La Conmemoración de la Inmaculada Concepción como Patrona del Arma de Infantería, forma parte de todos los españoles y es símbolo de la historia del ayer que se construye en el presente, haciéndola visible en quien esté presto a intuirla como a conservarla desde la legitimidad de las raíces milenarias de grandes efemérides.

Patrimonio de una memoria que aglutina siglos y siglos de historia común y que es parte integrante del legado que el pasado rubricó en el Ejército de España.

Reseñas que palpitan en la medida en que la vislumbramos y la interpretamos, porque nos ayudan a inducir el presente y encaminar un futuro desde la conquista de aquello culminado y que se hace esencial atesorar. Una memoria incalculable que detalla y esclarece identidades a lo largo de los tiempos.

Siendo justo poner en valor aquello que tantas personas han labrado con enormes sacrificios, generosidades y renuncias. De ahí, la premisa en ponderar la integridad de lo que somos, los que nos hace ser y principalmente aquello que nos retrata como españoles. Una Tierra como España ejemplo exquisito de refinamientos culturales, donde parte de este acervo es fruto de la semblanza de su Ejército. Un Territorio que ha esculpido a hombres y mujeres bajo un mismo uniforme y emblema, dados por completo a ofrecer sus vidas por la Patria. Aspecto consecuente que ha incidido incólume en los tiempos y ha cruzado las fronteras más lejanas.

Un Estado asentado en valores constitucionales compartidos, con reglas comunes de convivencia que nos hemos transmitido con empeño y que intrínsecamente nos armoniza en plenitud.

Asumiendo con distinción el respeto por la voluntad democrática, sin obviar los costes de esfuerzo que ha supuesto la articulación de los principios del Estado de Derecho, adquiridos favorablemente como tributo de la vida en libertad.
Por lo tanto, existen suficientes evidencias para ratificar, elogiar y sobre todo admirar un País como España. Un Estado en el que se perciben profundos sentimientos emanados de su dilatado dietario, hoy robustecidos con emociones y un orgullo saludable que me atrevería a considerar de legítimo.

Con estas certezas y con el talente de hacer prolongable dichas impresiones, es posible otorgarle el honor que merece a una historia que es parte incondicional de España. Memoria de la que todos sin excepción somos autores y protagonistas.

Un legado como uno de tantísimos fragmentos heroicos y gloriosos de los Ejércitos de España que seguidamente recapitularé, emplazado a ser vivificado, pero también defendido e inmortalizado con la convicción de fortalecer la cohesión de una gran Nación como España. Suceso del que no es sencillo desprenderse del talante de referente moral como Infante del Ejército Español e identificarme conmigo mismo, aunque lo proyecte a la hora de abordar lo tratado.

Páginas ilustres que nos reubica en los antecedentes históricos del Milagro de Empel, acontecimiento acaecido en las postrimerías del siglo XVI en el contexto de la Guerra de los Ochenta Años y en sintonía con la rendición de Amberes. Descripción que ensambla la disposición táctica optada por Alejandro Farnesio de situar en defensiva el Tercio Viejo de Zamora a la orden de su Maestre de Campo don Francisco Arias de Bobadilla en la plaza de Bommel.

Vicisitud puntual que adquiriría resonancia universal por los hechos que a continuación pormenorizaré, al reconocerse a la Virgen Inmaculada Concepción como Patrona de los Tercios Españoles y de la actual Infantería Española.

De ahí, que sea preciso inspeccionar documentos corroborados por numerosos autores, que den luz a los datos históricos como una mirada retrospectiva razonada que refuerce los cimientos de lo allí transcurrido.

Confirmándose inicialmente la teoría de la proyección geoestratégica que Flandes poseía para el Imperio Español. De hecho, dicha tesis constituía una advertencia inamovible para los estados de Inglaterra, Francia y Alemania.

Por tal motivo, Felipe II y toda su corte estaban convencidos que España era el defensor y custodio del catolicismo en el viejo continente. Un periodo demasiado ensanchado y salpicado de desencuentros diplomáticos que terminarían enfrentando a las diecisiete provincias de los Países Bajos contra su soberano el Rey de España.

En conclusión, las conjeturas de rebeldía que aflorando sucesivamente hicieron prosperar la declaración de la independencia de las siete Provincias Unidas (actuales Bélgica y Luxemburgo).

A pesar de ello, las tierras de Lieja que formaban parte del Sacro Imperio Romano Germánico continuaron fieles a la Corona Hispana. Sin embargo, sería en este entorno de perturbación donde adquiriría su preludio la incursión de los Tercios Hispanos para más tarde derivar en el Milagro de Empel.

Adentrándome en las evidencias del escenario visible, en concreto en la isla holandesa de Bommel situada entre los ríos Mosa y Waal se atinaba el monte de Empel. Momento preciso de la historia en la que las tropas españolas al mando de don Francisco Arias de Bobadilla abanderado por unos cinco mil hombres, luchaba con orden y sin pausa en la isla antes reseñada.

Dichas fuerzas habían sido enviadas por el Gobernador de España en los Países Bajos Alejandro Farnesio, cuyo propósito era salvaguardar a las urbes católicas que estaban siendo agraviadas por los protestantes.

Un enclave que englobaba peculiaridades específicas que ayudaban a contrarrestar el duro invierno, en un intervalo estacional como el detallado que en la teoría acarreaba un hipotético paréntesis estratégico con la consiguiente decadencia de combates. Como del mismo modo, un inciso ofensivo satisfecho para que los Tercios se dispersaran territorialmente e hicieran más llevadero la supervivencia por las diversas comarcas.

Sin embargo, lo cierto es que ni españoles ni rebeldes desperdiciaban las coyunturas operativas tanteadas, siendo incuestionable las firmes voluntades por adquirir a toda costa cualquier ventaja sobre el adversario.

Justamente sería este el punto de inflexión y a la vez de partida que llevaría a los Tercios a encontrarse en una zona calificada frágil de despliegue. Tal era la trama irrumpida y la ocasión seleccionada, que los rebeldes lograron bloquear a las tropas españolas al disponer su flota de diez navíos entre el dique de Empel y la ciudad de Bolduque – Hertogenboch.

Una maniobra de gran calado operacional con la que se pretendía invadir por completo los brazos de ambos ríos. Imposibilitando a todas luces el ingreso de cualquier tipo de apoyos como de suministros que la comarca atenuada necesitaba con premura.

Ahora el trazado en el plano escenificaba a los Tercios en el punto de mira de la artillería enemiga y su irremediable entrega.
Maniobra excepcional que fue replicada imperiosamente por Alejandro Farnesio, enviando refuerzos de los Maestres Carlos Mansfield y Juan de Águila, que a la postre resultarían ser insuficientes para prestar el auxilio pretendido de los sitiados.

Cercados, asediados y aislados por las flotas antes referidas y hostigados por el fuego de artillería y mosquitería rebelde, la suerte parecía estar echada frente a las milicias del almirante Holac, al mando de la armada calvinista que sitiaba la isla.

Escenario que conforme prosperaba se despuntaba en abatimiento para los Tercios Españoles, porque además del anillo impecable de confinamiento incidido, había que añadirle la carestía de abastecimientos y a penas ropajes secos.

Sin obviar los desbordamientos promovidos que estarían por llegar en el momento que se diese la orden de la apertura de los diques de ambos ríos, incrementando indiscutiblemente el nivel de las aguas y consecuentemente empantanando el campamento para acorralar aún más a las Tropas Españolas.

Un entorno dantesco que en apenas escasos segundos sería el umbral para que no quedase más tierra firme que el monte de Empel, donde a la postre se convertiría en defensa improvisada de los Soldados Españoles.

Milicias que se hallaban fundidas en el fango y al castigo de choque aplicado con severidad, llevándoles finalmente a centralizar su defensa en la colina antes indicada. Encadenamiento de variables que sombreaba la antesala de una auténtica calamidad ahondada con lo ingrato, el hambre y el aturdimiento de un descalabro sin precedentes para los Soldados de España.

Era tan palpable lo que allí iba a suceder, que el jefe enemigo entreviendo la supremacía operativa que ostentaba y al objeto de reducir las víctimas que iban a ser irreparablemente por miles, les propuso una rendición decorosa.

Réplica que no se dilataría en revelarse por parte de Francisco Arias de Bobadilla que tajantemente objetó: “Los Infantes Españoles prefieren la muerte a la deshonra. Ya hablaremos de capitulación después de muertos”.

Rehúso que apeló Holac empecinadamente con la técnica en repetidas ocasiones empleada de disponer la apertura inmediata de los diques para anegar el campamento rival. En las condiciones caóticas habidas con el indudable presagio de consumarse el gran desastre, Francisco Arias de Bobadilla en un intento desesperado de alentar a sus hombres y fortalecer la nueva posición dispuso cavar trincheras.

Afán por mejorar las defensas improvisadas que podría calificarse de bendito, ya que uno de los soldados que se encontraba de centinela ahondando a toda costa en la superficie con su útil de zapador, desenterró un lienzo con el retrato de la Virgen Inmaculada Concepción. Imagen que tal vez había sido enterrada por holandeses católicos para protegerla de la iconoclasia de los protestantes, que por otro lado no tenían reparo en afrentar sus pinturas.

Hecho puntual acaecido el 7 de diciembre de 1585 y que se encuentra registrado en la Biblioteca de Antonio Cánovas del Castillo entre los documentos inéditos para la historia de España en su Tomo LXXIII, que describe el Capitán toledano Alonso Vázquez en su libro “Los sucesos de Flandes y Francia del tiempo de Alejandro Farnese” (1879).

Entre sus páginas se halla un fragmento que dice literalmente: -Estando un devoto soldado español haciendo un hoyo en el dique para resguardarse debajo de la tierra del mucho aire que hacía y de la artillería que los navíos enemigos disparaban, a las primeras azadonadas que comenzó a dar para cavar la tierra saltó una imagen de la limpísima y pura Concepción de Nuestra Señora, pintada en una tabla, tan vivos y limpios los colores y matices como si se hubiera acabado de hacer-.
Descubrimiento acrisolado que fue asido como indicador sagrado y dispuesto como santuario, reconociendo unánimemente el suceso como manifestación de la divina protección de la Virgen Inmaculada Concepción. Instando desde ese mismo instante a los Soldados Españoles a encomendarse en la batalla.

Pero ahí no culminaría lo sucedido.

En el ocaso del 8 de diciembre cómo indican numerosos autores, una ventisca completamente inusitada e intensamente gélida se desencadenó solidificando las aguas del río Mosa. Incidente que forzó al almirante holandés a retroceder sus flotas poniendo proa en dirección opuesta so pena de verse encallados en el pétreo elemento.

Condiciones meteorológicas contrarias que permitió a los Infantes fortalecerse tácticamente, preservar las posiciones de extrema dificultad y resurgir de aquellas circunstancias escabrosas con el honor incólume.

A la jornada siguiente los Tercios Españoles contraatacaron con sus más manejables navíos, escenificándose la dispersión de la flota rebelde con la llegada inminente de la escuadra hispana comandada por el conde Carlos de Mansfelt. Disposición que permitió afianzar definitivamente las posiciones españolas.

Milagro de Empel que quedado sellado e inmortalizado hasta nuestros días, como prodigio asignado a la Inmaculada Concepción. Admiración y grandiosidad en lo ocurrido que iría expandiéndose entre los demás Tercios Hispánicos, a pesar que algunos ya gozaban de otros santos protectores. Siendo el inicio pleno de un itinerario imparable de respeto, entrega y reverencia colectiva a la Virgen María.

Empeñando lo ocurrido como providencia universal en uno de los episodios más señalados de Nuestro Ejército. Acontecimiento que no debe quedar en el olvido y que cada año se hace ceremonioso como huella antiquísima al conmemorarse la Celebración de la Patrona de España y de su Infantería.

Paulatinamente sería el mismo tiempo el que se pronunciaría al respecto en la cronología de su patronazgo, propagándose su admiración e incorporándose a banderas y estandartes en las numerosas tareas y operaciones del Arma de Infantería.
A tal respecto, en 1761 el Rey Carlos III la presentó como Patrona y Protectora de España, instituyendo en su honor la Real y Distinguida Orden de Carlos III. Distinción que se perpetúa en la actualidad el día 8 de diciembre entre las Solemnidades Nacionales por excelencia.

Con el transcurrir de los años su fervor ha perdurado intacto en la estela de la fe católica, debiendo subrayarse el componente dogmático que la ha llevado a ser promulgada el 8 de diciembre de 1854 con el -Dogma de la Inmaculada Concepción de María-, mediante la Bula Ineffabilis Deus por el Papa Pío IX.

No cesando ahí la distinción y en reconocimiento a la Iglesia Española por la magnitud en la designación de esta Declaración, en 1864 la Santa Sede confirió a los presbíteros españoles la facultad de llevar una casulla azul en su conmemoración.
Tendrían que prolongarse casi cuatro décadas para llegar al día 26 de julio de 1892, momento crucial que el Inspector de Infantería y primer marqués de Estella don Fernando Primero de Rivera y Sobremonte, acogiendo por aclamación el profundo sentir de los integrantes del Arma, determina elevar al Ministro de la Guerra Teniente General don Marcelo de Azcárraga, la consecuente instancia para que la Inmaculada Concepción fuese designada Patrona del Arma de Infantería.

Disposición que acabó prosperando favorablemente el 13 de noviembre de ese mismo año, cuando la Reina Regente doña María Cristina de Habsburgo-Lorena, proclamó a Nuestra Señora la Purísima e Inmaculada Concepción -Patrona del Arma de Infantería- mediante la Real Orden (DO. 248).

Finalmente, el año 1961 acoge la ratificación canónica del Patronazgo como Protectora del Arma de Infantería y de los Cuerpos de Estado Mayor, Jurídico, Intervención, Farmacia, Veterinaria, Oficinas Militares, Eclesiástico y Geográfico del Ejército.

Credo castrense sustentado por la Inmaculada Concepción que hace alarde de ser generosamente heredado por los Infantes del Ejército Español. Arma de Infantería que en nuestros días se articula por hombres y mujeres polivalentes y ampliamente resolutivas ante las cuantiosas adversidades y certidumbres del presente siglo XXI.

Conciencias de un Ejército que practica como si de un ceremonial se tratase el adiestramiento sigiloso de las virtudes militares, aceptando con responsabilidad los retos emergentes. Soldados de la Infantería Española que dan vida, cuerpo y alma a las directrices encomendadas, obedeciendo desde el comedimiento, espíritu de firmeza e ilimitada rectitud.

Infantes que como aquel Viejo Tercio de Zamora en su palpitar acompasado y siempre renovado se empeña sin límites no esperando nada a cambio, excepto consumirse practicando el exacto cumplimiento del deber.

Corazones que prenden al Arma de la Infantería coronada por la Virgen María al perdurar en el tiempo la conquista de un sueño común: La garantía territorial de un gran País como España.

Soldados Infantes que hoy hacen presente a la Purísima Inmaculada Concepción, al tener la dicha de cuántos se dignifican en llevar ataviado este glorioso uniforme en el que resplandece la cornetilla del cazador, el arcabuz y la espada como muestra inexorable de la Infantería del Ejército Español.

¡Feliz Patrona de la Inmaculada Concepción!

Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’
© Fotografías :National Geographic de fecha 2/XII/2016.

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