El viento silbaba enloquecido,
presto y veloz acercóse a tu ventana,
quería hablarte sin demora
de un mensaje que un recio mozo le dio.
Repitió intensamente su silbido
y sorteando encajes y maderos
colocóse junto a ti
cerca, muy cerca de tu faz.
No sé qué te dijo.
No sé qué pasó.
Pero tu rostro se tornó en amapola,
y tus ojos verde luna
se llenaron de fulgor.

El viento no silbaba enloquecido,
tornóse en caricia y brisa,
huyendo manso y quedo,
sorteando de nuevo
encajes y maderos.
Sentiste esta vez cerca, muy cerca de tu cara,
el aliento de aquel mozo
que el viento tanto te habló.
Era el amor de tu vida,
era tu vida hecha amor,
y te susurró con gozo
esos requiebros de luna
que a tu alma le brindó.
Así, esta pareja ama en el viento,
sus silbidos, sus remansos,
sus partidas, sus regresos,
y sus perfumes mezclados
en la entrega de los dos.

Publicado en su libro Puerta entreabierta

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