“El trauma infinito de los niños de Gaza: la memoria del sufrimiento” (I)

Inmersos en el siglo XXI y vislumbrando con cautela la luz de un largo túnel que ponga fin al entresijo de la pandemia, cientos por miles de niños y niñas viven diariamente situaciones extremas que violan degradantemente sus derechos. Sin duda, los más desamparados, aquellos que se atinan en zonas de conflicto armado y soportan el rastro mortífero de la guerra.

Nada más articular la palabra llana de dos sílabas “guerra”, irremediablemente, nos transfiere a un sinfín de excesos que bien pueden enmarcarse en el asesinato y la mutilación; o en el reclutamiento de niños y niñas soldados por grupos armados; o acometidas a escuelas y hospitales; o violencia sexual de todo tipo; o secuestro y bloqueo a la ayuda humanitaria, etc.

Pero, al referirme al niño y niña palestino, fundamentalmente, en las localidades y poblaciones distinguidas por su hostilidad o celo religioso, no nacen como individuos, sino como un miembro suplementario de la familia. Obviamente, para el musulmán, esto guarda relación con sus deberes practicantes. Así, este niño y niña palestino queda señalado de por vida a la causa política y el nombre otorgado por sus progenitores es un fiel reflejo a esta realidad.

Con lo cual, este niño y niña que aquí se relata, encarna al resto de niños y niñas que residen en la Franja de Gaza, y desde el mismo instante de llegar al mundo, es portador de la Historia de su Pueblo, como de sus avatares, abatimientos y añoranzas. Si bien, muchos de ellos y ellas estarán citados a ser memoria viva, estandarte y soldado.

Porque, para estas madres, en la amplia mayoría de las ocasiones con el marido enrolado en la resistencia o en prisión, el amor por sus hijos e hijas encarna la única fuente de afecto y ternura. Luego, este niño y niña le confiere a sus padres categoría social y, como tal, es un orgullo que afianza esa sensación de seguridad. Digamos, que esta criatura personifica un patrimonio en la primera comunidad natural y universal.

Con estas connotaciones preliminares, la conciencia colectiva que moldea la idiosincrasia del niño y niña palestino, proporciona un marco para cada uno de los aspectos que le acompañan, manifestándose de manera específica en el período de la adolescencia. Claro, que el paso de la niñez a la pubertad es diferente en el universo palestino, al alcanzarse un momento de progresiva responsabilidad hacia la familia.

De ahí, que el que más y el que menos, enfrentado a indeterminados infortunios y al laberinto político, la descendencia es la armadura de los oprimidos. Y, en ello, la Franja de Gaza posee la tasa de natalidad más elevada de la aldea global.

Este joven hará honor consagrándose a su formación académica, con el anhelo de una futura carrera profesional o de incorporarse directamente a un oficio, con la premisa de socorrer a sus padres y hermanos. Sin embargo, en este espacio geográfico singular, cada jornal ha de sostener a nueve miembros, y no se cría a un hijo para que él mismo decida su futuro. Ya, desde su nacimiento, este menor se integra a un linaje, religión, causa política y a un pueblo en constante defensiva.

Además, en este lugar y en los ‘Territorios Palestinos Ocupados’, en adelante, TPO, los vínculos del niño y la niña palestina con la guerra es intenso y complejo. Porque, en el fondo de la cuestión, no es una ofensiva convencional ni selectiva, sino una conflagración indefinida a la que se le ha sumado la violencia intracomunitaria. Y, valga la redundancia, no es únicamente un conflicto armado, sino también, una guerra disfrazada, donde se agrede a los cimientos de la infancia que tiene el punto de mira puesto en la familia, la red social y económica y la escuela.

Diversas investigaciones corroboran que estos pequeños se han visto sorprendidos y expuestos a gases lacrimógenos, arrojados en recintos atestados de personas, como patios interiores o casas, coincidiendo con horas en las que se encuentran la mayoría de sus integrantes, produciendo el fallecimiento de bebés y niños.

Por otro lado, estos menores tienen algún hermano en la cárcel o sufren palizas y fracturas de huesos a manos de los soldados, o son testigos directos de hechos exacerbados.

Análogamente, están presentes en registros nocturnos con allanamientos premeditados en la búsqueda de guerrilleros, desvalijándoles los pocos bienes que les quedan y atentando contra los ancianos. Lo que le origina un desgarro emocional de considerables dimensiones. Y para el colmo, a la finalización de las inspecciones, habitualmente uno o varios componentes de la familia desaparece para siempre.

Finalmente, muchos de estos niños y niñas son apresados por el Ejército, resultando heridos bien, por munición real o por balas de plástico que les ocasionan heridas mortales, y una cuarta parte son víctimas de balas de goma. A ello ha de añadirse, los que se quedan sin hogar como represalia de las Fuerzas Israelíes.

De ahí, que en un Informe reciente realizado por la Organización de las Naciones Unidas, por su acrónimo, ONU, se afirme con contundencia, que a corto plazo la Franja de Gaza se tornará en un lugar inhabitable. Indiscutiblemente, los ataques de las últimas semanas han causado estropicios a infraestructuras civiles indispensables, con cientos de construcciones y domicilios demolidos, inservibles o inhabitables; como carreteras y cierres de cruces y redes eléctricas que influyen en el suministro de agua.

O el caso de diversos hospitales castigados por las irrupciones aéreas, que si ya se hallaban limitados de provisiones por los años de cierre, actualmente están más agudizados por la crisis epidemiológica del COVID-19, que inevitablemente ha conllevado a establecer una emergencia humanitaria.

Sobraría mencionar en esta disertación que las hostilidades han dejado a miles de palestinos sin techo, obligándoles a renunciar a sus hogares e indagar algún cobijo en las escuelas del ‘Organismo de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas para los Refugiados’, por sus siglas, UNRWA, o en mezquitas y otros locales afines con apenas agua, víveres, higiene o servicios sanitarios.

Al ceñirme a la Franja de Gaza, confluyen realidades y episodios que saltan a la vista y que a fin de cuentas, conforman las piezas de un puzle con historias desgarradoras de niños y niñas sumidos en traslados forzosos, desalojos y demoliciones; u homicidios ilegítimos y uso extremado de la fuerza; avasallamiento en la libertad de movimiento; arrestos abusivos; juicios injustificados; persecuciones, tormentos y otros maltratos infernales y, cómo no, la negación del derecho de las personas refugiadas, solicitantes de asilo y migrantes.

Primero, el Estado de Israel ha pulverizado y continúa pulverizando en su afán expansionista, un sinnúmero de estructuras residenciales en los TPO, dispuestas a la manutención en la Cisjordania invadida, englobando a Jerusalén Oriental y relegando al exilio a cientos por miles de personas. La coartada de las autoridades israelíes se apoya en que muchos de las edificaciones derribadas están faltas de autorizaciones emitidas por Israel, o se encuentran en sectores militares cerrados.

Paradójicamente, lo primero es prácticamente ilusorio de conseguir para los peticionarios palestinos, por el cerco administrativo al que crónicamente están expuestos. Toda vez, que el derecho en materia de ocupación impide esta modalidad de destrucción, salvo que sea inevitable por las operaciones de las milicias israelíes. En otras coyunturas, Israel ha decomisado estructuras donadas explícitamente para funciones humanitarias. A pesar de todo, las Fuerzas Israelíes siguen imparables en su criterio perturbador, asolando punitivamente inmuebles palestinos que configuran un suplicio colectivo y están prohibidos por el ‘Derecho Internacional Humanitario’.

Con argumentos similares, organizaciones de colonos israelíes y el sostén de las autoridades, emprendieron en Jerusalén Oriental procedimientos de desalojo forzoso de personas palestinas, para la relocalización de empresas en polígonos industriales y la colonización de tierras para la agricultura y ganadería, a fin de afianzar una urbe al alza. Desde entonces, el Estado de Israel segrega a estos ciudadanos en el ámbito de urbanismo, partidas presupuestarias, vigilancia policial y participación política.

Para ser más preciso, el ‘Centro Jurídico para los Derechos de las Minorías Árabes en Israel’, abreviado, ADALAH, refiere que el Estado Hebreo conserva más de sesenta y cinco leyes que excluyen y relegan a los palestinos.

En esta tesitura, las Administraciones Locales Palestinas de Israel optaron por declararse en huelga, oponiéndose por el contraste en la asignación del Presupuesto Estatal para las Jurisdicciones. Este conjunto poblacional constituye más del 20% y habita en torno a ciento treinta y nueve ciudades y pueblos que tan solo obtienen el 1,7% del documento financiero del Estado.

Posteriormente, ADALAH y el ‘Centro Árabe de Planificación Alternativa’, en representación de decenas de ciudadanos y ciudadanas palestinos, expusieron ante el ‘Tribunal Supremo Israelí’ una demanda contra la política de apartar a estas comunidades en la distribución de ayudas de vivienda y construcción y desarrollo rural, en desproporción con los grupos judíos vecinos, que disfrutaban de más margen socioeconómico y con acceso a dichos beneficios.

Pero, mediante la utilización improcedente de la ‘Ley de Entrada a Israel’, se prosiguió contradiciendo a los palestinos y palestinas de la Franja de Gaza y Cisjordania, comprometidos con palestinos de Israel sobre el derecho a la nacionalidad. Y para más inri, el ‘Juzgado de Primera Instancia’ de Krayot, a las afueras de Haifa, impugnó el requerimiento a la educación para los palestinos que residían en Carmiel, ciudad ubicada en el distrito Norte de Israel, recurriendo a la ‘Ley del Estado Nación’.

En su sentencia, la Audiencia sostuvo que la instauración de una escuela árabe o la inversión en locomoción escolar, para que sus afincados palestinos estudiaran en colegios de las comunidades colindantes, iría en prejuicio del “carácter judío” de la circunscripción.

Y para vergüenza de la raza humana, en diciembre de 2020, el Ministerio de Salud Israelí, inauguró la gestión integral de vacunación del SARS-CoV-2, prescindiendo en sus listas a los casi cinco millones de palestinos que permanecían bajo la imposición militar israelí en la Franja de Gaza y Cisjordania.

Segundo, no ha de quedar omitido en este pasaje, el recurso desproporcionado de la dureza e ímpetu por parte de la Policía Israelí y las Fuerzas Armadas, en lo que atañe a la hora de superponer la Ley, comprendiendo las maniobras de batida y prendimiento de manifestantes.

Tal como resalta la ‘Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios’, abreviado, OCAH, en la Franja de Gaza y Cisjordania han muerto numerosos palestinos, sin ser una amenaza inmediata para los allí congregados, entre ellos, menores de edad, víctimas de homicidio ilegítimo, poniéndose en práctica munición real u otras fórmulas de forcejeo desmedido.

Algunos de estos homicidios podrían ser intencionados, por lo que constituirían ‘crímenes de guerra’, incumpliendo las protecciones establecidas por las infracciones graves del ‘Derecho Internacional Humanitario’.

Como sucesos fehacientes, en Kafr Qadum, enclave palestino al Norte de Cisjordania y al Oeste de Nablus y Este de Qalqilya, normalmente, las Fuerzas Israelíes interponen el empleo inmoderado contra los manifestantes y transeúntes, que semanalmente desaprueban los asentamientos de los TPO y su ensanchamiento. Al mismo tiempo, no han sido pocas las veces, en que se abre fuego indistinto apuntando a pescadores y agricultores en la Franja de Gaza.

Y qué decir, de Malek Issa, el niño palestino de nueve años, que al regreso a su casa de la escuela en el barrio de Issawiya, en Jerusalén Oriental, le dispararon con una bala de plástico y perdió el ojo izquierdo, sin tener constancia que en aquellos instantes se desencadenaba una operación policial frenética como forma de represión y castigo colectivo.

Tercero, el aislamiento evidente con el consecuente asedio aéreo, marítimo y terrestre israelí en la Franja de Gaza, que supedita el ingreso y salida de individuos y bienes de la región, contrae un impacto demoledor en los derechos humanos a sus dos millones de habitantes, unido a la falta de libertad de expresión y de asociación.

Así, cotidianamente, se imposibilita las posibles vías de materias primas para la construcción y combustible, que compromete la paralización de la única Central Eléctrica de Gaza; desembocando en una merma del suministro de electricidad y que con anterioridad ya estaba condicionado a unas cuatro horas al día.

En la misma línea acontece con el retraimiento costero, acortando el corredor de otros productos y meramente se delega la admisión de alimentos y medicinas. Lógicamente, estas dificultades en intervalos excepcionales en los que la pandemia hace acto de presencia, totaliza un golpe en toda regla con el consiguiente aumento del riesgo para las personas más vulnerables.

Al hilo de lo anterior, los habitantes palestinos del barrio de Kafr ‘Aqab, al Norte de Jerusalén y el campo de refugiados de Shuafat, en Jerusalén Oriental, ambos apartados por la valla o muro y supervisados las veinticuatro horas por estructuras militares israelíes, arrastra el lastre del acceso inalcanzable a los hospitales y clínicas especializados en la praxis epidemial.

A ello hay que adjuntar, los poco más o menos 593 controles de seguridad y de carretera en Cisjordania, reduciendo considerablemente el tránsito palestino y su proximidad a derechos como el trabajo, la salud y la educación.

Amén, que los ciudadanos y ciudadanas con documento de identidad palestino, están relegados a moverse desenvueltamente por cualesquiera de las rutas urbanizadas por los colonos judíos.

En idéntico formato, las autoridades israelíes apelan a toda una cadena de falacias orquestadas, admitiendo arremetidas, campañas de instigación, trabas a la libertad de circulación y acorralamiento judicial, enfilados a los valedores y guardianes de los derechos humanos que censuran la ocupación militar israelí de los territorios sirios y palestinos.

Hoy por hoy, el Estado de Israel rechaza rotundamente la más mínima aparición en los TPO, de los ‘Organismos de Derechos Humanos’, sin soslayar, al relator especial de la ONU.

Cuarto, difícilmente transcurre una jornada en la opacidad de la noche, sin que se produzca alguna detención arbitraria de palestinos. Quiénes caen en este desdicha, inmediatamente se les encierra en cárceles, junto a otros que ya lo estaban y se convierte en un reencuentro de emotividad y dolor. Lo que constituye una violación del ‘Derecho Internacional Humanitario’, que “prohíbe el envío de detenidos al territorio de la potencia ocupante”.

Ahondando sucintamente en este contexto, los representantes israelíes se sirven de disposiciones permutables de detención administrativa, para dejarlos confinados sin cargos ni juicio.

Examinando los datos del ‘Servicio Penitenciario’ de Israel correspondiente a las postrimerías de 2020, por entonces, existían cerca de 4.300 palestinos de los TPO, entre ellos, 397 estaban subordinados a la detención administrativa y 157 menores de edad. Estos últimos, interrogados sin sus padres y confinados junto a los adultos. Conjuntamente, parientes y allegados de muchos de ellos, principalmente los que conviven en la Franja de Gaza, no se les acredita la visita.

Al sometimiento que incide con impunidad en torturas y otros malos tratos a los palestinos perseguidos, incluidos niños y niñas, se encubren otras aberraciones como palizas, bofetadas, colocación inhumana de esposas, privación del sueño, inmovilidad en posiciones de rigidez e intimidaciones de violencia hacia los familiares.

Asiduamente, el encierro dilatado en régimen de incomunicación se maneja como correctivo, eternizándose a varios meses. En este matiz, el ‘Derecho Internacional Humanitario’ dispone que la captura de menores, ha de esgrimirse como una de las últimas alternativas y adoptarse mínimamente.

Y quinto, el Estado de Israel persiste enrocado impugnando las peticiones de asilo, cómo la viabilidad de un proceso razonado y resuelto de determinación a la condición de refugiado. Dejando en la estacada a muchas personas sin oportunidad a los servicios básicos.

En consecuencia, la naturaleza de inocencia que envuelve a los niños y niñas de la Franja de Gaza, en un escenario irresoluto y que a todas luces los empobrece y desangra por su fuerte implicación en el conflicto y el tono en que éstos se ven atrapados, es una guerra en el sentido convencional del término y al que se denomina ‘guerra ilimitada’.

A tenor de la prolongación de este entramado que afecta a varias generaciones, se concatena a la trama histórica del ‘Holocausto’ o ‘Shoá’ (1941-1945) que antecedió a la cuna del Estado de Israel, hasta erigirse en una espinosa empatía hacia el sufrimiento de los niños y niñas palestinos, ensamblado al peso del entorno religioso y sociocultural de la vida traumática, pero con el acento de la conmoción en cuanto a la conciencia colectiva que subyace en la percepción de sí mismo y de los demás.

A nuestros ojos, esta miscelánea de fuerzas concéntricas definen la envergadura de la religión, la familia, la pertenencia a una causa y algunas actitudes de rebeldía ante los agravios padecidos.

Las expresiones desiguales de este sentimiento ahogado en la desesperanza de los niños y niñas, parecen actuar como otros de los factores aglutinantes en sus reacciones traumáticas que lo convierte en víctimas quebradizas.

Y es que, cualquier signo agresivo, acometedor y punzante que uno tras otro se entreteje en la Franja de Gaza y Cisjordania, le hace crecer con precipitación, no más lejos de enfervorizarlo aparentemente, cuando realmente es un niño y una niña indefenso y atenazado por la consternación de las múltiples variables que contornean esta pesadilla.

*Publicado en el Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta y el Faro de Melilla el día 18/VI/2021.

*Las fotografías han sido extraídas de National Geographic de fecha 10/VI/2021 y la breve reseña insertada en la imagen iconográfica es obra del autor.

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