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El país imaginario

Tengo la mala costumbre de pensar. Y tengo la suerte de poder expresar lo que pienso. Esto, a veces me sitúa en una situación difícil. Incómoda no, pero difícil. Y lo es porque algunos no hemos renunciado jamás al pensamiento crítico que llevamos en el ADN de nuestro sustrato ideológico. Una esencia vital mucho más filosófica que política. Ya saben… la verdad os hará libres… y decirla en voz alta, ni te cuento.

[La patraña de los «países catalanes»]

Dicho así, parece que se me pierdan las palabras en un circunloquio intelectual. Pero no, no se me despisten, no es así por la sencilla razón de que la filosofía está mucho más cerca de la realidad que la política, porque la política abandonó el mundo de las ideas para instalarse en el pragmatismo de las ideologías, pero la filosofía nos enseña a pensar por nosotros mismos.

Así que, con los pies en el suelo, cada vez somos más los ciudadanos pensantes que aplicamos el método científico crítico, dialéctico, para apartar la paja del grano y hacer que la verdad respire entre tanto postureo y tanta mentira.

[La Generalitat de Cataluña incluye a Valencia dentro de los «países catalanes» en publicaciones oficiales]

El principal enemigo del pensamiento crítico es el totalitarismo. Se presenta de muchas formas maneras y colores, pero el sustrato ideológico es siempre el mismo. Hace primar un postulado sobre el resto. Y lo impone. Por la vía que sea y utilizando todos los métodos a su alcance. Cuando puede lo disfraza de legalidad. Cuando no puede, lo hace de forma violenta. Pero los totalitarios siempre cometen el mismo error. Se olvidan de que los demás también piensan.

No hay nada más importante para la realización del ser humano que poder expresarse en libertad. Y el ejercicio de esa libertad ha de llegar, necesariamente, de la mano del respeto a las ideas y a la forma de expresarlas que tengan los demás, en igualdad. Que tomen nota de esto los guardianes de las esencias antes de lanzarse a crucificar al disidente.

Dicho esto, me tomo la libertad de decirles que estoy harto de que nos tomen por gilipollas. Es un mal muy extendido ese de pensar que el otro es imbécil. Bueno, también es un mal muy extendido el de serlo realmente. Gilipollas, digo.

Hace tiempo que di una batalla por ganada. La mía está ganada a título individual. Por desgracia, la batalla colectiva se libra en un plano de realidad paralela, en una especie de país imaginario que, tacita a tacita, nos hace tragar dos tazas de caldo y comulgar con ruedas de molino. De hecho, hace tiempo que decidí no meterme en esa batalla por estéril y absurda, pero a veces es muy difícil no tomar parte y dejar pasar de largo las cosas cuando son insultantes e indignas.

Más allá de la pugna política partidista, absolutamente lícita, están los intereses que reptan detrás de los postulados partidarios. Llevo varios días tomando bicarbonato para ver si se me pasa el ardor de estómago que me provoca ver como se intenta normalizar la expresión de ese país imaginario en una de las dos máximas instituciones de representación popular de España.

Ya saben, es lo de que el Senado admita la expresión “países catalanes” en las iniciativas oficiales que se presenten en la cámara alta. Y a mí me da por pensar y por ver en esto un pasito más del totalitarismo que impone sus criterios en Cataluña mientras exporta su imperialismo a su soñado imperio imaginario. Y me da que pensar cuando se hace con la complicidad utilitarista de quien necesita los votos de aquellos que hacen del independentismo la llave de sus sobornos en un toma y daca que acaba en los Presupuestos Generales del Estado. Vamos, que pagamos el peaje de nuestras señas de identidad en favor de quien quiere imponer las suyas a golpe de extorsión disfrazada de la cobertura legal del Senado. En democracia hay que saber plegarse a la voluntad de la mayoría. Cierto e indiscutible. Pero no puedo evitar que me dé por pensar. Cosa que les invito a hacer a ustedes.

No hay nada más reaccionario que el nacionalismo excluyente. Bueno sí, sí lo hay. El nacionalismo imperialista que se disfraza de inclusivo para ponerse la gabardina del espacio cultural y lingüístico común. El suyo, claro. Una pena, porque cuando se abran la gabardina para mostrarnos sus vergüenzas, nos daremos cuenta de lo pequeñas que son para entender que sólo les mueve el casposo interés económico del nacionalismo más reaccionario.«Pagamos el peaje de nuestras señas de identidad en favor de quien quiere imponer las suyas a golpe de extorsión disfrazada de la cobertura legal del Senado»

Desde una mirada de izquierdas nunca he podido entender la complicidad de la izquierda con el imperialismo neofascista de corte nacionalista, basado en los más rancios postulados de la burguesía independentista, una ideología de derechas, neocarlista, que nos venden desde hace mucho tiempo con la cobertura de una falsa postura progresista. Y no se salva nadie de esto.

Les invito a meditar en que se puede ser de izquierdas y estar convencido de que los «países catalanes» no existen. Que son sólo un país imaginario. Como dicen un viejo amigo mío, viejo militante socialista con años y experiencia, es para pensar.

Pero como les digo, yo esa guerra hace años que ya la di por ganada, porque tengo la mala costumbre de pensar.

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