Entre populistas y radicales

No me gustan los fantasmas. No me gusta que me toquen las narices con los fantasmas del pasado y mucho menos que los saquen a pasear para airear lo peor de nuestros malos recuerdos, mientras nos tocan las narices a los que queremos vivir en paz en nuestra España democrática.

Hace mucho tiempo decidí que debía vivir mirando al futuro. Sin olvidar el pasado, claro, pero mirando al futuro. Por eso no me gustan los fantasmas del pasado.

En una carrera, el atleta que la disputa mirando hacia atrás tiene muchas papeletas para perderla. Y yo soy un corredor de fondo que creo que el viaje es un fin en sí mismo y miro mucho más allá de la inmediatez de la meta. Y para ganar, no vale todo. No. El fin no justifica los medios por muy nerviosos que se pongan algunos al ver los resultados en las urnas.

Por eso les decía lo de los fantasmas. No me vale, como instrumento de confrontación para arrimar el ascua a la sardina propia, o como justificación del propio fracaso, la resurrección oportunista de los fantasmas del pasado como arma arrojadiza. Más tarde o más temprano el espectro resucitado siempre acaba oliendo a muerto y, de paso, también apesta aquel que lo saca a pasear.

Si ya no me gustaba la judicialización de la política, utilizada por tirios y troyanos, menos me gusta su teatralización fantasmal. Y ahora vamos sobraditos. Al primer acto escénico sucede el segundo, y el tercero, y el cuarto… y así de forma interminable con una dosis de sobreactuación que merece el estudio de todo un tratado de sociología política, si no de cine de terror gótico.

Nada pasa por casualidad. El resurgir de los extremos es producto de la incompetencia de sus adversarios moderados que provocan la indignación del personal y alientan, por mala gestión y torpeza, su renacimiento en estos tiempos de crisis social de valores y de cabreo generalizado, mientras sacan a paseo a los fantasmas. Primero fueron los unos, luego han sido los otros. Y en esas estamos.

El que esté libre de pecado que tire la primera piedra. O mejor no, que no la tire y que no intente que otros lo hagan por él, que aquí lo de las pedradas suele acabar en una Casa de Socorro. Ahora, llega el crujir de dientes y aquello de rasgarse las vestiduras. No se si es cinismo o ingenuidad. Y no se cuál de las dos me preocupa más. Elijan ustedes mismos.

Sorprende, cuanto menos, que se acuerden de Santa Bárbara cuando truena. Y truena. Ya lo creo que truena. Como en una noche de tormenta de esas de las películas de fantasmas. 

Feliz 40 aniversario

La Constitución Española goza de buena salud. Sin duda. A pesar de sus 40 otoños.

Mañana, sin ir más lejos, celebramos su cumpleaños en medio de una tormenta de ataques de todo tipo que llegan desde diferentes flancos y que, lo único que hacen es reafirmar la perfecta forma física de nuestra Carta Magna, que los aguanta. Aunque esos ataques de tos ni son inocentes ni, permítaseme la desconfianza, ni son espontáneos, ni son desinteresados.

No me extrañó lo más mínimo cuando vi la foto de los políticos independentistas presos el pasado sábado, bien cerquita del aniversario de la Constitución, ni cuando veo las convocatorias de “referéndums” populistas sobre la Monarquía en el ámbito universitario. Llegan trufados de perfume republicano y, por lo tanto, me permitirán que crea que no son casuales ni, repito, espontáneos. Pero no se piensen, no… me pasa lo mismo con los ataques al sistema de las autonomías y a la descentralización del Estado. Estos llevan el aroma del radicalismo de ultraderecha. Tanto me da.

Miren, la Constitución es lo que es porque un gran número de españoles supo superar sus diferencias para dotar a nuestra sociedad de uno de los periodos de paz más largos de nuestrahistoria. A mí, con eso, me vale. Lo que no me sirve es el adanismo de quienes niegan la memoria de los que las pasaron bien putas para que nosotros tuviéramos derecho a decir lo que nos venga en gana y a vivir con dignidad, no lo olvidemos, dentro del marco constitucional.

Ahora parece que somos dinosaurios los que aún creemos en un ordenamiento jurídico al amparo de la Constitución. Sacando brillo a la memoria, muy loable por otra parte, relucen los olvidos de un periodo en el que la concordia y el diálogo dieron como producto una norma consensuada entre diferentes que, a partir de aquel 6 de diciembre, se convertían en iguales. Iguales ante la ley, iguales en derechos, iguales en libertad e iguales en posibilidades de futuro.

Ya sé que nadie invoca la palabra futuro impunemente, pero tampoco el verbo recordar es inocente y, ni mucho menos lo es el olvido. Cuando recuerdo los nombres de los grandes políticos de la Transición no puedo por penos que sentir el pinchazo de la pena. Hoy, cuarenta años después se ignora a conciencia lo mucho que tuvieron que pactar, para que nosotros viviéramos en una Democracia como la de hoy, consolidada, firme y sólida, participativa. Que necesita sus reformas, sin duda. Pero no por las bravas, no en la calle, no en la asamblea popular ni en la agitación permanente de “la gente” y, por encima de todo, no en la crispación. La

Democracia es lo que tiene. Que las reformas se hacen en el parlamento y por mayoría democrática. En fin…

Tal vez por eso me llevé una gran alegría el pasado jueves cuando me enteré de la concesión del Premio Convivencia, que otorga la Fundación Manuel Broseta, al Rey Felipe VI con un jurado muy transversal presidido por el ministro socialista José Luis Ábalos. Un hecho que me devolvió, un poquito, la fe en el género humano. Un galardón que es todo un símbolo de concordia en tiempos de crispación.

Ya lo decía mi querido Ernest Lluch, “diálogo, diálogo y diálogo”, antes de que le pegaran cuatro tiros.

Así que… Feliz cumpleaños a la Constitución.

Una pica en Flandes

La cacerolada independentista

Echo mucho de menos a los partidos políticos constitucionalistas, en la defensa de nuestra imagen internacional, ante los continuos ataques que a la imagen de España realizan en el exterior los grupos independentistas catalanes, que no se ponen de acuerdo entre ellos con su popurrí de siglas en permanente cambio, pero sí a la hora de realizar campañas millonarias de propaganda en el extranjero, para ponernos a parir, al amparo de un dinero del que desconozco su procedencia pero que lleva el perfume del erario público.

Ante esa unidad de acción de quien decide situarse al margen de la legalidad y fuera del marco de la Constitución Española, no veo la reacción necesaria por parte de aquellos partidos que defienden la unidad nacional. No la veo, al menos en el extranjero ante las campañas de difamación que se hacen sobre la realidad de nuestro país.

Estoy muy cansado de las visitas fantasma de los independentistas a estados en los que sólo se pretende hacer ruido y en los que, dicho sea de paso, los gobernantes de turno, afortunadamente, ni se dignan a recibir a las desautorizadas “autoridades” catalanas. Pero ahí siguen, de cacerolada internacional, mientras nadie mueve un dedo, ni por evitar que nos llenen de mierda al resto de ciudadanos españoles, ni para parar que sigan ensuciando la imagen de nuestro país ante el concierto internacional.

Ahí es donde echo de menos la unidad de acción de quienes se llenan la boca, y los mítines, con la defensa de los símbolos patrios y de la unidad de la nación. Me produce un sarpullido intenso ver como no son capaces de actuar de forma conjunta ni en eso. Una pena, porque hay intereses de país que están muy por encima de los intereses de partido. Claro, que se me olvidaba decir que se acercan elecciones y más vale vender la imagen del enfrentamiento entre ellos, no vaya a ser que se deslice algún voto en el sentido equivocado. En fin…

Además, ya no es sólo una cuestión estética, de imagen. No. Es una cuestión de dignidad. No es verdad las mentiras que sueltan en sus campañas internacionales. En España, ni hay pueblos oprimidos, ni hay minorías políticas perseguidas. Nadie, desde que tenemos la Constitución en vigor, ve conculcados sus derechos humanos. Todos, desde Cáceres a Barcelona, pasando por Valencia, somos ciudadanos libres e iguales, a Dios gracias. Claro, este argumento no es válido desde sus posturas supremacistas que les hacen creerse superiores a los demás. Su reclamación del pretendido derecho a la independencia parte del postulado reaccionario de su superioridad al resto de sus conciudadanos. Y mienten al venderse como un pueblo oprimido mientras llaman fascistas a muchos de los que lucharon por la libertad contra una dictadura.

El derecho que reclaman para ellos a decidir es el mismo que nos niegan a los demás que, a sus ojos, “somos como de segunda fila, bajitos, morenos, feúchos y, de paso, bestias pardas defectuosas y sin mucha capacidad para pensar”. En fin, puro fascismo de la más rancia y vieja estofa reaccionaria y absolutista.

Afortunadamente para todos, incluso para ellos, por mucha pancarta que exhiban en inglés o en arameo, solo les hace caso la ultraderecha flamenca. Curioso cóctel que nos lleva desde un extremo a otro pasando por el histriónico autoexilio de un fugado de la justicia. Claro, así refuerzan su propia imagen en el interior ante los ciudadanos catalanes que, dicho sea de paso, se desilusionan ya ante una autoproclamada república que cada vez más se parece a la Península Barataria de Sancho Panza que a la ensoñación onírica de Alicia en el país de las maravillas.

Cuando nos insultan, nos difaman, nos vejan, mienten sobre la realidad española, arrastran nuestros símbolos y cuestionan nuestra inteligencia, aunque nadie los escuche ahí fuera a tenor de lo que leo en la prensa internacional, sólo pido unidad de acción, por una sola y puñetera vez, a los partidos políticos mayoritarios. Den por nosotros la cara en Europa como una sola voz en defensa de la imagen de España como Estado de Derecho.

Paren de una vez, con todos los medios de nuestra democracia, el ruido de esa cacerolada.

Servir y proteger… durante 195 años

De vez en cuando viene bien una celebración. No todo ha de ser reflexiones amargas y comentarios agrios. Una alegría para el cuerpo es muy recomendable y, en estos días a menudo faltos del cariñito de las noticias agradables, poder cantar un “cumpleaños feliz” es una buena manera de reconciliarse con la buena gente que aún tiene cosas que celebrar.

Al grano. La Policía española cumple 195 años. Ahí es nada. Es una buena ocasión para recuperar su memoria y para reivindicar una parte importante de su historia, de nuestra historia y, en definitiva de la historia de España que es la de todos nosotros.

En estos días, la Policía Nacional está de aniversario. Y lo celebra de una forma tremendamente útil. Lejos de permitirse una fiesta sin final, que no dudo que un brindis habrán hecho, se ha abierto una vez más a la sociedad para compartir su historia con la sociedad española con unas conferencias muy didácticas, interesantes y educativas. Y se lo digo por experiencia propia. A mí me enganchó y mantuvo mi atención hasta pensar que se me había hecho corta.

Tuve el gran placer de presentar al Jefe Superior de Policía de la Comunidad Valenciana en nuestro Club de Debate del Ateneo Mercantil de Valencia. No tuvo desperdicio. Junto con las bromas y el buen ambiente, una charla bien estructurada que nos ayudó a entender 195 años de la Policía en España. Por cierto, aforo completo. Casi 500 asistentes. El tema interesa.

Mi bisabuelo Fernando fue jefe de policía en Albacete. Una fotografía antigua, de principios del siglo XX, que tengo en mi galería de recuerdos familiares, lo corrobora para verle con su uniforme del Cuerpo de Vigilancia. Siempre fue nada más que una historia familiar, pero ahora, después de asimilar lo que aprendí el otro día, ha cobrado una nueva dimensión en mis recuerdos y, sobre todo, ha ganado en admiración y respeto en mi conciencia.

En la actualidad, la Policía Nacional es un cuerpo moderno, muy eficaz, tecnificado y especializado y sus agentes están muy preparados. Profesionales como la copa de un pino que no siempre son comprendidos por la ciudadanía y que, a menudo, echan de menos el apoyo de quien tiene la responsabilidad política de gestionarles. Me la juego con cualquier otro cuerpo policial de nuestro entorno a que los nuestros son los mejores. Discretos, listos, disciplinados, resolutivos… no era en vano aquello de “la policía no es tonta”. Y ahora menos que nunca.

Los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado son uno de los pilares fundamentales en la garantía del Estado de Derecho y de nuestro sistema constitucional y democrático. Han sabido adaptarse a la realidad social a lo largo de los tiempos, seguramente con sus luces y sus sombras, pero han llegado hasta aquí, contra viento marea (lo de usar la palabra marea no es casual. Busquen toda la doble intención posible) para embarcarse, en el ejercicio de su profesión, en todas aquellas misiones que se les encomienda.

Ahora tiene el al reto de adaptarse al futuro y nosotros tenemos la obligación de apoyarles. No se olviden de que les confiamos nuestra seguridad. Y que siempre están cuando les llamamos, aunque sus condiciones de trabajo no siempre sean ni las mejores ni las más adecuadas a todo lo que nos ofrecen. Es bueno saber, cada día, que están ahí y no acordarnos de Santa Bárbara sólo cuando truena.

Que quieren que les diga. 195 años son muchos años. Muchos años de servicio, de trabajo, de esfuerzo, de noches sin dormir, de pasar frío, de dificultades y de paciencia. Porque para aguantarnos a los españolitos durante 195 años hay que tener mucha paciencia. Que nos conocemos. 

El año del Rey

Mucha gente pasará a la historia por lo que hizo en 2018 y mucha lo hará por lo que no hizo. No fue un año que haya dejado indiferente a nadie en España. El año pasado fue el reflejo convulso de una sociedad que cambia constantemente pero que ha perdido el rumbo hacia el que orientar ese cambio. Claro, me dirán, que eso es opinable. Faltaría más.

La nómina de los que pasarán sin pena ni gloria a la historia del año pasado es amplia. Y, como digo, algunos lo harán por no haber hecho lo que tenían que hacer cuando hicieron lo que hicieron para ganarse el puesto en los anales históricos. Otros sí que hicieron, sí… y aún tienen que escribirse algunos capítulos más de la historia patria, por triste que esté siendo en los últimos tiempos.

Me van a permitir que destaque una figura de entre todos los personajes de ese 2018 que ya se fue. Me refiero el Rey Felipe VI. Sin duda, 2018 fue el año del Rey. Y lo fue porque hizo lo que tenía que hacer. Hizo lo que se vio obligado a hacer e hizo lo que otros debían haber hecho por él, pero no tuvieron ni el valor ni el acierto de saber o querer hacerlo. Allá ellos.

La figura de Felipe VI fue duramente criticada por algunos sectores tras su discurso después de los sucesos ocurridos en Cataluña. Pero… ¿qué esperaban? ¿Qué se quedara mirando? En aquel momento el presidente del gobierno se escudó detrás de una cobertura judicial, de un artículo de la Constitución y de su vicepresidenta. Y el Rey hizo lo que tenía que hacer ante lo que se pudo considerar una dejación de funciones por parte de los dirigentes políticos. Salió y dio la cara. Y lo hizo en nombre de la nación, y en defensa de la Constitución y de la democracia, por mucho que algunos quieran decir lo contrario. Claro, quieren cargarse la Constitución, de paso la nación y lo de la democracia se lo han de hacer mirar.

En otro episodio de ese 2018, cuando creo recordar que la alcaldesa de Barcelona le preguntó a qué había ido a la ciudad condal, el Rey contestó que a defender la Constitución. Así de sencillo. La Constitución, esa norma que nos dimos los españoles para que esto funcionara dentro de los cauces de la democracia. Me van a permitir que, aún refiriéndome al Rey, diga aquello de… “¡con un par!”.

Que fácil habría sido, además, siendo como es el jefe de nuestras Fuerzas Armadas, sacar la cara de la autoridad de mando. Y no lo hizo. Sacó la cara, contundente pero conciliadora, del estadista de la concordia entre españoles y la defensa de la legalidad desde la posición de una monarquía parlamentaria. Sabiendo además, estoy seguro, que pagaría un buen precio de desgaste por ello. Pero tuvo el valor de hacerlo cuando quien gobernaba ni lo tuvo ni lo hizo.

Con el paso de los meses no lo ha tenido mucho mejor. Cambio de gobierno y cambio político, pero una ambigüedad, no quiero pensar que calculada, en ciertas posiciones gubernamentales que tal vez sean el pago por del precio del poder. No lo sé, no estoy seguro, pero desde luego se le parece mucho.

A lo largo de sus intervenciones públicas de este año, el Rey ha ido incrementando el tono de la concordia y la conciliación en sus discursos. Y se ha convertido en un referente. Las últimas encuestas publicadas nos hablan de que un 70 por cien de los españoles apoya la Monarquía. No seré yo el que abra ahora el melón de un debate que considero estéril porque, a estas alturas, lo tengo superado. Sólo reflejo lo que dicen las encuestas. Ah, por cierto, también ha sido elegido Personaje del Año en España en 2018.

Este viernes que viene, el Rey Felipe VI recibe en Valencia el Premio Convivencia que cada año otorga la Fundación Manuel Broseta en reconocimiento a su “liderazgo valiente” y en homenaje a los valores que representa la Monarquía Parlamentaria una vez pasados 40 años desde la aprobación de la Constitución. Un premio concedido por un jurado transversal, presidido por el ministro socialista José Luis Ábalos. Mi más cordial enhorabuena Majestad.

Que tomen nota nuestros políticos si quieren que la sociedad española recupere la confianza en ellos. Hay que dar la cara. Que no olviden que el jefe empuja el carro, pero el líder tira de él.

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