¡Qué triste es ver árboles secos, muertos! Por supuesto, hay panoramas mucho más trágicos en nuestro desquiciado mundo y en este maldito año 2020 tenemos muchísimos motivos para el lamento y el llanto. Pero la visión de tantos lugares con árboles secos por la desidia o las plagas, y quemados por la ignominia o el accidente no deja de ser penosa y lamentable. Siendo además un peligro para la conservación del medio ambiente y la estabilidad climática. 

Como también en Alicante su desolada visión se nos puede dar en calles y plazas, y frente a los juzgados de Benalúa un árbol seco de gran tamaño es como un sollozo mudo, por no decir los alcorques que están vacíos porque han desaparecidos sus árboles a consecuencia de las podas incontroladas y desproporcionadas que se realizan, o que están a punto de quebrase y secarse por todo lo contrario, porque no se podan desde hace mucho, quisiera aportar una sencilla reflexión al respecto.  

Los árboles han sido utilizados desde los comienzos de la vida humana para aprovechar de diferentes formas la madera de sus troncos, sus resinas, sus frutos e, incluso, sus hojas, para disfrutar de su sombra y de la benéfica propiedad de purificar el aire viciado, algo que es en las ciudades de inapreciable valor, además de la función ornamental que algunos desempeñan y que junto a su papel de repoblación y contribución al enriquecimiento de zonas despobladas, son facetas que contribuyen a considerar a los árboles como fuente de bienestar y riqueza para la humanidad. Siendo algunos, por su edad y monumentalidad, dignos de considerarse patrimonio de la naturaleza.  

Por eso, este vegetal ha estado muy vinculado a la vida humana en la Antigüedad pues en torno al árbol se han centrado algunas de las manifestaciones del espíritu religioso más remotas y constantes. En casi todas las religiones antiguas se ha reconocido un carácter sagrado a ciertos árboles, como el mítico «árbol de la vida», cuyos frutos asegurarían para siempre la vida a quien coma de ellos.  

Además, la literatura ha encontrado en los árboles frecuente motivo de inspiración, sobre todo como ejemplo del devenir del tiempo y de la vida. Así, en la primavera la eclosión de los árboles de hoja caduca simboliza el constante renacer del tiempo; y en el verano su plenitud nos manifiesta el vigor y la maravilla de la exultante juventud; en el otoño las sinfonías de color de sus caedizos atavíos nos recuerdan la fugacidad de la existencia; pero en el invierno sus desnudas ramas no significan la muerte, porque la vida sigue latiendo en ellos. A diferencia de lo que ocurre con los árboles secos, que sí son imagen del más triste final.   

¡Defendamos los árboles! Evitemos las talas con que los amenazan proyectos urbanísticos mal planificados. No consintamos que se hagan   jardines sin árboles de gran porte. Cuidemos vigilantes los espléndidos ficus que hay en nuestra ciudad. Y reivindiquemos que haya más árboles en Alicante, pues es también un esfuerzo para que nuestra vida en ella sea mejor. 

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