Hoy contemplo la niebla frente a frente. He comprendido que día a día, se hace pura niebla fría y húmeda, mi mismo corazón. Desde el ecuador de mi vida la saludo; como a esa hermana que nunca tuve. Tal vez desde la densa niebla, antes de dormir, pueda divisar la luz. Cuando nacemos, lo hacemos sumergidos, en la niebla del olvido; y condenados al dolor. En nuestra infancia primera, vivimos tras la niebla, que crea nuestra propia percepción del exterior. Luego, llegamos a la adolescencia; y el torrente de sentimientos desordenados, impide ver con claridad nuestro alrededor. Así, nos encontramos en la madurez; y es niebla el recuerdo, pues no nos llega nítido. Niebla también la rutina que nos envuelve y ciega... ¿Y esa pesada niebla habrá algún día de desaparecer, o seguirá cruelmente nuestras huellas? Me gustaría que alguien fuese capaz de responder.