Hablemos de Weimar

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Llevaba ya 6 meses queriendo escribir este artículo y me he decidido a raíz de estar a un mes de las elecciones generales, en las que la pregunta del millón será ¿Volveremos a la normalidad o los extremos de un lado y del otro nos harán pedazos y nos llevarán al naufragio?

Hace 6 meses se evitó un golpe de estado en la República Federal Alemana y orquestado por un partido de extrema derecha, los Ciudadanos del Reich, cuyo objetivo era restaurar el sistema de 1871, es decir una monarquía autoritaria. Esos tiempos terminaron a Dios gracias en 1918, y digo a Dios gracias porque no soporto la palabra Reich en ninguno de los marcos ni de los sentidos. Si en Francia no me gustan los Orleans en Alemania menos los Hohenzollern, con la única excepción de Federico III que soñó con convertir Alemania en una monarquía a la inglesa, siguiendo el ejemplo de su suegra Victoria I, pero la muerte le llegó tras solo 99 días de reinado y el sueño del Barba Roja del liberalismo alemán se hizo añicos por su hijo Guillermo II.

Tras la I Guerra Mundial Alemania se convirtió en una república, cuya constitución se redactó en la ciudad de Weimar, y pese a que fue un período muy convulso durante el tiempo que duró (1918- 1933) debido a los intentos de golpes de estado por la extrema derecha e izquierda, los atentados de los espartaquistas y comunistas, la crisis económica y la hiperinflación que acabó dándole el poder a los nazis, en lo cultural la república de Weimar es un período de Edad de Plata para un servidor.

Berlín se convirtió en una ciudad cosmopolita, porque pese a la miseria y a las duras sanciones de la Paz de Versalles la sociedad alemana era culta y tolerante. No había un odio a lo diferente sino una puerta abierta a ello. Como me hubiera gustado ver a Marlene Dietrich empezando su carrera en los cabarets de Berlín, donde el champán corría por las cuatro esquinas y donde el Jazz, el Blues y el Foxtrot invadían las pistas de baile.

El cine también vivió una edad de oro, ya no era un cine dedicado al Kaiser y al Imperio ni a la patria, sino que el expresionismo alemán se abría paso en la gran pantalla. Películas como Nosferatu, Metrópolis y el Gabinete del Doctor Galigari mostraban las duras condiciones de la posguerra en la sociedad alemana, si, pero al mismo tiempo nuevos aires de modernidad.

Cartel del Gabinete del Doctor Galigari

Fue también una edad de tolerancia con la homosexualidad, de hecho era algo muy visto en los clubs nocturnos de Berlín y en los cabarets, y pese a que se mantenía el Artículo 175 de 1872, la República de Weimar se caracterizó por una tolerancia apabullante, y hasta hubo aperturas de institutos científicos para estudiar otras clases de sexualidad. Se fundó la sociedad Gemeinschaft der Eigenen en apoyo a los colectivos y la revista Der Eigene vivió su época de oro en publicaciones.

Las mujeres también tuvieron su papel en esta nueva etapa. En 1919 consiguieron el derecho al voto y empezaron a trabajar en sitios que antes solo estaban permitidos a los hombres y también comenzaron a ir a la universidad.

Y lamentablemente todo aquello terminó por unas elecciones democráticas en 1933, me ahorraré el resto de la pesadilla que vino los siguientes 12 años. Por suerte, aquello no volverá a pasar.

He querido mostrar este período poco conocido en la historia de Europa porque a veces las democracias y sus logros sociales, culturales y humanos se pierden por las urnas, y siempre tratarán de hacernos creer lo contrario. Da igual que el tirano sea fascista o comunista, el peligro de destrucción, reescritura de la historia y reorganización de la sociedad según su modelo y el que haya un único pensamiento siempre serán los objetivos de cualquier tiranía, sea cual sea su color, siglas o lema. No lo olviden.

Uno me dirá al leer esto: -Entonces ¿usted apoya la república como forma de gobierno en Alemania?. Por supuesto le respondería yo.

En mi país soy monárquico y en Alemania republicano y quien diga que eso es imposible le diré lo mismo que dijo Emilia Pardo Bazán cuando uno le dijo que al ser progresista, católica, monárquica y feminista esa combinación no había quien la entendiera. La respuesta de la Condesa fue:

́ ́-¿Y por qué debemos ser una sola cosa y pensar de una única manera y que nos pongan una sola etiqueta? Ni que fuéramos un queso. ́ ́

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