El Paso de Khyber es la puerta natural hacia las llanuras del subcontinente indio cuando se viene de las mesetas y montañas de Afganistán. Por allí pasó Alejandro Magno camino de la India, aunque yo no lo vi; sí que estaba cuando Sean Connery subió a lomos de la pluma de Rudyard Kipling como “el hombre que pudo reinar”, acompañado por Michael Caine. Siempre, lo que ahora se llama Pakistán, tuvo en ese paso la puerta del peligro.

El Pakistán moderno, el país de los justos en su significado, vive en el peligro desde su creación traumática tras la ruptura de la India de Nerhu y Ghandi. Siempre ha sido una nación en pie de guerra; con su vecina y hermana india por la cuestión de Cachemira y en las fronteras afganas por las siempre salvajes tribus que allí viven desde hace milenios. En el interior su democracia solo conoció la tranquilidad inicial del fundador Ali Jinnah pero desde entonces ha conocido guerras civiles para parir a Bangla Desh, dictaduras, ahorcamiento de presidentes y en los últimos años la permanente inestabilidad que produce Afganistán. Solo cabe añadir al cóctel la superpoblación, unos 200 millones de habitantes y el radicalismo islámico.

Pakistán es pobre, muy pobre; y, además, dadas sus circunstancias, mantiene un presupuesto de defensa hipertrofiado con un poder político de las Fuerzas armadas que choca con el concepto de democracia. Hoy gobierna el país, aparentemente, Imran Khan, un antiguo campeón mundial de Criket, ese deporte tan inglés y tan incomprensible para mí, pero al que sólo gana en pasión en ese país el propio islam. Por eso lo eligieron.

Estos días de coronavirus las cosas se han puesto serias allí. Khan, que maneja y conoce las cuentas, no quería confinar a la población. La inmensa pobreza hará que muchos escapen del virus y otros muchos mueran de hambre pues el estado será incapaz de sostener a su población, y Khan lo sabe; sabe que necesita mantener el país activo al precio de las muertes que haga falta si quiere evitar disturbios mayores. Pero el Ejército, más populista, le ha puesto firme y habrá confinamiento. Veremos cómo acaba el asunto en Pakistán.

España es diferente, y no es un slogan. Nuestro gobierno sabe que nosotros también somos pobres, que los viajes low cost nos han llevado a pensar que somos pudientes, aunque la deuda del país sea descomunal. El gobierno sabe que vivimos por encima de nuestras posibilidades pero que ahora, con el coronavirus, todo puede saltar por los aires; y antes de lo previsto, sin los ansiados eurobonos, que, por cierto, creo que no nos merecemos, aunque fuese un gran avance para Europa.

Hay que encontrar un punto de equilibrio entre los muertos, los oficiales que transmite la prensa “libre”, no los reales, los que descubriremos cuando todo pase, y la necesidad de mantener vivo el tejido económico. Si fuésemos ricos seguiríamos confinados, pero no lo somos y hay que ponerse a trabajar, aunque las bolitas rojas, aquellas asintomáticas pero que transmiten el virus, vuelvan a viajar en metro o en autobús, vuelvan a la cadena de montaje o vuelvan a hacer subir de nuevo las cifras de contagiados. El punto de equilibrio, encontrarlo es la gran decisión.

Al menos espero que los sanitarios tengan batas y mascarillas y, por si acaso, que no desmonten las UCI recién creadas ni devuelvan los respiradores recién adquiridos.

*Versión en asturiano en abellugunelcamin.blogspot.com

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