En uno de los encuentros internacionales a los que asistí en la ciudad británica de Liverpool, en una recepción con numerosos asistentes de muy diferentes países, fui testigo de un hecho que me llamó poderosamente la atención. 

Después de diferentes intervenciones de los representantes de los países presentes, tomando la palabra el anfitrión, para cerrar el acto, nos invitó a los presentes a acompañarle en un brindis, como así fue, “Dios guarde a S.M. la Reina” invocó el interviniente. Todos acompañamos al brindis siguiendo la tradición británica.

Es admirable como el pueblo británico mantiene el respeto a los símbolos y a las tradiciones por encima de tendencias políticas, y así lo exteriorizan en cualquier acto al que asisten.

Si nos centramos en España, con otra historia y otros hábitos nos encontramos con que de acuerdo con nuestra Constitución:

(Artículo 56. 1.) El Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones, asume la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales, especialmente con las naciones de su comunidad histórica, y ejerce las funciones que le atribuyen expresamente la Constitución y las leyes.

Por otra parte. (Artículo 64.) 1. Los actos del Rey serán refrendados por el Presidente del Gobierno y, en su caso, por los Ministros competentes. La propuesta y el nombramiento del Presidente del Gobierno, y la disolución prevista en el artículo 99, serán refrendados por el Presidente del Congreso. 2. De los actos del Rey serán responsables las personas que los refrenden.

Con todos los respetos creo que se ha interpretado equivocadamente lo establecido en la Constitución “El Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones, asume la más alta representación del Estado español…”

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Es claro que es el Rey el símbolo de la unidad del Estado, y es el Rey quien arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones. No es el Presidente del Gobierno. El Presidente del Gobierno refrenda los actos del Rey. No a la inversa.

Refiriéndonos a lo acontecido el pasado Viernes 25 de Septiembre, fecha en la que se ha marcado un hito, se presentan varios detalles en los que reparar. En estas reflexiones abordaremos alguno de ellos.

Como le decía a nuestro Presidente, he querido dejar sedimentar las ideas, y no dejarme llevar por el primer sentimiento, pero es inevitable entrar en el análisis sosegado de lo acontecido.

A mi juicio una serie de condicionantes exógenos han desviado las funciones de cada cual, y se ha privado al Rey de presidir un acto tradicional, propio de la más alta magistratura del Estado, dando cuerpo a una de las tres instituciones que conforman el Estado. El Rey por encima de todas.

En política no vale todo, y menos extralimitarse en las funciones de cada cual. Esto que ha acontecido el pasado Viernes 25 de Septiembre aparte de no tener precedentes supone una afrenta grave a la Jefatura del Estado. El Rey puede y debe presidir actos como este al que le han impedido acudir, y ningún condicionante político, circunstancial, geográfico, o del carácter que se quiera, pueden limitar su presencia allá donde crea conveniente.

Se está utilizando el delicado estado de las cosas motivado por esta pandemia que nos asola para introducir alteraciones normativas que nada tienen que ver con la pandemia en sí. Ya en un artículo anterior ponía sobre la mesa mis percepciones sobre el caso: No es de recibo que con la que está cayendo se malgasten energías parlamentarias en Proposiciones de Ley dirigidas a menoscabar la dignidad de S.M. El Rey, a iniciativa de quienes unos días antes han jurado o prometido ¿Fidelidad al Rey?

No lo crea Señor. Estos virus son muy mentirosos y falsarios. A los hechos me remito. Y tratarán de aprovechar cualquier debilidad de un gobierno débil, que lo es, para imponer sus doctrinas trasnochadas, más propias, aunque nunca deseables, de otras latitudes.” (El virus. Abril 2020)

Siempre he considerado que la calidad de un mandatario está muy ligada a la calidad de sus asesores, y en este caso no tengo otra alternativa que pensar que alguien se ha equivocado estrepitosamente.

Cuando los propios miembros del colectivo que debería estar presidido por S.M. El Rey, ponen de manifiesto lo improcedente de su ausencia, es síntoma inequívoco de que las cosas se han hecho mal.

A mi juicio, independientemente de lo torpe de la decisión, existen flecos colaterales que demuestran una intencionalidad premeditada, en cuyo trasfondo no voy a entrar, pero que reafirman mis tesis de no creer en las casualidades.

En cualquier país civilizado, por mucho Ministro o Vicepresidente que sea quien vierte las opiniones que se han vertido por parte del Vicepresidente Iglesias o por el Ministro Garzón contra el Jefe del Estado (El Rey), supondría el cese inmediato de los mismos.

Son este tipo de acontecimientos los que refuerzan mi tesis de que las cosas mal las hacen los otros. El Rey está en su sitio.

Por eso, y como quiera que el Rey no está protegido contra ataques injuriosos por determinados miembros de un Gobierno, que meses antes habían jurado fidelidad al Rey y la Constitución, es decir perjuros, S.M. tiene que saber, y me consta que lo sabe, que una mayoría de españoles seguimos siendo leales y consecuentes con nuestros principios.

Pero retrotrayendo las cosas al hecho con el que iniciaba mis reflexiones no está de más reproducir lo que habitualmente dicen los británicos.

¡Dios guarde al Rey!

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