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La intuición de Adolfo Suárez y el Estrecho de Ormuz

Hubo un tiempo en que mencionar el Estrecho de Ormuz en la política española provocaba sonrisas indulgentes. Sonaba a exotismo geográfico, a preocupación impropia de un país ocupado en consolidar su democracia, contener la inflación y estabilizar sus propias incertidumbres internas.

Hoy, una lengua de agua en el Golfo Pérsico —apenas 34 kilómetros en su punto más angosto— puede decidir el precio del pan en Madrid, la estabilidad del gobierno o el ritmo de crecimiento del país.

Ormuz no está lejos: está en cada factura eléctrica, en cada transporte, en cada alimento cuyo coste depende de la energía.

Cuando Adolfo Suárez advirtió de la importancia estratégica de ese paso marítimo, algunos lo interpretaron como la extravagancia de quien miraba demasiado lejos para el momento, en un país que apenas acababa de reencontrarse consigo mismo.

Su advertencia fue recibida con escepticismo. La política democrática rara vez premia a quien habla de amenazas lejanas. Prefiere lo inmediato, aunque sea menos decisivo.

Suárez hablaba de dependencia

Pero Suárez no hablaba de geografía, sino de dependencia. Lo hacía desde la memoria aún reciente de la crisis del petróleo de 1973, que había demostrado hasta qué punto Europa —y España en particular— podía ser tributaria de decisiones tomadas a miles de kilómetros.

Ormuz no era un capricho: era una vulnerabilidad.

España, aún fuera de la OTAN y en pleno proceso de acomodo internacional, dependía de rutas que no controlaba.

Aquella intuición, formulada con sobriedad castellana, chocaba con una opinión pública más pendiente de los Pactos de la Moncloa que de los desfiladeros del Golfo Pérsico.

Como en tantas ocasiones, la política interior devoraba la exterior.

Hay algo casi literario en esa escena: un dirigente empeñado en sacar adelante la Transición, atento al mismo tiempo a un punto remoto del mapa del que dependía, silenciosamente, la estabilidad del país.

Por el Estrecho de Ormuz circula una quinta parte del petróleo mundial

Casi medio siglo después, el tiempo —ese novelista implacable— ha reescrito la escena. Por el Estrecho de Ormuz circula aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial y una proporción decisiva del gas natural licuado.

Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Irak, Qatar e Irán necesitan esa salida al océano. Europa y Asia sostienen su crecimiento en ese flujo. Europa vive pendiente de él, pero lo que ocurra allí no está en sus manos.

«Ormuz no es un accidente geográfico. Es la cerradura de la economía mundial. Y en las cerraduras importa menos quién tenga la llave que quién pueda impedir que se abra».

No es necesario bloquear el estrecho formalmente para paralizarlo. Basta con volverlo inseguro. Cuando el riesgo se vuelve inasumible, los barcos no pasan, las aseguradoras se retiran y el mercado hace el resto.

El paso no se clausura jurídicamente: se clausura económicamente.

Irán conoce bien esa lógica. No necesita imponerse en mar abierto; le basta con demostrar que puede convertir el estrecho en un espacio impredecible.

Es la estrategia del poder negativo: no dominar, sino condicionar. Para Washington, la libertad de navegación es un principio; para Teherán, una palanca.

Consecuencias

Las consecuencias no se limitan al combustible. Un bloqueo efectivo repercutiría en la inflación mundial, en los costes industriales, en las cadenas de suministro y, finalmente, en la estabilidad política de numerosos países. La energía es la base silenciosa de la vida moderna: cuando falla, todo lo demás se resiente.

Ormuz es también un cruce de rivalidades estratégicas donde se miden potencias que ya no son europeas.

La paradoja es que todos necesitan que permanezca abierto, pero algunos sacan ventaja demostrando que podrían cerrarlo. Es una forma de poder negativa: no basada en lo que se controla, sino en lo que se puede impedir.

Europa observa con inquietud un tablero que afecta directamente a su prosperidad, pero sobre el que ejerce una influencia limitada. Durante décadas creyó haber domesticado la geopolítica; hoy vuelve a depender de ella.

Tal vez por eso conviene recordar a quienes miraron antes que nadie hacia ese punto del mapa. No por nostalgia, sino por pedagogía. Las grandes crisis no surgen de improviso; se incuban durante años en lugares que preferimos ignorar.

Suárez entendió que la soberanía moderna no se decide solo en las fronteras, sino en las rutas energéticas invisibles. Hoy, cuando el mundo vuelve a tensarse en torno a ese paso estrecho y decisivo, su advertencia suena menos a exageración que a diagnóstico anticipado.

Ormuz no es un accidente geográfico. Es la cerradura de la economía mundial. Y en las cerraduras importa menos quién tenga la llave que quién pueda impedir que se abra.

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