Tiene la tierra gijonesa una larga relación con el concepto de España, tan larga como la misma existencia del país pues no en balde fueron las aviesas intenciones del moro Munuza las que enviaron al sur al bravo Pelayo; y todo ello para “apoderarse” de la bella Adosinda, lo que llevaría a su hermano, al regreso y comprobada la coyunda, a tirarse al monte en franca rebeldía, lo que daría como resultado el épico encuentro de Covadonga y con ello el nacimiento de España tal como la conocemos.

Todo esto flota en la niebla de los tiempos, entre leyendas y crónicas muy posteriores. No sabemos la filiación de Pelayo, aunque queremos que fuese astur, ni tampoco si Adosinda denunció o más bien consintió, pero el caso es que fue así, más o menos, como todo comenzó. Sería este mal recuerdo u otros motivos pero Gijón durmió durante siglos para la historia y no sería hasta Jovino que se volvió a hablar de la villa, que desde entonces le dicen de Jovellanos. Tanto fue su brillo que el genial pincel de Goya le dedicó uno de sus primeros retratos, “Jovellanos en el Arenal de San Lorenzo”, en el que vemos al prócer con un fondo de arenas y marjales limitado por las aguas de la bahía. Es fácil imaginarse el Muro en ese paisaje en el que el genio aragonés plantó a nuestro paisano.

Hoy he visto ondear altiva la bandera gijonesa en lo alto de la Escalerona, lugar principal de toda la fachada marítima; una bandera que los playos reconocemos y amamos como propia pero que poco o nada dice a nuestros visitantes. Detrás de San Pedro hay otras dos que apenas sirven para hacer más llamativa la triada que ondea esplendida sobre la torre del Club de regatas, con la Bandera Española enmarcada por las de la Villa y del Principado, como debe ser. Todo ello hace extraño ese ondear solitario y hasta cierto punto pueblerino sobre el reloj de la Escalerona.

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En tiempos pasados eran las banderas del mundo las que daban color a ese Muro extraordinario que hace vulgares a malecones de mayor renombre; supongo que alguna reforma y el coste de su mantenimiento debió pesar para su retiro y nuestra actual orfandad vexilológica, pero en estos tiempos en los que todo el mundo parece afanarse por atraer el turismo hacia la tierra propia, y cuando la buena gestión del virus, por el momento, hace que nuevos visitantes conozcan nuestro paraíso no deja de ser chocante que nuestro ayuntamiento mantenga la Bandera de la nación fuera del Muro.

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Las reformas, no consensuadas, que se inician la próxima semana pueden ser una gran oportunidad para reparar lo que no es más que una imagen aldeana.

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