Aquel Zapatero al que se llamaba Bambi, el que contaba nubes con cara de bobalicón después de haber llegado a la Moncloa sobre un montón de cadáveres entre los amasijos de unos trenes; el que desenterró el hacha de la Guerra Civil y fracturó la sociedad española, que tanto había costado reconciliar durante la Transición; el que transformó al rival político en enemigo irreconciliable, en seres deshumanizados indignos de llegar a gobernar; el que dejó en ruina la economía del país, a punto de ser intervenida; el que acariciaba a la serpiente cuando ya ETA estaba vencida; el que se identificó con todos los regímenes autocráticos; el que sembró la semilla de Podemos; el que se quedó sentado al paso de la bandera de los EEUU en el desfile militar y lo hizo por odio a lo que ese país representa: el mundo libre.
Zapatero es un resentido y el resentimiento no es solo una emoción, sino un motor de acción que suele surgir de una herida percibida contra su ego (quizá el papel de su padre en la guerra civil). También es un combustible político muy potente porque conecta fácilmente con el malestar social, pero suele ser ruinoso para la gobernanza, ya que es más fácil destruir que gestionar.
Su discurso no se centró en un futuro esperanzador, sino en una venganza histórica. Dividió a la sociedad en “nosotros” contra “ellos” basándose en agravios del pasado y se presentó a sí mismo como la voz de los humillados. El poder no fue para él una herramienta de construcción, sino un medio para “ajustar cuentas”.
El actual Zapatero es a quien persigue el Tesoro de EEUU, al que vincula a una transferencia de Pus Ultra con una gran red venezolana. El más que sospechoso de cobrar un pastón como intermediario de ese rescate; el que ha multiplicado su patrimonio en unos años a costa de deleznables autocracias; el que ha enriquecido a sus hijas con contratos con su amigo hoy detenido; el que cobraba del régimen de Maduro considerables cantidades como asesor por informes orales.
Aquel Bambi del que creímos habernos librado para siempre tras perder las elecciones, se nos ha convertido en un comisionista cutre de los más abyectos regímenes. Un indigente moral, el más infame de cuantos nos han gobernado.
Julián Delgado (escritor)
