En el patio antiguo

En el patio antiguo

Bruscamente 
apareces con el viento
quebrado en la quietud
del patio antiguo.
Una brisa enardecida
engaña mis sentidos
casi rotos  y sumidos
en el cauce del olvido.
Me duele tu roce
de perdida melancolía
y retorna tu presencia
a mi propio infortunio.
Mas en la ráfaga
que hiriente muerde
los tallos fugaces de horas,
permaneces intocable
en mi memoria activa:
corola ardiente
herida de rocío
apenas besada
en la tarde de estío.
La rosa del madero

La rosa del madero

Oh, rosa que tiemblas
sobre el seco madero
mientras la brisa te mueve
en la armonía insondable
de lo desconocido.
Oh, rosa que hueles 
albores ocultos,
sueñas en los párpados
de la noche profunda
y luego despiertas
arrojada en el madero.


Antes que el aire queme
tu tersura roja
y el sol arda
en la fuerte llama
de tu mudable encanto,
deja que la aguda espina
ayer herida
hoy espada,
proteja el triste sino.
Y si no lo fuere,
déjame darte
a quien se deshoja
en el alma, contigo.
Destino

Destino

Te fuiste en una oleada
que depositó tu nombre
en la huidiza
marea de los tiempos. 

Los años pulieron las rocas
y el agua siguió su rumbo
mas en los embates sombríos
de noches oscuras
el olvido golpeaba
inútil martirio
tañendo tu nombre
en simples, fugaces sonidos.

Pasó la vida
como agua serena de río
rumbo al desierto
de horas perdidas.

Pero cada vez
que un charco pequeño
nacía repentino,
alguna señal se copiaba inmutable
y moría sin sentido.

Mas un día la espuma
arrimó sus besos
y apareciste repentino,
como si no te hubieras ido.

Y cayeron las gotas
insaciables, justicieras
llenando el cántaro vacío
que había añorado
hasta el ignoto día,
nuestro amoroso destino.

Y tembló la rama en el río
cesó de gemir el mar bravío:
allí estabas tú,
cegado lince bravío
y aquí yo, embebida de rocío
tendida a tus pies
como tú a los míos:
tus manos pálidas
azucenas de estío
rozaron mi alma , paloma
de cicatrices y olvidos.

Entonces, uno en el otro
nos fuimos
calladas magnolias abiertas
que exhalan ineludible destino.
Cronos

Cronos

Cuentan mis antepasados
que una noche de verano
en los jardines las uvas
trepaban como rosas
y los claveles olían a mar
en crespones de olas.
Dicen que la luna aparecía
inmutable, en su cielo
a despertar antiguas pasiones
que rompían a destajo
misterios, olvidos, dolores.
También que el arcoiris
es una ilusión pasajera
como la vida misma;
que usan palabras
para nombrar
ineludibles recuerdos
y ponen toga
a los antiguos vestigios
del orden supremo.
Hoy soy un antepasado
y el rostro que me mira,
es Cronos inexorable
hasta mis últimos días.
Del amor…

Del amor…

La miel de tu arroyo
es ámbar dorado en mi piel
cuando en la penumbra rumores
gimen murmullos de amor.


La caricia del alma sedienta
apoya tu mano en mi ser
y en la intensa mirada nos une
sólo aquello que nadie ve.


Cuando miras yo miro tus ojos:
la parda melancolía
se adormece en la tarde
y en las sombras que rápido arriban
hay dudas, perdones, olvidos
y estalla radiante tu oro líquido
fundido en mi cóncavo ser.

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