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21 de mayo de 2022

La Revista Digital de la HNME

Perlas de la infancia

3 minutos de lectura

Aquella tarde de agosto, el calor envolvía toda la estancia y Margarita se vio aprisionada entre aquella temperatura sofocante, amén, del agotamiento que le deparaba su labor de ganchillo. Dejó ésta  sobre la mesita auxiliar y se dispuso a enfrascarse un poco en la lectura.

Alzó la mano y cogió un libro al azar, así pensaba ella, sería como el comienzo de una aventura, un nuevo interrogante, un volver a vivir con los protagonistas  en cuestión. Margarita frisaba los setenta y adolecía de algún que otro achaque, tributo de la edad.

Era vivaracha e inquieta y poseía una singular cultura, a base de mucho escuchar, comparar múltiples historias  y anécdotas extraídas de su pequeña biblioteca. Ya dispuesta a desvelar el misterio de aquellas nutridas páginas, comprobó con asombro que en sus manos sostenía una joya literaria ¡nada menos que “El Quijote”!

El libro actuó como un resorte, que puso en marcha vivencias de lejanos años. Entornó un poco los ojos y evocó aquellas, en que su maestra le hizo amar aquel libro ¡con qué amor narraba la lucha contra los molinos de viento! ¡y cómo reía en una franca carcajada, cuando Don Quijote recibió el espaldarazo en la venta.

Margarita entreabrió los ojos y esbozó una sonrisa, verdadero reconocimiento a los desvelos de aquella mujer. El calor se fue intensificando, en consecuencia, el aire tornóse viscoso y atenazante.

Se limpió maquinalmente el sudor, y por fin comenzó a leer algunos pasajes de su amada novela. Optó por aquellos sencillos, aprendidos en su niñez, y volvió a disfrutar con los desaguisados e infortunios de don Quijote. Leyó cuando derramó el vino de los pellejos, la carta que perdió Sancho, etc.

La interrumpió el chirrido de la puerta, ronca por la calina y entró con el desparpajo de sus pocos años, su nieta Carol. Como es de suponer, se entabló un diálogo  entre las dos lejanas  generaciones. Carol quedó encantada, la abuelita le había leído algunas trapisondas, entre ella el manteo de Sancho Panza.

 La jovial conversación con Carol, las emociones de los recuerdos  y la somnolencia del momento, hicieron desistir a Margarita de seguir con su afición, durmiose quedando el libro abandonado en su regazo.

Pasaron largos minutos, un soplillo de brisa, acertó a filtrarse por la ventana, advirtiendo satisfecha como el perfume fresco del jardín luchaba  para ahuyentar a aquel lacerante calor.

Respiró una  bocanada del renovado aire y descubrió a su Quijote en las manos de Carol.

Margarita la miró con embeleso y sintióse conmovida, pues sabía que algún día con el derrapar  del tiempo, su nieta tendría una evocación similar a la suya. Aquella tarde de agosto, nunca la olvidaría.

Miró hacia el infinito, reiterando su agradecimiento a aquella singular mujer  y para sí pensó, que las perlas de la infancia son tesoros inagotables, son savia hirviente para que, recordando, vivamos con más intensidad el presente.

De mi libro “Puntadas Literarias” corregido Ediciones Amaniel 2012

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