26 de septiembre de 2021

Tensión interesada

La primera dificultad con la que me he encontrado ha sido cómo titular este artículo. He considerado distintas opciones: desde “¡Caretas fuera! Comienza la función”, muy pegado a las vísperas electorales, hasta “Parejas de baile”, los cambios de opinión de candidatos que tenían otras intenciones; pasando por “¿A quien conviene que haya tensión?”, termómetro de latencia ocasional.

El título escogido trata de evidenciar el desasosiego que flota en el ambiente de un país que, tras alcanzar el pacto virtuoso que hizo posible la recuperación de la democracia, aprobó la Constitución (con el 91,81% de votos afirmativos), sellando la reconciliación y la concordia entre españoles y sirviendo de ejemplo, como camino a seguir, cuando se trata de transitar, pacíficamente, de la dictadura a la democracia. Aquel consenso se ha ido desvaneciendo para retornar a los viejos demonios: extremismo, hostilidad, desavenencia y odio.

En la anochecida Ciudad de la Imagen, cuando el debate ya renqueaba, el candidato socialista, mirando a los ojos al líder populista, tras revalidarse: “A estas elecciones me presento yo”, le invitó a asaltar juntos el Gobierno regional: “Pablo, tenemos doce días para ganar las elecciones”. El anuncio, inesperado, resultaba ser un calco –para Madrid– de la fórmula que gobierna el Estado.

El galanteo precursor del anuncio (“Ángel, Ángel”, “Querido Pablo, espero tu apoyo”) que ponía fin al esquinazo previo: “Con este Iglesias, prefiero no”, revelaba la cancelación de la ‘vuelta al centro’ (trajinada en la Cuesta de las Perdices y apoyada en fallidas mociones de censura) y reponía relevancia al ex vicepresidente segundo que, inopinadamente, abandonó el Gobierno y dos de sus ahora socios, le habían dado calabazas.

Esta rectificación –¡Caretas fuera, comienza la función!– daba por concluida la travesía a la moderación, “hasta aquí llegan nuestros intentos” como táctica para captar votos de electores que se quedaron sin líder, cimentaba los bloques en liza (Gabilondo- Iglesias-García y Díaz-Bal-Monasterio) y oficializaba la primera pareja de baile, preludio de otras surgidas del mitote en la Ser.

La presidenta del Gobierno madrileño, a quien las encuestas colocan en la pole position, acudió al debate como disyuntiva al presidente del Gobierno –que había solapa- do a su candidato– persuadida de que las elecciones autonómicas podían llegar a tener el efecto de un vuelco. A sabiendas de que sería blanco de las invectivas: por su gestión sanitaria, la corrupción de su partido, los recortes en servicios públicos y su capricho de ir a las urnas en plena pandemia, tenía asumido que le tocaba aguantar el acorralamiento con datos y señalamientos en bucle, que revocó con una diatriba: “Llevan 25 años diciendo que vamos a privatizar la Sanidad; dejen de meter miedo a la gente”.

Pronto se vio quién era el más ducho guerreando. Justamente, el farolillo rojo en los sondeos, que optó por cambiar el juego, ca- mino de ‘democracia o fascismo’, e interpeló a Díaz: “¿Qué comunidad ha tenido más muertos que Madrid?”

Incrédula ante el interés mostrado por los muertos y sus familias (precisamente el día

del debate), por quien era responsable gubernativo de las residencias (que no visitó y Defensa ha desmentido que solicitara desinfecciones), la intimada gesticuló con una media sonrisa que encendió al inquirente, quien, en tres ocasiones, le amonestó: “No se ría”.

La repulsa en las redes fue inmediata: “¿Quién es él para decirle a nadie qué expresión debe tener en el rostro?”. La agraviada, que, por prescripción privativa, se mostraba contenida, se desató: “Es usted una pantomima, lo más mezquino de la política española”. Y la réplica del líder de la izquierda radical: “¿Por qué se ríe cuando estamos ha- blando de fallecidos?”. De nuevo, la anécdota se comió la categoría y una media risa de circunstancias empañó el relato objetivo y urgente de la mortalidad en Madrid. La pregunta pertinente de Iglesias se quedó sin respuesta.

Intención de desgaste

El segundo asalto lo protagonizó el candidato bondadoso y culto que se retractó, tras sostener en el arranque de la precampaña, ‘que no gobernaría’ con el creador de insomnios. Tomando como percha un desdichado adjetivo –mantenidos– empleado por la presidenta madrileña para referirse a los infortunados de las colas del hambre, el dómine maniobró con intención de desgaste, que Díaz repelió: “Me opuse a que siguiéramos arruinando a personas que, en lugar de salir por la mañana a conseguir su recaudo, acaban en esas colas por culpa del Gobierno”.

Desde que descarriló la primera moción de censura y quedó disuelta la Asamblea madrileña, la sobrevenida líder, objeto de insultos desquiciados (loca, incompetente, ida, títere), planteó los comicios regionales como unas primarias, desviando el debate sobre su gestión sanitaria y capitalizando el descontento de ciudadanos y pequeños empresarios, amenazados por el paro y la quiebra.

Un grosero error de cálculo con tal de ganar Madrid convirtió la contienda en un plebiscito entre la dirigente y el presidente, con la aspirante a la reelección en estado de indiscutible figura política. Se corrigió con la salida del jefe del Ejecutivo del primer plano, para evitar, quizá tarde, daños colaterales. La ecuación quedará despejada en diez días.

Tras la violencia en la plaza roja de Vallecas, el debate en una radio, mutilado por la ausencia de la favorita, desembocó en el abandono, ¿precocinado?, del líder de la izquierda radical, que había recibido amena- zas de muerte (envío postal con munición obsoleta), al no admitir que la representante de la derecha radical se retractase como él pretendía, de una declaración radiofónica anterior.

¿A quién conviene que haya tensión? A la democracia española, en modo alguno; y mientras dure la emergencia, menos aún. Pero la habitación está llena de humo y el escalamiento de la tensión interesada va en aumento. El votante tiene dos opciones: hacerlo a quienes buscan reconstruir los pilares de la Constitución, reconciliación y concordia; o a los que quieren, en mayor o menor cuantía, cambiar el modelo del 78.

Cuando los extremos obstruyen el espacio público al contrario político que hace uso pacifico de sus derechos, no es posible mirar para otro lado. Con violencia y odio, no hay democracia.

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