Asturias conectada con el virus

Asturias conectada con el virus

La conectividad es una palabra que trae a los asturianos por la calle de la amargura desde siempre, gracias a ella, o mejor a la ausencia de la misma, nuestra tierra fue siempre la última en relación con las invasiones que asolaron la península ibérica. Los romanos, que nos dieron nombre, tardaron en entrar y apenas nos dejaron unos baños en el Campo de Valdés de Gijón antes de que el oro dejase de interesarles; los suevos apenas se bajaron del caballo camino de Galicia; los visigodos solo venían para recaudar y, para fortuna de España, Pelayo derrotó a Al Qama aprovechando las dificultades que el terreno ofrecía a la caballería bereber.

 La conectividad dio un paso gigantesco con la apertura de la Rampa de Pajares en 1884, con sus 63 túneles y sus pendientes casi para trenes de cremallera. Fue un hito de la ingeniería y también una revolución social pues nos abrió al resto de España a la que, hasta entonces, era más difícil viajar que a Buenos Aires o a La Habana. Pero así se quedó y así sigue, hasta que la historia interminable del AVE nos devuelva al mundo actual. Por carretera las cosas corrieron parejas, y hoy aún son necesarios dos  peajes para llegar a la capital de España.

Pero existe otro tipo de conectividad, el de las tecnologías de la información, el de Internet, el de la inmediatez, el que construye la aldea global, el que permite, en muchas actividades, teletrabajar, es decir, desempeñar una actividad económicolaboral a distancia, y ahí Asturias se encuentra, de nuevo, esperando la construcción de una Rampa de conectividad informática que permita, sobre todo al mundo rural, competir en el mundo de hoy.

En febrero pasado anunciaba el Director de Innovación del Principado su intención de conectar con 30 megas a todas las zonas de sombra de la región para antes de final de año y la señora Van der Leyen, Presidenta de la Comisión, viene a socorrerlo pues ha anunciado que de los 140 mil millones de euros de los fondos europeos, aprobados para superar la crisis del covid, 28.000 tienen que dedicarse precisamente a impulsar la digitalización y, dentro de este objetivo general, se define un área prioritaria en el despliegue de la Banda Ancha Rápida, con especial atención a aquellas zonas donde su baja densidad demográfica las hace poco atractivas a la iniciativa privada.

Llegan noticias estos días de forma menuda y continua, como orbayo que empapa lentamente, noticias de centros educativos rurales que aumentan el número de alumnos; de segundas viviendas que, gracias al teletrabajo, pasan a estar ocupadas de forma permanente. Y son precisamente los núcleos rurales, hasta anteayer olvidados, los que son objeto del interés de estos urbanitas empujados por el covid.

Estamos ante la mejor oportunidad para una región que, con el cierre de las minas y la gran industria, lleva años en una clara tendencia depresiva que ahora puede comenzar a revertir, irónicamente gracias al coronavirus.

Versión en asturiano en abellugunelcamin.blogspot.com

Guinea Ecuatorial, la última colonia en ser descolonizada por España

Guinea Ecuatorial, la última colonia en ser descolonizada por España

Guinea Ecuatorial, un país vinculado a España que se desenvolvió como metrópolis de esta pequeña república del África negra durante cerca de dos siglos (1778-1969), años más tarde, aquel período de soberanía hispana no aquietaría el proceso de descolonización, al aparecer un gobernador opresor, capaz de apisonar a la urbe y de paso truncar las relaciones con la vieja madre-patria. 

Todo, auspiciado en el marco de un movimiento global motivado por la Organización de las Naciones Unidas, fusionado a la declaración de una conciencia nacional africana y la creación de la Organización para la Unidad Africana (OUA), patrocinarían dicha causa, porque, el ingreso de España en la ONU llevaría aparejado acatar sin reservas la Carta de Naciones Unidas, debiendo poner al corriente sus territorios no autónomos. 

La provincialización y posterior concesión de autonomía a Fernando Poo, conocida como Guinea Española, después colonia y posteriormente, provincia de España en África entre los años 1959 y 1968, como, asimismo, el Río Muni, no impedirían la descolonización. 

Y, por si fuera poco, la presión internacional junto al deseo de recuperar Gibraltar, propiciaron la rendición de cuentas al respecto, en una etapa temporal que podría arrojar alguna luz sobre este contenido y otros asuntos políticos y sociales, que ilustraron el devenir de este y otros países, donde indiscutiblemente persiste la huella indeleble del Reino de España, en lo que hoy es actualmente la República de Guinea Ecuatorial.

Con estos indicios preliminares, las independencias conjeturaron la llegada de numerosos estados africanos con sus protagonistas, siendo los actores potenciales en el espinoso ideal de afianzar los nuevos cambios derivados de la descolonización. Tras la Independencia de Fernando Poo y el Río Muni, siete mil españoles optaron por permanecer en la recién estrenada Guinea Ecuatorial, pero, ni tan siquiera habían transcurrido seis meses, cuando apresuradamente tuvieron que renunciar a este territorio. 

Ahora, el nuevo gobierno perseguía hacer desaparecer aquellos restos de todo un pasado español, en aras de un horizonte sombrío que despuntaba.

Ya en 1945, al darse por concluida la Segunda Guerra Mundial, las fuerzas ganadoras encabezadas por los Estados Unidos de América, acordaron refundar, sino modernizar, la antigua Sociedad de Naciones, mediante un organismo universal que avalase la paz y la seguridad en el planeta; para ello, era necesario optimizar el nivel de vida y preservar a toda costa los derechos humanos. Es así como surgía la ONU, instituida inicialmente con 51 estados miembros.

Si bien, el 12 de octubre de 1968, una fecha para no olvidar, aparecía un nuevo Estado con el nombre de República de Guinea Ecuatorial, que se colocaba en el número treinta y ocho de las naciones continentales, lograba revertir los mecanismos de subordinación y poder por una tendencia política inestable. 

Definitivamente, Guinea Ecuatorial se independizaba de España, promulgando su filiación hispánica y entregando la mejor recompensa al dominio que condujo estos espacios africanos, durante nada más y nada menos, que ciento noventa años. 

Por lo tanto, lo que en este pasaje se pretende, es mitigar el oscurecimiento de memorias cruzadas entre España y Guinea Ecuatorial, poniendo voz a una Historia común, que arroje luz sobre una de las regiones más enigmáticas de la antigua colonia africana. 

Una superficie que conserva su propia diversidad de lenguas, pero donde el español ecuatoguineano es la lengua nacional de carácter oficial y comunicación interétnica.

Sin embargo, existen insignificantes aclaraciones sobre lo acontecido o lo que sobrevino. Si cabe, sobre la declaración de materia reservada de la antigua colonia española, como si de un cuentagotas se tratase, las deducciones iniciales de la presencia española en África y sus vínculos con el tráfico de esclavos, o el protagonismo militar y religioso; o, sobre la frustración de este proceso y sus efectos desencadenantes en la vida de miles de personas.

Luego, estaría haciendo referencia a las premisas y precedentes con las consiguientes situaciones y realidades que rodearon esta presencia española, dándose por concluidos cerca de doscientos años hispanos en esta región y que inexplicablemente han sido arrinconados.

Haciendo una breve descripción geográfica de este lugar, Guinea Ecuatorial ostenta una extensión de 28.051 kilómetros cuadrados, cuya capital es Malabo. Estando emplazada al Oeste de África y constituyéndose de una franja continental (antiguamente denominada Río Muni) delimitada al Norte por Camerún, al Este y Sur por Gabón y al Oeste por el Golfo de Guinea; y en el Golfo de Guinea, los Islotes de Corisco, Elobey Grande y Elobey Chico y las Islas de Bioko (precedentemente Macías Nguema Biyogo y preliminarmente, Fernando Poo) y, finalmente, Annabón, hoy Pagalu.

Las reseñas de la única excolonia española del África subsahariana, es en su génesis, una demarcación apenas imprescindible estratégicamente para las Coronas que la habitaron, hasta al menos avanzado el siglo XIX, al establecerse el Virreinato del Río de la Plata entre 1778 y 1810. 

Históricamente, mediante el Tratado hispano-portugués de San Idelfonso suscrito en 1777 entre las soberanías ibéricas, es decir, entre Don Carlos III de España y Doña Margarita de Portugal, quedaban asignados los derechos sobre el África Ecuatorial. 

O lo que es igual, los lusitanos transferían la Colonia del Sacramento, ubicada en el Sur de la vigente Uruguay, más las Islas de Annabón y Fernando Poo en aguas de la Guinea, a cambio del repliegue español en la Isla de Santa Catalina, situada en el litoral Sur de Brasil. 

De esta manera, los españoles emprendían la andanza africana.

Desde comienzos del siglo XVIII, la presencia de diversas unidades militares españolas se acentuó, asumiendo un papel bien definido la Armada, ya que las comunicaciones con la Península Ibérica eran exclusivamente marítimas. Hasta que, a mediados del siglo XX, se implantó la vía aérea. Como era habitual en el estatus de provincias ultramarinas, el Ejército, sobre el que se apuntalaba la autoridad de la metrópolis, adquirió popularidad y esplendor.

En abril de 1778 marcharía la expedición de Don Felipe de los Santos Toro y Freyre, VII Conde de Argelejo (1721-1778) para conquistar las Islas. Una decisión que produjo el resentimiento de los mayoristas británicos que negociaban en la zona. 

A pesar de no disponer de un centro de aprovisionamiento esclavista para los españoles, el aliciente por este territorio no era notorio, de hecho, esta comarca se desocupó en 1781. 

Del mismo modo, la representación británica podría considerarse predominante, aunque, con el pretexto de continuar con la trata de esclavos, en 1820, nuevamente surgiría el interés por apropiarse de Fernando Poo.

A todos los efectos, en 1834 se fundó Port Clarence, la presente Malabo, pero, una vez más, los británicos prescindieron de la Isla. Dándose por iniciado un nuevo periodo de apatía estatal con la alternativa de la venta a Inglaterra. 

Pudiéndose referir, que Fernando Poo era más inglesa que hispana. 

En el año 1850, en resarcimiento por la pérdida de la América continental en tiempos precedentes, comenzaron a incrementarse las alternativas de España por este territorio y sus intenciones por colonizarlo. No obstante, la posesión persistió de forma intrascendente, como las liquidaciones dispensadas a la colonia fueron minúsculas y mismamente, este dominio era contrapunteado por Francia desde Gabón. 

Allende de no tenerse en cuenta la labor del africanista y explorador Don Manuel Iradier y Bulfy (1854-1911), que entre 1875 y 1876 exploró la bahía de Corisco y el Río Muni, lógicamente amplificando el trazado hispano, entraría en escena la Conferencia de Berlín (16-XII-1884/26-II-1885) que aspiraba resolver los inconvenientes que entrañaba la expansión colonial en África y solucionar su repartimiento; por ello, otorgó a España trescientos mil kilómetros cuadrados.

Más adelante, en 1901, se simplificó el área asignada a tan solo veinticinco mil kilómetros cuadrados. 

A grandes rasgos y simplificadamente, la colonia comenzó a ser beneficiosa, principalmente, gracias a la recolección de café y cacao, con clase obrera liberiana, fang y sierraleonesa. Gradualmente, el negocio ayudó a enriquecer a los empresarios españoles y africanos, sustancialmente por los altos costes de las labranzas de exportación. Pronto, el personal de origen liberiano hubo de ser sustituido por nigerianos.

Llegado a este punto, la premura por la descolonización, entendiéndola como ‘el proceso de independencia política en relación con la nación extranjera que lo domina’, se hizo notar en 1955, cuando España era aceptada por las Naciones Unidas. 

Para contrarrestar el flujo independentista que iba en incremento, la metrópolis dispuso provincializar los departamentos que constituían la colonia subsahariana. Justamente, en 1963, se procedió a un referéndum que al año siguiente emplazó a un régimen autonómico. 

Mientras, la ONU, sabedora que legítimamente se habían reconocido algunos de los partidos políticos y se suscribiera una conferencia que dotara a este país con una Constitución que le llevara a convertirse en territorio autónomo, prosiguió forzando a Madrid para que confiriera la Independencia. En la citada reunión, se liberaría con todo tipo de suspicacias, si se avalaba en bloque o bien, por regiones independientes.

Concluyentemente, prevaleceríala primera de las iniciativas que defendió el delegado Don Francisco Macías Nguema (1924-1979), más adelante, entre 1978 y 1979, primer presidente democrático post-colonial del país. 

El referéndum constitucional se celebró en agosto de 1968 e, inmediatamente, se convocaron elecciones presidenciales; tras las mismas, Macías constituyó gobierno junto a integrantes de otras formaciones políticas. 

Lo más interesante residió, en que, desde ese mismo momento, en aquella metrópolis operaban dos elementos hasta ahora impensables: primero, un texto codificado de carácter jurídico-político como la Constitución y, segundo, un sistema de votación a elegir entre varias opciones planteadas por partidos políticos, basado en la determinación de los votantes.

Alcanzada la fecha crítica del 12 de octubre de 1968, España se desprendía de su única posesión subsahariana, un episodio que perdura postergado, porque, como se ha mencionado previamente, entre 1972 y 1976 respectivamente, todo lo concerniente a esta nación, se clasificó como materia reservada. 

Macías que elogiaba a Adolf Hitler, aplicó un régimen de total intimidación y corrupción, paralizando la Constitución e inhabilitando a los partidos políticos, amén de promover el éxodo de residentes españoles. Aumentando la burocracia y asignando diversos puestos entre influencias y familiares. Conjuntamente, puso de pretexto golpes de Estado ficticios, con el fin de deshacerse de quienes desconfiaba o sospechaba, culpabilizando a España de estar detrás de esta espiral inexistente.

Vagamente, las relaciones con la exmetrópoli pasaron a ser de enemistad, evidenciándose, que Guinea Ecuatorial se distanciaba a los ojos del mundo, con gestos que no venían al caso como los surgidos en 1970, con el rechazo en la entrada de corresponsales del exterior. 

Entre tanto, desde 1969 a 1979, la represión acarreaba cifras que no quedaban por debajo de los 50.000 fallecidos.

En definitiva, no resultó sencillo descolonizar Guinea Ecuatorial, porque no se había dispuesto este entorno, y, por si fuera poco, no existían técnicos experimentados para encargarse eficientemente del Estado, ya que muy pocos guineanos habían alcanzado los estudios superiores.

Por tal motivo, cuando compareció la Independencia, muchos funcionarios acordaron seguir expresamente al servicio de la dirección del nuevo país, pero, objetivamente, dependiendo de las autoridades españolas. Inclusive, se quedaron dos compañías de la Guardia Civil designadas para garantizar la seguridad.

El nuevo Estado que acababa de comenzar a avanzar, indudablemente, sin las aportaciones de España, tampoco iba a desenvolverse como era de esperar, porque la economía pendía de las ayudas al cacao que normalmente concedía la metrópolis.

En las postrimerías de 1968, inmerso en un contexto de indudable escepticismo, Macías emprendió una concatenación de discursos extremadamente antiespañoles, acompañado de tentativas golpistas por parte del ministro de Exteriores Don Atanasio Ndongo Miyono (1928-1969), que a la postre, traspasaron la línea roja de lo que estaría por acontecer. 

Con este talante implacable y de atropello, los seguidores de Macías promovieron artimañas amenazantes y ataques desmedidos contra los españoles y guineanos proespañoles. 

Hechos puntuales que, debido a la realidad insoslayable de inestabilidad política, obligaría a que una mayoría implorase cobijo en los cuarteles de la Guardia Civil; ya, con anterioridad a los acontecimientos que se filtraban, la administración de la capital del Reino había aconsejado que los allí residentes, abandonaran de inmediato el lugar. 

En 1969, la ‘Operación Ecuador’ y un puente de Iberia, hicieron viable que miles de españoles pudieran trasladarse con lo puesto. Vislumbrándose, que no quedaba nada, para que inminentemente se diera por extinguido el sueño neocolonial. 

Poniendo al corriente, que España contribuyó con decenas de miles de millones de las antiguas pesetas, sin obviar, la gran labor desarrollada por cooperantes y misioneros en las parcelas de educación, sanidad e intervención cultural de la joven república de Guinea Ecuatorial, pese, a que en los últimos momentos su volumen descendió, entre otros supuestos, por la vertiginosa amplificación de la renta per cápita del país, a raíz de la bonanza petrolera. Sin inmiscuir, la suma de riqueza invertida.

Con el claro propósito de moderar esta deriva y la pérdida de influencias, España fortaleció su contribución, confeccionando el Primer Plan Marca, por el que se comprometía a conservar sus favores cuatro años más.

Ahora bien, las condiciones políticas internas e internacionales podrían catalogarse como irresolutas, topándonos ante el desequilibrio de un régimen totalitario, engendrado por disputas fronterizas con los países colindantes. Pero, para interpretar debidamente este escenario, es determinante catalogar la atracción que ha conllevado las reservas petrolíferas que se encuentran en sus costas. Véase, que entre 1998 y 2002, el producto interno bruto se ha multiplicado por siete. 

A la luz de nuevos hallazgos de gas natural y petróleo en aguas contiguas a la Isla de Bioko, antigua Fernando Poo y en la región continental del Río Muni, se han incrementado las perspectivas más fundadas, convirtiendo a Guinea Ecuatorial en un gran productor mundial de hidrocarburos para un futuro próximo. 

Irrumpiendo, como no podría ser menos, la dimensión geopolítica estadounidense, por el valioso subsuelo de petróleo que se esconde en este pequeño estado y que rentablemente es extraíble con la tecnología actual. 

En la otra cara de la moneda, la lasitud de este gobierno ha configurado un acicate para que actores externos medien por hacerse con el mando político de este país. España, por lógicas de seguridad nacional y estratégicas, debería amenizar sus proveedores de petróleo, porque Guinea con su producción y reservas, aglutina los requisitos para asegurar los objetivos. 

© Fotografía National Geographic de fecha 22/VIII/2019

En conclusión, en vista a lo expuesto en el proceso de descolonización de Guinea Ecuatorial, España incurrió en dos graves equívocos: Primero, disipó los deseos independentistas de la etnia bubi, hospitalaria y agricultora, asentada en la Isla de Fernando Poo, que temían una encrucijada de la etnia fang, un pueblo guerrero que hasta épocas cercanas practicaba el canibalismo. 

Segundo, las serias imputaciones, deslices institucionalizados y abusos en serie de los derechos humanos, como la falta de nitidez informativa sobre los ingresos para amortiguar la aplastante pobreza de la ciudadanía en un clima impune, al menos, hubiesen quedado aminorados, con un mayor control de la administración española en la convocatoria electoral de la nueva república, que, a la sazón, le han hecho ser heredera de esa apatía política y falta de previsión.

Un bagaje insuficiente para un territorio que en el ayer se ramificó en dos provincias y que repetitivamente se han subrayado en estas líneas: ‘Fernando Poo’ y ‘Río Muni’, o séase, la Región Ecuatorial Española, que, hoy por hoy, nos impele a recapacitar como antigua metrópolis; debiendo ayudar a la democratización y alentar la autodeterminación del pueblo Bubi, para cancelar de una vez por todas, la deuda histórica desde el proceso de descolonización. 

Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’ el día 29/VIII/2019. 

Los Borbones en España

Los Borbones en España

La actual Casa Real Española es de la rama de los Borbones, Casa iniciada con el Rey Enrique IV de Francia, nacido en 1553, hijo de Antonio de Borbón y de Dª Juana de Albret, Reina de la Navarra francesa. Se casó primero con Dª Margarita de Valois en 1572 y en 1600 con Dª María de Médicis.

Fue reconocido Jefe de los Hugonotes, que eran los protestantes partidarios de Calvino. En 1589 fue coronado Rey de Francia y adjuró del protestantismo. Pacificó la nación y dictó las leyes muy beneficiosas para el pueblo, llegó a ser el árbitro de Europa. En 1572 también fue coronado Rey de Navarra.

Fue el primer Rey de la Casa de Borbón en Francia y murió asesinado por Francisco Ravaillac en 1610.

Enrique IV de Francia tuvo cinco hijos: D. Luis (1601-1643), Dª Elisabette (1602-1644), Dª Cristina (1606-1663), D. Gastón (1608-1660) y Dª Enriqueta María (1609-1669).

D. Luis XIII, hijo de Enrique IV y Dª María de Médicis, subió al trono a los nueve años de edad, bajo la Regencia de su madre en 1610 al morir su padre.

Al ser mayor de edad desterró a su madre a Blois. En 1624 reconciliado con su madre y bajo la influencia de ésta, nombró como ministro al Cardenal Richelieu. En 1615 se casó con Dª Ana de Austria, con quien tuvo dos hijos: D. Luis (1638- 1715) y D. Felipe (1640-1701).

D. Luis XIV, hijo de Luis XIII y de Ana de Austria. Subió al trono de Francia en 1643, gobernó personalmente su reino durante cincuenta y cinco años, protegió las letras y las artes, su reinado fue uno de los más gloriosos de la historia de Francia, pero su ambición desmedida y su despotismo religioso, le valió el odio del pueblo y pocas simpatías en Europa, precipitando la ruina de la monarquía. Se casó con la Infanta de España Dª María Teresa en 1659, con quien tuvo dos hijos: D. Luis (1661-1711) y D. Felipe (1668-1671). Ninguno de los dos le sucedió al trono.

D. Luis, el Gran Delfín, hijo de Luis XIV y de Dª María teresa, Infanta de España. En 1679 se casó con Dª Ana María de Baviera con la que tuvo tres hijos: D. Luis (1682-1712), D. Felipe (1683-1746) y D. Carlos (1686-1714).

D. Felipe, Duque de Anjou; hijo de Luis, el Gran Delfín y de Dª Ana María de Baviera. Subió al trono de España en 1700, fue el primer soberano de la casa de Borbón, bajo el nombre de Felipe V. Nació en Versalles en 1683, era nieto de Luis XIV y fue llamado al trono de España por testamento de Carlos II. Reinó desde 1700 a 1724, abdicó a favor de su hijo Luis, pero al morir éste vuelve a reinar hasta 1746, fecha en que murió. Se casó dos veces; una con Dª María Luisa de Baviera de Saboya en 1701 y luego con Isabel de Parma en 1715, más conocida por Isabel de Farnesio. Tuvo siete hijos, entre ellos: D. Felipe, Duque de Parma, Jefe de la línea Borbón-Parma. D. Luis I. D.Fernando (1713-1759), Estos tres reinaron en España.

Carlos III, hijo de Felipe V, nació en Madrid en 1716. Sucedió al trono de España a su hermano Fernando VI. Fue el cuarto Rey de la Casa de Borbón. Se casó con Dª Amelia de Sajonia en 1738. Reinó desde 1759 a 1788. También fue Rey de Dos Sicilias de 1735 a 1759. Tuvo cuatro hijos, entre ellos a Dª María Luisa casada con Leopoldo de Habsburgo en 1765. D. Fernando (1751-1825) casado con Dª María Carolina de Habsburgo-Lorena en 1768, fue Rey de Sicilia en 1759 a 1816 y Rey de Dos Sicilias de 1816 1 1825, siguió la línea Borbón-Dos Sicilias. D Carlos (1748-1819).

Carlos IV, hijo de Carlos III. Subió al trono en 1788 y reinó hasta 1808 en qué abdicó a favor de su hijo Fernando VII. Se casó con su prima Dª María Luisa de Borbón, princesa de Parma, tuvo numerosa descendencia, ocho hijos entre ellos a D. Fernando (1784-1833) a D. Carlos María, Conde de Molina, casado primero con Dª María Francisca de Braganza en 1816 y con Dª María Teresa de Braganza en 1838, siguió la línea Carlista. D.  Francisco de Paula (1794-1865).

Fernando VII, hijo mayor de Carlos IV, reinó del 19 de marzo de 1808 hasta el 5 de mayo de este mismo año. Después de la invasión napoleónica volvió a reinar desde 1814 a 1833. Se casó cuatro veces: primero con Dª María Antonieta de Borbón- Dos Sicilias en 1802, después con Dª Isabel de Portugal en 1812, con Dª Josefa Amalia de Sajonia en 1819 y con Dª María Cristina de Borbón y Dos Sicilias, hija del rey de Nápoles en 1829, que reinó junto a su hija Isabel hasta 1840.

Isabel II, hija de Fernando VII y de Dª María Cristina de Nápoles. Heredó el trono de su padre a los tres años, y reinó junto a su madre hasta 1840. En 1843, fue declarada mayor de edad. En 1846 se casó con su primo Francisco de Asís. En 1870 abdicó a favor de su hijo Alfonso XII. Nació en 1830 y murió en París en 1904.

Alfonso XII, El Pacificador, hijo de Isabel II, nació en Madrid en 1857, con los nombres de Francisco de Asís Fernando Pio Juan María Gregorio Pelayo, murió en el Real Sitio del Prado en 1885. Reinó desde 1874 a 1885. Se casó primero con Dª María Mercedes de Orleáns, hija del Duque de Monpensier en 1878 y después con Dª María Cristina de Habsburgo-Lorena en 1879. Tuvo tres hijos que fueron: María Mercedes (1880-1904), Princesa de Asturias, casada con Carlos de Borbón-Dos Sicilias en 1901 y D. León Fernando María Isidro Pascual Antonio, que le sucedió como Rey bajo el nombre de Alfonso XIII, Dª María Teresa (1882-1912).

Alfonso XIII, hijo póstumo de Alfonso XII, nació en Madrid en 1886, reinó bajo la tutela de su madre hasta 1902 en que fue declarado mayor de edad, y su reinado duró hasta el 14 de abril de 1931 que es cuando se declaró la República.  Se trasladó a Fontainebleau y Roma, murió en la noche del 28 de febrero al 1 de marzo de 1941. Se casó con Dª Victoria Eugenia de Battenberg en 1906. Tuvo seis hijos que fueron: D. Alfonso, Príncipe de Asturias (1907-1938). D. Jaime, Duque de Anjou y de Segovia (1908) y D. Juan (1913) en quien se padre abdicó en 1941, tras la renuncia de sus hermanos D. Jaime y D. Alfonso. Dª Beatriz (1909). Dª María Cristina (1911). D. Gonzalo (1914), que murió en accidente de automóvil en 1934.

-D. Juan Carlos Silverio de Borbón y Battenberg, Conde de Barcelona desde 1941, hijo de Alfonso XIII y de Dª Eugenia de Battenberg, nació en San Ildefonso el 20 de junio de 1913, Jefe de la Casa Real Española. Se casó con Dª María de las Mercedes de Borbón y Borbón-Orleans, Princesa Real de las Dos Sicilias y de Francia, nacida en Madrid el 23 de diciembre de 1910, hija de D. Carlos de Borbón-Sicilia y de Dª Luisa de Orleáns y Borbón –España, el 12 de octubre de 1935. Tuvo cuatro hijos: Dª María del Pilar, Duquesa de Badajoz, nacida en 1936 en Roma. Casada en 1967 en Portugal con D. Luis Gómez-Acebo, Duque de Estrada y Vizconde de la Torre.

Dª Margarita, nacida en Roma, en 1939, casada en Estoril en 1972 con D. Carlos Zurita y Delgado.

D. Alfonso, nacido en Roma en 1941, murió en Estoril en 1956.

D. Juan Carlos I Rey de España.

-D. Juan Carlos I Rey de España, nació en Roma el 5 de enero de 1938, hijo de D. Juan de Borbón y Battenberg y Dª María de las Mercedes de Borbón-España. Casado en Atenas con Dª Sofía de Grecia, hija del Rey de Grecia Pablo I y de Dª Federica el 14 de mayo de 1962. De este matrimonio nació la Infanta Elena el 20 de diciembre de 1963, la Infanta Cristina el 13 de junio de 1965 y el Infante Felipe el 30 de enero de 1968, sucesor al trono desde 1986, fue Príncipe de Asturias desde 1983.

Al fallecer el 20 de noviembre de 1975 el General Francisco Franco, a la sazón Jefe del estado español, D. Juan Carlos es nombrado el 22 de noviembre de 1975 Rey de España con el nombre de Juan Carlos I. 


© Felipe VI. Casa Real. Reunión de Alto Nivel para la conmemoración del 75 aniversario de Naciones Unidas

Renunció al trono a favor de su hijo Felipe el 2 de junio de 2014.

-D. Felipe VI, Felipe de Borbón y Grecia, Príncipe de Asturias desde 1983 y heredero a la Corona desde el 30 de enero de 1986, es nombrado Rey de España el 19 de junio de 2014.

Casado con Dª Leticia Ortiz Roca-Solano y con dos hijas de nombre Leonor y Sofía.

*Diplomado en Genealogía, Heráldica y Nobiliaría

Golferío en Vetusta

Golferío en Vetusta

Cumplí ayer con un penoso rito que me imponen unos buenos amigos desde hace ya unos veranos, rendir visita al campo de golf de las Caldas de Oviedo; un campo municipal que se ubica en el valle homónimo donde se encuentra el famoso balneario, hoy primorosamente restaurado de forma que nada tiene que envidiar al Caracalla de Baden Baden.

Es penoso porque este campo extiende sus calles en las empinadas laderas del valle de forma tal que su recorrido se convierte en un suplicio para el que no está acostumbrado, es decir, para cualquier visitante ocasional, como es mi caso. Además, para los de Gijón, adentrarse en esos terrenos es siempre algo inquietante, incluso para quien, como yo, cursara el bachiller superior interno en el entrañable colegio Loyola, en las laderas del Naranco.

Allí las cosas no eran fáciles, estaban los externos, los de la capital, y después los de pueblo, los internos. Había una raya difícil de cruzar que marcaba el estilo de superior elegancia de los locales, e incluso se palpaba entre nosotros mismos alguna diferencia, y así, los de las tierras del Navia o del alto Narcea, con su peculiar acento, lo tenían aún más difícil. Yo, que por entonces vivía en Colunga, me encontraba en tierra de nadie.

Oviedo fue una creación de Fruela que heredaba la prevención que, desde los tiempos de Pelayo, los monarcas asturianos tuvieron hacia la villa gijonesa, posiblemente por el mal recuerdo de Munuza y Adosinda. El caso es que esta condición capitalina, antes regia y después provinciana, siempre le ha dado buenos dividendos a los carballones que, entre claustros eclesiales o universitarios, juzgados y gobernaciones, han encontrado un buen pasar de funcionario a lo largo de los siglos, alcanzando el cenit en los tiempos que tan bien retrató Leopoldo Alas.

En Gijón las cosas han ido por derroteros más complicados; desde la destrucción de la villa tras los reiterados alzamientos del conde de Noreña, allá por el S. XIV, tuvo que esperar a que Jovellanos la pusiese tímidamente en la senda del futuro, a donde llegaría en el XIX de la mano del carbón y la industria. Dicen incluso que el anarcosindicalismo entró por allí, caminando luego hacia el Caudal y las Cuencas donde lo esperaba el Sindicato minero. Ambos de la mano darían días de fuego y sangre en la región.

El cierre de las minas y del naval, con el acompañamiento de la reducción metalúrgica, coincidió casi con el nacimiento del golf municipal en Gijón, lo que le da un aíre como de andar por casa en sus dos campos, como proletario, pero lo de Oviedo es distinto. Ayer me puse de pantalón largo, por aquello de visitar la capital, pero me sorprendieron los de allí con una colección de coloridas bermudas, algunas, de esas apretadas, que ahora se llevan y que pusieran de moda los amiguetes de Versace en el Ocean Drive de Miami, con polos a juego en algún caso y llamativos cinturones que resaltaban lorzas de asturiana gastronomía. Mis amigos, ovetenses conyugales, aún no se han mimetizado en estos usos y costumbres de los capitalinos. A ver cuánto duran. 

*Versión en asturiano en abellugunelcamin.blogspot.com

El Gran Capitán, la carrera colosal de un magno militar

El Gran Capitán, la carrera colosal de un magno militar

Entre los nombres consagrados de esforzados valientes que nuestra Patria ha visto resurgir a lo largo y ancho de la Historia, tenemos el orgullo de retratar a un ilustre militar que hizo prosperar la guerra de choque medieval, siempre acompasada y tediosa, por la táctica de defensa-ataque. Dando preferencia a una metodología de combate moderna y diligente y atribuírsele el enorme merecimiento de forjar el primer ejército profesional español.

Ni que decir tiene que este pasaje pretende aproximarse a un genio que aplicó de manera magistral la simbiosis Infantería-Caballería-Artillería, valiéndose del apoyo naval. Y, por si fuese poco, reformó el ejército que comenzó a denominarse los ‘Tercios’, aleccionando a sus soldados con una disciplina inquebrantable, hasta suscitar en ellos el espíritu de cuerpo, la impronta de hombres honrados, el sentido del honor y la atracción religiosa. 

Me refiero al ‘Gran Capitán’, o lo que es lo mismo, a don Gonzalo Fernández de Córdoba y Enríquez de Aguilar (1453-1515). 

Sus pródigas hazañas y conquistas tan gloriosas en la Edad Moderna (XV-XVIII), como propiamente constarían en la Edad Media (V-XV) las de don Rodrigo Díaz de Vivar. Aunando la tradición caballeresca medieval, especialmente, con sus inmejorables vínculos hacia la tropa y las nuevas predisposiciones renacentistas. Con lo cual, no hallamos ante el paradigma de quién evolucionó el estilo característico de la batalla y con la que los Tercios Españoles hipnotizaron la Europa del siglo XVI.

Con estas connotaciones preliminares, el principal protagonista de este texto reavivó la traza de la guerra, asentando las raíces de la invencibilidad de las huestes hispanas durante siglo y medio. Contribuyendo contundentemente en la Guerra de Granada (1482-1492) y venciendo a los galos en Italia, hasta incorporar el Reino de Nápoles a la Corona de España. 

Pero, ante todo, el ‘Gran Capitán’, calificativo y apelativo que obtuvo por sus brillantes cualidades en las campañas italianas, se convertiría en pieza noble y resolutiva en el engranaje del nuevo Estado que compusieron SS.MM. los Reyes Católicos: Don Fernando II de Aragón y Doña Isabel I de Castilla, Soberanos de la Corona de Castilla (1479-1504) y de la Corona de Aragón (1479-1516).

Una breve síntesis que nos ubique en el escenario real donde destacaría ejemplarmente la figura de Fernández de Córdoba: por aquel entonces, España estaba huérfana de una política de expansión ultramarina atlántica, a pesar de su beneficiosa situación territorial. 

Básicamente, supeditada a la coyuntura de Fernando II (1452-1516), al encarnar un Reino que desde del siglo XIII contemplaba al Mediterráneo Occidental, fundamentalmente, el Reino de Nápoles; al mismo tiempo, que las Islas Baleares y Cerdeña. La motivación residía en la opulencia del espectro italiano, como su banca y urbes y la influencia de los derroteros comerciales del trigo y las especias. 

En contraste, la efusión del Reino de Aragón y Cataluña por vía marítima alcanzó la cúspide en 1504, con la incorporación de Nápoles al espacio aragonés. En adelante, puertos como Barcelona y Valencia mejoraron con centros de intercambios e importantes industrias navales. 

Obviamente, esta tendencia conllevaría que los fondos de la Corona se designaran a empresas militares, esencialmente, para imperar en estas áreas y mantener a raya el empuje turco que se fortalecía en África del Norte.

Posteriormente, en la etapa de los Reyes Católicos, el lado económico no era rimbombante como para sufragar las expediciones experimentales en el Atlántico. Salvaguardando el dominio de las Islas Canarias, España no se preocupó demasiado por irrumpir en el insondable Océano y dejó la ruta a merced de los lusos.

Una vez consumada la conflagración que enfrentó en 1479 a Castilla con Portugal, la política de los reyes se desenvolvió con miras a las buenas relaciones con su vecino. Bien es cierto, que existieron varios enlaces matrimoniales y tratados para consolidar la paz. Dada la pugna de España y Francia por las heredades del Rosellón, Italia y Navarra, no era beneficioso indisponerse con Portugal, porque aquello entrevería tiranteces en poco más o menos, la totalidad de las fronteras españolas. 

Alcanzado el año 1492, presumió la reconquista de Granada, obteniendo la unidad de la superficie hispánica, el descubrimiento del Nuevo Mundo con el añadido de las tierras ignotas y la mayoría de edad de Carlos VIII de Francia (1470-1498). Un matiz previo, para llegar a las negociaciones sobre la devolución del Rosellón y Cerdeña, que se zanjaría en el año 1493 con el Tratado de Barcelona. A partir de aquí, se abrían otros canales de futuro para el Imperio Español.

Advirtiendo los propósitos del francés por ocupar Nápoles, Fernando el Católico captó una liga de Estados musculosa que defendiera su tesis. Comenzando por el Papa Alejandro VI (1431-1503), o el depuesto rey de Nápoles, el emperador de Alemania o el duque de Milán, entre algunos, denominada ‘La Liga Santa’ o ‘Santa Liga’, una coalición militar integrada por la Monarquía Hispánica que consiguió aglutinar a más de 60.000 integrantes. Pese a todo, Carlos VIII no titubeó a la hora de presentarse en Nápoles, asaltándola y apremiando una respuesta inminente del rey Fernando, porque este reino era feudo del Papa. Un argumento que le exoneraba del Tratado de Barcelona. Para el manejo y dirección de esta operación considerada crucial, designó al ya afamado Fernández de Córdoba, por su ardor guerrero, arrojo y bizarría.

En los prolegómenos y ante el brío francés mostrado, se entregaron a éste las plazas de San Germán y Gaeta, pasándose al bando ganador los señores feudales italianos. Mientras, el ‘Gran Capitán’ se puso en camino a Seminara, sito en Calabria, con un comienzo propicio para sus tropas. Pero la desaparición del primo de Fernando II, el cardenal Luis de Aragón (1474-1519) y la desidia en el campo de batalla de las avanzadillas sicilianas, predispusieron un vaivén en el rumbo de la contienda.

Ciñéndome sucintamente en Fernández de Córdoba, era miembro de la nobleza andaluza y perteneciente a la Casa de Aguilar. Sus progenitores eran el caballeroso don Pedro Fernández de Córdoba y Pacheco y doña Elvira de Herrera y Enríquez. Muy pronto, su familia logró que aun siendo infante se integrara como ayudante al servicio de Enrique IV de Castilla (1425-1474) y a su muerte, formase parte del séquito de la reina Doña Isabel (1451-1504). 

No había cumplido todavía los veinte años, resuelto y emprendedor, se animó a prestar sus servicios a cargo de la princesa Isabel, que dirigía una facción contraria a su hermano Enrique IV y la hija de este, Juana de Castilla (1462-1530), llamada por sus contrarios, ‘la Beltraneja’. 

Prestamente sobresalió y se aventajaba sobre el resto, hasta tal punto, que era conocido como el ‘príncipe de la juventud’, ingenioso, soberbio en la utilización de la espada y lanza, vivaracho, culto y abiertamente desprendido. 

Posiblemente, en esta última cualidad, en exceso, a criterio de su guía Pablo Cárcano.

En las vicisitudes de la Guerra de Sucesión castellana (1475-1479) persistió incansable a la causa de Isabel, frente a Juana de Castilla. Justamente, en esta complejidad belicosa, se desenmascaró el frontispicio de su esplendorosa Carrera de las Armas. Llamando la atención como soldado en la Guerra de Granada (1482-1492), señaladamente, en el sitio de Tájara y en la toma de Íllora, emplazada en la porción oriental de Loja.

En los años sucesivos que perduró el asedio de Granada, intervino como Representante competente de los Reyes Católicos y en los entendimientos y ajustes con el monarca nazarí Boabdil, conocido como Muhammad XII, que como es sabido, terminaron con la rendición de la Ciudad. 

Sin inmiscuir, que empezó a ejercitar sus descubrimientos tácticos, eclipsando el estrago medieval de choque entre las líneas de caballería, por la maniobrabilidad de una infantería mercenaria, encajada en unidades compactas. Intensificando su destreza para servirse de los recursos apropiados. Para ello, acondicionó la desenvoltura a los medios del momento, como, por ejemplo, la lucha de guerrillas en alguna de sus acciones, demuestra los triunfos logrados que le convirtieron en el más definido jefe militar de la monarquía castellano-aragonesa.

Los reyes le condecoraron por sus dotes virtuosos y las misiones cumplimentadas a la perfección, recibiendo una encomienda de la Orden de Santiago, el señorío de Orjiva y algunas rentas sobre la elaboración de seda granadina; lo que ayudó a ampliar su patrimonio y enaltecer a quién había pasado inadvertido en la nobleza castellana.

Culminada la Guerra de Granada, como no podía ser de otra manera, acaparó tal reputación, que le permitió en 1495 ser emplazado nuevamente para otra intervención. En esta ocasión, encabezó las operaciones militares en el marco excepcional de la península italiana, cada día más impreciso. 

Con dicha designación, los reyes le cedían un ejército aguerrido y práctico a un militar curtido en muchas hostilidades y un estratega inmejorable. 

Desembarcando en Calabria al mando de unas tropas aminoradas para hacer frente a las fuerzas francesas que habían invadido el Reino de Nápoles, Fernando el Católico tenía justas y legítimas aspiraciones. Las milicias hispanas enarbolaron ser superiores en soltura y acierto en la ‘Batalla de Seminara’, donde derrotó a unos combatientes más nutridos.

Nápoles se había erigido en el laberinto de unas cuantas acometidas entre los franceses y españoles. Fernández de Córdoba acorraló a las huestes enemigas en los Abruzzos, al Este de Roma y los refuerzos previstos serían aniquilados antes de su incursión.

Carlos VIII de Francia, exacerbado por el cariz que adquirían los sucesos, amplificó los esfuerzos por sujetar el Sur de Italia, pero el ‘Gran Capitán’ se apoderaba una a una, de todas las fortificaciones. La salvaguardia de Nápoles para el Imperio Español la cosecharon un puñado de soldados sin otro auxilio que su fe, la gallardía e inteligencia en el ataque.

La moral en las posibilidades evidenciado en cada uno de sus componentes, era algo así como un impulso más vigoroso que el fuego de los cañones, o el empaque de una carga de la imponente caballería pesada.

No obstante, aún habrían de librarse otras batallas cruentas, como Baratte, Tarento y Alella, respectivamente, que representaron la destrucción de los ejércitos dispuestos por el general Montpeasier. 

Era inapelable la superioridad impuesta por las tropas españolas y Fernández de Córdoba, que ya era reconocido como uno de los más excelentes y temidos militares del Viejo Continente. El hacedor, invulnerable y bien pertrechado regimiento del rey de Francia, era catapultado en repetidas embestidas y, a la postre, devastado en el curso de un año. 

Las efemérides daban la razón al personaje de este relato: valía la pena ser denodado y afanoso, que deleznable e indeciso.

Completado el designio de Nápoles, retornó a España en el año 1498, donde sus éxitos le aquilataron como se ha expuesto, con el sobrenombre de ‘Gran Capitán’ y el título de Duque de Santángelo. 

Dos años más tarde, por segunda vez se traslada a Italia, con el mandato de aplicar el Tratado de Granada, una alianza militar pactada entre Luis XII de Francia (1462-1515) y Fernando el Católico, para repartirse mutuamente el territorio de Sicilia Citerior, bajo el gobierno de Federico I o Fadrique I de Aragón o Chiaromonte (1452-1504).

En los preludios se originaron fricciones entre hispanos y galos en el interés por el acuerdo, confluyendo en la reapertura de escaramuzas. La diferencia numérica francesa impuso al ‘Gran Capitán’ valerse de su temple como militar y concentrarse en la protección de las plazas fuertes con la expectativa de los apoyos.

En la Batalla de Ceriñola (21-IV-1503/28-IV-1503), Fernández de Córdoba desbarató al ejército comandado por el duque de Nemours, que pereció en la ofensiva y ocupó todo el Reino. Las fuerzas contendientes enviada por Luis XII caerían derrotadas a orillas del río Garellano y los franceses cedieron la guarnición de Gaeta, en Lacio, un puerto marítimo de la costa occidental de Italia. Finalizado el conflicto bélico, Fernández de Córdoba en justa reconocimiento por su arrojo y voluntad ilimitada, fue designado Virrey de Nápoles, función que cumplió en el intervalo de cuatro años.  

Subsiguientemente, residiría en el monasterio cordobés de San Jerónimo, donde sopesaría abrazar el estado eclesiástico, pero, inexcusablemente, su delicada salud desaconsejaba esta decisión. En noviembre de 1515 padeció un ataque de calenturas que en pocas jornadas lo reubicaron en Granada, lugar en el que expiró el día 2 de diciembre de ese mismo año. 

El ‘Gran Capitán’ recibió santa sepultura en el Real Monasterio de San Jerónimo de esta misma Ciudad, si bien, a día de hoy existe el enigma de su paradero: las investigaciones verificadas en 2006 por el Instituto Andaluz de Patrimonio empleando técnicas de ADN y otros procedimientos, corroboran, que los restos mortales depositados en el sepulcro del ‘Gran Capitán’, no pertenecen a Fernández de Córdoba. En este sentido, se barajan diversas hipótesis. 

El enterramiento pudo ser expoliado en la duración de la Guerra de la Independencia Española (2-V-1808/17-IV-1814) por las fuerzas napoleónicas. No en vano, Fernández de Córdoba es señalado por los franceses, a quienes venció en Ceriñola y Garellano, afianzando el feudo del Reino de Nápoles para la Corona de España.

Desde ese instante se despuntó su legado y, vertiginosamente, los elogios a su persona eran los temas preponderantes de la literatura renacentista. En 1506, el poeta Giambatistta Cantalicio ya compuso en latín su ‘De bis recepta Parthenope’, reproducida diez años más tarde por Alonso Hernández en su ‘Historia Parthenope’

Ambos contenidos, extractan las gestas de este caballero legendario que, en definitiva, le encaramaron con los apelativos reiterados del ‘Gran Capitán’ y con una incuestionable evocación cidiana: “el que ganó dos veces Nápoles”. Detrás, uno de los poetas y dramaturgos más importantes del siglo de Oro español, Lope de Vega Carpio, le tributó una de sus comedias menores desarrollada y rehecha por el literato posbarroco, José de Cañizares y Suárez, titulada ‘Las cuentas del Gran Capitán’

Ya, en los inicios del siglo XX, el archivero, historiador, heraldista, genealogista y académico Antonio Rodríguez Villa, cristalizó una asombrosa tarea recopilatoria de las fuentes cronísticas desconocidas e indocumentadas de la biografía de este insigne, relevante y engrandecido militar.

© Foto: National Geographic de fecha 26/VIII/2020.

En consecuencia, don Gonzalo Fernández de Córdoba y Enríquez de Aguilar, el ‘Gran Capitán’, nos dejó la chispa indeleble del artificio de la guerra, desplazando hábilmente las piezas de un puzle como sus tropas y reportando al adversario al espacio más benigno a sus intereses. A todas luces, para bien, revolucionó el restablecimiento de la Infantería en coronelías, el embrión que, a posteriori, vislumbraría a los futuros Tercios: el guardián impoluto de la Patria. Visiblemente admirado por sus subordinados, se ensamblaron a sus propuestas y jamás lo abandonaron, aunque el contexto infundiese los peores augurios y con apenas resquicios de ganar terreno. 

La combinación perfecta en su maniobrabilidad le proporcionó intercalar algunas innovaciones progresivas en el ejército español, que convergieron en los aguerridos Tercios.

La primera modificación se plasmó en 1503: Fernández de Córdoba implantó la división con dos coronelías de 6.000 infantes cada una, conformada por 800 hombres de armas, 800 caballos ligeros y 22 cañones. 

En sus manos dispuso de los medios a su alcance para cristalizar la guerra hasta las últimas consecuencias. Cediendo la potestad a la Infantería, que era idónea para manejarse en cualquier tipo de terrenos. Inteligentemente, redobló la escala de arcabuceros, uno por cada cinco infantes y aparejó con espadas cortas y lanzas arrojadizas a dos infantes de cada cinco, confiados a escurrirse entre las largas picas de los escuadrones de esguízaros suizos y lansquenetes, hasta herir mortalmente al enemigo en el abdomen.

También, confirió a la Caballería un cometido más ambicioso con la persecución y hostigamiento para encarar al rival y fracturarlo, quitándole el protagonismo que había poseído hasta el momento. Y no faltó, la puesta de un escalonamiento con tres líneas encadenadas, para tener una reserva y alguna probabilidad adicional de movimiento.

Esta es a groso modo la semblanza del ‘Gran Capitán’, un estratega a la altura de los más grandes de la Historia.

*Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’ el día 01/IX/2020. 

Cleopatra, 2050 años. II Parte, Final

Cleopatra, 2050 años. II Parte, Final

EGIPTO ANTE TODO

El regreso de Cleopatra a Alejandría en el 44 a.C tras el asesinato de César marca la segunda parte de su reinado en el cual dio notables avances a la restauración del imperio de sus antepasados. Muerto Ptolomeo XIV y con Cesarión como rey, Cleopatra puso manos a la obra y terminó las obras de restauración en Alejandría.

Entre sus obras más famosas levantó un templo de Isis en la isla de Faros, hoy perdido lamentablemente, terminó las obras que su padre había dejado a medias en Edfú e inició la construcción del Cesarerum, un templo en honor a César, imitando al foro romano y cerca del puerto de la ciudad. También construyó un altar flotante en Hermontis y una sinagoga. En el plano intelectual la propia reina aplicó también sus dotes resucitadoras y Alejandría vivió un renacer intelectual, en el que Cleopatra destacó escribiendo tratados de medicina, pesos y medidas, hoy lamentablemente perdidos.

En su círculo de íntimos destacaron el filósofo Filóstrato y Dídimo de Alejandría, apodado el Chalkanteros ( intestinos de bronce) dado que escribió más de 3.500 tratados que luego sin embargo olvidaba haber escrito.

Durante los años 44-41 a.C Cleopatra se dedicó a  reinar en Egipto, pero sin perder de vista la guerra civil en Roma. Por desgracia a los problemas externos se sumaron los internos, estalló una epidemia de peste, el Nilo no subió bien de nivel durante el 43-42 y las cosechas fueron malas por lo que Cleopatra entendió que su pueblo se moría de hambre, declaró el estado de alarma y abrió los graneros reales para repartir el trigo gratis. En el año 42 a.C al saber que los Cesarianos se encontraban en Grecia partió con su flota para prestar ayuda a Antonio y Octavio, pero una tormenta la sorprendió y tuvo que regresar a Egipto tras haber perdido  la mitad de sus naves.

En el año 42 a.C la Guerra Civil terminó en Filipos, Grecia, en donde Casio y Bruto fueron derrotados y ambos se quitaron la vida. En ese mismo año César era proclamado dios en Roma y se avistó un cometa que fue llamado la estrella de César, dándose a entender que una vez vengado este ascendía a los cielos a ocupar su lugar entre los dioses.

Ahora Marco Antonio, Octavio y Lépido gobernaban Roma, pero decidieron partir la República en 3 partes para administrarla conjuntamente.

Antonio recibió la Galia, Grecia y Oriente

Lépido recibió África

Octavio recibió Hispania y Roma

La parte más rica de Roma estaba en Oriente, y Antonio se dedicó a gobernarlo desde la ciudad de Tarso, en el sur de la actual Turquía. Su principal objetivo ahora era conseguir lo que César no pudo al haber sido asesinado, conquistar la Partia. Pero necesitaba dinero, dado que el ejército tras la guerra civil estaba muy mal equipado, además era obligación que los monarcas clientes de Roma prestaran ayuda militar y económica, en este caso Antonio hizo llamar a Cleopatra. 

Por supuesto la llegada de Cleopatra a Tarso fue un gran acontecimiento, en el que no escatimó en gastos para dar un gran espectáculo. Llegó en una nave real con la proa de oro, los remos de plata, las velas púrpuras y en el centro bajo un toldo de seda estaba la reina ataviada como Afrodita, rodeada de criados disfrazados de Cupidos y Nereidas que arrojaban flores al agua del puerto ante los ojos atónitos de la muchedumbre, mientras los músicos tocaban en la cubierta.

Antonio le ofreció una suntuosa cena en palacio, pero Cleopatra insistió en que la reunión que se quería llevar a cabo debía ser en suelo egipcio y al final el Cónsul aceptó. Esa noche Antonio y sus hombres acudieron a cenar a la nave real y vieron que en el interior de esta Cleopatra había preparado más de 30 triclinios de oro forrados de seda, el suelo estaba cubierto de rosas y los tapices y cortinajes bordados en oro y púrpura colgaban de los techos y paredes. El banquete, que mezcló lo mejor de lo griego y oriental, se sirvió en una vajilla de oro forrada con piedras preciosas y para sorpresa de los invitados al final de la velada la reina le regaló todo eso a Antonio. 

¿Cuándo surgió el amor? Por llamarlo de alguna manera. No se sabe exactamente ni cuando ni como, lo que está claro y si sucedió es que Antonio pasó el invierno 41-40 a.C en Alejandría en compañía de la reina y la diversión fue de por si absoluta. Sin embargo, en Roma estalló una guerra contra Octavio la cual dirigió Fulvia, la esposa de Antonio, y cuando esta fue derrotada se exilió en Grecia en donde murió esperando a su esposo. 

Antonio entonces regresó a Roma para poner fin a las discrepancias con Octavio y para sellar la paz entre ambos Octavio le obligó a casarse con su hermana, Octavia. El personaje de Octavia pasaría a la postre como la anti-Cleopatra, dado que no comandaba ejércitos, ni reinaba ni decía lo que pensaba, fue el ejemplo de matrona y esposa romana. La pareja se trasladó a Atenas, en donde nacerían las dos hija del matrimonio, Antonia la Mayor y Antonia la Menor quien luego fue la abuela del emperador Calígula y madre del emperador Claudio. 

Justo antes de volver Antonio cumplió una petición de Cleopatra, matar a su hermana Arsínoe, la cual estaba refugiada en el templo de Artemisa en Éfeso pero que estaba reuniendo partidarios en el exilio. Una vez muerta su rival Cleopatra quedaba como la única y legítima soberana de Egipto. 

Cleopatra no vio a Antonio durante los siguientes 3 años y en aquel mismo año 40 a.C los partos atacaron Jerusalén obligando a Herodes, Rey de Judea, a huir a Roma. Más tarde fue restaurado en el trono. Algunas fuentes aseguran que la reina y el general se cartearon durante esos 3 años y que los espías de esta le informaban de la situación de Antonio en Roma. 

Aquel año 40 a.C Cleopatra descubrió que volvía a estar embarazada, dando a luz a mellizos, a los que puso Alejandro Helios y Cleopatra Selene. Con esto mandaba un mensaje de propaganda a Antonio, dado que puso el nombre del conquistador del Imperio Persa a uno de sus hijos.

En el año 37 a.C Antonio partió a Oriente, dispuesto a atacar la Partia, dejando a Octavia y sus hijas en Atenas, para más tarde mandarlas a Roma de vuelta. Al mismo tiempo Cleopatra partió también a Antioquía, ciudad en la costa sur de Turquía para reunirse con el general, pero había una sorpresa de la que Antonio no sabía nada. Cleopatra esta vez viajaba con sus hijos.

En Antioquía Antonio abrazó a sus dos hijos y los reconoció como tal, y fue más lejos aún. Reconoció a Cesarión como legítimo sucesor de César, mostrándose más partidario de los Ptolomeos que de Octavio y Roma. Tras 3 años separados apenas habían cambiado los sentimientos del uno por el otro, pero esta vez la reina le puso las cartas sobre la mesa. Cleopatra estaba dispuesta a correr con los gastos de la campaña de Antonio en Partia, pero ella exigía la devolución de los territorios ptolemaicos que habían pertenecido antaño a Egipto, algo a lo que Antonio no puso reparo alguno. De la noche a la mañana se le otorgó a Cleopatra el control del sur de Turquía, Líbano, partes de Siria, una rica porción de Judea, Sinaí, Creta, Chipre y la Cirenaica, el Imperio Ptolemaico renacía en su gloria del siglo III a.C. Con 32 años la Reina hizo acuñar una nueva moneda en la que aparece como Cleopatra Reina-Nueva Diosa que ama a su Patria.

La pareja pasó el invierno del año 37-36 a.C en Antioquía, en el cual la reina quedó de nuevo embarazada de Antonio. A mitad del año siguiente estos se despidieron en el Éufrates mientras Antonio se dirigía invadir Partia. Cleopatra puso rumbo al sur iniciando una gira por los territorios recién adquiridos.

Tras pasar por Damasco y Beirut la reina hizo parada en Jerusalén, en donde ella y Herodes negociaron lo siguiente. A Cleopatra, ahora dueña de una parte del reino de Judea, le pertenecían los campos de dátiles en Jericó y las reservas de betún del Mar Muerto y Herodes se comprometió a arrendarlos a cambio de 200 denarios de plata. Entre ambos había un odio disfrazado de diplomacia, pero Cleopatra estaba bien protegida y si Herodes la hubiera matado eso habría sido su fin. Lo que hizo fue despedirla con costosos regalos. En el verano del 36 a.C Cleopatra dio a luz a Ptolomeo Filadelfo.

La campaña de Antonio en Partia fue un desastre, perdió a 30.000 hombres y el rey de Armenia, su aliado, lo traicionó y hubo de regresar. Una vez más fue la reina quien acudió al rescate y Antonio, temiendo que en Roma Octavio aprovechara para desacreditarlo por la derrota sufrida, se fue a Alejandría con Cleopatra.

En el año 35 a.C Antonio invadió Armenia como represalia por su traición, pero en vez de celebrar el triunfo en Roma, lo celebró en Alejandría, lo que le originó impopularidad. 

Al año siguiente, en el 34 a.C,  en el Gimnasio de la ciudad y con sus habitantes reunidos se levantó un gran altar de plata con dos tronos de oro y Cleopatra vestida con un traje dorado, la corona de los cuernos solares, el cayado y látigo sagrado, sentada al lado de Antonio ataviado como Dionisos con una túnica bordada en oro y una corona de laurel, fue proclamada Reina de Reyes. 

Acto seguido Antonio proclamó a Cesarión Rey de Reyes y legítimo heredero de César, Cleopatra Selene fue nombrada reina de Cirenaica y Libia, Alejandro Helios fue nombrado rey de Armenia, Media y Partia (aún por conquistar) y Ptolomeo Filadelfo fue nombrado rey de Siria y y Cilicia. 

Cleopatra estaba feliz, porque al fin no solo había conseguido mantener a Egipto a salvo, sino que había rescatado la herencia de Alejandro Magno de crear un gran imperio en el que Oriente sería quien dictara las normas. Roma ahora podría temblar al ver el poderío de la reina quien ese mismo año se casó con Antonio tras repudiar este a Octavia. Aquel  año del 34 a.C  inauguró el Cesareum, el templo en honor de César. Forrado de oro y plata, mezclando el arte egipcio y romano, el edificio albergaba templetes, jardines y bosquecillos sagrados, obras de arte y bibliotecas. Cleopatra ya no era solo una reina. A sus 35 años era casi una emperatriz y el futuro para la dinastía Ptolemaica no podía ser mejor y para Cesarión igual. Alejandría entonces se convirtió en una fiesta en la que los desfiles, obras de teatro, carreras de caballo y fiestas inundaron no solo los 4 rincones de la ciudad, sino también de Egipto entero.

Desgraciadamente lo que pasó a la historia como las Donaciones de Alejandría fue visto como una traición en Roma. En el año 32 Octavio robó el testamento de Antonio y lo leyó en el Senado, y en él no solo reconocía a Cesarión como heredero de Roma, sino que deseaba ser enterrado en Alejandría junto a Cleopatra. Tras aquello y mostrándose como amo de Roma una vez se había desecho de Lépido, Octavio declaró la guerra a Egipto.

La Batalla final tuvo lugar en Accio, Grecia, el 2 de septiembre del año 31 a.C. Pese a que la flota egipcia era mayor que la romana la pareja de los dos amantes fue derrotada. Cleopatra y Antonio huyeron a Egipto, pero Octavio no les siguió, pues hubo de volver a Roma a sofocar una revuelta que se había extendido por todo el país.

Si en Egipto se sabía que habían sido derrotados las tropas podrían derrocar a Cleopatra, así que esta regresó en su nave engalardonada con flores y velas púrpuras haciendo creer que habían vencido a Octavio. Antonio se derrumbó y se retiró a la isla de Faros, mientras Cleopatra reunió a todas las tropas restantes y las asentó en Alejandría, a su vez que trataba de ganar tiempo buscando ayuda de aliados que les iban dando la espalda uno por uno. 

La reina entonces ordenó sacar sus barcos del puerto y trasladarlos al Mar Rojo, pues pensaba reunir sus riquezas, embarcarse con Antonio y sus hijos y exiliarse en la India. Lamentablemente los nabateos, enemigos de Cleopatra, le incendiaron su armada. Ahora no había escape posible. Durante ese tiempo Cleopatra empezó la construcción de su mausoleo, porque perdida ya toda esperanza tanto ella como Antonio empezaron a ver la muerte como única salida. 

A comienzos del año 30 a.C Octavio empezó la invasión de Egipto desde el norte. Cleopatra le ofreció su abdicación si dejaba vivir a Cesarión y reinar, como muestra de ese pacto le mandó su diadema y su cetro y un trono de oro, pero fue en vano. 

Antonio intentó entonces frenar a las tropas en Pelusion, pero fue derrotado y se atrincheró tras los muros de Alejandría. Le llegó entonces la noticia de que Cleopatra había muerto y este, destrozado, se suicidó arrojándose sobre su propia espada. En esto llegaron Mardián y Olimpos, quienes llevándolo en un triclinio y colgándolo de unas cuerdas consiguieron meterlo dentro del mausoleo y allí estaba Cleopatra, la cual cogió en brazos a Antonio llamándole mi esposo, mi señor y emperador. Antonio murió el 1 de agosto del 30 a.C y tenía solo 53 años.

Una vez ocupada la ciudad Octavio trató de ver a la reina, pero esta se había atrincherado en el mausoleo con todo el tesoro de Egipto, el cual amenazó con quemar si lo tocaban. A Octavio no le convenía perder ese botín, quería a la reina viva y le aseguró a través de sus emisarios que no sufriría daño alguno.

Mientras eso sucedía Cesarión había escapado a finales de julio con su tutor y se dirigía al Mar Rojo. Su madre lo había mandado con la esperanza de que él al menos pudiera huir a la India y con un puñado del tesoro real. Por el momento el muchacho de 17 años estaba a salvo.

Al final, los hombres de Octavio lograron entrar en el mausoleo y Cleopatra intentó clavarse una daga, pero le fue arrebatada en el forcejeo y la trasladaron a palacio. Cayó enferma y se negó a comer, queriendo dejarse morir de hambre, pero hubo de abandonar la huelga cuando Octavio le amenazó con matar a sus hijos. La primera reunión entre el vencedor y la vencida tuvo lugar el 4 de agosto, cuando Cleopatra estaba más recuperada. Se dice que intentó seducir a Octavio, mostrándole que siempre había guardado un grato recuerdo de César, incluso le mostró las cartas que este le había escrito entre el 47-46 a.C pero  de nada sirvió.

Le pidió entonces que al menos le dejara enterrar a Antonio según las costumbres egipcias, a lo que Ocatvio cedió, pero bajo estrecha vigilancia. La siguiente reunión se llevó a cabo el 9 de agosto, en la que Octavio le comunicó que ella y sus hijos lo acompañarían a Roma y firmarían la paz, pero Cleopatra tenía en mente otros planes, pues ya sabía que jamás regresaría a su patria. En Roma le harían lo mismo que le habían hecho a su hermana, luego la meterían en alguna celda en donde se volvería loca y se suicidaría como le había pasado a otros monarcas helenísticos. No, no iba a terminar así, ella la última descendiente de Alejandro Magno no sería el botín de guerra de Roma. Consiguió engañar a Octavio accediendo a todas sus peticiones, incluso le regaló joyas de incalculable valor para ganarse su confianza.

El 12 de agosto la reina supo por un criado fiel que Octavio pretendía zarpar a Roma en tres días, era el momento. Por la mañana, Cleopatra fue a visitar la tumba de Antonio,  tras realizar los ritos debidos le juró que pronto estarían juntos. Una vez hecha esta promesa la reina volvió a palacio, se dio un baño por la tarde y cenó, luego le entregó una misiva a un criado de Octavio pidiendo que por favor se la hiciera llegar. Mientras el criado de Octavio salía de las estancias de la reina otro entraba con una cesta, la cual tras ser revisada por los carceleros de Cleopatra  y comprobar que solo llevaba higos le fue cedido el paso. 

En cuanto Octavio leyó la misiva se dio cuenta de que aquella mujer le había mentido y engañado con una astucia admirable, y en sus propias narices. Al llegar corriendo a las estancias de la reina  Octavio y sus hombres solo pudieron ver que esta yacía muerta en un lecho de oro, ataviada con el traje y la corona real de Egipto. Iras yacía muerta al lado de su señora, mientras Charmián le retocaba la corona.

-¿Fue idea de tu ama acaso?: Exclamó el General Agripa.

-Claro que lo fue. Como debía corresponder a la descendiente de tan grandes reyes: Respondió Charmián antes de caer muerta también.

La causa de la muerte de Cleopatra nunca se ha sabido y la versión del áspid es la que acaba apareciendo en todas las películas. Pero aunque se encontraron dos punzadas en su brazo, no se encontró serpiente alguna, pero es probable que pasara lo siguiente.

Cleopatra era experta en venenos y durante aquel año 31-30 a.C estuvo experimentando con condenados a muerte, a ver cual toxina era la más indolora de todas y rápida de matar. Es probable que llevara una aguja envenenada escondida en el pasador del pelo y se la clavara, lo de las dos punzadas es probable porque quizás ella misma quiso dar a entender que un áspid o una cobra, el símbolo de la monarquía egipcia, la había mordido.

Octavio estaba furioso, pues había perdido su botín más ansiado, pero dispuso que la reina fuera enterrada con honores de estado y al lado de Antonio. 

El destino de los hijos de Cleopatra fue otro. Cesarión regresó a Alejandría engañado por su tutor de que Octavio le perdonaría la vida, pero nada más llegar fue ejecutado. Era el 23 de agosto y solo habían pasado 11 días desde la muerte de su madre.

Alejandro Helios, Ptolomeo Filadelfo y Cleopatra Selene fueron llevados Roma y criados por Octavia. Posteriormente los dos varones murieron entre el 29 y el 25 a.C, ese mismo año Octavio casó a Cleopatra Selene con el rey Juba II de Mauritania (actual Marruecos) y fue ella quien mantuvo el legado de su madre vivo al preservar las tradiciones ptolemaicas. La pareja tuvo dos hijos, Livia Drusilla y Ptolomeo, nieto de Cleopatra,  al que sin embargo el emperador Calígula mandó matar en el 40 d.C y se anexionó Mauritania a Roma. 

Con la muerte de Cleopatra la dinastía de los Ptolomeos llegó a su fin tras 3 siglos de reinado en Egipto y Octavio se lo anexionó al Imperio Romano, a día de hoy el mes de agosto lleva el nombre por el que luego se le conocería. Augusto. Pero también porque ese mes es cuando Egipto cayó definitivamente y dio comienzo la Pax Romana. Octavio se convirtió en emperador en el 27 a.C y gobernaría hasta su muerte en el 14 d.C tras 44 años de reinado.

Y pese a perder la guerra se podría decir que Cleopatra ganó de otra manera. A día de hoy su nombre evoca una época pasada y gloriosa, pero también de poder femenino y astucia política. Desde que subió al trono, el cual ocupó 21 años, su único objetivo fue mantener Egipto a salvo y aunque lo perdió su país despertó admiración y curiosidad en el Mundo Antiguo y posteriormente en el Renacentista, hasta el punto de que muchas villas y palacios señoriales se decoraron con pinturas y muebles de estilo faraónico. Cleopatra ha sido protagonista de Shakespeare y del cine, como fue el caso de Claudette Colbert en 1934, Elizabeth Taylor en 1963 y Leonor Varela en 1999. 

A día de hoy sigue sin saberse donde está su tumba. Kathleen Martínez, arqueóloga dominicana, la situa en Taposiris Magna, a 40 km de Alejandría. En los últimos años se han encontrado monedas, tumbas, altares y otros vestigios de época ptolemaica pero la tumba de Cleopatra y Antonio sigue burlando a sus buscadores.

Con este artículo dividido en 2 partes espero haber rescatado a la verdadera Cleopatra. No fue una femme fatale ni tampoco una mujer tonta y enamorada. Ante todo fue una reina, una figura política que jugó un papel clave en el crepúsculo del reino de Egipto intentando salvarlo hasta el final, sin lograrlo y dando paso al Imperio Romano. La versión que aquí se expone de ella es la de la Cleopatra greco-egipcia, no la romana que creó Octavio. 

En en el templo de Dendera en donde se observa a Cleopatra con Cesarión reza en egipcio Anj-dyet: Que viva para siempre. 

Sea pues.

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