Cuando algún amigo español ve el retrato de Felipe VI en mi despacho o le comento que soy monárquico, suele divertirse o, cuando menos, encontrarlo curioso. Siendo alemán, probablemente no sea la primera postura que esperan de mí. Sin embargo, del mismo modo que en España hay republicanos, en Alemania también hay monárquicos, aunque hoy los partidarios de los Hohenzollern, la Casa Real de Prusia, sean bastante menos numerosos que quienes, en estas tierras, siguen creyendo —en contra de la evidencia histórica— que, tras dos repúblicas fracasadas, una tercera funcionaría mejor. La cuestión de la monarquía o la república, en realidad, no se detiene en las fronteras nacionales. Tras haber vivido en distintos países, siempre he sentido simpatía por la monarquía, al menos allí donde existe una tradición monárquica.
Esa simpatía tiene una dimensión racional y otra sentimental. Empecemos por la primera. ¿Sabría alguno de los estimados lectores decir el nombre del actual presidente de Alemania? Si la respuesta es afirmativa, enhorabuena: posee unos conocimientos de política alemana y de política internacional poco comunes. Si no lo sabe, no se preocupe: pertenece a la inmensa mayoría de la población mundial. Aquí reside una de las principales diferencias entre las repúblicas parlamentarias y las monarquías constitucionales. Casi todo el mundo conoce a Felipe VI o a otros monarcas europeos, mientras que muy pocos sabrían identificar al señor Steinmeier o a sus homólogos en otras repúblicas no presidencialistas. La monarquía proporciona a un país una visibilidad internacional que difícilmente puede ofrecer una presidencia de carácter meramente representativo. En tiempos de Donald Trump, de quien suele decirse que siente cierta fascinación por las monarquías —quizá porque le gusta compararse, de manera algo equivocada, con un rey—, incluso podría expresarse el valor de una monarquía en términos económicos: un 10 % de aranceles estadounidenses para el Reino Unido de Carlos III, frente al 15 % aplicado a la Unión Europea presidida por Ursula von der Leyen. Sin pretender simplificar una cuestión mucho más compleja, el ejemplo ilustra cómo la figura de un monarca puede ejercer una influencia diplomática que trasciende la política cotidiana.
Lo que vale para el exterior también se aplica al interior. Me resulta difícil imaginar que un republicano situado en la extrema izquierda o en la extrema derecha del espectro político —porque los hay en ambos extremos— aceptara con igual naturalidad como jefe del Estado a un presidente procedente del campo ideológico opuesto. Cuando el jefe del Estado ha desarrollado toda su carrera en un partido político, aunque la Constitución le exija neutralidad institucional, siempre habrá quienes con razón lo perciban como una figura vinculada a una determinada opción política. Un rey, en cambio, representa a todos los ciudadanos con independencia de sus ideas. Todos recordamos la presencia de la Familia Real durante la dana en Valencia, dando la cara ante las víctimas y representando al conjunto de España, mientras otros responsables políticos, pertenecientes a uno u otro partido, abandonaban el lugar con mayor premura. Aquella imagen simbolizó precisamente lo que muchos esperan de una Corona: continuidad, presencia y servicio al Estado por encima de las disputas partidistas.
Además, un monarca se prepara para esa responsabilidad desde la infancia. Su formación está orientada exclusivamente al ejercicio de la Jefatura del Estado, algo que difícilmente puede decirse de cualquier dirigente político. Felipe VI habla con fluidez siete idiomas, más que todos los presidentes del Gobierno de la democracia española. Ha recibido una completa formación militar y una educación universitaria de primer nivel. Todo ello permite esperar de Su Majestad un desempeño institucional difícilmente igualable por un presidente cuya trayectoria ha estado inevitablemente condicionada por la lucha partidista.
Pero, junto a la razón, está también el sentimiento. Quizá esta dimensión resulte más difícil de explicar en mi caso por ser extranjero, pues está profundamente ligada a la historia de cada nación. Yo crecí leyendo sobre Federico de Prusia, no sobre Don Pelayo o Isabel la Católica. Tampoco viví la Transición ni experimenté el reinado de Juan Carlos I como lo hicieron quienes crecieron en España, aunque conozco esa etapa porque siempre me ha apasionado la historia. Y, sin embargo, creo que ese vínculo sentimental puede ser también internacional. Pienso, por ejemplo, en Isabel II del Reino Unido. Cuando yo era niño ya era reina; seguía siéndolo cuando terminé mis estudios, cuando me casé y durante prácticamente toda mi vida. De algún modo, siempre estuvo ahí: inmutable, representando la continuidad en una Europa sometida a constantes transformaciones.
Para quien siente simpatía por la institución monárquica, la Corona, además, trasciende a la persona concreta que la encarna. Su historia centenaria representa las tradiciones, las costumbres y la continuidad de un pueblo. La monarquía conecta el presente con el pasado y proyecta esa herencia hacia el futuro. Por eso, ahora que deseo establecer definitivamente mi vida en España, apoyar a la monarquía española significa también asumir un compromiso con este país, con su historia y con su identidad. Es una forma de integración que va mucho más allá del mero respeto a las leyes vigentes, algo que no deja de ser el mínimo exigible a cualquier persona que decide vivir en un país.