Uno de los adagios que más se usan en política es aquel que dice que la historia siempre se repite, o, en su versión más personalizada, que aquellos que no aprenden de la historia están condenados a repetirla. En estos tiempos que nos toca vivir, mucho más prosaicos, más cutres diríamos en leguaje llano, lo que suele decirse es aquello de que estamos en el día de la marmota, la repetición de acontecimientos que dio título a una película norteamericana de gran éxito. El caso es que, en muchas ocasiones, tenemos la sensación de vivir en circunstancias repetidas; es el caso en el que hoy nos encontramos en España.

En mi niñez, adolescencia y juventud no se hablaba ni de la República ni de la Guerra Incivil, eran temas que las familias evitaban, por dolorosos en casi todas ellas. Después, con la extinción natural del General Franco, vino la desaparición del régimen y la Transición política, que tan halagüeña parecía y que trajo el mayor periodo de paz y progreso para esta vieja nación en 500 años. Todo parecía ir bien hasta que la llegada de Zapatero al poder puso en solfa el cierre de las heridas que la Transición parecía haber cerrado, desde entonces la polarización, un eufemismo que esconde las Dos Españas que ya denunciara Machado, ha venido a asentarse de nuevo en el país y con ella los españoles parecen volver a mirarse de reojo. No es para sentirse contento ni tranquilo.

En el periodo republicano el PSOE no era el partido más importante, pero sí el más asentado y organizado. El gran tirón de la época lo tenía Manuel Azaña y su Partido Republicano y con él de mascarón de proa ganaron dos elecciones las izquierdas y el centro. Tras las del 36 lo dejaron sólo pensando, al menos el ala izquierda del partido sovialista, en hacerse con todo el poder y traer la revolución; en ello estuvo una de las principales razones de la guerra posterior.

En el PSOE vivían tres tendencias, la revolucionaria y marxista de Largo Caballero –sin duda la más nociva-, la socialista y transaccional de Prieto, y la más integra y socialdemócrata de Julián Besteiro, honesto y leal hasta las últimas consecuencias, lo que le llevaría a morir en la cárcel por negarse a huir de Madrid en los últimos momentos y preferir arrostrar las consecuencias de sus decisiones. Sobre Negrín  aún hoy no se ponen de acuerdo los especialistas sobre si era una mala persona, un imbécil o, simplemente, un títere del Moscú estalinista.

Hoy el PSOE nos recuerda a aquellos líderes políticos. Tenemos a González que, silente hasta el 

estruendo en los últimos tiempos, ha salido a ¿condenar? la falta de audiencia de Sánchez a Guaido –el presidente encargado de Venezuela reconocido por el gobierno socialista español- con unas declaraciones que nos recuerdan al Prieto de exilio mejicano. A su comunicado ha contestado Zapatero, el mismo que lleva mediando en el conflicto venezolano estos últimos años con una mediación que algunos –yo entre ellos- consideran demasiado escorada hacia el lado de Maduro, diciendo que le parece muy bien que Sánchez cierre la puerta a Guaido. En este caso no nos queda más remedio que acordarnos de Largo Caballero por aquello de la Robolución  bolivariana.

Finalmente nos queda Sánchez al que parece propio endosar el papel del doctor Negrín, al que nadie fue capaz de diagnosticar hacia dónde iba, salvo en su empecinamiento en alargar la guerra y arrinconar al Jefe del Estado ¿el Rey?, a la par que su apalancamiento en el Partido comunista y la carísima ayuda soviética –recuérdese lo del oro de Moscú- para acabar tras la rendición repudiado por todos los bandos republicanos. Al fin y al cabo, a través de Izquierda Unida, encuadrada en Podemos, de nuevo nos encontramos, tras más de ochenta años, con el Partido comunista formado parte del gobierno de España.

Confieso que me cuesta encontrar una caracterización actual para el coronel Casado. A Page no lo 

veo más que como ocasional Pepito Grillo, y los inefables Fernández Vara y Lamban sólo llegan a estudiadas moscas cojoneras. Por otra parte, a Rodríguez Ibarra aún estoy esperando que pida su anunciada baja del PSOE de modo que, por más que busco, no me sale nadie dispuesto a dar un puñetazo en la mesa.

Lo dicho, el PSOE parece autocondenarse a repetir la historia y sólo nos cabe esperar que el desenlace, esta vez, nos sea más llevadero.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
A %d blogueros les gusta esto: