Recuerdo que, en los años de estudiante, y para agudizar el ingenio nos sometíamos a extrañas pruebas, en las que el léxico y la imaginación se ponían a trabajar para dar con la solución, aparentemente sencilla, del caso planteado. Sencilla después de conocida.

Una de las que, a mi juicio presentaba una situación más rebuscada, era aquella en la que una persona estaba en una mazmorra con dos puertas, custodiada por dos centinelas. Únicamente sabía que uno de ellos mentía siempre, pero no sabía cuál era, y el otro decía siempre la verdad. El prisionero solamente podía hacer una pregunta a uno de los guardianes, y obrar en consecuencia. Si se dirigía a la puerta adecuada ganaba su libertad, pero si se equivocaba iba directamente al cadalso.

Dejo al lector para mejor ocasión el resolver este jeroglífico, pero hoy me centraré en un dilema que Su Majestad el Rey ha tenido sobre la mesa, nada fácil de resolver.

En efecto, con motivo del mensaje de Navidad, que todos los años dirige a los españoles el Rey don Felipe, se ha estado especulando acerca del contenido del mismo y la forma de tratar alguno de los aspectos de mayor actualidad.

Todos los años, antes del tradicional discurso los analistas tratan de adelantarse a los acontecimientos vaticinando contenidos y referencias, algunas de indiscutible sentido común. Después del tradicional discurso, los mismos analistas desgranan párrafos y leen entre líneas aquello que explícitamente no se ha escuchado, pero que se entiende todo, y no deja de ser parte sustancial del mensaje.

Con programada antelación, este año de forma especial, seguramente por los condicionantes sociológicos que se van presentando, y no me refiero a los derivados de la pandemia, aunque se hayan aprovechado las circunstancias que han rodeado a esta inesperada situación; se trata de pronosticar contenidos, apoyados en la actualidad recientemente pasada.

Por si no fueran pocos los problemas con los que todos los días se encuentra Su Majestad el Rey, en esta ocasión se cruza en el camino una decisión de don Juan Carlos, que ha sido valorada desde muy diferentes ópticas, pero que, dado que la historia se escribe sobre el pasado, don Felipe es ajeno a cualquier connotación que se le quiera atribuir sobre la misma, aunque la contumacia de algunos pueda transmitir la idea de lo contrario.

Desde distintos puntos del gobierno, y aquí tenemos un problema, se ha intentado que don Felipe cargue las tintas sobre la decisión de don Juan Carlos, anterior Rey, pero indefectiblemente, padre de don Felipe. El dilema está servido, por una parte, la valoración del caso por parte del Rey, y por otra la natural relación paterno-filial.

Buscadores de controversias se han afanado en acentuar de forma sesgada, y no bien intencionada, algunas de las componentes del caso, tratando de magnificar y propiciar el desencuentro a cualquier nivel. Todo vale para socavar el alto grado de aceptación de la monarquía en España, que de acuerdo con recientes análisis, se encuentra respaldada por la mayoría de los ciudadanos. Lo novedoso del caso es que estos datos son facilitados hasta por los medios de comunicación tradicionalmente hostiles y críticos con todo lo relacionado con la forma actual del Estado y con la persona de Su Majestad el Rey, sea quien sea quien ocupe tan distinguido cargo. A este respecto, a mi juicio, cabe resaltar que la diferencia no es mayor porque en las escuelas se enseñan falsas historias, cargadas de sectarismo y odio a España.

Se ha intentado desfigurar el discurso del Rey convirtiéndole en germen de discordia, perdiendo de vista el carácter realista y conciliador que acompaña a los discursos del Rey. Se le ha querido plantear al Rey un dilema cargado de intenciones torticeras. Nunca los discursos del Rey fueron agresivos, sino todo lo contrario, conciliadores y buscando la corrección de cualquier aspereza que pudiera darse.

¿Ha sido claro el Rey en su discurso? ¿De sus palabras se pueden desprender justificaciones o exculpaciones? El recurso al refranero español nos saca de muchas dudas: “A buen entendedor, pocas palabras bastan”. No se hace preciso entrar en detalles, como a muchos les hubiera gustado, a fin de evitar lo que, sin ninguna duda, hubiera desencadenado en una serie de situaciones más y más complejas, dentro de una espiral de desaciertos sin conducir a nada.

La historia no tiene marcha atrás, y debemos extraer de ella misma las enseñanzas que nos permitan no repetir errores, que si en su momento se dieron, y se dieron, no agraven situaciones, de por sí delicadas, mirando al futuro.

No ha sido este 2020 un año fácil para nadie, y el Rey no ha sido ajeno a estas dificultades. Ha sido víctima de vacíos injustificados, ninguneos inaceptables, ataques a su persona y a la propia institución que representa. De todos ellos ha salido sin estridencias, y en esta ocasión no iba a ser menos.

El Rey tiene suficientes referencias históricas y familiares, que en su caso van indiscutiblemente unidas, como para resolver el dilema que se ha planteado, y hacerlo con éxito.

El discurso de Navidad no ha esquivado los problemas. Los ha enfrentado con mesura y tacto, sin abrir brechas innecesarias. Se ha tenido muy presente el contenido del Artículo 56. 1 de la Constitución que establece que el Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones…,

El dilema se ha resuelto. La historia continúa.

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