Kalimera en Mikonos

El cielo es un cuarzo, no hay dudas. Tiemblan en la mañana las hojas del limonero pleno de frutos. Un aroma de azahares y cítricos embriaga los aires. El jardín es una geometría de sombras efímeras que se proyectan sobre el albayalde de paredes, espejos rotos en la clepsidra temporal.

Una leve brisa tiene en vilo las hojas de la renovada hiedra que resume verdes profundos y silenciosos. La fuente dibuja el tiempo en su energía acuática y su canto se parece a las sirenas que enamoran los sentidos. La mañana está quieta en el jardín del pensamiento y el gran reloj se ha detenido en la plenitud de una emoción sensorial.

Los pájaros navegan en el cobalto que los reflejan y en su vuelo queda atrapado el suspiro de lejanos laúdes. Alguien canta la más bella melodía en la lengua de Homero: el «Kalimera» («Buen día») tiene el ritmo de las aguas del Egeo en esta mañana que espera paciente el divino diamante de la estrella Polar, como una fiel enamorada a su amado. El ánfora escucha a la fuente y guarda en su interior secretos de mudez inconsciente.

Muy cerca, las aguas míticas besan las arenas de una pequeña playa, regalo para los sentidos, mientras el sol dibuja sobre el Egeo miles de ojos que se encienden y apagan en la divina energía de las aguas.

Un pájaro raya el espacio con su efímero vuelo y en el puñado pequeño de agua y arena que se escurre en mis manos, siento el corazón de Mykonos que late historias y exhala suspiros.