Diana de Poitieres, esa eterna juventud

Fue la amante de Enrique II, Rey de Francia, cuidadora de sus hijos y rival de Catalina de Médicis, Reina consorte y luego Regente. A decir verdad, Diana fue la reina a la sombra de Francia, pues ella, más si cabe que Catalina, llegó a influir mucho en Enrique y bajo cuya protección pero también gracias a su experto manejo de los negocios y al título de Senescala viuda de Francia, Diana llegó a poseer una de las fortunas más cuantiosas del país.

Diana de Poitiers ha pasado también a la historia como un símbolo de la belleza eterna, pues en plena época Renacentista llegó a tener ideas muy avanzadas en lo respecto a las mujeres, su entorno y a sus costumbres higiénicas, que en esa época más bien brillaban por su ausencia.

Diana nació en 1499, aunque esta fecha está discutida por muchos historiadores que la colocan más bien en 1500 en el castillo de Saint-Vallier, en la ciudad de Saint-Vallier, Drôme. Hija de Jean de Poitiers, conde de Saint-Vallier y vizconde de Estoile, y de Jeanne de Batarnay. Cuando Diana tenía 6 años perdió a su madre y fue mandada a servir como dama de Ana de Francia, regente durante la minoría de edad de su hermano Luis XI. Mientras vivió en la corte Diana recibió una buena educación de carácter humanista y destacó por su inteligencia, cultura y belleza.

En 1515 Diana se casó en París con Luis de Brézé, Gran Senescal de Normandía y 39 años mayor que ella. A pesar de ello, Diana amó a su marido y le dio dos hijas y el matrimonio duró 16 años hasta que Diana quedó viuda en 1531, nunca se volvió a casar. Diana adoptó para el resto de su vida el negro de luto como color principal de su vestimenta, añadiendo más adelante el blanco y el gris. Desde ese momento, su gran interés y astucia en asuntos financieros y jurídicos se hicieron más que evidentes: una vez viuda, se dispuso a administrar los bienes familiares haciendo crecer su fortuna de una manera considerable, y además, continuó recibiendo los ingresos que los cargos de su marido le proporcionaban, consiguiendo incluso ser reafirmada en el título de Gran Senescala de Normandía. Hizo grabar en su escudo la antorcha invertida, símbolo de las viudas y luego la media luna creciente, símbolo de Diana, la diosa de la caza griega, con quien gustaba de asimilarse.

En 1538 se convirtió en la amante del delfín Enrique aunque él tenía solo 19 años y Diana casi 40, pero su belleza no se había marchitado y ni siquiera, ya en los 60, había perdido su brillo. Recibió de Enrique el título de Duquesa de Valentinois y varios castillos y joyas de la corona como regalos, lo que hizo crecer el rencor entre Catalina de Médicis y la Gran Senescala. Ferviente católica, Diana se opuso a la Reforma y convenció a Enrique de no conceder títulos ni derechos a los protestantes, hasta el punto de aliarse con los Guisa que eran, después de la familia real, la más poderosa de Francia y dueños de varios feudos y enemigos jurados de los protestantes.

Enrique II murió en 1559 tras ser herido en un ojo durante un torneo de justas y Diana ni siquiera pudo despedirse de él ni acudir a los funerales, debido a que la Reina viuda Catalina lo ordenó así, y de paso le mandó devolver todos los castillos y joyas de la corona que Enrique le había obsequiado en esos años. Diana abandonó París y se instaló en el Castillo de Anet de su propiedad y murió en 1566 a los 67 años.

En 1795 su tumba fue profanada por los revolucionarios por haber sido la amante de un Rey de Francia y sus restos fueron arrojados a una fosa común junto con los de sus nietas, cerca de la iglesia. Los miembros del Comité Revolucionario se quedaron con su cabellera, como trofeo, que terminó perdiéndose en la historia. Además, su sarcófago fue desmantelado y el plomo de su base fue utilizado para hacer balas. Más recientemente, de 1959 a 1967, se restauró por completo la capilla del castillo de Anet, gracias a la iniciativa de la familia Yturbe, propietaria del mismo. En 2009, los restos mortales de la duquesa de Valentinois fueron rescatados de la fosa común y colocados en un nuevo sarcófago en su lugar original.

Hablemos ahora de la legendaria belleza de la Senescala. Como bien dije, Diana de Poitiers tuvo ideas muy avanzadas para su época en lo respecto a la higiene y las mujeres, y ella misma fue vivo ejemplo de ello. Nunca usó maquillaje, se levantaba al alba y montaba a caballo durante 3 horas antes del desayuno, con una breve siesta después. Todos los días se bañaba con agua muy fría, casi congelada, lo que hacía que su piel aparte de muy blanca fuera muy tersa. Aparte de ello usaba cremas de belleza naturales, que ella misma preparaba, incluso escribió un tratado de cosmética que lamentablemente se ha perdido en la actualidad.

¿Respecto a su dieta? Nada de carnes, solo caldos, leche, frutas y vegetales en cantidades limitadas. Se retiraba a dormir muy temprano y dormía en una posición casi sentada, para evitar las arrugas en la cara. Mantenía siempre la serenidad en toda ocasión y dedicaba tiempo a la lectura y la música para activar el cerebro. El escritor Pierre de Brantôme, que la visitó poco antes de su muerte, llegó a exclamar:

-Tiene más de sesenta años y sin embargo, cualquiera diría que aparenta menos de treinta.

¿El secreto de su eterna juventud? Habría que esperar más de 400 años para saberlo.

En 2008 se realizaron varios análisis al tejido del cuerpo de Diana y se descubrió que su verdadero secreto de la eterna juventud era una disolución de oro líquido que tomaba todos los días. Parece ser que obsesionada por mantenerse joven y hermosa, Diana tomaba todos los días un elixir de oro metálico puro disuelto en cloruro de oro y dietiléter. Esa piel traslúcida, de una blancura casi cadavérica y esa mata de pelo claro tan fino como las sedas más exquisitas tenían su fuente en la anemia progresiva que la intoxicación crónica por oro le producía y lo que lentamente la fue matando y de lo que acabaría falleciendo en 1567 mientras Francia se desangraba en las Guerras Civiles de religión entre católicos y protestantes.

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