España, auguró, que la enseña roja y amarilla fuera referente de la administración franquista como resultado de la Guerra Civil, aunque con una novedad en su escudo. Para ello, tomó como reseña los símbolos primitivos de los Reyes Católicos, que intentaba desvanecer cualquier atisbo de la monarquía destituida en el año 1931, que aún pudiera permanecer.

En consecuencia, durante poco más o menos de cuatro décadas, la forma autoritaria del gobierno se mantuvo en la operación de consagrar los antiguos símbolos nacionales, acudiendo con asiduidad al conjunto aparatoso de elementos rituales patrióticos, al tiempo, que se impulsaba a la ostentación de alusiones nacionalistas.

Pero los intensos esfuerzos llevados a cabo, no lograron el agrado esperado, para contribuir al arranque definitivo de la Bandera bicolor entre los más críticos con la dictadura. De ahí, que con el paso de la transición a la democracia que arrancó tras el fallecimiento del generalísimo en noviembre de 1975, reaparecía nuevamente la discusión en relación a la inercia que debía tomar la Bandera Nacional.

Para los corrillos más cercanos al autoritarismo recién frustrado, la rojigualda describía un símbolo obligado del Estado, pero para los bandos republicanos de izquierda y nacionalistas, aquellos colores acarreaban una mancha imborrable, tras verse cercados durante largos períodos de ilegalidades y atropellos con la impronta del franquismo.

Aquellas discordias presionaron a un confuso vaivén de ofertas y favores entre los visibles bandazos políticos. Entre ellos, se encontraba la Unión de Centro Democrático (UCD) de Adolfo Suárez, que pretendía inmovilizar el manejo de la rojigualda por los apesadumbrados de la dictadura que hasta muy bien poco, habían porfiado. Pero, además, hay que hacer alusión al Partido Comunista que asumió con rotundidad la Bandera bicolor, lo que quedó para la memoria como uno de las acciones más expresivas en su dirección hacia la legalización.

Aún, debieron de transcurrir diversos años para que los principales partidos políticos de la democracia, se envolvieran con convencimiento a la Bandera de España, hasta que el golpe de Estado perpetrado el 23 de febrero de 1981, convenció a los gobernantes en el menester de reafirmarse a los símbolos para impedir que el pensamiento de Nación, continuase concurriendo como una prerrogativa de la derecha antidemocrática. Ello lo favoreció, al ser reemplazado el escudo ese mismo año, para disponerse uno más específico, ahora, el perteneciente a las antiguas armas territoriales de la monarquía.

Es, desde aquel justo instante, cuando puede afirmarse que España, reculaba al regocijo de unos símbolos admitidos por la gran mayoría del estrato político y social, detrás de más de medio siglo.

La Bandera Nacional de hoy, es la finalización de un proceso complejo que se estrenó con las banderas de Sus Majestades los reyes, prosiguiendo con las de las milicias o campañas y, subsiguientemente, con las de entidades u organismos.

De esta forma, se rememora solemnemente el Real Decreto de 13 de octubre de 1843, aprobado por Su Majestad la reina Isabel II, “por el que se determina que las banderas y estandartes de todos los cuerpos e institutos que componen el Ejército, la Armada y la Milicia Nacional, sean iguales en colores a la Bandera de guerra española”, extendiendo la práctica al Ejército de Tierra hasta consagrarse y, desde entonces, instituirse en la Bandera Nacional principal.

Tras lo expuesto y aproximarnos al 175 Aniversario de la oficialidad de la Bandera de España, hoy, como siempre, nuestra Bandera es impetuosa, buscándonos para guarecerse y hacerse sublime en quién la pretende. Una Bandera producto de la semblanza de un país, labrada con principios y valores universales, que abarca lo arraigado, lo perdurable y la expresión pública del inquebrantable deber de hacer valer la Constitución.

No disipando, que la Bandera de España es el valor inmutable del Territorio que la preserva, infundido tiempo atrás a su plasmación. Pero también, es imagen de complejidades políticas, geográficas y lingüísticas, fundamentalmente, ideales en la preservación de valores cívicos y democráticos que persiguen avalar el bienestar de todos.

Una Bandera como la rojigualda, que quién la acoge, la hospeda y la protege, se compromete al establecimiento de una identidad propia que es única y exclusiva, convirtiéndose en esencia sagrada y misterio de la Patria, en cuyos pliegues se consagran ilusiones, retos y expectativas del mañana.

Por eso es la Bandera de todos, porque al contemplarla, retratamos el espejo vivo que nos encarna en apacible convivencia.

Insignia Nacional de tono rojo, que exhibe el flujo esparcido por tantísimas personas al hacer valer a la Madre Patria; pero también, aquella de pigmento amarillo, que, como tornasol de oro, describe la fuerza de su dominio y la dignidad que todos sin complejos, le debemos rendir.

Foto: Extraída del Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta de fecha 25/V/2017.
La fiebre iconoclasta avanza, por la distorsión histórica e intelectual

La fiebre iconoclasta avanza, por la distorsión histórica e intelectual

La onda expansiva de rabia iconoclasta que actualmente zarandea a EEUU con divergencias a otras naciones, no debe considerarse como una mera demostración de arrebato popular por el fallecimiento de George Floyd a manos de un policía.

En tal caso, habría que discernir para interpretar que el desmantelamiento de las estatuas de Cristóbal Colón (1451-1506) o de Junípero Serra Ferrer (1713-1784), entre algunas, responde a la ira contra la discriminación racial, cuando los anales confirman que esos y otros protagonistas, fueron los forjadores de la civilización que hoy conocemos. Mucho más ambiguo resulta, que esta corriente aparentemente antirracista, deje al margen de sus delirios a los colonizadores ingleses que sistemáticamente aniquilaron a la urbe nativa de los Estados Unidos, para adueñarse sin complejos de sus posesiones, mientras los misioneros españoles, como Serra Ferrer, ofrecían su vida y clamaban a los cuatro vientos las irregularidades de la esclavitud.

Por lo tanto, lo que aquí se relata, es la voluntad ciega por desfigurar el frontispicio de la Historia Universal; para ello, se reivindica deshacer las huellas de la herencia Hispana y, sobre todo, de la cristianización que llevaría aparejado el paradigma de una sociedad fraterna en igualdad de derechos.

Entretanto, es doloroso percatarse del silencio cómplice de los agravios, ofensas e infamias que padece nuestra presencia pasada en tierras americanas. En otras palabras: la indolencia y apatía ante el desplome de monumentos, relieves o monolitos de personas ilustres que irradiaron el palpitar civilizatorio del Nuevo Mundo.

Pongamos como ejemplo en lo inicialmente fundamentado, lo sucedido en la República Francesa, un país celosamente satisfecho y gozoso de sus esculturas históricas y conciliador con sus actuaciones.

Sin ir más lejos, el mausoleo de Napoleón I Bonaparte (1769-1821) ubicado en una posición predilecta de París, forma parte de la atracción turística, a pesar de las matanzas que ocasionaron sus huestes. Pero, el lamento general visibilizando al racismo, ha llegado hasta aquí. Su último objetivo ha sido la imagen de Jean-Baptiste Colvert (1619-1683), clave en el reinado de Luis XIV (1638-1715), llamado ‘Luis el Grande’, que se atina ante la Asamblea Nacional.

Tarde o temprano, Colvert pagaría con la misma moneda que otros afines en mayor o menor medida. Ni tan siquiera un mito como el general Charles André Joseph Marie de Gaulle (1890-1970), agasajado en pasajes y avenidas de cada pueblo y ciudad, e ídolo de la resistencia contra la ocupación nazi, se ha salvado de la exaltación.

Diversas tallas del promotor de la V República han pagado la expresión salvaje, por quienes le atribuyen todo tipo de atrocidades con relación al colonialismo y a la Guerra de Argelia (I-XI-1954/19-III-1962), aunque él mismo fuese quien concluyese el combate y admitiera la Independencia del territorio norteafricano.

Con estas connotaciones preliminares, asistimos a un mar de decadencia y asedio vandálico y devastador, mezclado con la ignorancia, el racismo antihispano y la cristianofobia de exasperación sectaria a los símbolos de porte español vinculados a Norteamérica, que indudablemente nos hace cuestionarnos seriamente: ¿Acaso tachando el pasado, se restaura el presente?  

Salvaguardar el respeto y el sentido común de las agresiones, asaltos y ataques a los iconos y emblemas que encarnan nuestro legado, como Cristóbal Colón, Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616) o Serra Ferrer, es una de las prioridades que oscurecen los sentimientos patrios del Pueblo Español.

Contemplar con estupor los agravios persistentes con pintadas en letras rojas como “racista” e incluso arrojadas al mar, evidencian el enfurecimiento de una multitud como consecuencia de un revisionismo histórico erróneamente interpretado, pero, que aún adquiere más proyección, si permanecemos impasibles.

Hoy por hoy, revisar un ayer distante con los ojos del siglo XXI, podría servirnos de arma arrojadiza en el espacio del debate político, pero ni mucho menos desde un análisis historiográfico, que nos condenaría hacer añicos algo de lo que nos queda para ser transferido a las generaciones futuras.

Dicho esto, es inexcusable dar nitidez a los numerosos casos que posteriormente referiré. Porque, no es lo mismo la vandalización de Miguel de Cervantes, novelista, poeta, dramaturgo y soldado español; que Antonio López y López (1817-1883), marqués de Comillas y esclavista. Al menos, habría que tratar la reubicación de su establecimiento, porque la figura se ha plasmado como un reconocimiento.

A partir de aquí, en atención al papel conjugado y su trayectoria, podría ser discutible que ocupase o no, un punto determinado de la zona pública. Debiendo hacerse con tacto y miramiento, porque si hipotéticamente se abordase un estudio escrupuloso sobre el colonialismo, ahí se adentraría el Imperio Romano que subyugó a las aldeas y pueblos de la vertiente mediterránea. Y lo mismo sucedió con los griegos, fenicios y así un larguísimo etcétera.

De manera, que retocaríamos, a la vez que eliminaríamos, todos los iconos de la Historia de la Humanidad.

La clave subyace en conservar una mirada ambivalente.

Es decir, no perder de vista el enfoque retrospectivo y quedarnos perennemente estancados; porque es preciso distinguir otras posiciones, sin deshacer su origen. Generando para ello un itinerario crítico que no nos perturbe.

Previo al derribo de una estatua, sea por la causa que fuese, ¡no procede!

Antes hay que sondear otras posibilidades y dar oídos a las partes historiográficas que la defienden, para verificar si enaltece algún argumento que no es imprescindible recapitular; por el contrario, si se decide su traslado, ha de hacerse justificando su sensibilidad y deferencia con el arte y los artistas que la crearon.

Lo malévolo y nocivo como volcarla, ¡es irracional y disparatado!

Ciñéndome a la ‘iconoclasia’ o ‘iconoclastia’, que nos ayude a profundizar en la tesis que en estos días se vierte en las mentes y corazones de muchas personas, es una palabra que en griego significa ‘ruptura de imágenes’; o lo que es igual, el destrozo premeditado dentro de una cultura de las representaciones u otros distintivos o monumentos, habitualmente por razones religiosas o políticas.

La Real Academia Española de la Lengua, define la ‘iconoclasia’ como la “doctrina de los iconoclastas” y, a su vez nos indica, que ‘iconoclasta’ proviene de “rompedor de imágenes”. Concretándola como “el movimiento del siglo VIII que negaba el culto debido a las sagradas imágenes, destruyéndola y persiguiendo a quienes la veneraban”.

De hecho, la ‘iconoclasia’ es un elemento reincidente de las principales variaciones políticas y religiosas que resultan en una sociedad. Generalmente, el término no comprende el desmoronamiento exclusivo de retratos de un gobernador después de su muerte o derrocamiento, como, por ejemplo, Akenatón, décimo faraón de la dinastía XVIII de Egipto.

Mismamente, la terminología ‘iconoclasta’ se superpone de modo alegórico a cualquier individuo que bien, se separa de los dogmas o convenciones instituidas, o los deprecia. Asimismo, la ‘iconoclasia’ es materializada por personas de distinta ideología, pero frecuentemente, es la derivación de desavenencias intransigentes entre las mismas facciones.

Hay que tener en cuenta, que en los siglos VIII y IX, respectivamente, las dos mechas que acabaron encendiendo la pólvora de la iconoclasia originadas en el Imperio Bizantino, son inusuales, porque el conflicto se centralizó en el uso de imágenes, más que por ser una pieza secundaria de inquietudes más profundas.

Durante esta etapa como en otras cuestiones doctrinales, la polémica no quedó condicionada exclusivamente a la esfera eclesiástica o a las evidencias teológicas. Las discrepancias culturales prosiguieron con el islam y la advertencia militar que representaba; si bien, es de suponer, que influyó en las acciones de uno u otro bando.

Además, la iconoclasia era respaldada por sujetos provenientes del sector Oriental del Imperio, así como refugiados de las provincias ocupadas por los musulmanes. Mostrándose como variables principales, tanto desde los inicios como en el último periodo del apoyo imperial, la tenacidad de los ejércitos, como el peso progresivo de las avanzadillas balcánicas, a los que se les suponía que carecían de sentimientos iconoclastas.

Posiblemente, la inercia en la explotación de iconografías se incrementó en los años que antecedieron al detonante de la iconoclasia. Una transformación significativa se desencadenó en el año 695 con Justiniano II (669-711 d. C), emperador romano en dos espacios separados (685-695/705-711 d. C.), que grabó el rostro de Cristo en el reverso de sus monedas de oro.

Ciertamente, el alcance de la valoración iconoclasta se desconoce, pero la evolución indujo a que el califa omeya Abd al-Málik ibn Marwán (646-705 d. C), abandonara su anterior adopción de las clases de monedas bizantinas y emprendiera una acuñación de traza más islámica con solo palabras.

De lo analizado hasta ahora, estaríamos asistiendo a lo que se denomina ‘damnatio memoriae’, una locución latina que literalmente se traduce como “condena de la memoria”, o la anulación de personajes célebres de épocas memoriales.

Pero, lo que no es de recibo que figuras de bronce, piedra o mármol que han sobrevivido esculpidas desde tiempos impertérritos, de la noche a la mañana se sentencien con parámetros sociales y culturales presentes; fórmula que no es la más acertada, porque cada curso aglutina su composición social, cultural y ética.

Ya en la vieja Roma la ‘damnatio memoriae’, era una aplicación que como su propio tratamiento revela, aspiraba a castigar el recuerdo de un enemigo del Estado tras su defunción.

Los romanos veneraban a sus ancestros, ornamentaban sus núcleos urbanos con páginas épicas de los más distinguidos y cuidaban para que sus apellidos se transfiriesen de generación en generación; recurriendo a la adopción de hijos adoptivos para salvarlos. La remembranza de la unidad familiar era uno de los soportes esenciales de la comunidad romana, hasta el extremo, que el descrédito al olvido se encajaba en la cima de los castigos más inicuos.

Los romanos concebían la Historia de la Humanidad como un paraje cuyos episodios o capítulos más sombríos podían, sencillamente, ser suprimidos y reemplazados por otros. ¿Quizás, es lo que ocurre hoy? Con ello, se garantizaba el no haber existido jamás y anular íntegramente cualquier atisbo de evocación, ya fuese en pasajes, inscripciones, murales, obeliscos o música admirada.

© Fotografía de National Geographic de fecha 19/VI/2020, la breve reseña insertada es obra del autor. 

Estas reseñas ponen el entredicho en los conquistadores hispanos, con una disposición cardinal en la toponimia americana, al ser el corazón de las acometidas y derribarse todo un patrimonio que engloba desde efigies, pilones o bustos, hasta calles, plazas y poblaciones que se prolongan por doquier. Las esculturas de Cristóbal Colón y otros españoles, llevan años resistiendo la ferocidad despiadada de quienes reclaman a los moradores indígenas, sin refrescarse el alto precio en sangre que hubieron de pagar por la plasmación de los Estados Unidos de América, inmediatamente a su Independencia de Gran Bretaña. Eso sí que simbolizó una estrategia de exterminio.

La tergiversación histórica e intelectual de rebeldías contra lo hispano, desenmascara amplios complejos sustentados por un liberalismo incoherente que ha hecho de la defensa de las minorías su mejor bandera, con la evasiva de censurar la obra cristalizada por España.

La diversidad reinante en las raíces de la toponimia de Estados Unidos, más concretamente en lo que atañe a la Hispania, los antecedentes desglosados de la publicación titulada “La herencia hispana y el español en la toponimia de Estados Unidos”, perteneciente a Juan Ignacio Güenechea y editado y publicado por el Observatorio de la Lengua Española y las culturas hispánicas en los Estados Unidos y el Instituto ‘Cervantes At Harvard University’, hacen ostensible la transmisión de la casta hispana en el país, valga la redundancia, porque lo hispano y el español, son indiscutibles en la rica semblanza de los Estados Unidos de América.

En las conclusiones de esta investigación, la toponimia de EEUU es un componente que ayuda a dar más fuerza en la impronta proporcionada por España y en la simbiosis que el universo hispano comparte con él.

Hay que fijarse detenidamente en los Estados del Suroeste, porque reproducen un mayor influjo; a los que le acompañan los de la franja Sur y Sureste, teniendo una analogía directa con el talante español en los más de 500 años en este suelo y, fundamentalmente, en estos sectores. Sin inmiscuirse, los Estados de la extensión Central, Norte y Este, con un protagonismo menor en cuanto a su estancia.

Conjuntamente, en los Estados retratados nos topamos con municipios que apilan algún topónimo concerniente al legado Hispano, al igual que sucede con los condados, donde en el 50% de los territorios se constata alguna de estas peculiaridades.

La castellanización de vocablos, mensajes y frases autóctonas muestra los engarces que, paulatinamente se entretejieron entre los expedicionarios españoles y los habitantes primigenios, al ser el primer idioma no nativo hablado.

Descubridores y exploradores como Hernando de Soto (1500-1542), o Juan Ponce de León y Figueroa (1474-1521), han dado nombre a varios puntos emblemáticos que inmortalizan sus gestas. Estos fueron conferidos en fechas postcoloniales y dan testimonio que los residentes norteamericanos, han sido verdaderamente los que perpetúan la grandeza que comparten con el infinito Hispano y en particular, con España.

Curiosamente, en la amplia topografía americana se aprecian ciudades bautizadas como Córdoba, Valencia, Oviedo, Madrid, Toledo, Sevilla, Salamanca, Granada, Durango, Navarra, Laredo, Andalucía, León, Ebro, Coruña o Aragón. Estas localidades se trascriben simplemente con la versión al inglés como Navarre, Grenada Seville, Corunna o Andalusia. Otras como Madrid, adquiere pequeños cambios como el condado de New Madrid.

Al unísono, pasa con denominaciones de ciudades o países centroamericanos y sudamericanos: topónimos venidos de naciones como Panamá, Cuba o Perú; o urbes como La Paz, Bogotá o Lima, diseminadas por la circunscripción estadounidense, traslucen la envergadura del cosmos hispanoamericano.

Alcanzado este tramo de la disertación, las irrupciones despiadadas a monolitos, relieves o tallas con indicativo español, más allá de perjurios, argucias y manipulaciones interesadas, reconociendo los hechos por encima de ideologías o teorías presentistas, la generosidad que envuelve cada una de las iniciativas españolas en América, rotulan un pretérito que podría encuadrarse en la primera globalización.

Únicamente un razonamiento anacrónico, improcedente y descontextualizado de las vicisitudes como las que están aconteciendo, descifran apologías infundadas: el presentismo que juzga a personalidades, empequeñece y desenfoca las labores, encargos y ocupaciones obradas en América por una Monarquía Hispánica policéntrica, depositaria y conciliadora.

Ante estas arremetidas a la memoria y pertenencia artística-escultórica avivadas por el oscurantismo, es necesario echar una ojeada a las autobiografías de los que hoy se desploman de su base en caída libre, para obtener una visión contextualizada de su recorrido y desempeño; por cierto, muy distante de la ilustración alejada, descaminada e inexacta que desde algunos medios y colectivos se propone depravar.

Consecuentemente, no existe un pasado que no esté subyugado al saqueamiento; ni historia que no se torne en terreno propicio para la lucha más atroz; pero, ninguna superficie como la del Viejo Continente se encuentra tan agotada de susceptibilidades y barbaridades colonialistas, con una legión de libertadores que pretenden conjurar sus errores.

Obviamente, España, acumula lo más abominable de este tsunami de incoherencia e iniquidad: el desenfreno de exacerbación y violencia descomunal contra el sentido de la propia historia cargada de reproches por la evangelización.

Del pedestal, nuestros ilustres han cosechado pisotones, insultos, escupos, pintadas y hogueras, en incluso, arrojadas al agua, para difundir el clamor de los insurrectos posmodernos que toman las calles con su propaganda ilusoria y provocativa, maltratando las señas de identidad de un gran país como España.

Ningún hombre de tiempos inmemoriales toleraría la aplicación de las reglas morales del siglo XXI, pero, empecinarse con Serra Ferrer u otros tantos, resulta conmovedor, porque este franciscano renunció a su cátedra de Filosofía y Teología, para consagrarse en cuerpo y alma a la educación integral de los aborígenes de California, sembrando con destreza misiones de cultura y piedad.

¡Rechacemos pues, este enloquecimiento corrompido, que ambiciona arrebatarnos un pasado que quedó rubricado con sus luces y sus sombras!

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