El término fue definido y desarrollado por un intelectual venezolano, Laureano Vallenilla, buscando respaldar las políticas del caudillo que entonces mandaba en su país, Juan Vicente Gómez. Un militar que, como tantos otros en Hispanoamérica, accedió al poder mediante la apelación al “pueblo” y el apoyo de los fusiles del ejército, el propio o el del país, tanto da. Este sistema político se basa en adaptar las instituciones a los intereses del personaje o del partido que lo apoya; y ello se logra con el asalto “democrático” al poder legislativo que se nutrirá con sus seguidores –miren a Maduro y antes a Chávez en Venezuela- para lo cual hay que someter al poder electoral para asegurarse el resultado electoral –esa parte le falló a Evo Morales en Bolivia- después, ya en el poder, se somete o cambia la estructura judicial –como nos muestra Cristina Kichner en Argentina- para asegurarse sentencias favorables. Todo esto se debe combinar con las prebendas a los seguidores más importantes y, por supuesto, a las fuerzas armadas, clave de seguridad de todo el sistema –como actualmente Andrés Manuel López Obrador, AMLO, en Méjico-, ni que decir tiene que todo se debe combinar con el acoso, e ilegalización si necesario, de partidos políticos adversarios, prensa independiente y, en general, cualquier opinión de peso discrepante con el Cesar.

Siempre se asoció este tipo de procesos con las “repúblicas hermanas”, pero en los últimos tiempos asistimos a un nuevo tipo de populismo que parece crecer sin descanso en los países de democracia representativa, y que no parece necesitar del apoyo o sustento de fuerzas armadas para acceder al poder y, desde él, intentar implantar un sistema de cesarismo democrático. Sus poderes se encuentran en los nuevos sistemas de comunicación pública; lo vimos en la sorprendente victoria del Brexit en el Reino Unido, y también en la no menos sorprendente llegada al poder de Donald Trump. Esto último representa el culmen de una deriva de la política interior norteamericana hacia una polarización extrema en la que la negación de la alternancia en el gobierno supone un punto álgido en el deterioro institucional.

El asalto al Capitolio llevado a cabo por partidarios de Trump, en un intento final de forzar la mano a los legisladores que recuerda enormemente al Golpe de Brumario realizado por Napoleón Bonaparte, es un recordatorio de la fragilidad de los sistemas políticos, incluso como los que, hasta ayer, se proponían como ejemplo para el resto del mundo y que ahora tendrán mucho más difícil presentarse, como en su momento hiciera Alexis de Tocqueville, como referente y luz para todo el orbe. Día de luto para la democracia representativa y para Occidente.

Versión en asturiano en abellugunelcamin.blogspot.com

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