Se ha ido Raúl del Pozo y con él desaparece una especie que ya apenas se reproduce: la del columnista que entraba en política como quien entra en un salón del Oeste, con el oído atento al ruido de la calle y la mano cerca del revólver de las palabras.
Pertenecía a una generación de periodistas que aprendió el oficio en la intemperie antes de ejercer la opinión.
Durante décadas se convirtió en uno de los cronistas más singulares de la política española. Sus columnas mezclaban confidencia parlamentaria, intuición del poder y un lenguaje —donde no faltaba el caló— que buscaba siempre algo más que la simple noticia.
Le gustaba decir que en el periodismo había que encontrar la música de las palabras, y esa música —a veces irónica, a veces melancólica— fue la banda sonora de sus textos.
Pasó diez años en Pueblo, aquella escuela de periodistas al mando de Emilio Romero, donde perfeccionó una habilidad innata para jugar al póker. Fue también corresponsal en capitales —Beirut y Berlín— donde la historia se movía con violencia.
Por aquel entonces ya era compañero de viaje de los comunistas de Madrid y colaborador en secreto de Mundo Obrero, periódico oficial del PCE. Nunca escondió su falta de sintonía con Santiago Carrillo, con el que ajustó cuentas.
Periodista osado, con la valentía de los hipocondríacos, formó parte integrante del “Sindicato del Crimen”, un grupo de periodistas que en los años ochenta se distinguió por su postura crítica frente al gobierno de Felipe González.
Aquella experiencia le dejó una convicción que nunca abandonó: el periodismo se escribe mejor cuando uno ha visto antes el mundo de cerca.
Su columna fue durante años un lugar de paso obligado para quien quisiera entender el clima de la política de la M-30. Escuchaba más de lo que parecía y observaba aún más. Tenía la mirada del reportero y la malicia del escritor. Podía describir un gesto en un pasillo del Congreso con la precisión de quien sabe que en esos detalles se esconde muchas veces el verdadero relato del poder.
Era también un periodista de tertulia, de conversación larga, en antros y timbas donde se mezclaban el juego con la literatura, la política y la memoria. La plaza de Castilla —junto a Natalia su mujer italiana durante más de medio siglo, inteligente, elegante, bella y discreta—, el Casino de Torrelodones y el Café Gijón fueron algunos de sus territorios habituales.
Al Gijón dejó de acudir a finales de los años noventa, cuando se disolvieron aquellas tertulias míticas. «No puedo ir porque me entristece. Aquel café que fue mi vida es hoy una morgue. En los espejos del fondo, cuando entro, se me aparecen demasiados fantasmas».
Pertenecía a esa estirpe —cada vez más rara— de periodistas que entendían el oficio como una forma de vida antes que como una simple profesión. Quizá por eso alguien dijo de él que era el último pistolero del columnismo español. No porque disparara más que otros, sino porque escribía con la libertad de quien sabe que el estilo, la curiosidad y el olfato siguen siendo las únicas armas verdaderas del periodismo.
Con su muerte se apaga una voz muy reconocible. También se cierra un capítulo del periodismo en el que la política aún se contaba con literatura y en el que los columnistas, como los viejos pistoleros, sabían que cada artículo era un duelo a solas con el papel.
