En mi familia siempre me hicieron creer que yo era un joven «torpe» y falto de inteligencia, nunca me halagaban en mis progresos, porque o todo lo hacía mal y encima era un niño travieso e hiperactivo. Me comparaban con mi padre, que era poseedor de una supermemoria, de una memoria aristotélica, un caso excepcional, más si cabe cuando yo era un adolescente despistado y él tenía ya unos cuarenta años, edad en la que una persona está formada y en plenas facultades físicas y mentales. 

Algunos padres (padres, madres y tutores) siguen creyendo que los niños son hombres pequeños, cuando es un craso error, puesto que los niños están aprendiendo y formándose en el proceso de convertirse en hombres útiles y provechosos. Y repito, un niño/a no es un hombre o mujer pequeños, es un niño/a (estos son los problemas del leguaje inclusivo que nada tiene que ver con la igualdad), y por lo tanto hay que enseñarles a madurar, y preocuparse de su formación tanto educativa, moral, como religiosa, si cabe, y no dejarlo todo a merced de los docentes y educandos desde el ejemplo. “Educar a un hijo es obligación de toda la tribu”, decían en la isla de Pascua.

Yo superé los estudios primarios aprobando de raspado, no prestaba mucha atención a lo que me enseñaban los maestros o profesores, y en clase lo normal era que todos los alumnos compitiéramos en las mismas condiciones de torpeza e inutilidad con los superdotados, que los había. Ahora, a mi edad jubilar, creo que esas etiquetas que me colocaban para definirme (con la intención de que me superara) no era la correcta, porque no se puede nunca comparar o equiparar a un niño, a adolescente, con un hombre, ya formado. Y ni tampoco se debe comparar con otros niños/as, porque cada cual es diferente. No existe una escuela de padres, como el doctor en Educación José Moratinos Iglesias, quien tiene un libro que lo propone, Escuela de padres en ECU.

Son juicios ligeros a partir de criterios erróneos, a partir de nuestra propia ignorancia, a partir de la comodidad de no esforzarse en comprender el proceso de formación del cerebro, de los axones y dendritas de las neuronas requiere su tiempo de aprendizaje, de adiestrar neuronas para que estén especializadas en una actividad, como puede ser en los músicos, ajedrecistas, artistas…

Yo permanecí en el seno familiar, durante muchos años en el «pelotón de los torpes», porque como he comentado son etiquetas que te colocan y no te las puedes quitar porque, además, en el seno familiar siempre te están examinando, corrigiendo, sin libre albedrío, estás en el constante bajo su microscopio. Además, yo me rodeé de muy joven de hombres, porque empecé trabajar de administrativo a los 14 años y es que no me enteraba de la mitad de las cosas que me ordenaba el oficial administrativo, aprendí por el sistema empírico de prueba y error. 

Pero cuando salí de mi casa, del seno familiar, para hacer el servicio militar a los veintiún años, tenía yo gran experiencia laboral, me di cuenta de que no era tan torpe como se me etiquetó y que los demás compañeros soldados eran más torpes que yo. Y tales fueron mis éxitos estudiantiles, que de mil hombres yo me quedé el número veinte, y me di cuenta que tenía un gran potencial por descubrir cómo el dibujo que muestro en cada uno de estos artículos que son dibujos míos a los que les doy mucha importancia para ilustrar cada artículo (con el dibujo se desarrolla la capacidad espacial y la perspectiva). Quizás, nosotros mismos no nos valoramos lo suficiente, nos enseñan a ser humildes y no hacer ostentaciones, no tenemos confianza en nosotros mismos, pero eso cambia en cuanto hagamos una extensa lista de todos nuestros éxitos en la vida, que seguro son muchos; sin embargo, por pereza, no la hacemos, y la deberíamos tener a mano y repasarla de vez en cuando. Reprimir las emociones va contra el principio de la autoestima que es uno de los pilares del carácter y de la personalidad.  

En esta vida que nos ha tocado vivir, todo es un juego de suma y resta, de éxitos y fracasos, y deberíamos hacer este balance y te puedo asegurar que serán más los éxitos que los fracasos, porque los éxitos los olvidamos fácilmente y lo fracasos se nos incrustan en el corazón como las esfinges de las monedas, y son para siempre, y nunca jamás, a partir de ahora, deberíamos ser tan severos con nosotros mismos y darnos algunos placeres en la conquista de proyectos como poesía, escritura, pintura o música.

Como escribe Loreto Barreta Cortes en su libro Claves del optimismo, «las personas optimistas tienen más éxitos; no se agobian con facilidad y controlan mejor su vida». Yo conocí a un hombre tranquilo, era un general de brigada,  que cuanto más conflictos había en el trabajo se fumaba un puro, y se relajaba todavía más. En el caso del secuestro del avión argelino se fumó uno de sus puros «anestesiantes» y nos dejó a todos atontados por el olor del habano en la torre de control, y dirigiendo las maniobras, todo salió bien. Pero ese optimismo no es natural, sino que se aprende por el entorno, que, como el filósofo y ensayista José Ortega y Gasset, en su obra Meditaciones del Quijote, escribió: «Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo». Porque efectivamente el entorno social y educativo es fundamental en el desarrollo.

En definitiva, no situar a nadie en el «pelotón de los torpes» para que se supere, sino darle libros y comprensión.

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