Un sinfín de millones de personas hemos cerrado las puertas a cal y canto con un empeño prioritario: detener la propagación del nuevo virus SARS-CoV-2 que tan dramáticamente nos está golpeando. El impacto del confinamiento y la denominada crisis del coronavirus ha trastornado la sociedad mundial. Pero, aún queda por definirse cómo será la aldea global en el instante que rebasemos los umbrales del hogar.

Tras varias semanas de confinamiento severo, la humanidad ha asimilado la fluctuación de la vida desde su más óptimo y abominable punto de vista.

Hoy, la inmensa mayoría de los ciudadanos nos hemos adaptados a seguir encerrados y emplearnos a fondo, unos más que otros, a entretenimientos que posiblemente teníamos arrinconados, o tele trabajando y compartiendo tiempo con la familia.

Si acaso, otorgándole creatividad y algo de ingenio a este paisaje amargo, tan indispensables, e incluso, abriendo las vías a la generosidad con actividades de provecho para otros; pero, sobre todo, desenmascarando los sentimientos a cuantos profesionales del Equipo Sanitario, o a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado o Fuerzas Armadas, como a otros tantos oficios dedicados en cuerpo y alma, libran día a día la batalla desde la primera línea.

En esta miscelánea de vibraciones y gestos de fraternidad, el ser humano extrae lo mejor de sí mismo y esto se fragua en que el individuo se transforma en un ser plenamente bondadoso, inexpugnable y mucho más resiliente.

Ahora, lo que resulta más beneficioso es entrar en un paréntesis sereno y no retroceder al pasado, puesto que ya no existe; pero, tampoco, cavilar sobre lo que está por venir, porque las conjeturas son variables. De cualquier modo, lo acaecido sucedió y ya nada volverá a ser igual.

La comunidad que conocíamos hasta no hace mucho, ha quedado perturbada en diversos aspectos, con lo que estamos ante un cambio de paradigma social: para que no se generalice la letalidad del virus, el ser humano es más consecuente de su protagonismo y está condicionado a la preservación del bien común.

Ya, desde comienzos del año, existían evidencias de la amenaza inminente del coronavirus en China. Miles de medios de comunicación avisaban de la tragedia que sobrevenía de Wuhan, foco de la pandemia; conforme prosperaba la infección por el continente asiático se emitían imágenes desgarradoras a escala integral.

Sin lugar a dudas, un precedente crítico de lo que vertiginosamente se avecinaba, si puntualmente no nos precavíamos en lo presagiado. Pero, el matiz radica que el hombre tiende a especular que nada de esto le va a sobrevenir e imprevistamente, acaba salpicándole y afectándole en dimensiones catastróficas.

Cabría añadir en lo anteriormente expuesto, que, en toda calamidad a escala planetaria, se irradian los vaivenes de la raza humana desde sus mejores y peores inclinaciones. Indiscutiblemente, todas y todos, deseamos cuanto antes regresar a los hábitos cotidianos, pero aún, muchas y muchos, no somos conscientes que después de unas semanas y meses inacabables, todo estará por concretarse.

Algunos elementos y piezas jamás retornarán a su estado anterior. Si bien, se ha alcanzado un consenso generalizado sobre como cada estado debe allanar la curva de los contagios, es inexcusable imponer el alejamiento social para detener la transmisión del virus y que la proporción de infectados no origine una sobrecarga en los sistemas sanitarios.

Ello representa, que la pandemia tiene que continuar su irrupción a un compás más pausado, hasta que suficientes personas hayan quedado contaminadas para ganar la inmunidad de grupo; presumiéndose que la inmunidad persista algunos años, algo que ni siquiera se ha precisado, hasta que al menos se descubra una vacuna, probablemente, en el año 2021. Aunque, el inconveniente no concluye aquí, porque mientras conste un único individuo con el virus, los brotes permanecerán activos sin controles precisos para aminorarlo.

Lo vislumbrado a corto plazo pone su acento efervescente en negocios que congregan a un gran número de gente como las cafeterías y bares, o los restaurantes, centros comerciales, hoteles, gimnasios, discotecas, galerías de arte, ferias de artesanía, cines, teatros, lugares de conferencias, centros deportivos, museos, transporte público, aerolíneas, cruceros, celebraciones religiosas, convites, galas, fiestas o escuelas privadas y así, un largo etcétera.

Por no referirme a los desvelos que los padres han de contraer en la educación de sus hijos en la primera escuela de la vida: la familia; o de quiénes asisten por sus allegados de edad avanzada para que no corran el más mínimo riesgo con el virus.

En este cóctel de primicias, la parálisis de empresas y medios serán difíciles de conducir: los estilos de vida en el confinamiento con fases prolongadas, sencillamente, no son infalibles ni tolerables.

Luego, ¿cómo conviviremos en este espectro indefinido? Una porción de la contestación estaría que habrá sistemas sanitarios con unidades de respuesta ante pandemias, pero más capacitadas para desenvolverse ágilmente a la hora de identificar y contener los contagios, con el potencial de incrementar la fabricación de medicamentos, equipos médicos y kits de prueba. Amén, que nada de esto ha llegado en el momento necesario para contrarrestar el COVID-19, como suele ocurrir, las lecciones aprendidas nos reforzarán ante otras plagas.

Tal vez, también a corto plazo, nos exijamos conservar un relato social simulado. Supuestamente, las zonas de cines excluirán la mitad de sus asientos, o las reuniones se materializarán en salones más amplios con sillas apartadas y los gimnasios con prioridades, demandarán stocks de sesiones de entrenamientos para que no se saturen en exceso. Pero, finalmente, en este escenario irresoluto, reconquistaremos la capacidad de socialización con el impulso de formas más sofisticadas de reconocer lo que implica un peligro y lo que no, hasta discriminar lo primero.

Asimismo, se entrevén síntomas de este futuro en las previsiones que algunos estados están realizando. Como por ejemplo Israel, recurriendo a las señas de ubicación de los móviles con los que sus servicios de inteligencia sondean a los terroristas, para así seguir el rastro de los que han estado en contacto con portadores del virus.

O en Singapur, que exhaustivamente procede al acecho de los contactos habidos y minuciosamente informa de las identificaciones sobre cada caso demostrado, sin dar a conocer la identidad de las personas.

Queda claro, que no sabemos de buenas tintas cómo será este otro panorama que se augura; pero, es creíble hacer un ejercicio de imaginación contemplando un universo en el que, para coger un avión, haya inevitablemente que registrarse en un servicio que averigua los desplazamientos de los viajeros por medio de la telefonía móvil. Como, mismamente, habría restricciones semejantes con escáneres de temperaturas en la admisión de importantes eventos o en centros de transporte público.

O análogamente, en los puntos de trabajo se demandaría el uso de un monitor que advirtiera la temperatura u otros signos vitales. De hecho, en las discotecas se llevan a cabo comprobaciones de la edad y no es descabellado vaticinar, el requerimiento de un comprobante de inmunidad: algo así, como una tarjeta de identidad o algún tipo de justificación digital a través del teléfono, que acredite a quien proceda, si se ha recuperado y vacunado contra la última cepa del virus.

Poco a poco, nos acomodaremos e iremos admitiendo dichas medidas, a la par que nos hemos habituado a escrupulosas inspecciones de seguridad en las aduanas a raíz de los ataques terroristas. La vigilancia intrusiva se contemplará como un precio a pagar, poniendo en apuro la privacidad y los derechos humanos.

Como es de recibo, el desembolso real lo contraerán los más pobres y deleznables. Las personas con menos posibilidades de acceder a la sanidad y las que residan en espacios más proclives a afecciones, serán asiduamente rechazadas de sectores y oportunidades que los demás disfrutan.

Los trabajadores por cuenta propia o autónomos, desde veterinarios, arquitectos, médicos o farmacéuticos, entre algunos, verán que sus tareas se precarizan aún más. Sin inmiscuirse, a los refugiados, inmigrantes e indocumentados que afrontarán otros inconvenientes añadidos para hacerse un sitio en la sociedad.

Además, a no ser que se apliquen pautas rigurosas sobre cómo valorar la severidad de infectarse, las administraciones y entidades estarían en condiciones de optar por cualquier disyuntiva: recibir menos de 30.000 euros anuales se miraría como un componente de riesgo, o como una familia constituida por más de seis miembros y habitar en ciertas partes de una nación. Esto abre la puerta al declive algorítmico y a la segregación camuflada, como ocurrió con las aseguradoras de salud norteamericanas, que casualmente favorecieron a las personas blancas: el supremacismo blanco.

El globo terrestre se ha alterado en infinidad de ocasiones y en el presente, nuevamente lo está haciendo. Todas y todos, nos no queda otra que adecuarnos a métodos insólitos para subsistir, trabajar y relacionarnos. Como en cualquier oscilación de este calado, muchos fracasarán más que el resto, quizás, sean los que ya se arruinaron en demasía. Algunas tendencias son incontrastables, otras se prorrogarán algo más hasta clarificarse, pero, algo es notorio: cuando la pandemia recule y reestablezcamos las calles, nos hallaremos ante un mundo cambiante y extraño.

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Por lo tanto, estas circunstancias excepcionales que sobrevivimos con el coronavirus, constituyen un punto de inflexión a nivel social y en el desencadenante de múltiples mutaciones, en analogía a los valores y comportamientos que, gradualmente, se entretejen en las maneras de proceder.

Las crisis conforman tormentas de ideas ante contextos inesperados y en emergencias como estas, los acontecimientos se precipitan hasta cotas insospechadas: decisiones que habitualmente traerían consigo amplios períodos de reflexión y debate, allanan el camino para que en escasas horas se aprueben decretos. Es palpable, que las temeridades de no reaccionar a tiempo son superiores.

Sin embargo, no podemos pronosticar linealmente cómo transitará este mañana al que inexorablemente nos encaminamos, pero sí que se pueden seguir las pistas y comparar las constantes vitales de los cambios en atención a la evolución de los riesgos.

A nadie se le escapa, que, con la desescalada o progresiva recuperación a la normalidad, las parcelas económicas abordan los patrones oportunos para incorporarse al trabajo con las mayores garantías. Conductas y valores contrapuestos que se dan paralelamente, configuran un nuevo mapa social, como los aplausos colectivos, la solidaridad vecinal o acusaciones hasta la denuncia, por no respetarse las normas determinadas.

En definitiva, las realidades se invierten en consonancia a la situación de crisis y tras ella, permutan los valores sociales. Cuando lo hace, remolca decenas de actuaciones humanas: inicialmente, con pequeñas expresiones y más adelante, con auténticas sacudidas que retocan la economía y la cultura, tal y como la intuíamos poco antes de la perturbación del virus.

A la vez, por distintas rutas se divulgan bulos e informaciones inexistentes, sesgadas y maliciosas sobre todo lo que concierne al COVID-19.

Indudablemente, la pandemia acelera la pugna comercial por el liderazgo de la revolución científico-tecnológica entre los dos principales del tablero internacional: Estados Unidos y China. Quien mejor parado salga de esta coyuntura, tomará más ventaja como la potencia hegemónica. Se contrastará si en la efervescencia del virus tuvo mejor respuesta el autoritarismo chino o la democracia occidental.

Esta es la primera crisis que repercute de forma global en cualesquiera de las generaciones de hoy. Nada tiene que ver si pertenece a un estado desarrollado o en vías de desarrollo; o si votan a una u otra fuerza política; o si son conocidos o anónimos; o si poseen un elevado poder adquisitivo o transitan por penalidades para llegar a final de mes.

Todos, sin distinción, nos sentimos intimidados por el mismo adversario: el coronavirus.

Por vez primera en centurias, el mundo lucha contra el mismo rival. ¡De pronto!, la todopoderosa especie humana se siente desahuciada bajo la sombra despiadada de la muerte por algo imperceptible e invisible.

En pocas semanas, de ser inquebrantables hemos pasado a ser totalmente vulnerables.

En esta tesitura, percibimos que compartimos el mismo destino y eso nos une más que nunca: se reducen las tiranteces entre los gobiernos o las empresas que compiten. La emergencia sanitaria ha rebajado la polarización entre los bandos. Grandes compañías del mismo sector se aúnan para intervenir por un mismo motivo.

Al ritmo con el que el virus penetraba por doquier, se desvanecían los resquicios imaginarios que apartaban el ‘nosotros’ de los ‘otros’. Desde la llegada del coronavirus, ahora todos somos ‘nosotros’. Y esto se traduce en ciento de miles de testimonios de apoyo y solidaridades: organizaciones vecinales organizan las compras a los vecinos en situación de riesgo; o miles de personas elaboran en sus domicilios material sanitario como mascarillas y batas.

Tampoco es desdeñable, la aparición de vínculos que precedentemente no concurrían: el ‘sálvese quien pueda’ o el ‘caminar por la vida sin preocuparse más que de lo propio’, comenzarán a manifestarse con otras actitudes de concordia colectivas en las que contribuirán empresas y organizaciones. Bien es cierto, que algunas lo harán por convencimiento, mientras que otras, por compromiso, pero, permutando el modelo de intervención individualista del que comparecíamos.

No es desechable el miedo al contagio que estamos padeciendo intensa y profundamente, irremediablemente, quedará inscrito en el sistema emocional, dejando un rastro persistente y afectando en el modo de administrar las reglas del juego y comprender la privacidad. La sensación de inquietud inducida por la presencia de un peligro real o imaginario confluido en el miedo, es un feroz consejero que nos traslada a comportamientos inconcebibles.

Recuérdese al respecto, que, con anterioridad a lo acontecido, en España las máximas sociales no eran severas, sino que se amoldaban dependiendo de las relaciones personales y del instante explícito. Pero, el giro radical que ha atribuido la cuarentena y el confinamiento, nos ha ubicado en la otra cara de una misma moneda: tenemos una norma taxativa que obedecer: ‘no salir de casa’, si la incumplimos, se nos va la vida en ello.

De la noche a la mañana, el vecino que era el encubridor reservado de nuestras pequeñas infracciones o descomedimientos, repentinamente, se ha erigido en el dedo delator. Hay golpes de vista tras cada ventana o balcón: cualquier persona es catalogada como una advertencia latente. Asombrosamente, el desempeño de vigilar el cumplimiento exhaustivo de las normas establecidas, ha pasado de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, a ser compartidas por la ciudadanía. En esta ambición de defender el bien común que es de todos, nos hemos constituido en corresponsables de la salvaguarda del nuevo orden social.

Consecuentemente, tener miedo al futuro con la incidencia del coronavirus es algo natural y biológico. La inseguridad se apodera de nosotros con zozobra, pero es posible aferrarnos a la calma entre tantas incertidumbres.

Quedan en el aire, la inmediatez de la revolución científica y tecnológica; sin soslayarse, que habrá que ponderar en las ideologías y organizaciones de gobierno, o en la configuración de un prototipo de sociedad recíproca e interactiva o a una más autoritaria e imperativa.

Actualmente, el virus nos ha amotinado en una encrucijada sin precedentes que no entiende de fronteras físicas ni sociales. Ya nada será lo mismo, lo que está terciándose modifica al ser humano y su entorno: lo experimentado en el 2020, quedará en el inconsciente colectivo marcando un antes y un después de la Historia Universal y en la frenética carrera contrarreloj, para desarrollar una vacuna que nos libere del estigma de la mascarilla.

Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’ el día 27/IV/2020.

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