Nací en 1963, en una España que hoy parece lejana, casi irreconocible. He sido testigo de transformaciones profundas, de cambios que mis abuelos difícilmente habrían podido imaginar. He visto cómo nuestro país dejaba atrás viejas etapas, afrontaba incertidumbres y construía un futuro nuevo sin renunciar por completo a sus raíces.
Quizá por eso, cuando alguien me pregunta por qué soy monárquico, no encuentro la respuesta en los libros de teoría política ni en las ideologías. La encuentro en mi propia vida, en los recuerdos que me han acompañado durante décadas y en la manera en que he visto desarrollarse la historia de España ante mis ojos.
Desde niño recuerdo la figura del entonces príncipe Juan Carlos. Aún era joven, pero ya transmitía la sensación de llevar sobre sus hombros una responsabilidad extraordinaria. Mientras la mayoría de las personas construyen su destino paso a paso, él parecía haber nacido con una misión marcada desde el principio. Su preparación no respondía a la lógica de quien aspira a conquistar el poder, sino a la de quien se prepara durante toda una vida para servir a una institución que le trasciende.
Crecí viendo a la Familia Real llegar cada verano a Marivent. Para quienes hemos nacido y vivido en Baleares, aquello formaba parte del paisaje sentimental de nuestras vidas. Era algo familiar, casi cotidiano. Antes incluso de ser Rey, don Juan Carlos ya había hecho de estas islas una parte importante de su historia personal. Las recorrió siendo niño, regresó como príncipe y continuó haciéndolo durante décadas como Jefe del Estado.
Siempre percibí una relación especial entre la Corona y Baleares. Un vínculo construido sin estridencias, lejos de los discursos oficiales y de las fotografías protocolarias. Un afecto sereno, forjado con el paso de los años. También vi cómo ese cariño por nuestras islas y por el Mediterráneo se transmitía a sus hijos. El entonces príncipe Felipe y las infantas crecieron compartiendo veranos, paisajes, regatas y costumbres que forman parte de la memoria colectiva de varias generaciones de españoles.
Sin embargo, mi condición de monárquico no nace únicamente de esos recuerdos.
Con el paso del tiempo comprendí algo que considero esencial. Un rey no aparece de repente. No surge de una campaña electoral ni de una coyuntura política. Se forma durante toda una vida para desempeñar una función singular: representar la continuidad del Estado, ejercer como árbitro institucional y simbolizar la unidad de una nación.
Mientras los responsables políticos representan legítimamente proyectos, ideas e intereses diversos, el monarca encarna algo diferente. Representa aquello que permanece cuando cambian los gobiernos, cuando se suceden las legislaturas y cuando las tensiones del momento amenazan con fragmentar la convivencia.
Y esa diferencia, a mi juicio, es fundamental.
España es una monarquía parlamentaria. El Rey no gobierna, no legisla y no dirige la acción política. Esa responsabilidad corresponde al Gobierno elegido democráticamente por los ciudadanos. Pero la Corona desempeña una función que ninguna otra institución puede ejercer de la misma manera.
Representa a España ante el mundo. Sanciona las leyes aprobadas por las Cortes. Participa en los procedimientos constitucionales para la formación de Gobierno. Ostenta el mando supremo de las Fuerzas Armadas en el plano institucional. Y, sobre todo, ejerce una labor de arbitraje y moderación que contribuye al equilibrio entre las instituciones del Estado.
Muchos consideran que son funciones principalmente protocolarias. Tal vez sea así en tiempos de estabilidad. Sin embargo, es precisamente en los momentos difíciles cuando se aprecia el verdadero valor de aquello que permanece.
Los gobiernos pasan. Los partidos cambian. Las mayorías parlamentarias nacen y desaparecen. Las circunstancias evolucionan constantemente. Pero la Corona continúa. No pertenece a una ideología concreta ni depende de encuestas, pactos o ciclos electorales. Su razón de ser consiste precisamente en mantenerse por encima de ellos.
A lo largo de mi vida he visto desfilar presidentes y personajes de todos los signos políticos. Algunos dejaron una huella profunda en la historia. Otros apenas permanecen ya en la memoria colectiva. Pero la institución de la Corona ha seguido ahí, cumpliendo su papel de referencia permanente dentro de la vida nacional.
Por eso nunca la he entendido como un privilegio, sino como una forma excepcional de servicio.
Un servicio que exige preparación desde la infancia. Que obliga a renunciar a gran parte de la intimidad personal. Que convierte a una persona en representante permanente de toda una nación. Que exige neutralidad incluso cuando la sociedad se divide y los demás toman partido.
Además, la Corona vive bajo una vigilancia pública constante. Cada gesto, cada palabra y cada decisión son observados, analizados y juzgados. Esa exposición permanente la convierte también en una institución especialmente vulnerable a campañas de descrédito, críticas interesadas o intentos de erosionar su prestigio.
No conozco muchas responsabilidades semejantes a la de nuestro Monarca.
Por supuesto, ninguna institución humana es perfecta. La Corona tampoco. Ha atravesado momentos difíciles y ha cometido errores. Pero las instituciones no deben valorarse únicamente por sus defectos. También deben juzgarse por el servicio que prestan y por la estabilidad que aportan al conjunto de la sociedad. Y sin ninguna duda, la balanza en este aspecto, se decanta muy favorablemente hacia su gran importancia en la historia de España.
Y cuando observo la historia reciente de este país, sigo convencido que la monarquía parlamentaria ha sido uno de los grandes pilares sobre los que se ha asentado nuestra democracia y nuestra convivencia.
Tal vez por eso, ¡¡sigo siendo monárquico!!
Porque, he visto cómo España cambiaba sin perder su continuidad.
Porque, creo en la importancia de las instituciones que a pesar de todo, permanecen en pie, incluso cuando las circunstancias no son las más agradables o tristes.
Porque, valoro la neutralidad de la Corona en tiempos marcados por la polarización y el enfrentamiento.
Y porque sigo pensando, que una nación necesita algo más que gobiernos politizados. Necesita símbolos compartidos, referencias comunes y una historia capaz de unir a personas muy distintas bajo un mismo sentimiento de pertenencia nacional.
La verdadera esencia de la Corona, es recordarnos que España es mucho más que sus debates políticos, sus discrepancias o sus cambios de gobierno. Que existe un espacio común que pertenece a todos. Y que, mientras tantas cosas cambian a nuestro alrededor, todavía hay instituciones cuya razón de ser consiste precisamente, en permanecer unidos por el bien común. Y por esto, sin duda ¡¡Soy monárquico!!
Por: Jaime Planas, Delegado de Baleares de la HNME