Según razona el gran filósofo griego Platón (su verdadero nombre era Aristocles) en La República, todos estamos en un barco que puede estar guiado por el más fuerte, lo que deriva en tiranía; por el más rico, lo que genera plutocracia, o por el más popular, aunque sea un auténtico ignorante, lo que sucede en democracia. Salvo en el caso de África, en donde muchos países tienen dictaduras, el resto del mundo se deja guiar por la democracia, a partir del esquema impuesto por la Revolución francesa de 1789, de inspiración masónica, caracterizada por la ruptura con el Viejo Régimen a partir del famoso y tan repetido: Liberté, Égalité, Fraternité (libertad, igualdad, fraternidad). Desde entonces, el mundo ha cambiado (y mucho). Y ante este hecho podríamos preguntarnos: ¿Y si gobiernan los mejores, los más sabios, no sería mucho mejor para la humanidad?

Precisamente ya fue Platón quién, en el año 370 a.C. (año juliano) dio respuesta a esta pregunta afirmando que la forma ideal de política era mediante el gobierno de sabios (sofocracia), idea que derivó en la tecnocracia del siglo XX. Desde una perspectiva económica, el elevado conocimiento especializado de los responsables de las políticas públicas de cada ministerio obtenido tras una fuerte formación y una gran experiencia profesional (pública y privada), lleva a que, por lo general, la tecnocracia tiende a generar milagros económicos definidos por tasas de crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB) superiores al 10 por ciento anual de forma sostenible en el tiempo. Así ha sucedido, por ejemplo, en Alemania y Austria durante la década de 1950; España, en la década de 1960 y los tigres asiáticos en las décadas de 1970 y 1980. Sin embargo, el milagro económico irlandés (Celtic Tiger) de la década de 1990 fue realizado principalmente con la atracción de capital extranjero mediante ventajas fiscales, lo que no ha llevado a una verdadera transformación económica estructural de la isla que vaya a ser sostenible en el tiempo.

Por ello, y ahora que apenas ha empezado una galopante crisis económica iniciada por el SARS-CoV-2 y que se avecina de larga duración, corremos el riesgo de iniciar una futura depresión económica, aún más intensa que la sufrida tras la quiebra y suspensión de pagos del estadounidense Lehman Brothers, el otrora cuarto banco de inversión más grande del mundo. Esta nueva depresión (que no crisis) económica comenzará a producirse cuando la economía tenga más de diez trimestres con crecimiento económico negativo. Sé que nadie hasta ahora está hablando de depresión económica; sino de una mera crisis económica, al ser este segundo concepto mucho más suave (y políticamente correcto) que el primero. Pero la realidad es que, si antes no se remedia (y todo parece indicar que no), esta segunda gran depresión será más profunda que la crisis de 1929, comenzará a mediados de 2022 y tendrá una salida en forma de K (y no en forma de V, U ni W) en el mundo. Al ser en forma de K, esto significa que unos países apenas tendrán crisis (véanse Alemania y Nueva Zelanda, al haber tomado decisiones inteligentes en momentos clave), por lo que no entrarán en depresión económica, aunque sí en crisis económica que será temporal; mientras que otros (España, por ejemplo) lo van a tener mucho más complicado por la inoperancia de sus líderes políticos. Esto es lo que hay cuando unos países se dejan llevar por la democracia y otros por la sofocracia (tecnocracia). Solamente hay que comparar la formación y la experiencia profesional en la vida real de muchos políticos (no todos) que gobiernan los países con democracia y aquellos países que han elegido, de forma inteligente, variar de una democracia de nombre a una sofocracia (tecnocracia) efectiva. Cuando se exige para ocupar el puesto a un político lo mismo (o más) que lo exigido para trabajar en una empresa privada, es cuando se va por buen camino. Porque si es complicado y difícil gestionar una empresa privada con efectividad, es aún más difícil gestionar un sector público que es de todos. Y para hacerlo realmente bien, y aumentar el bienestar económico para toda la sociedad, solamente los mejores han de ocupar esos puestos de alta responsabilidad si se desea tener éxito. Esto es así, aunque a muchos políticos que se hacen llamar señorías no les guste; porque, en el fondo, saben que con su escasa formación y, sobre todo, con su (casi) nula experiencia profesional en muchos casos, no podrían trabajar en otro sitio.

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