Sublimación del protocolo en Windsor

No pude sustraerme a la curiosidad de ver en directo el funeral del duque de Edimburgo, marido de la reina Isabel de Inglaterra. Su figura cobró especial relevancia estos últimos años de la mano de una lograda serie televisiva y también, indudablemente, por su longeva trayectoria vital puesto que la parca le alcanzó a unos meses de cumplir el siglo de existencia. Un disgusto para el libro Guinness de los récords.

Mi impresión de foráneo es que si algo hay en el Reino Unido que suelde y mantenga la unión de ese reino, cuya enseña es la superposición de las banderas de las partes componentes, es la Corona; institución que lleva sobre sus reales hombros desde hace ya casi 70 años la reina Isabel II. La Corona, dicen, es el cemento que estructura las instituciones del estado británico y la reina, una y otra vez, se muestra con su compostura dispuesta a que así sea hasta el final de sus días. Hoy lo demostró una vez más.

El diseño del acto, hasta en sus mínimos detalles, o en el propio Windsor donde Guillermo el conquistador construyera su primera fortaleza, salió del magín del finado hace ya bastantes años, según dicen. Algo que no debe extrañar puesto que él vivió dentro de uno de los sistemas de protocolo más rígidos del mundo durante los muchos años de consorte real al lado, dos pasos por detrás, de la reina. El duque de Edimburgo era un experto en protocolo, quizás el número uno de su generación, quizás a su pesar.

El protocolo define las acciones y posiciones de aquellos que participan en un acto de forma que todo el mundo sepa lo que tiene qué hacer y de esa forma evita sorpresas y situaciones inconvenientes. El protocolo va desde lo más básico, incluyendo la vida animal, como Rodríguez de la Fuente nos explicaba en relación con los lobos y sus distintas posiciones en la manada, hasta los niveles más altos, como puede ser el acto funeral de hoy en Inglaterra.

El protocolo es comunicación, comunicación institucional en este caso. Los asistentes, mayoritariamente telespectadores en esta oportunidad, reciben un mensaje, o un conjunto de ellos. En este caso la entereza y compostura de la anciana reina es toda una declaración, que a mí me recuerda el “cumplí con mi deber” de Nelson a punto de morir en Trafalgar, palabras por cierto inventadas por la comunicación institucional de aquel entonces. Todos tenemos una obligación que cumplir, cada uno a nuestro nivel, también en los días de luto, también en los momentos difíciles.

Todo ha sido esta tarde un grito de permanencia y trascendencia pese a la presencia ineludible de la muerte. Es la pervivencia de Inglaterra, de sus instituciones, hoy representadas por la familia real, sin representación de la ciudadanía puesto que el premier Johnson, inexplicablemente en mi opinión, renunció a asistir.

La sublimación del protocolo en Windsor.

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