La libertad de expresión ampara la critica a un juez
por no estar de acuerdo con una sentencia; los jueces
no son infalibles y están sometidos, como todos, a
filias y fobias. Pero ellos justifican su resoluciones
después de haberlas estudiado ampliamente, tras
dilatas instrucciones en las que han analizado
pruebas e indicios documentados, que son los que les
llevan a plasmar sus conclusiones, exponen el porqué
de cada resolución y su pronunciamiento ha de ser
motivado. Además, hay instancias superiores a las
que se puede recurrir si no se está de acuerdo con el
fallo.
Por el contrario, los miembros del Gobierno salen
en tromba a descalificar estas sentencias cuando les
perjudican y lo hacen con el peor estilo carcelario de
su desafinante coro deministros. “Salvapatrias” y
“Lobos solitarios” son los últimos epítetos que los
ministros más cutres y deslenguados han dirigido a
los magistrados. Ninguno de ellos ha sido capaz de
hacer una crítica al auto judicial que ofrezca una
opinión alternativa razonada
jurídicamente, ni han valorado los argumentos que
esgrime el juez para tomar su decisión. Parecidas
descalificaciones expectoraron respecto a los jueces
que, cumpliendo con su deber, juzgaron o juzgan a la
mujer del presidente, a su hermano, a su fiel escudero
Cerdán, a su lugarteniente Ábalos, a su fiscal de
cabecera Alvarone o a su oráculo Zapatero.
Los jueces y fiscales se quejan de que denunciar su
falta de imparcialidad abre paso a poder utilizar
calificativos burdos ante cualquier auto o sentencia
desfavorables. El conjunto de agravios y
descalificaciones forman parte de una estrategia de
autoritarismo, que tiene como objetivo acabar con la
independencia judicial.
La presidenta del TS ha salido al paso de esta
situación y ha defendido la dignidad de los
jueces, afirmando que el Consejo no puede ser la
prolongación del Gobierno y, por tanto, no puede
responder a sus estrategias. Ha acusado a sus
detractores de entender la Justicia en clave ideológica
y de traficar con ella. Perelló ha dejado claro ante el
Rey que donde los jueces no gozan de independencia
efectiva no cabe el Estado de Derecho y Felipe VI ha
estimulado la lucha de los jueces por su verdadera
meta, la Justicia.
Julián Delgado (escritor)