A una deidad de ninfa

Cuando en dulce tarde, sublime de encantos,
la atmósfera tibia, con el Sol muriente
de iris de colores, y el mar con sus mantos
de esmeralda y plata, cubriendo el ambiente.
tú, en alfombra echada, las piernas desnudas
que unen en dulzura, a tu pubis bella,
lo cubres con negra seda, esas venturas,
y la mano puesta, en tu excelsa estrella,
como si quisieras con tus dedos puros
gozar en placer, más que de ambrosía...,
más que los orgasmos de dioses impuros,
viviendo el deleite, de fastuosa orgía.
Lo demás del busto, cubre rosa velo,
y hermosos dos montes, delicia de infantes
excita el sentido, siendo pobre el cielo;
pues son más divinos que en diosas amantes.
Unos seductores iris favorecen
mirada en deseos de incitar a halagos,
y si miras fijo, más y más se crecen
los gratos anhelos de ardientes estragos.
Los cabellos de oro, en ondas resbalan
sobre ruborosas mejillas rïentes,
y dan a corales la esencia que exhalan
plenos en lujuria, cubriendo las mentes.
Y una mente excelsa de ideas, ¿quién sabe
poder descifrar misterios profundos?
El futuro tiempo, ¿dictará la clave?...
Hoy, su bella imagen, deslumbra a los mundos.