La lluvia circular

La lluvia circular

El círculo perfecto
 cae y dibuja
la forma fugaz
que viene del cielo, del aire,
del agua, de nubes, 
del pasado, del ahora
y luego de la nada.
Es un movimiento
tal vez perpetuo
en la inclaudicable 
maraña de momentos.
¿Por qué hay círculos
en los charcos anodinos del patio?
Sé que nadie lo dirá:
la respuesta tiene
el secreto infinito
que borrará los vestigios
de las verdades ocultas
en la implacable rutina
de principios y fines
en los que somos pensados
los hombres que vivimos.
Hace un instante fue gota
ahora círculo
y atisbo genuino
del hombre sereno:
Uróboro será
Uróboro y Universo.

Nota: El Uróboro simboliza el ciclo eterno de las cosas. que  comienzan y finalizan sin cesar. En la iconografía alquímica el verde es el principio y el rojo, el fin o consumación del Opus Magnum.

Viaje a la trinchera

Viaje a la trinchera

Soy un soldado francés que luchó en las colonias africanas. Me salvé de la malaria gracias a la ingesta de ajenjo. Como remedio, hubiera bastado tomar la hierba como té, pero el caso es que el alcohol es antiséptico.

En plena Belle Époque, soy adicto a la absenta, ritual que practico a menudo en el cabaret del Infierno, donde me encuentro sentado a una mesa frente a una copa alargada, una botella de agua y otra de mi elixir. Primero, lleno la parte baja de la copa con la absenta verde transparente, luego añado agua y el licor cambia de color, del verde transparente inicial a un blanco opaco verdoso. El efecto » Ouzo» no tarda en llegar, mientras le agrego un terrón de azúcar para quitarle el amargor.

Aparece entonces el «Hada verde», será por eso que el local es una gigantesca esmeralda transparente. Al piano, un joven toca Debussy a modo Reverie. El goteo del agua en la copa es lento y acompaña al piano. Mientras bebo la música nota a nota, estoy en la trinchera.

Un compañero me empuja a un foso para salvarme y caigo a un precipicio. Nunca toco suelo: es el vuelo de mi propia muerte. Soy de piedra y me tapa la tierra. En el fondo, toco mi rostro y un dolor se hunde como aguijón de mi pierna derecha: he perdido mi pie.

En los asedios negros de la lucha infame, me despierto en el hospital de campaña. Miro mi pierna totalmente vendada y no hallo mi pie. Sin embargo, lo muevo. Mi cerebro trabaja en la ilusión del vacío.

Abro mis ojos cuando amanece. París despierta bajo una llovizna gris y apacible. Alguien me indica que el local ya cierra y salgo caminando lentamente en busca del día que me espera. Estoy vivo y no me rindo en la tremenda batalla de vivir. Mi abrigo se ha humedecido y por mi visera caen algunas gotas, como recuerdos mudos.

La inapelable historia de mi pasado me persigue, pero no me vence, jamás.

NOTA: El » Efecto Ouzo» o «Louche», proviene de la absenta, bebida de alta graduación alcohólica y consiste en el cambio de color verdoso original del licor al gris, producido por el agregado de agua y de azúcar. El proceso es lento porque el agua cae gota a gota. Esta bebida y ritual caracterizó las noches de París y se hicieron acólitos los poetas malditos y muchos pintores como Modigliani y Van Gogh. También se le llama el «Hada Verde». Su ingesta se extendió por toda Europa y se prohibió por ser considerada una sustancia psicoactiva. En 1915, estaba prohibida en toda Europa, excepto en España e Inglaterra.

© La imagen corresponde a la película «1917».

Ausencia

Ausencia

Palabras de los ríos
en confidencias antiguas
y un letargo como puente
en la vida que es un sino.

En la mordaz quietud
del silencio habla tu ausencia:
flor de nardo
tierra húmeda
verdes hojas
en el orden que se escurre,
repentino.

No escucho tu voz,
tal vez duerma
en los ecos silentes
de un lugar desconocido.

Lenta y cancina
mi esperanza aguarda: 
flor de nardo
tierra húmeda
en las verdes hojas
de tu nombre sin olvido.

© La ilustración corresponde al frente de la quinta «San Vicente» lugar en el cual viviera el gran poeta granadino, Federico García Lorca.

En el patio antiguo

En el patio antiguo

Bruscamente 
apareces con el viento
quebrado en la quietud
del patio antiguo.
Una brisa enardecida
engaña mis sentidos
casi rotos  y sumidos
en el cauce del olvido.
Me duele tu roce
de perdida melancolía
y retorna tu presencia
a mi propio infortunio.
Mas en la ráfaga
que hiriente muerde
los tallos fugaces de horas,
permaneces intocable
en mi memoria activa:
corola ardiente
herida de rocío
apenas besada
en la tarde de estío.
La rosa del madero

La rosa del madero

Oh, rosa que tiemblas
sobre el seco madero
mientras la brisa te mueve
en la armonía insondable
de lo desconocido.
Oh, rosa que hueles 
albores ocultos,
sueñas en los párpados
de la noche profunda
y luego despiertas
arrojada en el madero.


Antes que el aire queme
tu tersura roja
y el sol arda
en la fuerte llama
de tu mudable encanto,
deja que la aguda espina
ayer herida
hoy espada,
proteja el triste sino.
Y si no lo fuere,
déjame darte
a quien se deshoja
en el alma, contigo.

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