Autopista al infierno

Hace tiempo que se estudian los efectos de la música para las personas. Parece ser que liberamos dopamina con la que nos gusta, una substancia que se relaciona con el placer, pero también va más allá y puede repercutir en nuestro comportamiento, o en la actividad motora, por ejemplo.

En mis años de internado en el colegio Loyola de Oviedo, de los padres escolapios pese a su nombre, me dormía con la suave música de Neil Diamond y su Juan Sebastian Gaviota; también con otros clásicos. Para despertarnos lo usual era usar a Credence Clearwater Revival, o a los Rolling Stones, y funcionaban maravillosamente en los dos sentidos. La escena de napalm y helicópteros de Staley Kubrick en Apocalipsis Now no sería igual sin el fondo de las Valquirias de Wagner. La música tiene un poder que va más allá de lo  que podemos pensar.

Esta mañana iba ensimismado en el coche con los avatares que pasa nuestra nación, muy similares por lo demás a los del resto de países, acosados por esta pandemia que nos expone ante nuestra propia debilidad como personas y como colectivo, cuando comenzó a sonar Highway to hell, esa pieza que en 1979 encumbró a AC&DC como la banda de toda una época y que, con su letra, acordes y decibelios, consigue aumentar el ritmo cardíaco aunque no se esté haciendo nada.

La letra, nunca explicada del todo, habla de desenfreno, de vivir a tope, y caminar hacia un final fatídico. Su autor, Bon Scott, uno de los miembros del grupo y vocalista, acabaría su recorrido vital en la parte de atrás de un sedán unos meses más tarde. Y a mí, mientras la escuchaba, me obligaba a pensar en nuestra propia autopista, la que de la mano de decisiones unas veces incomprensibles, otras no suficientemente explicadas, en ocasiones contradictorias, nos tiene a la mayor parte de la ciudadanía en un estado de zozobra mental que a ningún buen puerto puede conducir.

¿Qué va a pasar con las vacunas? Sus efectos negativos cuantitativamente son absolutamente insignificantes en relación con los beneficios que aportan y pese a todo se descartan dos de ellas, precisamente las más baratas y de más fácil transporte y almacenamiento ¿casualidad? No seré yo, huérfano de información más allá de lo que la prensa aporta, el que se permita afirmar lo adecuado o no de unas decisiones que al poder político competen pero me parece que es lícito hacerse preguntas, especialmente cuando, salud aparte, están en juego cantidades asombrosas de dinero que podrían justificar según qué operaciones de mercadotecnia, basadas en resaltar y propalar informaciones negativas sobre el competidor.

Y mientras la autopista al infierno sigue congestionada.

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