Obnubilado

Obnubilado

Desde joven me han interesado las técnicas sobre imagen y sonido. En mi despacho tengo instalado un pequeño estudio de grabación y montaje donde realicé los más de 150 audiovisuales sobre arte, historia, literatura, belenismo, utilizados con fines docentes y culturales, impartiendo conferencias y coloquios durante años por toda la provincia y que me valieron un premio nacional de innovación didáctica. Pero la era digital supuso una completa transformación en la tecnología relegando los sistemas que durante tantos años había utilizado. Así, le informática se convirtió en mi asignatura pendiente hasta que decidí zambullirme en el portentoso mundo que ha renovado el mundo. Como tantos, mi primer contacto con la informática fue con un PC portátil. Al principio, cada vez que lo abría me costaba una depresión, porque no sabía nada de nada. Pero, cuando ya pensaba en acudir a alguna academia especializada, el descubrimiento de la colección de la editorial Anaya «Informática para torpes» me liberó del desánimo y me abrió las puertas de un universo que no tiene límites y que está en continua transformación. Y, lo confieso, la informática y lo mucho que alrededor de ella se moviliza me están proporcionado innumerables satisfacciones creativas. Sobre todo desde que manejé también el sistema Macintosh de Apple. 

Es verdad que para poder estar sólo en los umbrales de esta revolución tecnológica he tenido que estudiar casi tanto como cuando preparaba oposiciones a la docencia y que estos estudios no tienen límites, pues tampoco los tienen las modernas tecnologías. Así, se suceden los diferentes sistemas operativos: XP, Vista, Windows 7 y Windows 10, por nombrar los últimos de Microsoft. Y Panter, Leopard, Lion, Mavericks, Yosemite, El Capitan, Sierra, Mojave, Catalina, como las últimas sucesivas versiones de Mac. Y ello sin citar Linux ni otros sistemas que no utilizo. Pero los cambios son frenéticos y la terminología ―casi siempre en inglés― es cada vez más complicada, por lo que intentar estar al día es una misión poco menos que imposible y que rebasa mi capacidad de comprensión: WiFi, bluetooth, iBooks, Thunderbolt, iCloud, apps, trackpad, switcher, widget, Ethernet, HDMI, firmware, AirDrop, FireWire, SwankoLab, picfx, streaming, backup, HTTP, HTML, URI, SSL, Blog, ISP, VoIP, Malware, Phishing, Spyware,download, VPN, podcasts, hashtags… son algunos de los muchos, muchos nombres con los que me encuentro tanto en la cotidianidad como al leer las revistas especializadas, los libros técnicos.

Desde luego, las oportunidades de escribir, diseñar, trabajar con imágenes y música que ahora tengo nunca antes las tuve. La informática y el mundo digital me proporcionan unas facultades jamás sospechadas hace lustros. Y si te despreocupas de la jerga técnica para ocuparte nada más de lo que necesitas en tus actividades informáticas cotidianas, pues estupendo. Pero si intentas ahondar sólo un poco, aunque sea muy poco, yo que no soy profesional ni especialista puedo sentirme obnubilado. Eso sí, obnubilado pero contento.

Hoy es San Roque, copatrono de Alicante

Hoy es San Roque, copatrono de Alicante

l día 16 de agosto fue la festividad de San Roque, que pocos saben es copatrono de Alicante.

Precisamente, sobre el tema de los patronos de Alicante, creo que es la única localidad de España que no los celebra como festivos. El día 5 de agosto, la fiesta de la Virgen del Remedio, patrona y alcaldesa perpetua de la ciudad, no es festivo y se celebra con la alborada del día 3 en la plaza del Ayuntamiento, con disparo de salvas honoríficas los días 4 y 5 y con la Misa solemne en la Concatedral, seguida de una procesión por el centro histórico, que este año de pandemia no ha podido ser por razones obvias. Y si nuestro otro patrono, San Nicolás, es festivo, es porque se celebra la Constitución. Así, hay muchos que creen que los patronos de Alicante son la Santa Faz y San Juan, porque son los días festivos oficiales.

Pero San Nicolás y San Roque son santos muy venerados y objeto de una gran devoción popular; aunque San Roque históricamente es poco conocido y resulta difícil separar lo cierto de lo añadido en su biografía.

De los escasos documentos que podemos basarnos, se deduce que nació de una noble familia de Montpellier (Francia), entre el final del siglo XIII o mediados del XIV, quedando huérfano en la adolescencia y demostrando ya desde entonces su vocación y entrega a Cristo.

Conociendo que Roma, además de la cautividad de Aviñón, sufría la más terrible peste, Roque vende todas sus posesiones y se dirige a la Ciudad Eterna. Por el camino tropieza con la epidemia y comienza su labor curativa y taumatúrgica. Al llegar a Roma despliega una actividad prodigiosa, su caridad no encuentra límites para curar, consolar y elevar el ánimo de todos los afectados por la calamidad. Su labor roza lo milagroso, arrancando la admiración y la devoción de las gentes, no solo allí sino también en Piacenza, a donde se desplaza en su lucha abnegada contra la enfermedad que, finalmente, se le contagia. Entonces le desprecian y lo dejan solo, expulsándolo del hospital e, incluso, de los muros de la villa. Roque se interna en el bosque, donde con ramas de árboles construye una mísera cabaña en espera de la hora de la muerte. Pero Dios no lo abandona. Todos los días un perro le lleva en la boca un panecillo y le lame las llagas.

Curado de su enfermedad, Roque se dirige a su patria, llegando hasta su ciudad natal donde un tío suyo, por entonces alcalde, no le reconoce y lo encierra en la cárcel pública creyendo que es un espía. Allí, finalmente, Roque muere. Su cuerpo resplandeciente atrae la admiración de todos, y su tío, por la cruz que ve grabada en su pecho y con la que había nacido, cae en la cuenta de que es su sobrino.

La veneración popular comienza enseguida, sobre todo al experimentarse su intercesión especial contra la peste, terrible azote durante toda la historia pasada. Se sostiene que fue canonizado poco después de morir; aunque algunos opinan que lo fue en el Concilio de Constanza, entre 1414 y 1418, donde tras de su invocación cesó inmediatamente la peste que amenazaba la ciudad alemana. Su culto fue confirmado por el papa Urbano VIII y por dos decretos de la Sagrada Congregación de Ritos del 26 de julio y 29 de noviembre de 1629, quedando fijada su fiesta para el 16 de agosto.

En el siglo XVII la devoción del santo se encuentra extendida por todas las partes del orbe, pues trascendió también a Oriente y entre los pueblos eslavos y nórdicos, venciendo su culto incluso el recelo de los obispos que querían impedirlo por creerlo excesivo. Numerosas cofradías se organizan bajo su advocación y es patrono de multitud de pueblos y regiones del mundo.

Así, en Alicante, sufriendo en 1559 una terrible epidemia de peste que amenazaba acabar con la población, los afligidos alicantinos se acogieron a la milagrosa intercesión de San Roque, a quien aclamaron copatrono de la ciudad, erigiéndole una ermita al pie de la Ereta, cerro situado en la falda del Benacantil. Y todos los 16 de agosto se celebraban solemnes actos religiosos en honor del santo, mientras que los alicantinos festejaban el día de su Copatrono con grandes demostraciones de alegría, según se nos cuenta en la Crónica de Viravéns, que dice.≪En la velada de San Roque subía el pueblo a visitar la ermita, cuyo exterior se iluminaba profusamente, adornándose por tres días las calles inmediatas con banderas, grímpolas y arcos de follaje. En determinados puntos de esa parte de la ciudad se construían pintorescas grutas, se formaban bonitas fuentes artificiales y hasta se figuraba el calabozo donde murió en Montpellier el ínclitovarón motivo de aquel popular festejo. Y los vecinos pasaban las noches en alegres bailes y entonando expresivos cantares al son de bandolas, guitarras y bandurrias, mientras en el terrado del Santuario sonaba una dulzaina, invitando al vecindario a la bulliciosa fiesta.≫

Una fiesta que todavía hoy celebran con sencillez los vecinos de aquella zona del Casco Antiguo, herederos de esta multisecular tradición, prácticamente desaparecida en Alicante, pero que continúa manifestándose con pujanza en muchos otros lugares. Y, ahora que estamos padeciendo esta pandemia, tal vez sería conveniente volver a encomendarnos con fe a San Roque.

Ayer y hoy de la sandía

Ayer y hoy de la sandía

En este agosto saturado por las funestas circunstancias sanitarias y las tremendas consecuencias económicas que ha motivado la covid-19, dedicar algunas palabras a una fruta tan veraniega como la sandía, diurética y refrescante, tal vez alivie la mala sangre que produce la inoperancia de quienes han situado a España en los peores niveles sanitarios, laborales y políticos.

La sandía, también conocida aquí como meló de aigua, es uno de los frutos de mayor tamaño de cuantos se conocen y puede alcanzar hasta los 10 kilos de peso, protegida por una corteza dura, lo que le permite aguantar en buenas condiciones durante bastantes días a temperatura ambiental. Pertenece a la familia de las Cucurbitáceas y se tiene constancia de más de cincuenta variedades de sandía que se clasifican en función de la forma de sus frutos, el color de la pulpa, el color de la piel, el peso, el período de maduración, etc.  

Originaria de países de África tropical, el cultivo de la sandía comenzó hace milenios en la ribera del Nilo, esparciéndose también a numerosas regiones bañadas por el mar Mediterráneo. Desde Europa la sandía pasó a América y su cultivo se desarrolló por todo el nuevo continente. Hoy en día es una de las frutas más extendidas por el mundo, siendo los principales países productores: China, España, Grecia, Italia, Japón y Turquía.

La sandía se puede decir que es la fruta que más cantidad de agua contiene (93%), por lo que su valor calórico es muy bajo, apenas 20 calorías por 100 gramos, pero tiene múltiples propiedades beneficiosas para el organismo. Los niveles de vitaminas y sales minerales son poco relevantes, destacando sobre todo el potasio y el magnesio. El color rosado de su pulpa se debe a la presencia del pigmento licopeno, sustancia con capacidad antioxidante. También atesora la sandía propiedades depurativas, siendo recomendable en problemas renales o de las vías urinarias y es muy indicada en dietas de adelgazamiento, pues su consumo produce sensación de saciedad. Además la sandía favorece la eliminación de residuos tóxicos, ayuda a mantener la presión arterial, y su contenido en fibra sirve para limpiar los intestinos.

Aunque las sandías cultivadas al aire libre florecen entre finales de primavera y principios de verano, por lo que los frutos están en su punto óptimo de sazón a lo largo de todo el verano y principios del otoño, como ahora la sandía se cultiva también en invernadero, es fácil disponer de ejemplares a lo largo de todo el año. Pero, como tantas otras cosas, tampoco las sandías son como las que recuerdo de mi infancia.

Actualmente todas las sandías tienen un bonito color carmesí y por eso se exhiben como equívoco reclamo por mitades o cuartos, porque el dulzor, el dulzor… Hace años comprar en junio, julio y agosto sandías de corteza verde oscuro era una apuesta imprevisible, pues, a pesar de que le hiciesen la cata, siempre se corría el riesgo de que te saliese blanquinosa e insípida. Actualmente esas sandías generalmente ya no se venden, la corteza es verde claro, mostrando todas en su interior un atrayente tono carmín que no siempre se corresponde con el sabor. Y, del mismo modo que casi han desaparecido las pepitas, también ha desaparecido el olor, ese olor deleitoso de la sandía, que tanto echo de menos, pues las sandías de ahora ya no tienen fragancia, el exquisito y refrescante aroma de las sandías de antes.

La primera vez que vi las sandías que se han generalizado en España fue en Italia hará unos treinta años. Allí se vendían a rodajas refrescadas con hielo en puestos callejeros, siendo apetecible manjar en las noches del ferragosto italiano.

Desde luego me gusta toda la fruta, pero sobre todo siempre me han gustado las buenas sandías, que, además, me traen muchas evocaciones de mi niñez, de mi juventud…  Es la fruta que me reviva más recuerdos, como las “disputas” con mi abuela paterna por una buena tajada de sandía, que ella siempre reivindicaba con un argumento irrevocable: “Yo me menje hasta lo blanc”… Y también cómo me decía mi madre al verme comer con fruición las rodajas de sandía: “Juan, ¡cuánto te gusta la sandía!”

Recuerdo asimismo como hasta finales de los años sesenta del pasado siglo las sandías y los melones se vendían cada verano en tenderetes que se instalaban en muchas plazas de aquel Alicante con ruidosos tranvías uniendo sus barriadas. Cuando durante el mes de agosto se producía alguna tormenta con lluvia torrencial, estas frutas eran arrastradas por las calles limpias y tranquilas de aquel Alicante de tertulias vecinales en las puertas de las viviendas en planta baja.

Y sigue siendo apetitoso terminar nuestras típicas comidas veraniegas degustando una dulce y fresquita sandía.

Ojalá que las propiedades benéficas de la humilde sandía se pudiesen aplicar a algunos de nuestros ensoberbecidos políticos, incapaces de lograr que los desastres de la pandemia nos arrastren al caos.

Los belenistas también en Semana Santa

Los belenistas también en Semana Santa

Los belenistas son expertos en representar el nacimiento de Jesús en un establo de Belén, que es pregonado por los ángeles a los pastores y anunciado por la estrella a los magos de Oriente. Pero, cuando llega la Semana Santa, también hay asociaciones de belenistas que organizan exposiciones para presentar los sucesos de la Pasión de Jesús, siendo una verdadera catequesis plástica y visual, un inspirado ejemplo del arte y la religiosidad de los belenistas, que mantienen vivas para las gentes de ahora las historias evangélicas descritas en épocas pretéritas de la Historia del Arte. Combinando el modelado, la perspectiva, el color, la luminotecnia y la ambientación, los trabajos exhibidos en estas exposiciones son la actualización estética y plástica del mensaje de fe transmitido por el arte durante siglos. Un mensaje de fe, un mensaje religioso que nos ayudará a meditar sobre la doctrina de la verdad y del amor, de la solidaridad y la entrega. Un mensaje que nos ha de alentar a comprometernos con el auténtico significado de la vida en plenitud de sintonía con los planes divinos.

Esas exposiciones ponen ante los ojos del pueblo las historias de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, como en siglos pasados hacían los capiteles, las vidrieras, los retablos, la imaginería para las procesiones, que todavía 2 continúan desfilando. Y ahora, como entonces, muchos se extasían y emocionan con los excelsos episodios que se narran.

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Pero ello no basta, porque esas escenas son, además, una firme invitación a que vivamos dignamente la fe que profesamos, la que nos exhorta a esforzarnos sin tregua por hacer un mundo mejor con nuestro comportamiento modélico, con nuestro trabajo responsable, con nuestro aliento ante el desánimo, con nuestra crítica constructiva, con nuestro sacrificio callado, con nuestra alegría o nuestras lágrimas, con nuestro afán por la concordia, con nuestro luchar por la justicia, con nuestro desvelo por la paz, con nuestra serenidad en el estruendo, con nuestra cordura frente al tumulto, con nuestra denuncia valerosa, con nuestra reflexión en la polémica, con nuestra exigencia de sinceridad y honradez, con nuestra confianza de que siempre es posible mejorar día a día, porque siempre habrá metas que alcanzar más allá de la meta, horizontes de luz brillando más espléndidos detrás del horizonte que nuestro sol alumbra. No dando ni un solo paso sin tener constantemente presente el mensaje de Jesús, que no es una utopía irrealizable, como nos enseñan tantos testigos vitales de la doctrina del amor, que nos ayudan y nos confortan, si sabemos encontrarlos entre tanta maraña de escándalos, de corrupciones, de engaños, de maldades y odios que los ocultan y que, tantas veces también, nos atrapan a nosotros.

¡Cuánta responsabilidad, pues, para los cristianos vivir cada año la Semana Santa no como una festividad folklórica, sino como firme compromiso de actuación coherente! Ya que la mayor incoherencia personal, nuestro gran 3 fracaso como cristianos, que explica el fracaso al que se enfrenta la civilización occidental, es ignorar que no hay más camino, más verdad, ni más vida que ser fieles a Jesús practicando la doctrina del amor que Él nos enseñó.

Una Semana Santa sin procesiones

Una Semana Santa sin procesiones

En este año 2020 las procesiones y ceremonias públicas de la Semana Santa, que conmemoran la Pasión y Muerte de Cristo, se han anulado obligatoriamente por el gravísimo estado de alarma que ha motivado la pandemia del coronavirus. Pero los cristianos podemos continuar celebrando en la intimidad los misterios más sagrados de nuestra fe, aunque nos veamos privados del peculiar ceremonial que convierte las calles en escenario, a veces espectacular, de pública devoción penitencial, de multicolor presencia cofrade, que vivifica el sentimiento y aviva los sentidos. Admirar el arte de la imaginería, las filigranas de orfebres, ebanistas y bordadoras, el aroma de flores, cirios e incienso, el colorido de ornamentos y vestas, el resonar de las marchas sacras, no ha podido ser en estos días de la primera luna llena de primavera. El año 2020 quedará marcado para siempre por tan triste realidad, y por otras muchas anulaciones, cierres y frustraciones en múltiples facetas. Y como estamos obligatoriamente recluidos, tal vez esta Semana Santa la hemos podido vivir de una forma más penitencial y auténtica, desprovista de las características vacacionales y multitudinarias de los nuevos tiempos, en los que la Pasión de Jesús ha sido declarada de interés turístico.

Que el mal existe es una realidad indudable que el mundo entero está padeciendo con la tragedia del coronavirus. Pero también existe el bien, la bondad silenciosa, la entrega ejemplar a los demás, que igualmente evidencia la entrega de tantos sanitarios, de todas las fuerzas de orden, de todos los trabajadores que nos ayudan y confortan ejemplarmente mientras estamos recluidos por el decreto de alarma sanitaria.

Estos días nos invitan a reflexionar sobre todo esto. Para los cristianos las Semana Santa, así considerada desde los primeros tiempos de la Iglesia a causa de los grandes misterios que en ella se celebran, propicia la reflexión sincera como invitación a renovar la fe y a profundizar en el sublime sacrificio que en estos días se conmemora y se actualiza.

Un sacrificio que desde el Cenáculo hasta el Sepulcro está repleto de enseñanzas y ejemplos: la enseñanza del amor fraterno, de la vocación sacerdotal, del servicio desinteresado, el ejemplo admirable de la entrega total por amor. Jesús lavando los pies a sus discípulos, pidiéndole al Padre en el huerto de Getsemaní que le liberase de la agonía, pero aceptando también la voluntad suprema. Jesús traicionado y entregado por uno de sus amigos. Jesús abandonado por todos sus íntimos e, incluso, negado por aquel a quien más había distinguido. Jesús acusado de blasfemo, abofeteado y escupido. Jesús flagelado, coronado de espinas, escarnecido y entregado al odio de las turbas por la cobardía pusilánime de Pilato. Jesús cargado con la cruz de los pecados de la Humanidad, cayendo exhausto bajo su peso, pero también ayudado por el Cirineo. Jesús escuchando 2 el llanto estremecido de su Madre o el de las piadosas mujeres. Jesús expoliado de sus vestiduras y clavado con saña brutal de pies y manos en el patíbulo infamante de la cruz. Jesús perdonando a sus verdugos y al buen ladrón Dimas. Jesús venciendo la tentación suprema de mostrar su poder salvándose a sí mismo, como le pedía con burlas la chusma. Jesús derramando entre crueles sufrimientos hasta la última gota de su sangre y encomendando su espíritu al Padre para, muriendo, darnos la vida eterna. Jesús descendido de la cruz y depositado en los brazos de su desolada Madre. Jesús sepultado con apresuramiento por unos amigos abatidos y temerosos… ¡La muerte! ¡El sepulcro! ¡La desolación! ¡El miedo! ¡El aparente final! Pero, ¿acaso no había dicho el Maestro: ≪Yo soy la resurrección y la vida≫?

La muerte de Jesús cumplía la misión redentora, pero su resurrección gloriosa rubricaría el triunfo de la doctrina de la paz, de la bondad y de la fraternidad. Y como nuestra fe se puede incluso tambalear ante desastres como los que estamos padeciendo, no olvidemos el ejemplo de María, que bajo la cruz estuvo asociada al dolor de Jesús, manteniendo firme su fe.

Todo ello nos lo actualiza la Semana Santa como reflejo del dolor, de la traición, del odio violento que oscurecen la historia; pero también de la piedad y de la entrega total y misericordiosa que nos hacen resucitar a un mundo mejor. A este mundo anhelado que solo es posible si nos esforzamos hasta el límite para sembrar alborozo y esperanza, para cumplir dignamente con nuestras obligaciones cotidianas, teniendo constantemente presente el mensaje de Jesús, que no es una utopía irrealizable, según nos enseñan tantos testigos vitales de su evangelio de amor.

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