Vivió 81 años falleciendo un 17 de septiembre de 1179, una edad milagrosa tratándose de la Edad Media, en donde el máximo de esperanza de vida era llegar a los 40. Escribió sobre medicina, herboristería, compuso versos, cantos y melodías que aún hoy entonan las iglesias de Alemania, estudió los cielos, los minerales y las propiedades de estos con respecto a la salud y al poder que cada uno ellos ejercía sobre las personas, aconsejó y se escribió con el Papa y el Emperador y otros reyes de Europa y transmitió los mensajes que las visiones le transmitían. Y podríamos seguir hablando de ella y nunca dejaría de sorprendernos, porque Hildegarda de Bingen fue una auténtica pionera de la emancipación femenina y a su vez de la iglesia católica en su época, hasta el punto de que siendo proclamada Santa y Doctora de la Iglesia por Benedicto XVI aún hoy se la conoce como la Sibila del Rin.
Hildegarda, que significa jardín de la sabiduría, nació en el año 1098 en una familia de la nobleza alemana. Era la menor de 10 hermanos y recibió una buena educación para la época, tanto que renunció a casarse y a los 14 años ingresó en el monasterio de Disibodenberg para dedicar su vida a Dios y a los libros. Fue ordenada benedictina en 1112 y en 1136 con solo 38 años se convirtió en abadesa, al sustituir a la fallecida abadesa Judith Von Sponheim, antigua condesa y mentora de Hildegarda.
Toda su vida padeció una mala salud de hierro, pero eso no le impidió fundar varios monasterios donde las mujeres podían ser libres, estudiando y dedicando su vida a los demás, de hecho Hildegarda fue la primera mujer que se dio cuenta de que el clima y la alimentación eran factores claves en la salud de las personas, así como el cuerpo y la mente, fundando por ello varios hospitales, donde las hermanas y hermanos por separado atendían a los enfermos. Bebiendo de obras de autores griegos y romanos que las bibliotecas monásticas conservaban Hildegarda escribió durante 10 años el Códice de Wiesbaden y su obra científica Liber simplicis medicine o Physica, donde aporta sus remedios medicinales a base de plantas, baños fríos y calientes, el consumo moderado de cerveza y vino, ejercicio físico y la musicoterapia o los beneficios del consumo de la espelta, su otra obra Liber composite medicine, o Cause et cure, trata sobre el origen de las enfermedades y su tratamiento.
Mismamente sus visiones, que padecía desde niña, las transmitió también en sus libros, recibiendo el elogio de las altas esferas eclesiásticas, aunque otros la tacharon de bruja y endemoniada, sobre todo por sus obras de carácter médico. De todas las acusaciones que sufrió ninguna llegó a juicio, saliendo inocente de todas ellas y defendiéndose. En más de una ocasión sanó a enfermos solo con ponerle las manos encima, pues ella misma defendía y decía que Dios era el mejor médico del mundo. Sus restos hoy se veneran en la iglesia de Eibingen.