Tengo que apagar la luz

Estoy que no me lo creo. He empezado a rejuvenecer por días. Qué digo por días, por horas. Es cierto que a ratos me siento más mayor, pero a ciertas horas del día me entra un furor juvenil que me pone las pilas a medida que se acerca la noche. Ya te digo, estoy que no me lo creo.

El primer sorprendido soy yo, porque nunca fui de volverme loco en horario nocturno. En eso fui un joven un poco soso. Claro que yo creo que era porque empecé a currar muy temprano y con mis horarios, pues ya se sabe. Que si guardias, que si noches enteras currando o estudiando, que si te pones a escribir por la noche, que si esto y que si aquello y, al final, te dejas lo de la fiesta para otro día. O para otra noche. Eso sí, en Fallas no perdonaba ni una. Cosas de esas nuestras, que ya saben cómo somos.

El caso es que llevo unos días descontrolado. No parezco yo. Atrás ha quedado el hombre tranquilo de los horarios diurnos. La noche y el fin de semana se han convertido para mí en una vorágine que ni los mejores momentos de mi amigo Pepe en los años de la ruta de bacalao. Qué cosas. Quién me ha visto y quién me ve.

Claro, es que llevo años llevando muy mala vida. Mis horarios eran un sindiós, siempre tan meticuloso con mis cosas. Que si levantarme a las siete para hacer deporte. Que si almorzar al volver de mi vuelta en bici de no sé cuántos quilómetros. Que si aprovechar para poner la lavadora al volver del gimnasio para luego tender la ropa y que se secara durante el día si eso. Que si pasar la aspiradora a horas a las que no molestara a los vecinos. Que si me ponía a planchar a cualquier hora en un ratito que tuviera libre… que si siempre pendiente de la Ordenanza Municipal que prohíbe hacer ruido por la noche para no molestar a los vecinos. En fin, un “bala perdida” que era yo.

Y con las comidas, igual. Ordenadito a carta cabal. No sé cómo he podido ser así. Que si el desayuno por la mañana, que si la comida a medio día, que si la cena por la noche. Y claro, la vitrocerámica en marcha a esas horas de las comidas y las cenas, que ya saben cómo somos los españoles para estas cosas. Auténticos animales de costumbres.

No les digo nada de mis horarios de escritor. Tengo la mala costumbre de, cuando no me da por escribir en el bar, de necesitar silencio y concentración. Y claro, me daba por escribir a esas horas de la noche en las que todo el mundo dormía. Que incívico y que insensato era.

Miren por donde, estoy cambiando. He cambiado ya. Soy un hombre nuevo y no quepo en mi de gozo. Y fíjense que al principio me costó. Porque entendí mal este maravilloso cambio que está experimentando mi vida y que han emprendido mis costumbres.

Desde hace tres o cuatro noches estoy recuperando, qué digo recuperando, descubriendo la marchosa juventud perdida. La marcha nocturna es mi vida. Me lo paso de narices cuando llegan las 12 de la noche. Es que no paro. Voy de fiesta en fiesta y no escatimo ninguna alegría para el cuerpo.

Les cuento. Con la media noche me entra la electricidad por las piernas y paso la aspiradora. Menudo subidón. La casa es grande y tengo como para una horita. Mientras, he dejado la primera lavadora puesta, que esa lleva su propia marcha. No le quito el ojo al horno, que dejo el pollo dentro para que se vaya asando. De reojo, en el reservado de la cocina, miro el flirteo que llevan entre la tabla y la plancha, que me mira con ojitos de que me una a la fiesta. Ya la pillaré, pero eso será como a las tres de la mañana, que ya tendré el cuerpo caliente después de darle un repaso al robot de cocina para dejar hechas tres o cuatro comiditas para la semana. Esto es un sinvivir de diversión, porque no para de sonar el “chup chup” de la cazuela del estofado, mientras la olla a presión le lanza silbidos sin parar a la campana extractora, que va a todo meter. Lo que les digo, un fiestón.

Además, he tenido que corregir el vicio, indigno y vergonzoso, de conectar el aire acondicionado a las horas de más calor del día. No sé cómo podía hacer cosas así. El pasado martes congelé la casa por la noche. Tuve que planchar con bufanda y chaquetón ya de madrugada, no les digo más, con la esperanza de que al día siguiente el fresquito se conservara entre las paredes de mi casa.

Agotado de tanto divertirme me dan las claritas del día y me siento mucho mejor que después de una noche de esas de marcha, pocas la verdad, de cuando tenía 18 años. Y, además, amanezco feliz por saber lo mucho que me he ahorrado. Lo que no sé es cuánto tiempo aguantaré esto de darle tanto gusto al cuerpo. Me noto cansado cuando me voy a trabajar…

Lo mejor es que he descubierto, por fin, que nunca es tarde para aprender. Que en realidad necesitaba un repasito de didáctica y reeducación. Que, aunque siempre me consideré una buena persona, he descubierto que era un mal ciudadano con aquel comportamiento diurno tan ordenado.

Ahora me viene la cabeza aquella frase tan antigua y que decía algo así como que “la letra con sangre entra”. Qué cosas tengo ahora que me están enseñando a aprender a divertirme de noche.

Les dejo, que se hace de día y tengo que apagar la luz. Y el ordenador. Y el frigorífico. Y el calentador. Qué razón tenía mi madre, “con tanta luz encendida nos vas a buscar la ruina”.

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