Se debe de tener más en cuenta el legado literario y su figura que al bando al que perteneció, las amistades que frecuentó o su condición sexual, porque Federico García Lorca es más que un poeta o un hombre de una época trascendental en nuestra historia. Es una luz en el firmamento, la cual nunca dejará de emitir nuevos destellos para descubrir caminos hasta hace poco desconocidos.
´´Lorca en Vermont´´ ha sido el último libro que ha salido a la luz para relatar un episodio bien desconocido en la vida de Federico, pero trascendental en la creación de su ´´Poeta en New York´´ ese episodio desconocido tenía un nombre: Philips Cummings.
Nacido en 1906 y de familia pudiente americana Philips conoció a Lorca en 1928, durante su estancia en España como estudiante de intercambio en la Residencia de Estudiantes. Era atlético, moreno y hablaba un perfecto español y Lorca, quien acababa de terminar su estudios y estaba pasando por una depresión amorosa en ese momento, se sintió renacer al conocerlo. Fue un flechazo a primera vista.
La amistad entre los dos jóvenes se soldó no solo por los momentos de intimidad que vivieron, sino por el amor que ambos sentían por la poesía y la música. Fue Cummings quien le hizo descubrir la poesía de Whitman a Federico, haciendo que Lorca lo convirtiese casi en su dios Apolo personal. Para Federico ´´Hojas de Hierba´´ representó lo que era amar y sufrir por ello de manera auténtica.
La relación se estrechó con el famoso viaje de Federico a New York en 1929, pasando 10 días en una casita que la familia de Philips había alquilado en el lago de Vermont. Aquellos fueron los días más felices de la pareja, una mezcla de excursiones, traducciones de obras, visitas a los residentes y por supuesto momentos de intimidad en la naturaleza o en el dormitorio, siempre siendo cautos.
No obstante, la relación se fue enfriando cuando Lorca volvió a España tras su paso por Cuba en 1930 y con la llegada de la II República en 1931, porque Philips trabó amistad con Alfonso XIII a través de las embajadas de ambos países y el nuevo gobierno de izquierdas le decepcionó; fue el momento de que Federico y él tomasen caminos separados, pero mantuvieron correspondencia hasta el asesinato de Federico en 1936. Dos años después Cummings se casaría, sería padre de familia y guardaría el secreto de su relación con Federico hasta 1985, cuando una vez viudo, pudo contarle al mundo su historia. Fue justo a tiempo antes de que el alzheimer empezara a hacer mella en él, lo contó todo y con esa información se pudo escribir este libro. Philips Cummings murió en 1991.
Creo que este libro hace honor al verdadero Federico y no al que hacen revisiones históricas o al que convierten en un símbolo del colectivo LGTBI. Lorca era ante todo escritor, dramaturgo y músico y poeta, y sí, también alguien que amó libremente. Su estancia en Vermont es sin duda el momento de su vida en el que, desde mi punto de vista, fue él más mismo que ninguna de las otras veces que lo fue. Que este 18 de agosto cuando se cumplan esos fatídicos 90 años se le recuerde como ser humano y no como un símbolo del que algunos se creen con el derecho a apropiarse. Lorca somos todos.