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7 de octubre de 2022

El Monárquico

La Revista Digital de la HNME

EL RELOJ

2 minutos de lectura

Era el amanecer. Estábamos en una pequeña localidad rural llamada 16 de Julio. Los teros dieron anuncios de visitas inesperadas, por cierto. Miré de soslayo la hora: las 05:00 a.m. en punto . 

Tomé mi muñeca  y la abracé pensando en que necesitaba imperiosamente que la tuviera alzada. La puerta de entrada estaba entreabierta y un primer rayo de sol me deslumbró.

El visitante era un señor elegante que me subió a una voiture  en la que fuimos a una ciudad cercana con una hermosa catedral . Allí entré a una escuela que fue mi hogar . Mis pertenencias eran pocas pero fui rica porque en la biblioteca  hallé mi verdadero tesoro. Amiga de Aquiles y de Odiseo , pasé mi infancia y adolescencia releyendo a Shakespeare y discutiendo acerca de la filosofía de Hamlet. Tenía de mi pasado algo: la muñeca a la cual acomodaba  ya más como algo material que sentimental. 

Regresé con un título que me abrió paso y me dio lo mejor que era la cultura de ganarse la vida con el trabajo.

Dejé la ciudad y me fui a vivir a otro país  donde bebí las glorias pasadas de mis bisabuelos . En Italia construí un mundo mejor, a lo Pirandello. El periodismo deportivo me atrapó y fui corresponsal  de un diario milanés. Cierto día, estaba  cubriendo una carrera de F1 en Módena  en la que  Fangio sufrió un grave accidente. Seguí la ambulancia hasta el Ospedale Maggiore de Niguarda en Milano y allí sentí que la vida tiene un límite imprescindible de imaginar para protegerse. En el quirófano, cuatro cirujanos  luchaban para salvar la vida del corredor.

Retorné a mi departamento de Castel d’Aiano, donde una carta me anunciaba que debía retornar a la Argentina por razones de fuerza mayor.

Una fortuna me había sido otorgada por vía inusitada y lo supe cuando estuve en el estudio de abogados patrocinantes de una firma conocida en la compra venta de cereales. Cuando estaba firmando la notificación, decidí hacer una fundación destinada a gente adulta. Hechos los trámites de rigor, vi un reloj cuya hora marcaban las 05:01.

Fui hasta la puerta y la cerré. En las pequeñas ciudades el tiempo no existe, pero los relojes, sí.

*La imagen pertenece a la red

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