Aquellos buenos falangistas

Existen buscadores de verdades y fabricantes de éstas. De ahí que quiera alzar mi voz de testigo y conocedor del pasado, respecto a acontecimientos como los ‘cuarenta años de franquismo’, indignado ante la vuelta a las dos Españas y las burdas verdades que se fabrican. Nací en 1937, comenzada la Guerra Civil. Mis primeros recuerdos de niño estuvieron unidos a esta, sobre todo, en enero de 1939, cuando junto a mi madre tuvimos que recorrer desde Mallorca mar y tierra hasta Bilbao, para abrazar a mi padre, allí destinado como teniente médico de la Armada.

Con los años pude hacerle muchas preguntas a mi padre: los momento más duros que vivió durante la guerra y como se escapó de ellos; el porqué de su falangismo, puesto que antes había militado en la FUE etc. Entre sus respuestas, en los momentos en que yo me sentía atraído por la mística falangista y él me miraba con preocupación, una jugosa respuesta, medio chiste, a mis emociones juveniles: «Romanito, acuérdate de la Iglesia de san Francisco el Grande, en Madrid, con los fieles abajo y los frescos arriba. Esto es hoy la Falange». La respuesta se la daba a un hijo de catorce años, en la Mallorca de 1951.

Durante el franquismo tuvimos muchos fieles, unos por convicción otros por supervivencia. Mis ojos de niño pudieron descubrir a un ‘todo Mallorca’ entregada a Francisco Franco , en 1947, al llegar por primera vez a la Isla, tras la guerra. Constituyó un fenómeno de masas inimaginable. También pude descubrir a falangistas excepcionales, como Juan Sastre , jefe de Juventudes, y Gerardo María Tomás , subjefe provincial del Movimiento. A Tomás le debemos el Estudio General Luliano como proyecto de una futura universidad, y precisamente, tras ocupar el cargo de rector del mencionado Estudio, el nombramiento de su secretario general Gabriel Rabassa , figura de la más digna biografía, al que hoy quieren quitar el nombre de una calle a su memoria, y de vocales del Patronato rector, intelectuales, como Juan Pons y Francesc de Borja Moll , al que pronto editarían a cargo de la Diputación, su famoso diccionario catalán-valenciano-balear, hoy arrinconado.

Gerardo no era un caso aislado de postguerra. Los había muchos más, como también trepas y aprovechados. No los voy a mencionar. No eran más que fiel reflejo de la realidad de cualquier sistema y en cualquier tiempo. A mí lo que me impresionó fue ver como los fieles aguantaron lo que se dice hasta el final, que no fue la muerte de Franco, sino veinte años antes, en que el Caudillo, en 1957, tras un drástico cambio de Gobierno, les fue arrinconado para situar a los tecnócratas, impulsando la España del desarrollismo. Comprendían que el ciclo de las camisas azules y de sus sueños utópicos había terminado. Unos se entregaron al socialismo en la clandestinidad, otros se mantuvieron «firmes en su ademán». Pero, por favor, no condenemos masivamente ni por creencias, ni por ideas. No encasillemos. Tuve el gusto de intimar con algunos buenos comunistas del 36, como Jesús Lalinde , joven de las juventudes socialistas. De un campo de concentración franquista, estudió Derecho y se convirtió en el gran maestro de su disciplina a nivel internacional. Y terminemos: una cosa son las convicciones y otra los acomodos. Y nunca sabremos de cuanto participamos unos y otros.

Roman Piña – Catedrático emérito de Historia del Derecho en la UIB

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