Alfonso XIII se casó en mayo de 1906 con Victoria Eugenia de Battenberg, nieta de la reina Victoria y vinculada a la casa real británica, además de prima segunda del emperador alemán Guillermo II. En Alemania, el emperador, que consideraba los matrimonios un instrumento clásico de la política entre las casas reales, habría preferido, sin embargo, otra unión.
María Antonieta de Mecklemburgo-Schwerin presentaba una ventaja importante: aunque procedía de una región del norte de Alemania profundamente protestante, ella era católica, ya que su padre se había convertido al catolicismo. Esto habría supuesto un punto a su favor frente a los carlistas y a los sectores conservadores de la sociedad española, especialmente porque Victoria Eugenia era anglicana. Para Alemania, además, María Antonieta tenía la ventaja de no estar vinculada a la casa real británica, lo que habría favorecido un mayor acercamiento de España a Alemania.
Esa era la idea que el emperador tenía en mente para Alfonso XIII. Durante la única visita del monarca español a Berlín, en noviembre de 1905, Guillermo II organizó un banquete en su honor y aprovechó la ocasión para presentarle a la princesa.
La visita de Alfonso XIII a Berlín tenía también un objetivo político. Alemania pretendía abordar la crisis de Marruecos provocada por las pretensiones francesas sobre el país. En este contexto, España representaba un aliado potencial, ya que tampoco podía tener interés en que Francia hiciera frontera con España no solo en el norte, sino también en el sur.
Alfonso XIII, sin embargo, mostró poco interés por la princesa. Para entonces ya se había decantado por Victoria Eugenia, de quien estaba enamorado, por lo que no prestó especial atención a María Antonieta.
En la posterior Conferencia de Algeciras, celebrada entre enero y abril de 1906 para resolver la crisis marroquí, Alfonso XIII era consciente de que un conflicto con Francia difícilmente se resolvería a favor de España. Por ello, optó por apoyar a Francia. Aunque en aquella ocasión se confirmó formalmente la independencia de Marruecos, la conferencia sentó las bases para la posterior creación tanto del protectorado francés en el centro del país como del español en el norte, que se establecerían pocos años después, a raíz de la segunda crisis marroquí de 1911-1912.
María Antonieta de Mecklemburgo-Schwerin nunca llegó a casarse. Tenía fama, además, de vivir por encima de sus posibilidades económicas, lo que la llevó en varias ocasiones a vender bienes y obras de arte pertenecientes a su familia. Murió en 1944, en la actual Eslovenia, donde su familia poseía algunas propiedades.
Guillermo II no tuvo éxito con su política matrimonial en este caso, aunque en otras ocasiones sí consiguió sus objetivos, como, por ejemplo, con el matrimonio del zar ruso Nicolás II con la princesa alemana Alicia. Sin embargo, el emperador sobreestimó la influencia que los matrimonios reales podían tener en una época marcada ya por las monarquías constitucionales y los parlamentos, que cada vez prestaban menos atención a las relaciones familiares entre los monarcas. Esto fue algo que Guillermo II tuvo que aprender durante la Primera Guerra Mundial, cuando terminó enfrentándose a dos de sus propios primos: el rey de Inglaterra y el zar de Rusia.
Para la casa real española, la boda de Alfonso XIII con Victoria Eugenia suponía, sin duda, mejores relaciones con Inglaterra y una menor dependencia de Alemania, algo que, visto desde la perspectiva histórica, resultó beneficioso. Pero el matrimonio tuvo también otra consecuencia: introdujo la hemofilia en la casa real española.
La anécdota de este matrimonio que finalmente no llegó a celebrarse aparece recogida en varios libros. Entre ellos se encuentra “Alfonso y Ena”, de Ricardo Mateos Sáinz de Medrano, publicado en castellano.