En la película El reino de los cielos, de Ridley Scott, director que pocas veces defrauda, hay una secuencia en la que el protagonista se prepara para saltar a Tierra Santa, es el Puerto siciliano de Mesina, durante siglos pieza fundamental del comercio marítimo en el Mediterráneo oriental. El trasiego de cruzados no se detendría hasta la caída de San Juan de Acre en el 1291 pero, aún así, genoveses y venecianos siguieron haciendo muy buenos negocios con los distintos ramales de la ruta de la seda y también con las rutas marítimas que desde el Lejano Oriente traían las especias hasta las arenas de Arabia.

En 1347 doce galeras genovesas llegaron a Mesina. Sus escasos tripulantes y pasajeros venían en peores condiciones que los compañeros de Juan Sebastián Elcano tras la circunnavegación. Provenían de Caffa, una ciudad y centro comercial en la península de Crimea que los mongoles de la Horda de Oro habían intentado vanamente asaltar pues llegaron allí con una desconocida carga en sus monturas; una carga que viajaba en la sangre de las pulgas y parásitos que les acompañaban desde los recónditos desiertos de Asia Central.

Era la peste negra la que viajaba en las galeras genovesas y durante muchos años, pues hubo varias recaídas, Europa, aterrorizada, asistió al derrumbe de su economía. Venecia perdió el 60% de su población, Florencia más del 30%; parecidas masacres a lo largo y ancho del continente. El cambio fue tan brutal que dio nacimiento a un nuevo mundo, si bien de forma más pausada que cuando Castilla alumbró al Nuevo Mundo.

Las potencias comerciales, con la caída de la ruta terrestre de la seda, tuvieron que reinventarse, a mayores precios claro. La mano de obra europea, casi desaparecida, multiplicó sus salarios, lo que llevó al aumento de los precios de las Commodities, el trigo especialmente, y ello llevaría de la mano enormes procesos inflacionarios. Desaparecieron fortunas y empezó el amanecer de otras; Silvestre de Medici alcanzaría en 1378 el cargo de Gonfaloniere de Florencia dando lugar a una saga de alcance mundial –el retablo de Damian Forment de la iglesia de San Miguel de Zaragoza lo preside el escudo mediceo del Papa que pagó la obra- que estaría detrás de algo tan transcendente como el Renacimiento.

En España, entre otras cosas, la peste aceleró el fin de los malos usos sobre los palleses de remensa catalanes, también la llegada de capitales italianos y alemanes y, de resultas, la aceleración de la navegación atlántica ibérica que llevaría a América. Estamos hablando del cambio del Mundo, algo provocado indirectamente por aquella peste llegada de Asia.

Hoy es un coronavirus el llega de aquella parte del mundo y aunque parezca que sus efectos no serán tan profundos, sí que es probable que dé como resultado unos cambios sustanciales en nuestra forma de vida actual y, por ende, en los usos económicos. No me imagino a los asturianos compartiendo el vaso de sidra, y con ello va nuestro tradicional alterne y la economía derivada. El turismo global, en low cost o crucero no saldrá indemne, tampoco la globalización como sistema económico creo que se mantenga sin cambios. Todo lo relacionado con la salud se verá desde otro prisma, más nacional sin duda. La incipiente reruralización es posible que se acelere, como el teletrabajo y las tecnologías de la comunicación.

Estamos ante un gran cambio, aunque no se sabe hacia dónde, pero esos 250 esquiladores venidos desde Uruguay, en pleno confinamiento, para esquilar la lana de las ovejas españolas son como una alegoría de un mundo que está a punto de desaparecer.

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