A unos ojos

A unos ojos

Los ojos bellos y dulces
que luces en tu mirada
portan cargas de ilusiones,
de sonrisas y esperanzas.

Son ojos de verde oliva,
casi moros, africanos,
que llevan asombro, dicha
de galanuras tempranas.

¡Ay, ojos color de valles!
¿Qué le pasa a tu mirada?
Una cortina de lluvia
de transparente cristal
ha anidado en tus pupilas
sintiendo tus verdes mares,
la dulce triste coreografía
de saber lo que es querer.

¡Ay, ojos color de valles!
¿Qué le pasa a tu mirada?
Todo en la vida tiene un precio

Todo en la vida tiene un precio

Cuando me jubilé, coloqué mi nido en Alicante, a la orilla del mar y viví ese maremágnum de traslado de muebles, enseres etc.

Especial atención tuvo para mí la decoración, que una de sus facetas la realicé enmarcando un conjunto de tarjetas postales antiguas, de aquellas color siena, blanco y negro, con los característicos colores tan intensos de antaño.

Las entresaqué de la correspondencia de antepasados míos, que ya saben era casi un reto felicitar en las onomásticas, cumpleaños…, se felicitaba al salir de una enfermedad, al obtener un trabajo, vamos como hoy “El mismo perro, pero con distinto collar”.

Avisada por el dueño o encargado del establecimiento, me presenté a recoger mi encargo y cuál no sería mi sorpresa que me dijo que a muchos clientes les cautivaron y estaban dispuestos a negociar y ajustar conmigo un precio, que ya partía de uno elevado.

Yo le respondí que esas láminas no tenían precio, que para mí eran como un tesoro.

Un preámbulo largo, lo sé, pero ya habrán averiguado de qué va el tema.

Aquellas lecciones tan abstractas, que tantos quebrantos me supusieron, ahora, al repasarlas, siento un placer especial y vienen con velocidad a mi mente, recordando aquellos años juveniles, esos conceptos que me enseñaron, es decir, no enseñaron a bien pensar.

Empecemos por el valor, y recordándolo junto la experiencia vivida de lo que se trata.

Pero no está de más refrescar la memoria, como la venta y compra del “Monopoly. Por ejemplo, de dos pisos en Madrid uno en la calle Serrano y otro en Vallecas, es obvio que el primero posee más valor, una pulsera de platino, más que un de plata y un descubrimiento científico que salve vidas, más que saber de nuevas rutas de itinerarios turísticos…

Decimos frecuentemente que todo tiene un precio y es verdad, todo no cuesta igual.

El coste de algo, lo que fuere, está en lo que hemos de entregar para conseguirlo, 

Cuesta más, entregamos más dinero por un vestido diseñado por Balenciaga, más valioso que otro de un diseñador que empieza a abrirse camino en estos lares.

Si una persona pagase mucho dinero por una cosa sin valor, ha habido un engaño, una estafa, ha realizado una mala compra.

O sea que el coste viene determinado por su el precio que hay que abonar para adquirirlo.

Muchas cosas su valor es apreciable a simple vista, un avión tiene más valor que un coche, un balón de reglamento más que una pelota de tenis etc.

El valor es una cosa intrínseca que posee un objeto, inmueble, joya etc. pero su coste varía, ya que estamos inmersos en la oferta y la demanda y esta circunstancia ajusta el precio.

En ciertos lugares, sobre todo en países árabes en los característicos zocos y bazares, un objeto con el mismo valor, con ese regateo de tira y afloja, hay quienes fuerzan a que el coste baje y resulta esa adquisición como una ganga; viceversa, un engaño según gane el que compre o el que ofrece.

Sí amigos, tengo muchas vivencias de esta índole, pero como sé que esto es muy usual, las omito.

Quedamos unos amigos para dar un paseo y claro como estamos vivos respiramos, sí, el aire entra en nuestros pulmones.

El aire es de un valor estable e intrínseco, pero como es muy abundante, no nos cuesta nada.

En las rebajas, objetos que, con valor por su diseño, creatividad y antigüedad, para dar salida al género, se ofrecen por menos precio, pero para muchos no es así, si no que se lo pregunten a un coleccionista, que, cada día, sus pertenencias, como no quiere venderlas, tienen más valor.

El valor de los objetos o composiciones han de ser objetivos, por ejemplo, los poemas de Tagore, Bourdelais, Lope de Vega o Calderón tienen un valor intrínseco, aunque personas con poca preparación no alcancen a entenderlo, igual podríamos decir del Coliseo romano, la Giralda de Sevilla o el Palacio de Aranjuez.

Entre varios objetos, si nos dan a elegir y nuestra elección va al mismo, deducimos que tiene más valor, que preferimos ese y no otro y si alguien se decantase por el más insignificante el más deslucido, eso sería debido a la incultura, o sea, de un modo natural siempre nos tendemos al de más valor.

Entonces, si yo deseo algo con énfasis, no quiere decir esto, que aquello que prefiero sea más valioso, los deseos van por una parte y los valores intrínsecos de los objetos por otra.

Esto lo  apreciamos  en los seres humanos que van tras valores materiales tras un ideal inferior de poco valor, en vez de elegir lo que verdaderamente vale.

Y entra  de lleno la  frase  que oímos usualmente como un lamento, como una queja.

La escala de valores que yo aprendí y sigo estando de acuerdo con ella es la siguiente: 

Vamos de menos a más.

Económico, vital, intelectual, estético, moral y religioso.

Termino con un poemita, donde elijo plasmar lo que siento con libertad,

asumiendo riesgo de que muchos no lo comprendan.

Si han llegado al final de mi artículo, incluido el poema, se lo agradezco mucho y muy agradecida por dejarme estar un rato a su lado.

Mis poemas
Pueden no tener valor,
razón, vida, ni sentido,
tal vez no digan nada,
pero me allanan caminos.
Mis conceptos no se aclaran,
no expresan nuevas ideas,
pero me siento valiente
al vibrar con mi palabra.
Puede no tener valor
nada de lo que escribo,
pero ahuyento fantasmas,
y eso, en mí, tiene sentido.
Blanco

Blanco

Las nubes viajeras son mi morada
y, si me escondo en el bravo oleaje,
en la paloma lato en su plumaje
y en la azucena soy una nueva hada.
Nunca me alejo de la novia alada
y orno su talle con guipur y encaje,
con sueños de paz su nítido traje
y ramitos de azahar ¡qué bien adornada!
Nacarado vivo y sonriente
como este pálido verso paciente
¡oh! Avatares de la sublime vida;
pues soy mármol incrustado en la muerte,
soy sollozo, eco, agonía sentida
de doncellas que sorbieron lo inerte.
Sobre la belleza (II): Dos formas de belleza más

Sobre la belleza (II): Dos formas de belleza más

Tras compartir con ustedes, como el título indica, sobre la belleza, ya habrán echado en falta que me restaba hablar algo más sobre ella.

Son dos las clases a las que voy a dedicar todo este artículo, pues pasan muchas veces desapercibidas.

Conocemos personas no muy agraciadas, que no son lo que se dice idóneas para atraer el flechazo de Cupido a primera vista, pero ¡ojo! al tratarlas y conocerlas vislumbramos algo hermoso, sí, eso es, que estamos ante un tipo de belleza, no el sublime estético, que ya lo vimos, sino lo sublime moral.

Este consiste, en que sus actos son generosos, pacientes, desprendidos, dulces, correctos, amables, serviciales, leales, que no siempre se dan en la misma persona.

Los tenemos entre nosotros y los ha habido y habrá en todo tiempo, así fueron elegidos como protagonistas algunas que otras personas pertenecientes a dicho grupo.

Me viene a la memoria “Marianela” de nuestro insigne escritor Benito Pérez Galdós, en el cine contamos como muestra “La Heredera”, protagonizada por Olivia de Havilland, “La Tonta del Bote”, en plan jocoso, de Pilar Millán Astray.

La verdad, que en nuestro entorno podemos encontrarnos con estos pacíficos y altruistas seres.

Y sé, que, a ustedes, como a mí, cuando hemos conocido una persona que carece de los cánones de belleza clásica, amén de los que no concuerdan con el estilismo actual, en cuanto se les trata, su naturalidad, junto a muchas de las adjetivaciones enumeradas anteriormente, logran que nos interroguemos:

“Pero, ¿cómo he estado tan ofuscado de ver a esta persona feucha?”. Entonces decimos: “es una bella persona”; en realidad tendríamos que decir: “es una buena persona”. Estamos trasladando la bondad a la belleza, pero se oye todos los días, o con mucha frecuencia.

Pudiera ser que también poseyera la otra clase de belleza que nos falta plasmar, que es “la belleza simple”, valga la redundancia, es simplemente “lo elegante”.

Y pensamos: “pero si tiene clase, si sabe elegir a la perfección lo que es un fondo de armario, si acierta en el atuendo informal y en el festivo al cien por cien”. Van siempre a juego, con los colores acertados, con el detalle preciso, si es mujer, con un maquillaje acorde con los eventos a seguir, nos parece que su presencia no es muy notoria, pero dejan huella en el ambiente con perfumes discretos, primando, en todo, la sencillez.

Pues sí, imaginemos, esa persona, que posee la belleza sublime más la simple, la elegante, esa personalidad es un potente imán que atrae, y si alguien tiene la suerte de conseguirlo, ha encontrado un tesoro.

No pasa así a la inversa, sabemos existe la mujer que físicamente posee esa atracción a la que Cupido sí le lanzaría su flecha.

Pues resulta, y esto creo todos conocemos algún caso, en principio gusta, comienza algo de cortejo, seguido en breve por el trato, mas no saben en qué momento, cuando descubre cómo se porta en la mesa engullendo más que comiendo, con conversaciones ególatras, en que emerge lo intranscendente y trivial, pues, en esas circunstancias el chico o chica ponen los pies en polvorosa y se dicen “¡pies para que os quiero!”.

Comprendemos que mucha gente favorecida está adornada, también, con muchas virtudes y buenas costumbres, y han protagonizado historias de ficción como Blancanieves, en el cuento de los hermanos Grimm y gente no favorecida, con sus almas todavía más nefastas que su físico, un ejemplo son las malísimas hermanastras de Cenicienta.

En la vida real ocurre igual, pero centrémonos en lo que hoy ventilamos.

¿Qué ocurre en esta dualidad? Que una resultona con un alma zafia es rechazada y una que aparentemente no brilla, en cuanto se descubre su interior quedan prendados o prendadas por ello, es muy verdadero aquello de que “La suerte de la fea la bonita la desea”.

Muy importante pues, es la belleza sublime moral y la belleza simple, la elegancia.

Cuanta gente podría decir:

“Sí, yo tuve suerte, yo elegí bien a mi esposa, no era un bellezón, pero por los ojos se le escapaba una dulzura especial que atraía más que a las moscas la miel, y viceversa, el pensamiento de una chica podría ir por el mismo camino respecto a su mozo y afirmaría: “yo no tengo un Brad Pitt, pero es un ser tan atento, tan delicado y además es “un quitapenas” de primera, que, la verdad, he tenido suerte.

Por eso recuerdo que nunca me gustó aquella canción que decía “Que se mueran los feos, que se mueran, que se mueran…”

Además, estas personas al ir cumpliendo años siguen siendo las mismas, elegantes, atentas y dispuestas.

Qué razón llevaba Platón al describir que la educación consiste en sacar del interior todo el potencial de bondad y belleza que fuere posible.

“Chapeau” a los educadores que lograron que seres como los descritos hayan mejorado sus tendencias naturales, hayan mejorado su autoestima.

Así pues, disfrutemos, en general, de una sonrisa de labios entreabiertos, que es más sublime que una carcajada, de una mirada con una caída de ojos misteriosa, que es más delicada que una picaresca, y de una voz susurrante, más que de una voz potente.

Y para terminar como el domingo pasado, me sentiría muy honrada si mi trabajo ha conseguidos ser catalizador para que ustedes deseen releer algo de sus autores favoritos, disfrutando la belleza que portan sus páginas, no sin antes invitarles a que lean este poema mío, que tiempo ha escribí, elegido porque aquel vestido tuvo que ser elegante.

Pequeña añoranza

Ponte, mujer, ese vestido rojo,
el que te pusiste aquel día,
aquel día…
que temblando me dijiste sí;
y ponte, mujer, tu lazo de terciopelo
y recoge tu melena
rizada, leonada, como ayer.
Cuando vengas hacia mí,
yo cerraré los ojos,
tú los cerrarás también,
y ese beso dulce 
que absorberemos 
será aún más hermoso
que aquel furtivo y ardiente
que nos dimos temblorosos,
en el pasado, en el ayer.
Ponte tu vestido rojo
para mí, mujer.
Sobre la belleza

Sobre la belleza

Las leyes estéticas se dan en las cosas, decimos que ese objeto es bello, que nos transmite placer, que se nos para el tiempo contemplándolo. Estas leyes son necesarias para que una pintura, película, novela u objeto sea bello y atrayente, y ya conocemos que existen unas reglas que todo ente ha de poseer para que atraiga por su belleza.

Un principio es la unidad en la variedad y lo apreciamos en una canción. Si es repetitiva es monótona y si, desde el principio al final, varía continuamente carece del canon necesario para que tenga un tema central con una variedad que armonice la composición.

La proporción áurea, que la percibimos a simple vista en algunos cuerpos geométricos, podemos aplicarlo igual a cualquier obra artística.

Contamos con el ritmo, la simetría el color, etc., así cuando miramos, leemos o escuchamos algo bello, no nos paramos de inmediato a contar si poseen todas estas cualidades, nos atraen o no.

Sabemos que la belleza en grado sumo nos puede extasiar hasta el extremo, sufriendo taquicardias, vahídos, sudores y malestar, es el llamado síndrome de Stendhal, pues éste se sintió indispuesto ante el exceso de belleza.

Si esta tuviese su razón de ser en poseer todos los cánones anteriormente enumerados, los cuerpos geométricos serían los más bellos y no es así, pues carecen de esa chispa creadora, que nos transmite emoción pasión y eso es por lo que una persona que no tiene conocimiento de reglas artísticas, ante una exposición, suele pararse sin saber por qué en el cuadro que porta todo lo enunciado.

Recuerdo la impresión que tuve al contemplar el mar por primera vez, fue un día en que sus aguas eran de un azul intenso, el oleaje ondulante y el cielo con unas nubes casi estáticas, ese espectáculo me emocionó sobremanera pues no lo soñé tan grandioso.

Son las bellezas naturales, que cada uno guarda en corazón, aquel prado, río, cascada, lago u otro paraje natural.

Queda también con claridad esa obra de arte, que conocemos en películas, postales, videos, etc., y cuando las contemplamos en la realidad nos queda impregnado ese instante para siempre, sobre todo priman las que bebemos en las páginas de nuestros libros de texto. 

Me pasó esto en Trujillo, al ver la estatua de Francisco Pizarro en su caballo, recordé de inmediato hasta su ubicación en aquella página; algo parecido, pero más intenso, sentí al contemplar los frescos de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina y así otras muchas.

Contemplar una cascada, un frondoso bosque, una sierra abrupta, unas cataratas… estaríamos ante lo grandioso natural, diferente a lo grandioso artístico, que es cuando se contemplan las Pirámides de Egipto, el Teatro de la Ópera de Sidney, nuestra Mezquita de Córdoba, La Plaza Mayor salmantina, etc. No sé cómo están catalogadas, por ejemplo, Elche y Cuenca, dos ciudades donde se mezclan la mano del hombre con la mano de Dios en tal simbiosis que parecen el haz y el envés de una hoja, son parajes únicos y también pude apreciar La casa de la cascada, que la contemplé por primera vez en papel cuché y ahora en un documental. ¡Cómo respetó ese arquitecto la naturaleza con la utilidad del hábitat! No recuerdo su nombre.

Nunca, al contemplar un bosque, decimos, ¡qué bonito! Esa palabra la reservamos para objetos pequeños: una sortija, unos zapatos, un pañuelo…, en general, cosas utilitarias y joyas pequeñas.

Y que lo trágico sea bello, en arte, me ha costado entenderlo. Sabemos la lucha que se genera entre lo más valioso, pero que no tiene fuerza para medirse, contra aquello que no conlleva ningún valor, pero es muy potente y ya sabemos que la belleza estriba en los ideales por lo que lucha la parte más débil.

Es muy trágico que lo razonable, justo, verdadero y libre sea vencido por instintos bajos de odio, venganza, injusticia y miedo.

Cuando vi Romeo y Julieta, siendo niña, junto a mi madre, comprendí que el amor fue vencido por una serie de adversidades que ocurrieron por aquel cruel enfrentamiento de familias. Si el frasco de veneno se hubiera roto, si ese hombre no se hubiese encerrado en aquella casa …, la verdad que dejó huella en mí y ya saben, comprendí la belleza de la tragedia, la lucha de los ideales buenos, la lucha por el amor, por eso me gustó, aun siendo niña.

Bueno tenemos como belleza también el drama, que bien sabemos que aquí el final es incierto, no como en la tragedia que los buenos siempre la palman.

Un pequeño comentario de lo cómico, que además de bello es agradable y divertido

Es cómico escuchar lo absurdo de que nos muestren lo que es obvio, con actos negativos, tal como nos lo presentaron los humoristas Tip y Coll.

Otro ejemplo, si vemos en una reunión que un científico, cargado de premios y con una vida dedicada por entero a la ciencia, repito, lo vemos que se pone en el centro de una reunión y empieza a cantar con un vaso en la mano el brindis de La Traviata desafinando, se da el contraste de la posición jerárquica de un investigador con su faceta negativa de desentonar.

Si el científico cae bien resultará cómico, pero, si no, parecerá ridículo.

Pues aquí se va acabando, por hoy, todo lo relativo a lo bello

Podríamos preparar una mesa con un vistoso mantel, los guardados cubiertos elegantes, vajilla de fiesta, todo armónicamente, y esa belleza que nos entra por los ojos prepara el estómago para que la comida entre mejor y, por ende, disfrutemos más, esto lo tienen muy en cuenta los chefs de los restaurantes para atraer a la clientela.

Como ya toca su fin yo me he emborrachado un poco de la belleza, cuando lo firme voy a leer dos poemas un de San Juan de la Cruz y otro de Juan Ramón Jiménez y tal vez acabe con otro de Tagore.

 Si les gusta pueden acompañarme con los poetas, a gusto, y, si no, les invito a leer un poema que finaliza este artículo, titulado “Meta”, o bien, simplemente dejen la vista volar hacia el horizonte y contemplen el paisaje natural o urbano, que también es un menester relajante loable y bello.

¡Qué la vida nos vaya bonita!

Meta
El solitario caminante
tiene alma de peregrino,
de cómico, de ambulante,
de nómada sin sendas,
sin destinos ni caminos.
Marcha con gozo hacia el sol,
hacia aguas turbulentas,
hacia cumbres solitarias,
hacia crepúsculos suaves,
hacia la lluvia, la tormenta,
hacia rutas de rocío.
Y el solitario caminante
camina y no conoce su ruta,
no conoce su destino,
apenas distingue sendas,
veredas, vericuetos ni caminos.
Y un día, sin pensar,
vislumbró en su vida
lo que era su caminar,
se dio cuenta que tendía
hacia una meta lejana,
misteriosa eternidad.

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