Contemplando el mar

Contemplando el mar

¡Oh! ..., inmensa llanura, de perlas en olas,
moviéndote tenue, con pasos precisos,
pareces de jaspe, con luz que enarbolas
bailando caricias, en los paraísos


de playa dorada de arena tan fina,
que pegas los cuerpos al agua exhalar
en gotas, y apenas la viva retina
vislumbra al posarse, al Sol reflejar.


Y allá..., a lo lejos..., allá en lontananza, 
en línea perpleja, colmada de anhelo,
el éter que cubre tu siesta, en bonanza,
en ti, por reposo, se acuesta ese cielo.


Y unir sus esencias de nubes de plata
desea infinito, con ansias de amar.
Y unir sus colores de añil y escarlata
contigo, adorado y excelso amplio mar.


Mecerme en tus ondas de olas nacaradas
quisiera, y rociarme mis todos sentidos,
en suaves masajes de espumas aladas,
bañado en perfumes de efluvios nacidos.


El tiempo me envuelva..., sin que el tiempo corra,
Mirando tu seno, que invita a soñar...
Y así permanezca mi ser, en modorra,
Soñando y muriendo en ti, ¡dulce mar!...
El aire

El aire

El aire dulce en su viajar cansado
refresca los ambientes celestiales,
y vida da a las plantas fraternales,
y da a los animales buen estado.


Y, ¡todo es vida!, con sentir sagrado,
llenando las esferas principales
de alegre bienestar, sin que los males
arraiguen en un mundo acongojado.


Y, ¡paz da tanta!, que los hombres viven
en aureola de placer inmerso,
gozando las dulzuras de bondad.


Y hermosa tierra, con amor perciben,
al ver tan armonioso el universo,
que artífice es el aire en su amistad.
La luna y el río

La luna y el río

Sobre un velo de luceros,
brilla una preciosa cara.
Una cara tan divina
que alumbra con luz diáfana.


   Ella sonríe a un mocito
que entre bellas flores pasa,
y entre esmeraldas camina
en limpio caudal de lata.


   Sereno el mozo, contempla
la luz que dona esa cara...,
que penetra en su corriente
de sus ondas escarlatas.


   Y le declara : "Esta noche
negra, hasta la madrugada...,
es rosicler de alegría
al contemplar tu mirada.


   ¡Quiero siempre verte ahí...!
¡Yo no quiero que te vayas...!
¡Quiero que des tu sonrisa
a mis augas nacaradas!"


   Así, la luna y el río
las noches en vela pasan,
con sentimientos de amores
de sus cuerpos y sus almas.


   Aí, la luna y el río
en todas las noches claras,
se confiesan sus secretos
desde el crepúsculo al alba.
El hombre y el mono

El hombre y el mono

¡A Darwin inmortal, le demos gloria!
Que ya hace siglos descubrió, profundo,
que el hombre y el mono son en este mundo
similares especies en su historia.

Y ahora, le descubre nuestra ciencia,
ser igual en memoria, actos y hechos.
Y cual persona, da mismos derechos,
que el hombre de él desciende en magana esencia.

Al ser monos tan listos, hacer puedan
Ingeniería y Ciencias más exactas,
y en las dolencias graves y compactas
operar a los hombres tal accedan.

Y a los hombres por selvas me los veo,
encaramados a una débil rama,
y cuando el apetito sexual llama
encamaremos a una mona creo.

Yo, en mi opinión modesta, considero
que árbol cualquiera, o irracional bruto,
viven, mueren y sienten grave luto,
mas compararme a monos..., es artero.

Viejo seré, quizás, mas estas cosas
no las concibe mi sensata mente;
pero el actual progreso, dignamente
nos muestra estas ideas luminosas.

Mentes privilegiadas del Estado,
leyes harán por protegerlos cautos,
y mientras yo a pie voy, ellos en autos...
¿no os parece en demencia demasiado?
El amor solo llega una vez

El amor solo llega una vez

El amor solo llega una vez

El amor, solamente, como el agua del río
una vez solo pasa por el mismo lugar,
y esa vez da la vida, cual el Sol del estío,
y no vuelve a pasar.

El amor, que nos llega con la fuerza infinita,
y a nuestra alma la llama, para en nos reposar,
aspirando a gozar con su esencia bendita,
ya no vuelve a llamar.

Nos burlamos, a veces, de su pulcra pureza
y tomamos la senda de más fácil andar,
porque el joven, es joven en su naturaleza
y no quiere pensar.

Los amores que toma, son capricho de un día,
que seducen, cuál rosa en jardín señorial.
Mas de espinas punzantes, esa rosa se cría,
que al coger causa mal.

Al lucir en nosotros ya, las hebras de plata,
¡cuántas veces pensamos!, el amor tan fugaz
nos llevó en un instante, y cual gran catarata
nos envuelve en su faz.

Otros dulces amores colmarán nuestra vida,
que nos llenen de gozo y feliz nos hará,
pero aquel amor puro, que en nuestra alma se anida,
ya jamás volverá.

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