Esta mañana mientras leía varios periódicos digitales, en uno de ellos, de los más importantes, me he topado con una información que daba cuenta de las seis noticias más leídas en ese medio. Dos de ellas informaban del encuentro de un torero de añeja estirpe con una supuesta amiga en una cafetería londinense, otras dos aportaban la completa filiación de la susodicha y, por último, quedaban dos más dedicadas a dar cuenta de la trayectoria personal y detalles de la fechoría de un asesino descuartizador, obvio lo de presunto porque no siendo profesional tampoco me siento obligado.

Estas son, con la que está cayendo sobre el país, las cosas que, al parecer, interesan a los españoles. Ni la formación de gobierno, ni el embarazo de Inés Arrimadas, ni los dimes y diretes de la Cumbre de la OTAN tenida en Londres, tampoco el encuentro retrasado entre el Madrid y el Barcelona parece llamar la atención de los lectores de ese diario; y teniendo en cuenta que esas relaciones de noticias se forman de manera automática cada vez que damos un clic en la que nos interesa no queda otra que pensar que son rigurosamente ciertas. Al español medio, tipo, del montón o como ustedes quieran llamarlo, los asuntos oficial, política o académicamente importantes le importan una higa, eso es lo que hay.

Escribía ya hace tiempo Salvador de Madariaga que sacar del analfabetismo a la gente para que leyese páginas que nunca debieran haberse escrito era esfuerzo baldío y por lo que se ve es posible que no anduviese desencaminado. Sus ideas casi enlazan directamente, lo cual no es extraño pues eran coetáneos, con Ortega y Gasset cuando alertaba contra las masas que, creyéndose santificadas por la fuerza que dan los sistemas democráticos modernos, rechazaban ser conducidas por las élites rebelándose contra ellas. Viendo lo visto no parece que el tiempo haya quitado razón a ninguno de ellos.

Cabe en el caso de Ortega, no obstante, hacer alguna salvedad, pues sus élites lo eran. Él perteneció a esa España fruto de la Institución libre de enseñanza y a la Junta de ampliación de estudios que daría lugar a una generación académica de altísimo nivel y que la Guerra incivil malograría. Tampoco le iba a la zaga el estamento político que, aunque incapaz de evitarla, tenía, en general, una mayor talla intelectual y moral que la que ahora nos representa. Talla por demás fácil de superar.

Formamos los ciudadanos de este país un rebaño pastueño, fácil de dirigir, que va al engaño con 

docilidad, por muy malo que sea el lidiador, que lo es. Un rebaño que actúa como si supiese que nada 

cabe hacer con el reglamento de lidia que nos toca sufrir y que, cuando se le hace algún retoque estético, sólo tiene como objetivo mejorar la posición del lidiador.

Lo cierto es que ya no hay toreros como los de antes. Los de ahora abusan del toro y del respetable y cuando se retiran hasta se regodean con la rechifla como el que estos días nos presenta sus memorias sin haber dado un buen pase en toda su carrera y esperando que, disfrazando los muchos pinchazos y descabellos le aplaudan como cortador de rabos.

En fin, que viendo lo que los españoles leen no es de esperar que las masas se rebelen y, por otro lado, con el reglamento taurino en vigor, es muy difícil, por no decir imposible, que aparezca un buen torero en España. Lo tenemos mal.

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