En un entorno de severa crisis institucional, el rey ha pronunciado, con paso firme, otro discurso esencial, desde aquel -hace tres años- en el que hizo una defensa férrea del Estado de derecho, amenazado por el secesionismo catalán, que ahora extrema su venganza, boicoteando viajes y quemando fotos con su imagen.

En el cuarenta aniversario de los Premios Princesa de Asturias, el jefe del Estado puso el énfasis en destacar que “precisamos valor y esperanza”.

Desde la primera edición en 1981, año convulso en el que se había producido un intento fallido de golpe de Estado, a ésta, en 2020, año en que la peste ha traspasado todos los límites, hasta alterar presencias, ausencias y lugares de celebración.

Tiempo intenso de la vida de España, en el que han sucedido acontecimientos y episodios difíciles de olvidar. Para lo excelso y para lo peor. Como hitos reseñables: la abdicación del rey Juan Carlos, la consagración como heredera al trono de la Princesa Leonor, la embestida de la extrema izquierda contra el régimen del 78, con la Monarquía como objetivo cardinal y una crisis sistémica que ataca los cimientos de la vida sanitaria, social y económica de nuestro país.

En una situación tan compleja desde el punto de vista familiar y colectivo, el jefe del Estado ha mostrado nervios de acero en un acto cívico, particularmente amable como es siempre Oviedo, donde acostumbra pronunciar las palabras menos trajinadas del curso.

En el Salón Covadonga, el rey inició su intervención olvidando mencionar al líder de la oposición entre las escasas personalidades asistentes. Si fue un olvido inducido, flaco favor. Si se trató una omisión involuntaria o la observancia de un protocolo, parabién a las excusas.

Al mencionar los valores que deben regir la vida democrática: solidaridad, unión y afecto (alguien los considerará republicanos), el monarca reiteró que “nada ha sido fácil en nuestro país, sometido a una tensión muy dura, que ha puesto a prueba a los Estados”-

Sin deslizarse por la pendiente de ese pesimismo que embarga a muchos españoles, “tenemos que pensar en seguir adelante sin dejar que nos invada el desánimo”, ha puesto en valor el afecto (que los españoles han cultivado a lo largo del tiempo), como una de nuestras fortalezas, “la persistencia del tapiz de la vida”, en recuerdo del discurso el año pasado de la bióloga argentina, Sandra Myrna Díaz, premio de Investigación Científica.

Cuestionado por populistas republicanos que se sientan en el Consejo de Ministros, el rey ha reconocido que “han renacido sentimientos que parecían adormecidos y necesitamos más que nunca”. Si bien los destinatarios de su discurso eran los españoles, dijo algo que podía sonar autobiográfico: “Hay momentos de la vida en que la realidad nos pone a prueba”.

Momento intenso, la laudatio a los premiados con la Concordia, decenas de miles de sanitarios que “se desviven por los enfermos, a veces con medios insuficientes, poniendo en juego hasta su propia vida y pagando un alto precio por su coraje y entrega”.

Apelando al “corazón de un país que debe enfrentarse a los más graves problemas, con sentido del deber y manteniéndose unido”, ha recordado con emoción a los fallecidos y dado aliento a las familias: “Tenéis una actitud heroica y valiente y con ella nos devolvéis la esperanza”.

En esta edición, un gran ausente: Plácido Arango, fallecido este año, impulsor y extraordinario presidente de la Fundación, para el que el rey tuvo un recuerdo emocionado: “Gran persona y gran amigo, que siempre me dio consejos admirables, con sólida cultura, gran inteligencia, sentido del humor, enorme generosidad y profunda educación”.

Con precisión quirúrgica, el jefe del Estado se detuvo en definir la Constitución como “un compromiso histórico, que garantiza nuestros derechos como ciudadanos”.

Insistiendo, una y otra vez, en la unidad, el entendimiento y la concordia: “Hay que poner todo el talento, y una voluntad decidida de superación, al servicio y al lado de los ciudadanos, para que el interés nacional prevalezca”.

En la crisis política que se mantiene viva, el jefe del Estado ha llamado al entendimiento entre instituciones porque “la inmensa mayoría del pueblo español está dando pruebas inequívocas de resistencia y entereza y no puede ser un esfuerzo inútil ni caer en el olvido”.

Puso fin a su alocución, evocando a Benito Pérez Galdós: ‘La historia está en el vivir lento y casi siempre doloroso de la sociedad. Sigamos recorriendo nuestra historia por los caminos del respeto y el encuentro de la razón y la palabra, y que juntos celebremos el valor de la vida”.

Con la alfombra azul extendida en el Patio de la Reina, la Real Banda de Gaitas de Oviedo, con la música de su “Marcha de Mayo”, escoltó a galardonados e invitados, mientras la heredera no ocultaba un tenue gesto de alivio, tras haber pasado su segundo examen público, “siempre con la esperanza que todo mejore”.

En el Taller de Cañones de la antigua fábrica de armas de Oviedo, la víspera había sonado “Tema de amor”, la melancólica y pegadiza música de ‘Cinema Paradiso’, aquella película maravillosa cuya banda sonora compuso el fallecido Premio de las Artes, Ennio Morricone.

*Autor: Luís Sánchez-Merlo

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