El español perplejo

El español perplejo

La inoportuna ley de Educación, la defensa del castellano y las cesiones del Gobierno

Sucesivas oleadas de la pandemia e incesantes cesiones para sacar adelante los Presupuestos del Estado que mantienen al ciudadano atrapado en una perplejidad, solo aliviada por la inminencia de perentorias vacunas y fondos europeos, aunque recelosa ante renuncias de soberanía a formaciones que no están por la unidad de la nación.

La crisis sanitaria, con secuelas de sufrimiento y muerte, ha servido para estrenar nuevas pautas de conducta (social, laboral, familiar), en tanto que circunstancias excepcionales (estado de alarma, confinamientos) han reverdecido prácticas durmientes en el ejercicio de derechos y libertades fundamentales.PUBLICIDAD

Los datos disponibles, para un balance provisional sobre el manejo y efecto de la calamidad, colocan a España como uno de los países con más fallecimientos y contagios, agravado por la exigua empatía entre políticos, regiones, protocolos y otras bagatelas (como el tamaño de las cenas navideñas). Sobre la naturaleza y alcance de los daños sociales y económicos resulta prematuro anticipar conclusiones, aunque algunos signos empiecen a sentirse.

Lo que no admite dudas es la conjunción de evidencias que, sin tregua y en forma de lluvia fina, van calando en el ánimo del español, perplejo ante el desafío al statu quo de los años más fértiles de nuestra larga historia.

En el caso del coronavirus, esa amalgama de duda, inseguridad y confusión se hace carne, al aparecer señales excéntricas en la gestión de una magna crisis: discrepancia sobre cifras reales de muertos; inexistencia de un comité de expertos, anunciado y posteriormente desmentido; incomparecencia del Ejecutivo en escenarios ominosos, como hospitales, residencias y morgues.

La lluvia fina, que va despertando la atonía del espeso silencio, tiene que ver con una sucesión de hechos que sorprenden por sus protagonistas, tiempos y porqués. Con lo que el español no contaba era con asistir, en este tiempo calamitoso, al cambio del sistema educativo, porque si hay un momento en que no hay que hacer ninguna reforma en la educación, es este.

En las últimas cuatro décadas, las leyes educativas han cambiado cada cinco años. La octava y la que más fractura política y social ha causado en la historia de la democracia, se ha tramitado a puerta cerrada por el procedimiento de urgencia

Entonces, ¿qué ha activado que la lengua vuelva a ser factor de conflicto en el sistema educativo? La necesidad de aprobar las cuentas públicas, para dar continuidad a la legislatura y evitar la enésima prórroga de los anteriores o la convocatoria de elecciones.

En las últimas cuatro décadas, las leyes educativas han cambiado cada cinco años. La octava, que afecta a 8,2 millones de alumnos y la que más fractura política y social ha causado en la historia de la democracia, se ha tramitado a puerta cerrada, sin luz ni taquígrafos, por el procedimiento de urgencia, a pesar de tratarse de una ley orgánica.

Ocasión propicia para aceptar una enmienda con marchamo independentista, pactada a todo meter, tendente a eliminar del texto la mención al castellano como lengua oficial del Estado y retirar al español la condición de lengua vehicular en la enseñanza.

A una de las facciones del cisma indepe (aspirante al reconocimiento del catalán como la única lengua oficial de Cataluña) le supo a poco lo conseguido por la parte republicana, que replicó a las críticas defendiendo el blindaje de la que será lengua oficial de la futura república catalana.

Ley ideológica; que salió adelante con unos escuálidos 177 votos a favor, gracias a la tenacidad de quienes imponen sus conveniencias y a los que hay que felicitar por salirse con la suya; que no cuenta con la opinión de la comunidad educativa; carece del informe del Consejo de Estado (no preceptivo, pero sí recomendable cuando se trata de derechos fundamentales) e incumple una de las recomendaciones específicas de la Comisión y el Consejo europeos: consenso político y social, amplio y duradero, en torno a las reformas.

Merlo
Merlo

Una cesión política, en toda regla, por quien está obligado a defender la enseñanza en español en todo el territorio nacional y que, en la práctica, supone renunciar a que la Generalitat cumpla con la obligación de que un 25% de las clases se den en castellano.

La debilidad congénita de los 135, la falta de reflejos de unos y la necesidad imperiosa de seguir en el machito de otros, han llevado al Ejecutivo a justificar el atropello, con una idea peregrina, no tiene que ver con aprobar los Presupuestos sino con asegurar que todos los alumnos aprendan por igual el español y el catalán. Avergonzarse de confesar los motivos reales coloca a uno en posición entre absurda y divertida.

Lo que no podemos dejar de reconocer es haber cosechado otro récord mundial, al convertirse España en el único país del planeta en el que la lengua oficial no es aquella en la que se desarrollan los programas educativos; sin perjuicio de que se respete y fomente el uso de otras lenguas propias de determinados territorios.

La perplejidad, urgida por quienes saben lo que quieren, atizados por una élite que tiene el “procés” como modus vivendi y sostiene que Madrid es un “paraíso fiscal”, con el objetivo de “freír a impuestos” a los madrileños (sin mossos ni embajadas) en lugar de bajarlos en Cataluña. Para el alcalde de la capital: “Es indecente pactar un presupuesto contra una región de España”. Para la combativa inquilina de la Puerta del Sol: “Será una pesadilla para quien intente tocar el bolsillo de los madrileños para pagar las corruptelas del independentismo».

Se avista el mirífico espectáculo de quien no tiene empacho en ceder lo que sea, con tal de mantenerse en el poder

Parapetado tras el gandulismo de un intrépido y sonoro minorista, el Gobierno ha aceptado acometer esta reforma y retirar el último control reforzado sobre los gastos del gobierno catalán, vigente desde 2015, para evitar la financiación de operaciones secesionistas ilegales. Y, de paso, en la rifa presupuestaria para complacer al bloque de la investidura, el artífice del aglutinamiento que ha logrado apear a Ciudadanos del insólito cortejo, ha anunciado un decreto para prohibir los desahucios mientras dure el estado de alarma.

Ya de madrugada, el gobierno de coalición tiró la casa por la ventana, compeliendo al Tercio Viejo de Sicilia n°67 (fundado por Carlos I de España en el siglo XVI, ahora regimiento de infantería, que alberga la mayor base de escuchas y análisis del CNI del norte de España, a ahuecar el ala, cumpliendo así con una reclamación histórica: echar al Ejército de Loyola. Y de paso, facilitar la expansión urbanística de La Bella Easo. Sirimiri para complacer a nacionalistas vascos que, durante los dos meses de negociación presupuestaria, han registrado la autorización de 47 traslados de presos por delitos de terrorismo, el 40% de los 115 efectuados, desde que, en 2018, la moción de censura supuso el relevo en la Moncloa.

Seguirá lloviendo, pero callar es hacerse, en gran medida, cómplice de procesos y derivas históricas complejas de revertir.

De ahí nace esa perplejidad, genuina y paciente, de tantos ciudadanos que preferirían que se deje de malgastar sus impuestos en chiringuitos patrióticos y subvenciones propagandísticas, indiscutible dumping fiscal, mientras se avista el mirífico espectáculo de quien no tiene empacho en ceder lo que sea, con tal de mantenerse en el poder.

Érase una vez en Bosnia

Érase una vez en Bosnia

Esta semana se cumplen veinticinco años de la firma de los Acuerdos de Dayton que ponían fin a la conocida como Guerra de Bosnia, y las Tropas de Montaña españolas habíamos llegado allí un par de meses antes con nuestra flamante boina azul de Naciones Unidas y una inmensa carga de ilusión profesional. Cuando regresamos, en la primavera del 96, éramos otros.

Aterrizamos en Split con un relato bien aprendido según el cual los serbios eran muy malos; los bosníacos, es decir los bosnios de confesión musulmana, los sufridores; y los croatas eran católicos, y por lo tanto buenos. Aunque poco tardamos en hacernos otra imagen y, pese a que esos primeros meses apenas tratamos con los serbios, nuestra percepción era que éstos eran muy brutos, simples y manipulables; los bosníacos unos maestros en el arte del victimismo; y los croatas los perfectos herederos de los ustachas de Jasenovac. 

En los días de nuestra llegada se llevó a cabo en las Krajinas la ofensiva croata que limpiaría de serbios aquellas tierras, que ocupaban como Extremadura de Croacia desde los tiempos de la ocupación balcánica por los otomanos, cuatro siglos atrás más o menos. Todo con el silencio de la prensa occidental que solo tenía ojos para Sbrenica; al final pagaría por todos el general Ante Gotovina, apresado tiempo después en Tenerife.

Richard Holbrooke llevaba meses trabajando los acuerdos por cuenta de Bill Clinton, y para noviembre consiguió llevar a los tres presidentes a la base de Dayton, en EEUU, donde encerró a Milosevic, Tudjman y Itzebegovic hasta que firmaron unos acuerdos que traían una paz asentada sobre una federación, que dividía de hecho Bosnia en tres partes, con una constitución infumable que ha servido para mantener el país en una semi-hibernación en la que los nacionalismos excluyentes siguen imperando, y la falta de perspectivas económicas llevan a la juventud a la emigración masiva.

Para nosotros supuso el abandono de la boina azul de NNUU, de la que ya estábamos hasta la gorra, dicho sea de paso, puesto que nos ataba con unas reglas de enfrentamiento draconianas y nos sometía al vapuleo de las distintas partes sin poder reaccionar, y que ya nos había costado un buen número de muertos y heridos desde el otoño del 92. Con los acuerdos pasábamos a formar parte de una fuerza OTAN y a tener una gran capacidad para imponer medidas de todo tipo sobre las distintas fuerzas desplegadas sobre el territorio. Era la IFOR, la Implementation Force, y significó la entrada con todos los honores en el ámbito internacional para la Brigada de Montaña española, hoy desaparecida.

En lo político, para entonces ya alguien con sentido del humor había acuñado la expresión Global Suckling System, sistema de mamoneo global, nos dimos cuenta, nosotros que cuando salimos de Huesca no éramos más que militares de pueblo, que todo era mucho más complejo de lo que parecía desde casa, y que Europa, en Bosnia, tendría para muchos años un grano supurando pus. Y así ha sido.

Versión en asturiano en abellugunelcamin.blogspot.com

Menos victorias y más conquistas

Menos victorias y más conquistas

La explotación del éxito es un término de la doctrina militar sobre la estrategia, que se refiere a que cuando han conquistado un terreno has de explotar la victoria, para amplificarla y mitificarla hasta la saciedad, e incluso con un desfile militar, si cabe. Si extrapolamos este principio a la vida civil, consiste en aprovechar lo éxitos obtenidos en cualquier ámbito del cotidiano vivir, se debe aprovechar la ocasión para hacerse ver, e incluso pedir aumento de sueldo si fuera una cuestión laboral, o explotar el éxito de un premio o de la publicación de un libro, o una felicitación, lo que sea, lo que nos parezca a nosotros que hemos dado en la diana.

En la vida civil ocurre lo mismo, aunque muchas veces las conquistas ni lo merecieron. Por tal razón, no se nos deben subir los éxitos a la cabeza hasta la medida en que lo podamos controlar, para que no perdamos la libertad de acción. O lo que se llama tener los pies en la tierra y no salir volando como una pluma para después caer en un estanque de lodo. La vida tiene más momentos de enojo y enfados que de felicidad o normalidad. Todo dependerá de lo alto que pongas el listón de tus deseos de felicidad.

A veces, lo más lógico es esperar a que los méritos te los den otros, el aplauso ajeno es corto, pero sus consecuencias son largas e imprevisibles. «Quien te halaga en exceso a los pies, a la vez te pone un lazo». Es cuestión de psicología empírica. Este sabio refrán nos advierte que la explotación del éxito no se debe prolongar en exceso, porque podríamos caer en la vanidad. Quizás lo importante, según culturas, es hacer sin esperar recompensas que son incómodas; pero en nuestra cultura llena de parafernalias, publicidades y famoseo, creamos más en la apariencia que en la realidad, porque cuanto más subes en la pirámide, sin arneses firmes que te sujeten, más grande será la caída.

Los indios americanos descubrieron que los españoles no eran los Hijos del Sol, ni seres «sobrenaturales», porque iban subidos en caballos, se creían que eran como centauros: mitad hombre y mitad caballos, y algunos españoles conquistadores se lo creyeron, otros se relajaron y cayeron en manos de sus compañeros.  De este concepto deducimos el dicho «Dormirse en los laureles» para hacer referencia a alguien que se ha relajado, descuidado, ha dejado de hacer algo que debería hacer o lo está haciendo pero con desgana y poca eficiencia. 

Muchas personas que conozco no paran de hablar de ellos y de sus victorias, del yo, yo, y yo tengo, yo hago, yo voy, yo estoy, mira las fotos del «güasap» en este pico nevado… Llega un momento que se vuelven insoportables porque no te dejan un segundo de tiempo para hablar de lo nuestro. La egolatría podía ser, incluso motivo de divorcio.

Se me dio un caso de una persona que me tuvo al teléfono media hora contándome sus victorias, y cuando paró unos segundos para respirar, y me tocaba a mí empezar a contar lo mío, me dijo «Perdona Ramón, te tengo que colgar porque me están llamando por otra línea…», y colgó, evidentemente puse su número de teléfono en la agenda como «No coger». Suele suceder que algunos amigos cuando encuentran a otro que los escuchan se descargan en ellos, somos víctimas de sus desahogos, somos los enfermeros de sus psicopatologías. Quizás el método más directo de quitarnos a estos «palizas» es decirle «Corta y no me cuentes tu vida que yo también he sufrido mucho». Y ya no te vuelven más a llamar porque has dejado de ser su saco de entrenamiento, es decir su sparring.

Por consiguiente, hay «palizas» que buscar víctimas para sus desahogos, los desahogos del ego supremo. Y en cuanto tú no les sigues escuchando ellos cesan inmediatamente para buscar a otro sparring. ¿Qué pasa cuando este abusador del yo, es un jefe o personas de cargo superior? Puedes ponerte de lado en plan figura egipcia e ir girando para que no te coja de frente y comprenderán que tú no eres su diana de desahogos. O bien dejar de mirarle a los ojos, y verá que no le prestas atención, y cesará. Y ya el colmo de los colmos es cuando te cogen del brazo, o empiezan a darte golpecitos en el hombro

Por esta cuestión, no cuentes, en exceso  tus victorias, sino tus conquistas, es decir, haz cosas, conquista terreno, innova, sé emprendedor, trabaja, y verás cómo los otros se unen a ti por tus propios méritos, no por los méritos que siempre estás voceando y aburriendo hasta a  los osos panda de las selvas del bambú como alimento. Explota el éxito prudentemente como un elixir.   

El mundo mira con perplejidad la fractura social de América (I)

El mundo mira con perplejidad la fractura social de América (I)

Actualmente, sumido en la pandemia del SARS-CoV-2, el país de las siglas está desgarrado, fragmentado, descompuesto e intrincado en complejidades que hacen predecir sacudidas de dimensiones inimaginables. Algo que ha quedado claro, es que al perder las elecciones Donald Trump (1946-74 años) habrá de marcharse, pero no lo hará con moderación, sino en el rechinamiento más estridente. 

Si bien, al trazarse este escenario podría situar a Estados Unidos a la altura de las repúblicas bananeras, o de naciones con praxis democráticas visiblemente frágiles, tan censuradas desde el considerado territorio de las libertades y del respeto a la voluntad de los ciudadanos.

A día de hoy y a los ojos del mundo, la vieja usanza de los conservadores contradice las denuncias de fraude expuestas, avisando de los riesgos de una causa general contra el sistema democrático estadounidense. 

Fríamente, los republicanos transitan abstraídos en el desconcierto, redoblando los tambores de guerra y pendiendo de un hilo en el lado de la trinchera, pero tampoco son pocos, los que reprochan a la Administración su argumentación.

Con transparencia y sin infortunios, así refieren los representantes de los comicios y el escrutinio celebrado el pasado día 3 de noviembre, que inclinaron la balanza por Joseph Robinette Biden Jr., más conocido como Joe Biden (1942-77 años), que ha superado con creces el umbral de los 270 electores, por 306 votos frente a los 232 de su adversario.

Indiscutiblemente, estos refrendos colisionan con las querellas de Trump, mendigando una falacia de la que no se constatan pruebas. 

Lo cierto es que, con anterioridad a que se iniciase el recuento de una sola papeleta, el mandatario llevaba semanas poniendo en jaque la credibilidad del proceso y litigando el voto por correo. Una cuestión que aglutina un amplio recorrido de éxito en la semblanza electiva de los Estados Unidos.

Con estos mimbres, el dibujo de las elecciones se fractura entre los concurrentes rurales y urbanos y el Norte y Sur; y Trump, persiste enrocado y empeñado en su obstruccionismo argumental de deslegitimar a Biden, al no aceptar el revés sufrido en la carrera presidencial. Mientras, los líderes republicanos se revelan en toda regla, escépticos y listos para dilatar lo que sea preciso la impugnación de los resultados. 

A pesar de las muchas acusaciones y demandas interferidas por una Casa Blanca en total repulsa, hasta el presente han sido repelidas por los jueces. Toda vez, que las que siguen en curso, no confirman tener un soporte sólido que evidencie el matiz sucio y que al menos altere la disposición del vencedor.

Curiosamente, Trump comenzó a barajar requerimientos y poner en entredicho las reglas del sistema, en las demarcaciones en que las votaciones por correo eran masivas y no le favorecían en absoluto. Antítesis a lo sucedido en Dakota del Norte, Montana y Nebraska, que finalmente cayeron del lado republicano y, a su vez, ampliaron el plazo del voto por correo producto de la crisis epidemiológica. En cambio, en los sectores que le han sido propicios con el mismo procedimiento, el presidente no ha replicado lo más mínimo.

Conforme avanzan los trechos y se alejan los fantasmas de las elecciones, se traslucen algunas certezas, entre ellas, como el ímpetu dispersó la empatía e intranquilidad por la economía, que para algunos era más importante que la propia incidencia del coronavirus. 

Una mayoría de estadounidenses, creen que la alocución severa e insensible de Trump es a todas luces, contundente, excluyendo al patógeno para englobar la economía como la premisa más destacada.

Numerosos analistas sostienen que Estados Unidos es un territorio único y verdadero reflector de la democracia. No obstante, desde hace cuatro años y en la madrugada reciente del 3-N, no se demuestra. 

Inmersos en coyunturas arduas, la gran potencia mundial no es distinta a otros estados del mapa internacional, que han contemplado con sopor y resignación el florecimiento apresurado de los populismos y el antiliberalismo como moldes en Brasil, Hungría o Polonia. Y es que, las fuerzas políticas occidentales disponen de cimientos ideológicos afianzados, no están concretadas por el líder del partido, sino por el conjunto de sus integrantes.

El ‘trumpismo’, sencillamente se contrastaría con algunos pueblos donde el exclusivismo decide al partido político triunfador. Tómense como ejemplos, Brasil, con Jair Messias Bolsonaro (1955-65 años); o Hungría, con Víktor Orbán (1963-57 años); o Polonia, con Jaroslaw Aleksander Kaczyński (1949-71 años).

Todos, sin excepción, reportan un recado nativista, populista y anti globalista; simultáneamente, se atinan en semblantes carismáticos, más que en materias ideológicas de izquierdas o derechas. 

En este instante, de arriba abajo, el Partido Republicano es desconocido del que por entonces encabezaba Ronald Wilson Reagan (1911-2004), que apelaba el conservadurismo compasivo y la economía neoliberal. 

Luego, cabría preguntarse, ¿puede el ‘trumpismo’ minar las raíces americanas? Lo que es incuestionable, que Estados Unidos es totalmente diferente a lo que era en los inicios del recién estrenado siglo XXI. 

A medida que el contexto epidémico evoluciona y embiste duramente por cotas insospechadas, el desenlace electoral hace hincapié en la notoria dicotomía del país. Los guarismos destapan realidades difíciles de dirigir: en el corazón de los Estados Unidos se singularizan dos economías con enfoques incompatibles, que a duras penas convergen.

Me explico: los cuatro años de Trump han dado para mucho, sacudiendo el tablero exterior con despropósitos. No cabe duda, que tanto los estados aliados como la parte contraria, se han jugado sus bazas en las urnas americanas. Entre el conformismo y las expectativas a la sombra de una nueva oleada del COVID-19, la aldea global acecha con preocupación lo que ocurre al otro lado del Atlántico. 

Con el unilateralismo como su mejor bandera y las discordias comerciales, Trump ha hecho saltar por los aires alianzas consagradas en Washington. Desde esta perspectiva, se espera que con la llegada de Biden se enmiende algo la plana de las muchas escabrosidades enquistadas. 

Retrocediendo en estos últimos años en el calendario, Trump como presidente ha alterado de forma extremada la dinámica del día a día americano. Sin ir más lejos, los corresponsales que cubren su trayectoria y los periodistas que hacen el rastreo cotidiano de su agenda, no esperan invitaciones de prensa ni declaraciones oficiales, para estar al tanto de la información de primerísima mano, porque ha presidido a golpe de tuit.

Desde el nombramiento de su candidatura en junio de 2015 y hasta los dos primeros años y medio de su mandato, Trump, ha tuiteado más de 17.000 veces. Sus mensajes se han calificado de comunicados públicos. Tampoco ha sido menos Twitter, haciéndolo desde primera hora de la mañana y hasta altas horas de la madrugada. Utilizando las redes sociales para cualquier asunto: desde tachar a sus contendientes, a engrandecer la gratitud de sus socios; o humillar a sus rivales; e incluso, difundiendo destituciones. 

Antes que tomara en posesión el deber presidencial, Trump llegó al poder con ofrecimientos electoralistas que sedujeron a sus bases de apoyo. Levantar el muro colindante con México y hacer “America Great Again”, entre sus empeños principales. Su discurso más reincidente: “Fake News”, o “noticias falsas”. Justamente, enfilar a los medios de comunicación se ha convertido en una de sus tácticas más eficaces.

Por su grandilocuencia mediática, Trump ha logrado encumbrarse en televisiones, radios y prensa, siendo el pan de cada día informativo. Esa capacidad de encaramarse en lo más alto, es la receta de su reputación para ser nominado, no ya solo entre las influencias americanas, igualmente a escala universal.

Yendo a decisiones específicas, en este intervalo ha apartado a Estados Unidos del Acuerdo de París, haciendo oídos sordos a la agenda del cambio climático; además, de motivar la quiebra de los acuerdos comerciales con China, la Unión Europea y sus más próximos como México y Canadá. Mismamente, se ha cerrado en banda a la firma nuclear con Irán, Rusia, China, Alemania, Francia y Reino Unido. 

No debiéndose obviar los desafectos con el gigante asiático, o el régimen de Nicolás Maduro Moros (1962-57 años), así como atinarse en el alambre ante un posible laberinto bélico con Irán o Corea del Norte.

Pese a todo, en la jornada electiva, adelantándose al cierre de los colegios votantes y desde las cuentas de las redes sociales, la Casa Blanca recapitulaba las conquistas materializadas por Trump. 

Entre estas, literalmente resaltaban “el pacto de paz entre los países del Medio Oriente”, gracias al liderazgo del magnate. O el “recorte de impuestos para el 80% de los estadounidenses”. Del mismo modo, se informaba que “las Fuerzas Armadas son más fuertes que nunca” y que “mucho antes de su presidencia supo que EE.UU. necesitaba un acuerdo comercial con sus vecinos, México y Canadá, mejor que el Tratado de Libre Comercio de América del Norte”

En una tentativa desesperada por los que aún se aferran a Trump, rompe los esquemas y sube los decibelios con arengas intransigentes, negándose a aceptar que según dicta la tradición, será el primer presidente en perder la reelección y el décimo en el dietario de Estados Unidos, porque estas elecciones presidenciales han conllevados otros tintes. 

En cierta manera, se han entrecruzado un referéndum al presidente Trump y a sus años ruidosos al mando. En política interna ha diseminado la anarquía, exaltado a sus partidarios, contraída la rabia en sus detractores, múltiples imprecisiones sobre el ser o no ser de los valores democráticos y el protagonismo de un presidente anacrónico.

Una breve reseña de Trump, lo convirtió en el 45º presidente en enero de 2017, con un triunfo imprevisible en noviembre de 2016 contra Hilary Diane Rodham Clinton (1947-73 años). Hijo de inmigrantes, madre escocesa y abuelos paternos alemanes, ocupa el cuarto puesto de cinco hermanos; abandonando el colegio con trece años por problemas de conducta ingresó en la Academia Militar de Nueva York.

Posteriormente, estudió dos años en la Universidad de Fordham, en el Bronx, culminando satisfactoriamente el Grado de Economía en 1968, especializándose en el entorno inmobiliario en la Escuela de Negocios de Wharton, en Filadelfia.

Casado en tres ocasiones y progenitor de cinco hijos, es conocido como empresario y experto en el mercado de oferta y demanda de bienes inmuebles, negociando grandiosos edificios y rascacielos en Nueva York; desde oficinas a viviendas en Manhattan, hasta hoteles, casinos y campos de golf en otros puntos del país y en varias naciones. 

Ya, en la década de los noventa, coordinó los certámenes de ‘Miss belleza’ de Estados Unidos y ‘Miss Universo’, e intervino en divulgaciones televisivas. Su patrimonio en 2016 se cuantificó en 4.500 millones de dólares, que lo situó en el peldaño 766 del ranking de la prestigiosa revista ‘Forbes’, dedicada a negocios y finanzas.

El magnate neoyorkino había tanteado presentarse a unas elecciones por el Partido Reformista, sondeando las probabilidades en el año 2000. Más adelante, lo abordó en 2012, en este caso con el Partido Republicano, pero descartó sus credenciales antes de comenzar el sufragio. Únicamente lo haría, si había opciones de salir victorioso. Y así lo hizo, hace cuatro años.

En 2016, Trump formalizó oficialmente su aspiración, pugnando con otros dieciséis pretendientes en las ‘Primarias Republicanas’, hasta erigirse en el preferido en tiempo récord. Desde aquella situación, el ‘fenómeno Trump’, ha trasegado de costa a costa con fragosidad los Estados Unidos y, por doquier, se ha propagado más allá de sus límites y con un impacto colosal. Sus maneras impetuosas e inconstantes, como su metodología, políticamente desatinada; o sus dictámenes, incesantemente polémicos, no han dejado a nadie impasible y forman un tándem inagotable.

En la otra cara de la moneda nos topamos con el pragmatismo y diálogo de Biden, un gobernante electo que aboga por sanar las heridas abiertas y dejar en la cuneta la desmembración. El demócrata quiere ser un puente entre Barak Hussein Obama (1961-59 años) y el futuro que promete Kamala Devi Harris (1964- 56 años), para que Estados Unidos retorne al engranaje internacional.

Su pronunciamiento en el Estado de Delaware no pudo ser más expresivo y clarificador: “Prometo ser un presidente que no busca dividir, sino unificar. Me siento honrado por la confianza que han depositado en mí. Que no veo estados rojos y azules, sino Estados Unidos. Y que trabajaré con todo mi corazón para ganarme la confianza de todo el pueblo”.

Más que ningún otro presidente, Biden, ansía ser la secuencia promotora de la transición. La travesía entre la Administración de Obama, de la que estuvo de vicepresidente y de su era, que es hoy, cuando trata de recomponer el puzle de las políticas decapitadas en los últimos cuatro años. 

Su bagaje es sublime: dos vicepresidencias y treinta y seis años atesorados de senador, personifican el refinamiento en la política americana de la antigua escuela. Un hombre fraguado en Washington y respetado por quienes entienden su porte para entretejer alianzas y tender las manos, antes que la vulgaridad de desintegrar y deteriorar y no ser ajeno a la sobreactuación sectaria. 

Probo a su temperamento sereno y observancia reverencial en su lucha por los derechos humanos, ha recuperado la conocida ‘muralla azul’ de los Estados industriales del Medio Oeste, como Wisconsin, Michigan y Pensilvania; fieles a los demócratas hasta que Trump irrumpió y resultaron gravemente afectados por la globalización. Conjuntamente, ha dado un vuelco en dos feudos tradicionalmente republicanos: Georgia y Arizona.

No es ningún secreto que Biden opte por no presentarse a un segundo mandato, porque por entonces, con 81 años, difícilmente podrá proyectarse a una de las responsabilidades más estresantes como es ser presidente de Estados Unidos; pero, ya estará en su órbita y vislumbrando el techo de cristal hasta ahora insalvable, Kamala Harris, que como en años anteriores aspirara Hilary Clinton.

Estos años que alumbran en el horizonte con otras auras, tienen que aprovecharse para conservar algunas de las piezas implementadas por su antecesor. Ninguna más desgastada y debatida como la ‘Ley del Cuidado de Salud a bajo precio’, denominada ‘Obamacare’ y, a su vez, reforma sanitaria para la población hispanohablante, promulgada el 23/III/2010 con carácter de Ley. 

El novedoso y anómalo sistema impuso la suscripción de seguros médicos, e impidió a las aseguradoras excluir a los pacientes por sus patologías previas a suscribir su póliza. Tal vez, se recule en la agenda americana otros de los grandes caballos de batalla puntuales: la conservación del medio ambiente y el emprendimiento contra el calentamiento global. 

En momentos tan punzantes con la emergencia pandémica del SARS-CoV-2, Biden, es un corredor de fondo con cuatro años de vértigo en los que sueña con hacer brillar el viejo orden mundial. Recuérdese al respecto, un fragmento de sus palabras apelando sin fisuras a Abraham Lincoln (1809-1865); Franklin Delano Roosevelt (1882-1945); John Fitzgerald Kennedy (1917-1963) y Obama, en los que alegó que “nos encontramos de nuevo en un punto de inflexión”.

En consecuencia, quedando en pausa el cierre de la primera parte de este texto que desenmascara un diagnóstico nada halagüeño, deja a expensas del lector la valoración de un mandatario inmerso en un ruido interno bullicioso, como dañina es la atmósfera que le acorrala, resistiendo a capa y espada a unos resultados que no le han favorecido. 

Si la incursión insultante de Trump se eterniza, todo apunta que, para el 20 de enero de 2021, fecha del juramento del cargo de Biden, no habrá reconocido su derrota. Hecho sin precedentes en la Historia de los Estados Unidos de América, que, a groso modo, anticipa un mar de desencuentros entre millones de ciudadanos, implorados a no creer que las elecciones fueron limpias.

El tiempo de Trump parece estar punteando un antes y un después, en una sociedad americana deteriorada ante lo real y serio de la epidemia y la utopía y oscuridad del trumpismo. 

La convulsión y amotinamiento de quién debe pasar el testigo al nuevo inquilino, fuerza al equipo de transición de Biden a ser creativo para estar operativo, ante el estancamiento de la Administración de Trump, que obstruye los fondos consignados al presidente electo; e incluso, le priva de estar al corriente de los informes de seguridad y sesiones informativas.

Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’ el día 24/XI/2020. 

© Fotografías: National Geographic de fecha 19/XI/2020 y la breve reseña insertada en la imagen iconográfica es obra del autor.

El mundo mira con perplejidad la fractura social de América (II)

El mundo mira con perplejidad la fractura social de América (II)

Tras más de noventa horas de agónico balance en las Elecciones Presidenciales Americanas, el Viejo Continente convaleciente y sereno, respira algo más desahogado. Es un hecho real: Joe Biden (1942-77 años) ha superado el umbral de los 270 electores y su triunfo conjetura un punto de inflexión en las relaciones con Estados Unidos. 

Y es que, en el imaginario del tablero internacional se vislumbra un restablecimiento del diálogo y el temple en el entendimiento, aunque algunos líderes europeos sean remisos a esta realidad. Posiblemente, Angela Dorothea Merkel (1954-66 años) por Alemania y Enmanuel Jean-Michel Macron (1977-42 años) por Francia, se les haga más dificultoso, pero no tanto como lo sería con Donald Trump (1946-74 años). 

En esta misma tesitura, una excepción es la cuestión de Reino Unido, cuyo primer ministro Alexander Boris de Pfeffel Johnson (1964-56 años), hará lo que esté en sus manos por tender puentes con Biden, volviéndose más internacionalista e inclinando la balanza por el medio ambiente. Otro caso es el Vladimir Vladímirovich Putin (1952-68 años), que a todas luces prefiere en la Casa Blanca a Trump, porque con Biden se intuye el retorno a las sanciones contra la economía rusa. 

En cambio, una comparación atomizada acontece con el gigante asiático, China; si bien, la marcha de uno y la llegada de otro a la presidencia, es catalogado con optimismo mirando a un futuro más dialogante. A diferencia de Trump, los medios asiáticos entrevén al vencedor más sensato y moderado, sin descartarse como opinión general, que la rigidez entre ambas potencias se prolongará.

Análogamente, se presagian importantes tensiones en Turquía, que con una indiferencia asombrosa ha digerido la victoria del demócrata estadounidense. No obstante, un dirigente tan curtido como Recep Tayyip Erdogan (1954-66 años), es fácil que saque algún beneficio del contexto estratégico de su país, en similitud a otros contendientes como China o Rusia.

Y, cómo no, en América Latina sus administradores han dado la enhorabuena al presidente elegido, exceptuando como era de prever Jair Messias Bolsonaro (1955-65 años) y Andrés Manuel López Obrador (1953-67 años). De cualquier manera, la amplia mayoría de mandatarios latinoamericanos aplauden la recalada de Biden y pronostican una mejor sintonía que en la era de Trump; incluyéndose el deshielo en la aproximación con Cuba, que emprendió el exmandatario Barack Hussein Obama (1961-59 años).

Con estos antecedentes preliminares y como se ha expuesto en el texto que precede a este pasaje, muchas son las apreciaciones que se articulan y en lo que ciertamente se vaticina con este nuevo Gobierno en los lazos de cara al exterior, en los que está bloqueada la transición natural de poder del presidente saliente.

En su voluntad de regresar a las concepciones y políticas del pasado más reciente, Biden, encaja con numerosas de estas líneas maestras que forman parte de indudables inconvenientes históricos, y que, por encima de todo, le han llevado a revestir un terreno pedregoso a todo un electorado como infalible corredor de fondo.

Por lo tanto, el paradigma en el devenir de los acontecimientos con el vaivén de la primera potencia mundial, puede influir para bien o para mal, en escenarios específicos como Europa y en actores que aglutinan un determinado peso específico como Reino Unido, Rusia, China, México, Brasil, Israel y las dos orillas del Golfo Pérsico o Golfo Arábigo, Arabia Saudí y Emiratos Árabes, que sucintamente desgranaré. Luego, a los ojos del mundo, lo que realmente sucede en América por lo que está en juego, no es un tema excluido y mucho menos distante.

Comenzando por Europa, la situación epidemiológica, social y económica apremiada por la pandemia, mantiene absortos a los dirigentes occidentales, con apenas poco margen para poner su agudeza al otro lado del Atlántico. No cabe duda, que en Bruselas y el resto de capitales, sobrevuela la tenebrosidad de lo heredado por Trump. 

En ningún tiempo antes, la Unión Europea, abreviado UE, se ha encontrado con la eventualidad de unas votaciones americanas rebatidas e impugnadas.

En la zona euro se posicionan que Washington proseguirá eludiendo la seguridad de Europa; una aspiración abierta con el protagonismo de Obama y consumado con Trump. La segunda tendencia es el choque de placas entre Estados Unidos y China, una disyuntiva en la que coinciden republicanos y demócratas.

Ante estas dos inquebrantables predisposiciones y la inalcanzable vuelta a una conexión transatlántica, tan estrecha como la de las postrimerías del siglo XX, la UE, opta por inclinarse en la agenda de soberanía estratégica, en otra época relegada y actualmente activada como réplica al torbellino de Trump. 

Obviamente, entreviéndose que se limen las fricciones habidas con Washington y acaso, dejase restaurar el consenso de argumentos perentorios como Irán o la lucha contra el cambio climático. Toda vez, que subyace el multilateralismo, para que este no reincida como lo hizo en el año 2016. 

Muchas voces concuerdan que la ausencia de Trump proporcionará el replanteamiento en los andamiajes diplomáticos, con cuatro años sumidos en discrepancias y ofensivas arancelarias. Aun así, la UE, desconfía en la senda que se estrene el 20 de enero de 2021 con la proclamación de Biden.

Segundo, para Reino Unido la prolongación al frente del republicano en la Casa Blanca, era hasta ese momento una herramienta imprescindible en la desenvoltura post-Brexit de la Administración conservadora británica. 

No ya tanto, por respaldar imperturbablemente la ida del Reino Unido de la UE, que en cuantiosas coyunturas se ha transformado en un improcedente fisgoneo en la política interna de su aliado, sino por su trabado peso con un futuro acuerdo comercial que reemplazase, al menos de cara a la galería, los desiertos causados por la enemistad con la UE.

Biden, no es partidario del Brexit y lo que es más embarazoso, visiblemente, ha expuesto su enojo por la admisión de la ‘Ley del Mercado Interior’, promovida por Downing Street: una fractura unilateral de los compromisos logrados por Londres, al refrendar el pacto de retirada con la UE, que pone en peligro la estabilización de la paz en Irlanda. 

Recuérdese, que el presidente electo de ascendencia irlandesa, ha señalado negro sobre blanco, su total disconformidad a cualquier hipotética colaboración comercial con el Reino Unido, si permanece vigente dicho texto legal. Los indicios precedentes apuntan que dará preferencia a Alemania y Francia, antes que labrar una histórica correspondencia con Reino Unido, que estará firme en lo que atañe a la defensa o inteligencia, pero que se presenta confusa en materia política. Con lo cual, Johnson, podría promover la multilateralidad a la que tanto él como Biden, son más propensos, en contraposición al unilateralismo que ha definido a Trump.

Tercero, las expectativas con Moscú no se han visto plasmadas y los mínimos encajes que pudiesen concurrir son más rígidos, que cuando el republicano alcanzó el cargo: Estados Unidos ha impuesto al Kremlin más sanciones y Trump ha renunciado a dos tratados nucleares cruciales y está dejando que perezca un tercero. 

Opuestamente, Biden, ha dicho alto y claro que Rusia, formalmente, Federación Rusa, es “la amenaza global más seria” de los americanos. Pudiendo insistir en los acuerdos de control de armas de Moscú; o remover la conspiración rusa sobre la injerencia electoral de 2016 y valga la redundancia, el resquicio de otro paquete de sanciones.

Putin, hace hincapié en que Rusia meramente es un espectador en el proceso electoral. A pesar que las reseñas de la Agencia de Investigación del Departamento de Justicia americano, FBI, advierte de una nueva intrusión rusa para deteriorar al aspirante demócrata, el Kremlin contradice unas incupaciones que tacha de ´rusofobia` 

A este tenor, en la Administración rusa aguardaban que la química de Putin y Trump se clarificase en nexos más moderados y perceptibles. Pero, sabedores en la Casa Blanca que China es su principal oponente y no Rusia, las mínimas proximidades se hayan en su peor circunstancia desde la Guerra Fría (1947-1991). 

Aunque Trump adula irónicamente la actitud de Putin y mire a otro lado en cuestiones escurridizas, como el envenenamiento del opositor Alekséi Anatólievich Navalni (1976-44 años), desde Moscú no se presiente una variación estructural, que al mismo tiempo supla las políticas de castigo contra compañías rusas, e individuos del entorno que han pretendido operar para obstruir suculentas alianzas energéticas. 

Cuarto, la complejidad entre los dos colosos internacionales se encuentra en llamas, cada día se vertebra otro nuevo incidente que hace precipitar su decadencia. Sustancialmente, la política de Biden no va a diferenciarse a la impuesta por Trump, porque ambas fuerzas, republicanas y demócratas, han resuelto que, hoy por hoy, la República Popular China es el primer enemigo a dominar. 

Con Biden es permisible que se amortigüe la retórica agresiva, más que el propio carácter en los cimientos de la inexistente conexión, para que sea menos quebradiza. A lo mejor, se diseminan algunas vías en objetivos como el cambio climático; una parcela durante el período de Obama de especial relevancia en la cooperación. 

Pero, no por este matiz, imperiosamente, Biden es el escogido en Pekín. Uno de los escollos que entienden los asiáticos, es que el demócrata coseche el amparo de otros estados para una política desfavorable hacia China que Trump, con severos ataques a sus aliados, no ha obtenido. 

Quinto, México, oficialmente, los Estados Unidos Mexicanos, es la nación que más desprecia a Trump, porque el republicano inició su campaña de 2015 denominando literalmente a los mexicanos “delincuentes y violadores”. Esta es la primicia de un divorcio que jamás se rehízo. 

Trump, contempla como un socio al presidente mexicano, que, en paralelo, sustanció su campaña de 2018 con una oratoria terca, reivindicando mesura ante las arremetidas discriminatorias del republicano. Sin embargo, los trechos avanzados ratifican que ambos convergen en el proteccionismo: la política energética que antepone el petróleo y el carbón sobre las energías renovables y su desprecio por la prensa crítica.

Esta región está esperanzada en que el Tratado de Estados Unidos, Canadá y México, abreviado, T-MEC, sea el estímulo de la economía en el territorio con una presidencia demócrata. Sin soslayarse, el aumento de la presión desplegada sobre el Gobierno, para optimizar las condiciones y derechos de los trabajadores sindicalizados. Y, ni que decir tiene, el muro que Trump propuso alzar en los límites fronterizos, habiéndose edificado 597 kilómetros de los 725 que proyectó.

Por lo demás, Biden, dio su palabra en el segundo debate presidencial de una mejora migratoria, que concedería papeles a unos once millones de sujetos. La prescripción se expondría en sus primeros cien días de Gobierno, entrañando un vuelco con respecto a la política migratoria reinante, que ha hecho más trabajoso el acceso legal y ajustado, a lo exiguo en razón de las autorizaciones de asilo con la pandemia.

En México, el ofrecimiento de Biden ha suscitado algo de suspicacia, porque con el mandato de Obama se deportaron 5,2 millones de personas, siendo el tercer presidente que más depuso a la estela de William Jefferson Bill Clinton y George Walker Bush. 

Sexto, es manifiesto que la República Federativa de Brasil defienda al republicano, al ser el modelo en el que a diario Bolsonaro se ve reflejado: el político contemporáneo que más le infunde y con el que ha entramado una afinidad nacional-populista.

Queda claro, que los cabecillas de las dos economías más grandes del continente americano están hechos a imagen y semejanza. Se corresponden desde el antagonismo a sus contrincantes políticos, hasta el descrédito por el riesgo del coronavirus. Hay que remontarse a la etapa de la dictadura de 1964 y 1985, en que Brasil logró unos vínculos tan estrechos con la Administración estadounidense.

Es indiscutible que a Bolsonaro no le entusiasma Biden, porque por antonomasia es el competidor directo de Trump, demócrata y sospechoso de ser socialista. Amén, que al presidente brasileño le molestó que la única insinuación de su país en los debates presidenciales, precisamente llegase por parte de Biden y se puntease como uno de los contenidos lo que más le indigna: la Amazonia.

El presidente electo apremió a salvaguardar la mayor selva tropical, al objeto de atajar las mutaciones climáticas y se comprometió a buscar fondos para sufragarlo. Tampoco es menos, la trama del tenue engarce de Brasil con China, su primer socio comercial, destino de las remesas de soja y mineral de hierro que atenúan la convulsión del COVID-19 y la derivación de inversiones millonarias.

Séptimo, ningún líder ha recibido tanta ayuda de Trump como Benjamín Netanyahu (1949-71 años), quien con anterioridad admitió el presente de la declaración de Jerusalén como capital exclusiva del Estado judío, sin margen alguno para los palestinos y la subsiguiente partida desde Tel Aviv de la Embajada americana: un movimiento emblemático que únicamente lo ha seguido Guatemala. 

Como es sabido, en 2015, Trump se retiró del pacto nuclear iraní tratado por Obama, que había sido tildado por Netanyahu, habiendo permanecido en vigor con el respaldo de Rusia, China, Francia, Reino Unido y Alemania. 

Las concesiones del republicano se amoldaron a alguna de las tres campañas electorales de Israel en los dos últimos años, aportando la consolidación de victorias consecutivas del primer ministro conservador.

La alternativa de Trump para Oriente Próximo forjado en el plan de paz de la Casa Blanca, se ha usado mediocremente de evasiva para aprobar la alianza entre Israel y las monarquías del Golfo frente a Irán. Los derechos de los palestinos quedan postergados en favor de Israel y de las atracciones geoestratégicas y económicas de Estados Unidos. 

En compensación, el Estado hebreo ha admitido más adversarios, como Emiratos Árabes Unidos, en la trayectoria por el rearme de la tecnología punta. Básicamente, Trump ha consolidado la evolución de repliegue en el Oriente Próximo, pero ha sostenido el influjo en Jordania y Egipto, ambicionando apartar a Líbano de la órbita de Irán. 

Octavo y último, es evidente que los gobernantes de los estados ribereños del Golfo Pérsico, saudíes y emiratíes, han concretado un trato particular con Trump y con Biden prevén un cambio de tercio. 

Lo contrario ocurre con los iraníes, que esperan ese giro. En tanto, los iraquíes aprisionados en el fuego cruzado entre Washington y Teherán, están fragmentados. Mientras, Afganistán, con la obsesión de Trump por prescindir de las tropas norteamericanas retirándolas, le ha reportado el sostén desconcertante de los talibanes a los que combaten desde 2001.

Las soberanías de la Península Arábiga vislumbran, que con Biden desafiarán un mayor reconocimiento en derechos humanos y en sus mediaciones militares en la demarcación; a la vez, que menor inclinación para su línea dura hacia Irán. 

Inversamente, a Riad y Abu Dabi les inquieta la reevaluación de las relaciones que ha anticipado Biden, aunque no culminaría con un eje afianzado de décadas atrás, porque ha indicado su afán por reestablecer el pacto nuclear, e intimidado a Arabia Saudí por el crimen del periodista Yamal Ajmad Jashogyi (1958-2018). Sin inmiscuir, la finalización del apoyo de Estados Unidos a su interposición en Yemen.    

Lo que se dirime en las dos orillas del Golfo es una dicotomía en toda regla de realismo y pesimismo: Arabia Saudí y Emiratos Árabes se pronuncian por Trump, e Irán se predispone por Biden.

Consecuentemente, tras las impredecibles y plausibles elecciones presidenciales de Estados Unidos, calificadas por un sinnúmero de analistas como confusas, el presentimiento de aquí a dos meses, pasa por no desechar que la transición de Trump de llegar a producirse, sea díscola y tumultuosa como los años que se apuran en su mandato. 

Unos sufragios inéditos abstraídos por las particularidades epidemiales, que irremediablemente han rotulado el duelo a muerte entre el autoritarismo y la democracia. O lo que es igual, el tándem entre dos prototipos políticos: el socialismo con peculiaridades chinas y el liberalismo occidental con su escabrosa democracia.

Lo peor de todo, el SARS-CoV-2 erigido en el rival invisible e invulnerable para esta encrucijada: China, más astuta y previsible, doblegó al patógeno desatado con constancia y mostró su eficacia y capacidad de respuesta hasta acorralarlo. 

En antítesis, sorprende el desorden y la incoherencia negada por quien ha preferido inmunizar la economía y no la salud, empequeñeciendo el trance de la epidemia y oponiéndose erráticamente a la praxis indispensable para enfrentarla. Alcanzando un hito infausto de decesos y el encadenamiento de contagios, que, por doquier, se mantienen en auge.  

Finalmente, dejando a expensas del lector la premura irrevocable de suscitar una reflexión honesta, serena y sensata sobre las suposiciones conspirativas en el código genético americano que continúan en otra narración, el cuestionamiento de los factores de mayor crisis social y política, cual es la violencia, la xenofobia y el racismo, han partido en añicos el tejido social del denominado ‘sueño americano’, que, a día de hoy, es una utopía.  

Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’ el día 25/XI/2020. 

© Fotografías: National Geographic de fecha 19/XI/2020 y la breve reseña insertada en la imagen iconográfica es obra del autor.

El mundo mira con perplejidad la fractura social de América (III)

El mundo mira con perplejidad la fractura social de América (III)

Aislado de la vida pública y con la instantánea en el imaginario colectivo de las Elecciones Presidenciales como fraude masivo, Estados Unidos, supera la barrera psicológica de los 250.000 decesos por el SARS-CoV-2. Con hartazgo, decadencia y más fluctuaciones que certezas, Donald Trump (1946-74 años) repele la transición de poder y se atrinchera en una peligrosa cruzada, pretendiendo deslegitimar e invertir la situación de los sufragios, no dando su brazo a torcer que es él, quien todavía lleva la voz cantante, aunque solo sea hasta el 20 de enero.

Ahora, da la sensación que querer modificar su estrategia y ha pasado de cuestionar el desenlace de los comicios, a la manipulación del proceso de elección en el Colegio Electoral que votará el próximo 14 de diciembre.

De la noche a la mañana y en un abrir y cerrar de ojos a través de un tuit, como es habitual en el proceder del mandatario, ha destituido al director de la Agencia de Seguridad de Infraestructura y Ciberseguridad, Christopher Cox Krebs (1977-43 años), después que este confirmase la absoluta validez de las votaciones celebradas el pasado 3 de noviembre, con declaraciones apabullantes en las que refutaba las acusaciones de chantaje masivo por parte del presidente. 

En otras palabras: no existen evidencias que algún sistema de votación haya excluido o privado de votos, valga la redundancia, o haya permutado o comprometido de alguna manera la integridad de las elecciones, contrarrestando la falacia electoral y desbancado los hipotéticos supuestos conspiratorios.

Luego, en el Capitolio persiste el fuego cruzado con Facebook y Twitter, las armas favoritas de Trump para descabezar a quién considere oportuno, librándose de cualquier revelación interna en sus recriminaciones de estafa, empleando su campaña particular para desmentir los resultados y exteriorizar que no tiene la más mínima intención de admitir la derrota. 

Con estos precedentes iniciales, tal como se ha desgranado en los dos pasajes que anteceden a esta narración, Joe Biden (1942-77 años) reconquista cinco puntos entre sus seguidores con relación a los referendos de 2016. Toda vez, que Trump, consigue más papeletas entre los católicos hispanos que hace cuatro años no le nominaron. 

A pesar de todo, gobiernos y fuerzas políticas de América Latina y del Viejo Continente que han acogido con indiferencia la futura marcha de su referente, Trump, a día de hoy, continúa teniendo un imponente nivel de resonancia.

A ciencia cierta, su salida de la Casa Blanca ha dejado a los populistas sin su cabeza más visible en la hegemonía mundial. Incuestionablemente, numerosas administraciones y líderes como Brasil, Polonia o Hungría, entre los más definidos, contaban con la ratificación del presidente estadounidense. 

Objetivamente, no ha salido como aguardaban, pero su fracaso en las urnas queda distante de entrever el término de unas directrices electivas, que en los últimos tiempos han estacionado a los partidos de ultraderecha en la senda de no pocos ejecutivos o al frente de la oposición.

Como se ha fundamentado en líneas anteriores, el triunfo de Trump en 2016 aparejó un claro optimismo en vaticinios de dirigentes como Jair Messias Bolsonaro (1955-65 años) en la República Federativa de Brasil; o Viktor Orbán (1963-57 años), en Hungría; o Narendra Damodardas Modi (1950-70 años), en la República de la India; o Vladimir Vladímirovich Putin (1952-68 años), en la Federación Rusa; o incluso, Rodrigo Duterte y Rosa (1945-75 años), en la República de Filipinas.  

Por entonces, la autoridad más poderosa del planeta irrumpía en un círculo de confines imprecisos, coronado por cabecillas nacional-populistas. A tientas, Trump, no ha apelado a la disciplina indispensable para perpetuarse en el poder. Posiblemente, con algo más de perseverancia y pragmatismo hubiera vencido.

En Europa, tanto las filas aparecidas con anterioridad a la ventaja del mandatario en 2016, como las que han ido prosperando a rebufo de su gestión, mantienen un importante porcentaje de entusiasmo como sucede con el primer ministro de Hungría. 

Si bien, la tragedia del COVID-19 ha llevado a un segundo plano sus alocuciones xenófobas e identitarias, los observadores previenen que la marea económica y social que está abocando la crisis epidemiológica, puede incendiar el impulso electoral de fuerzas concéntricas como la ‘Agrupación Nacional’ de extrema derecha, en Francia; o la ‘Lega’ o ‘Liga’, en el espectro político de Italia; o ‘Alternativa’ por Alemania, de ideología nacional-conservadora y euroescéptica.

La fama y los aplausos conquistados por un político del perfil de Trump, adquirió más repercusión entre los populismos, que la pérdida reciente del republicano. No obstante, el envite de 2016 resistirá a los retraimientos del actual presidente, porque ha mostrado con creces que no rondan tabúes y eso hace crecer más a los populistas de Europa, o de cualquier otro lugar.

El engendro de los populismos posee varios semblantes, tanto visibles como ocultos. Su influjo ya no se circunscribe tan solo a las extremidades del arco parlamentario, sino que manan en el núcleo de cuadros tradicionales de derecha e izquierda. Tanto el ‘Partido Popular Europeo’, por sus siglas, ‘PPE’; como los socialistas ‘S&D’ y los liberales, ‘Renew Europe’, acogen masas abiertamente identificadas con la tendencia populista, que en la horquilla de los años 2016 y 2018 alcanzaron la exaltación en EE.UU., Filipinas o Brasil; quedándose con la miel entre los labios en Italia y los Países Bajos; además, del éxodo del Reino Unido de la Unión Europea, UE.

Sin duda, la derrota se atraganta a los acólitos de Trump sufriendo un fuerte varapalo, pero el trumpismo y el populismo permanecen activos. Algunos investigadores consideran que los ímpetus tradicionalistas cometerían un traspié, si dieran por destruidas las concurrencias populistas. Insinuando que debería aprovecharse el compás de Biden en la presidencia, para hilvanar una continuidad transatlántica progresista, que neutralice la concertación internacional que los populismos han establecido en el itinerario transitado por Trump.

Téngase en cuenta, que el apremio populista alcanzó Europa en su punto más candente entre los años 2016 y 2019, respectivamente: el Brexit, se atribuyó un tanto a su favor en el referéndum del Reino Unido; la extrema derecha de Marine Le Pen (1968-52 años) surgía a las puertas del Elíseo; o Geert Wilders (1963-57), creía aglutinar cualquier resquicio para ocupar la Dirección de los Países Bajos.

Simultáneamente, el ídolo de la ultraderecha Matteo Salvini (1973-47 años), obtuvo la vicepresidencia de la República Italiana. A la par, Steve Bannon (1953-66 años), antiguo consejero de Trump, se asomó en el continente occidental con la tentativa de reavivar un tsunami populista que demoliese en el Parlamento Europeo.

Sin embargo, los augurios más dramáticos no se consumaron. La superación de Enmanuel Jean-Michel Macron (1977-42 años) en Francia, punteó ilusorias expectativas en el devenir de los populistas, que, al mismo tiempo, se convirtieron en el dinamismo del hemiciclo europeo. Obviamente, a Bannon no le quedó otra que marcharse en retirada y Salvini cayó estrepitosamente por un desliz en los cálculos electorales. 

Y, es que, la reelección de Trump, hubiera conjeturado la secuenciación en el resurgir de los populismos nacionalistas, generando una percepción de agravio que distorsiona los hechos objetivos y las perturbaciones creadas por la globalización. Con todo, el reflujo de votos demócratas ha imposibilitado su segundo mandato, aun teniendo bastantes secuaces por la parte republicana que reverbera más allá de las fronteras. 

Curiosamente, la voluminosa participación americana se originó igualmente en las presidenciales de Polonia, donde el populismo dirigido por Jaroslaw Aleksander Kaczyński (1949-71 años), prosigue ocupando el peldaño más elevado, pero cada vez se topa con más nervio popular. 

Europa Central y del Este se han transformado en uno de los principales arsenales de voto populista de la UE. 

En coyunturas donde los líderes más cercanos a Trump se hallan en la cúspide, bien de modo aferrado, como Orbán en Hungría; o de manera transitoria, como Iván Janez Jansa (1958-62 años) en Eslovenia. Tanto Orbán como Jansa, están vinculados al ‘PPE’, pero sus maniobras políticas se entroncan más a los populismos de Trump, que propiamente al conservadurismo enraizado por la canciller alemana, Angela Dorothea Merkel (1954-66 años). Con lo cual, la superación de Biden en las presidenciales, dificulta el estilo político de ambos. 

Hungría y Eslovenia y otras naciones de Europa Central, tendrán más complicado llevar adelante este tipo de políticas, que defienden fórmulas de autoritarismo y la denominada democracia iliberal, o séase, ni democracias plenas ni dictaduras al uso, con la libertad individual restringida.

En principio, los populistas europeos verán disminuidos el soplo que les confería el Gobierno de Trump, mediante la presencia de sus delegados a los territorios afines. Recuérdese al respecto, que los embajadores americanos amasaban el molde del populismo, amén de desconsiderar a la UE y desgastar el sistema democrático. 

Probablemente, el más combativo de los diplomáticos provenientes de Washington, cayese en la figura de Richard A. Grenell (1966-54 años), puesto perspicazmente en la capital germana y enviado especial en los Balcanes, al objeto de arbitrar entre Serbia y Kosovo. Lo cierto es, que, en poquísimo tiempo, Grenell, llegó a ser considerado en Alemania como “una máquina de propaganda sesgada”

Al poco de arribar en Berlín y en plena efervescencia del ultraderechista, con reticencia al relevo de formaciones políticas como la de Merkel, afirmó que su ocupación como representante era “empoderar a otras fuerzas conservadoras en Europa”.

La disminución del resuello diplomático venido de Washington y el refuerzo financiero que Bannon trató de encauzar, podría estar mermando a los movimientos populistas de la nueva derecha global. Entre los permisibles damnificados, como se ha mencionado en el texto anterior, se enfatiza el primer ministro británico, Alexander Boris de Pfeffel Johnson (1964-56 años); quien, justificando su buena sintonía con Trump, no se ajusta en la agrupación de los populismos puros.

Con la incursión del Brexit, Johnson, creía lograr un vertiginoso y provechoso pacto comercial con Estados Unidos, gracias a esa afinidad aventajada con la Casa Blanca que presionase a la UE a someterse a unos términos similares. La conveniencia de Londres con Washington no resultó y la admisión de Biden pospone esa viabilidad, lo que le exige adecuar su porte negociador con Bruselas, a escasas semanas del 31 de diciembre, fecha de la salida definitiva del Reino Unido de la zona euro.

Conjuntamente, en los próximos años en la oposición a Biden, los ultraconservadores americanos habrán de dedicarse en la premisa de retornar nuevamente a la Casa Blanca, lo que dejará a líderes como Kaczyński, Orbán o Johnson, sin interlocutores disponibles en Washington. 

Mientras, en este entresijo de influencias políticas, la contribución populista trasatlántica se acentuará, disponiendo de una agenda a largo plazo y la experiencia de Estados Unidos les ha enseñado, que las que todavía no estén duchas para dar el salto, en cualquier instante podrían hacerlo.

Los expertos coinciden en ratificar que el cataclismo económico hostigado por la epidemia, cuyo mazazo tocaría techo en el primer semestre de 2021, ofrecerá a los populismos la encrucijada de reconquistar el terreno perdido.

En estos últimos lapsos, se han visto relegadas por las medidas de ayuda de emergencia y de empuje fiscal asumidas por la amplia mayoría de Gobiernos. Si el padecimiento epidemiológico se dilata en el tiempo, la frustración de las sociedades se agrandará y los populistas estarán al tanto para dosificar sus recados como punta de lanza. 

Por lo tanto, los populismos europeos están resentidos, pero no desmoronados, si acaso, blindados, a la espera de su momento más acertado.

Fuera de Europa, Brasil, es uno de los prototipos preferentes del populismo. Los efectos desencadenantes de las elecciones estadounidenses, atribuye a Bolsonaro una inquietud personal y castigo político y diplomático, al perder a su socio más potente y valioso. 

Es sabido que la irrupción de Trump dio alas a la consecución de los anhelos electorales de Bolsonaro, al ser su incondicional más firme, pero este no es el único componente multiplicador. El brasileño se incrusta regiamente en el folklore caudillista latinoamericano. Con Trump en la plenitud de la cima, la deferencia y el escrutinio sobre el gigante hispanoamericano se amplía sustancialmente. 

Caso contrario ocurre con Biden, un hombre más de Estado y consolidado en el multilateralismo y el medio ambiente, de cara al exterior se agrandará el papel más radical y drástico de Bolsonaro. 

Amortiguar sus enfoques tanto frontalmente, como superficialmente al margen de la realidad de Brasil, entraña un deterioro del puntal imprescindible que le brindan sus adeptos más ultras. La política exterior ha dado un vuelco notable para imponerse en cuestiones que, en analogía con los trumpistas, remueven a su soporte electoral más constante, como los reproches meticulosos y ensordecedores a China; o la alineación con Israel; la adopción de valores conservadores cristianos; la ofensiva contra el feminismo o los derechos de las minorías.

Por ende, el país carioca estará más apartado que antes estratégicamente, pero sorprendentemente la popularidad y el renombre de su presidente se han acrecentado, pese al rehúso tajante en la praxis sanitaria, teniendo saldos demoledores. Sin obviar, los parados cuantificados en 14 millones. 

Sin ir más lejos, Bolsonaro ha dado muestras innegables de su sentido político, sancionando apresuradamente uno de los paquetes de ayudas públicas más grandes del mundo, lo que ha avivado el impacto de llamada en sus incondicionales y su prestigio se ha disparado.

Otro de los correligionarios de Trump, como es la envolvente de Andrés Manuel López Obrador (1953-67 años) en México: la culminación de Biden ha desacomodado su política exterior, resistiéndose a dar el parabién al demócrata. 

A primera vista, la rebeldía de Trump tras el descalabro, trae a la memoria el afeamiento administrativo que materializó López Obrador en 2006, cuando vio dilapidadas sus posibilidades en los comicios presidenciales por una diferencia apretada de 250.000 votos, frente a Felipe de Jesús Calderón Hinojosa (1962-58 años), congregando a cientos de miles de partidarios en las calles y provocando actos turbulentos.

En paralelo, la recalada de Biden demanda a López Obrador una cintura política nada usual en él, porque tendrá que modernizar las excelentes redes forjadas con Trump, a quien persistentemente refiere en términos ponderados como un gobernante aplicado. En el fondo, denota la resignación a los silencios en cada uno de las acometidas del republicano, consintiendo que acaparase desde su primera campaña en 2016 los improperios a México, como receta para incluir votos del electorado más racista.

De todo este entramado en ocasiones imperceptible, no hay que perder la pista del engarce bilateral tomado por la República Popular China, porque mientras está a la expectativa del rumbo en la hechura de la Dirección de Biden, sin pausa, desplaza sus piezas en el tablero geoestratégico.

Me explico: China, habiendo rubricado el mayor de los acuerdos comerciales, la ‘Asociación Económica Integral Regional’, por sus siglas en inglés, RECP, que no registra la aportación de Estados Unidos, el presidente Xi Jinping (1953-67 años), está dispuesto a proyectarse como el paladín del multilateralismo en las cumbres internacionales. 

En consecuencia, llegados hasta aquí, este análisis requeriría de un recorrido muchísimo más amplio para fundamentar en su justa medida el tema en cuestión, de lo que realmente me otorga el texto, a pesar de desgranarse en tres partes. 

Digamos, que Estados Unidos, como la primera potencia, convive enquistada en irregularidades con los rivales electorales dándose mutuamente la espalda. Los últimos días de Trump al frente, auguran ser demasiado convulsos al generalizar sus ofensas; no haciendo mención a la propagación inexorable de la pandemia, como la madre de todas las olas. 

Un virus que, por doquier, se prolonga en la curva epidemiológica y no se aniquila a golpe de tuit, y mucho menos, fantaseando con chivos expiatorios. Repudiando irónicamente las confirmaciones del voto, por tal de subvertir el proceso electoral; además, de hacer hincapié en inventivas figurativas e induciendo a argumentarios que obstruyen la transición y que no ceja en su insólita obstinación.

En cambio, Biden, desdeña lo acontecido que no es poco, haciendo encaje de bolillos para acondicionar una trasferencia de poderes sin la colaboración expresa de la Administración salient e, pasando a duplicar la premura para que Trump ceda el testigo de la presidencia.

Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’ el día 26/XI/2020. 

© Fotografías: National Geographic de fecha 19/XI/2020 y la breve reseña insertada en la imagen iconográfica es obra del autor.

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