Sumidos en el Luto Nacional de una España que llora por los que cruelmente se nos ha marchado, atrás quedan historias desmoronadas por conocerse, aunque muchos se afanen en invisibilizar el ‘In memoriam’ de las miles de víctimas.

Han pasado más de tres meses desde aquel día 13 de febrero, fecha en que se produjo el primer óbito por el SARS-CoV-2; todas y todos, sin distinción y provenientes de cualquier parte de la geografía española, hemos estado a merced del patógeno, con los centros sanitarios convertidos en verdaderos baluartes de resistencia, ante una población asediada por un adversario ignoto e imperceptible.

Desde entonces, al presentarse la pandemia como una guerra sanitaria, ha generado reglas de juego con realidades en las que no existen el duelo, porque podría repercutir en la moral de la retaguardia; si bien, a raíz de las fases de desescalada se están inoculando temerarias actitudes de negación al virus, con euforias y sin la percepción del riesgo que persiste inminente.

Ciertamente, el control epidemiológico se ha mostrado como una pugna entre unas fuerzas en la primera línea de combate, la humanidad y un bando invasor: el coronavirus. Un rival, que se ha agigantado al compás de los efectos desencadenantes de la enfermedad, conforme incidía letalmente en la vida cotidiana y contra el que se reclama importantes sacrificios y el diseño de una estrategia que no tiene tregua, para la que, incluso, hemos nominado a nuestros héroes. Sin embargo, como en otras tantas batallas, el arrojo y esfuerzo no entienden del coste humano que ello pueda suponer.

Más allá, de los números que se han dado en los medios de comunicación, las tecnologías de la información y redes sociales han dado voz a cientos de testimonios de sanitarios, enfermos convalecientes y en reiteradas ocasiones, la puesta en escena de la creatividad lúdica de ventanas y balcones, mientras persistía el confinamiento.

Pero, ¿qué ocurre con los que han muerto? ¿Acaso, han desaparecido?

Un vacío que argumentaría diversas causas: Bien, desde el peso de la noticia que los medios de masas han estimado oportuno o la aportación de la información sobre el azote del virus, hasta la atribución de responsabilidades y competencias de los gobiernos involucrados.

Hoy, el desaliento, impotencia y extenuación se cierne en millares de familias rotas, por las circunstancias que hemos padecido y padecemos, no dejando a esas personas apenadas y desoladas cumplir con su último deseo: despedir a sus seres queridos en los últimos instantes de agonía.

Si una sociedad se distingue en la medida que polariza a sus mayores y menores y por el pragmatismo con el que atiende a sus difuntos, en esta etapa tétrica no ha habido duelo en sí, ni entierros o incineraciones con acompañamiento, sólo con un máximo de tres y mucho menos, sepelio religioso. Por lo que habría mucho que reflexionar.

Es sabido que el COVID-19 se ha cebado con los más longevos: aquellas y aquellos, que entregaron lo mejor de sí en las coyunturas más críticas de la España reciente. Debiéndose enfrentar a una muerte en soledad, sin la más mínima compañía de los suyos. ¡Qué sencillo de exponer en este texto, pero qué inhumano e indigno hubo de ser para estas personas! Si para los que honramos su memoria, aún no nos pareciese suficiente el horror de los bombardeos, fusilamientos, hambruna o represión; o la resistencia contraída ante los tentáculos del espíritu nacional aferrado a los vicios del autoritarismo y la obediencia ciega, que no nos quede la más mínima duda, que siempre avanzaron en pos de los valores democráticos y la tolerancia.

Y, por ventura, de niños hubieron de pasar por la voracidad del hambre y el frío, para más tarde, jubilados, ayudar a que los hijos de sus hijos comprendiesen el presente compartido de una crisis como la de 2008, ahuyentando los falsos fantasmas e idealismos que no dejaban vislumbrar el futuro de sus nietos.

Hasta que tuvo que llegar el ser o no ser, para esta gran generación de abuelos y bisabuelos nacidos en las décadas de los veinte, treinta y cuarenta del siglo XX. Ha sido nada más y nada menos, que el aguijón de la muerte el que mortalmente les ha picado, significando el 86% de los extintos con más de 70 años.

Algunas y algunos, a duras penas han sobrevivido franqueando el aislamiento, el confinamiento, la cuarentena o los centros sanitarios, después que el virus les haya dado de lleno en lo más débil de su sistema inmunológico.

Una genética de casta hispana que, verdaderamente, los ha hecho ser por derecho la avanzadilla entre los afectados. Retándolos a un titánico desafío de abnegación que, una vez más, ha rubricado el sello de un Estado Social y Democrático de Derecho, resarciéndolos como en otros tantos tiempos, de un duro golpe.

Estos son los que se nos han marchado tan inusual e inconclusamente y por los que en estos diez días, según lo estipulado, pero, que por seguro, será eterno en las mentes y corazones, os guardamos respetuosamente en este duelo circunscrito en el ‘Luto Nacional’; haciéndolo extensivo a cualesquiera de los rincones de la geografía española y de la aldea global, con voz temblorosa, los ojos cristalizados de lágrimas y un nudo en la garganta, con el que os añoramos por cuánto nos habéis dado y mucho más, nos habéis dejado. ¡Qué orgullosos nos sentimos de haberos conocido!

Atrás quedan los trechos luctuosos, inimaginables y mustios, con las unidades de cuidados intensivos, abreviado, UCIS, colapsadas por la punta epidémica en lo más encaramado y los facultativos sanitarios en estado de shock, por el envite descomunal de la transmisión y la sombra de recursos para contrarrestarlo. 

Los antecedentes recopilados entre los días 26 de marzo y 9 de abril, la amplia mayoría de los hospitales pasaron de acoger a 3.679 enfermos graves, a asistir prácticamente al doble el día 7, 7.069, porque en las jornadas del 8, 9 y 10, respectivamente, el Ministerio de Sanidad no facilitó ese detalle.

La carestía de componentes tecnológicos apropiados o de especialistas, al encontrarse infectados o en cuarentena, obligó a un sinfín de médicos a tener que valerse de los triajes, trillaje o cribado o protocolo de intervención, como método de selección y clasificación, que entreveía la decisión en resolver qué personas en estado crítico debían recibir atención y cuáles no, en atención a las probabilidades de supervivencia.

Del mismo modo, en los prolegómenos de marzo, cuando los contagios empantanaban los centros, los gerentes sanitarios se atinaron con un inconveniente añadido: físicamente, no había una reserva estratégica, ni central ni autonómica y los abastecimientos de material comenzaban a disminuir desenfrenadamente.

A las irregularidades en las previsiones, habría de agregarse otra contrariedad imprevisible que enmarañó el callejón sin salida en el que por momentos estábamos empotrados: el mercado estaba desabastecido totalmente.

Empresas y proveedores en un mercado delirante y trastornado, no eran competentes para fletar mercancías por la falta de vuelos, a lo que le siguió la descoordinación y, como indican fuentes autonómicas, por la incompetencia del Ministerio de Sanidad. Además, cuando ésta admitió el mando único e informó de la adquisición centralizada, algunas autonomías se durmieron en los laureles.

Recuérdese al respecto, que la compra no atajó las necesidades de los 800 hospitales públicos y privados, como residencias, centros de salud, clínicas, etc., ahora, todas las comunidades pugnaban en su intento desesperado por obtener mascarillas, respiradores y test. Luego, se enviaron aviones a mediadores dudosos con un coste de hasta veintiocho veces más, por el mismo producto de diferentes distribuidores.

Queda claro, que la epidemia había cogido con el paso cambiado a la industria española con algunas innovaciones críticas en marcha, con la digitalización como una de las prioridades y sin la estabilidad política y normativa precisa para empujar las inversiones. Toda vez, que España disponía limitadamente de centros de decisión con grandes multinacionales.

Y qué decir tiene, ¡la cuantificación de finados acumulados! Desde los orígenes, han sido demasiados los investigadores que han optado por dar un paso atrás, por las alteraciones metodológicas que el Ministerio de Sanidad ha implementado en los ‘Informes de Actualización’ del SARS-CoV-2 y que desbaratan un sinnúmero de variaciones.

A pesar de todo, todavía hay quiénes no desisten en su voluntad de clarificación, pese a las asechanzas y atrevimiento para introducir modelos predictivos que favorezcan a los Gobiernos, o a la misma sociedad en su conjunto, al objeto de una más óptima interpretación del patógeno que nos acecha.

Los indicios estadísticos son más valiosos cuanto más inalterables sean las referencias con las que se ejecutan. Por ello, es inalcanzable descifrar la información que proporciona el Ministerio en calidad de los contagios, hospitalizados, curados o fallecidos, cuando algunas de estas variables misteriosamente se esfuman.

Y es que, las sucesivas correcciones producen una desconfianza social inusitada.

Al margen de la recogida de datos, las variables tampoco se definen con precisión. Posiblemente, la clave figure en el esclarecimiento de los parámetros, porque, al principio nos topábamos con el dilema de comprender qué era un caso. Como no había test, valga la redundancia, la definición de caso era completamente distinto. Véase el ejemplo de Cataluña, en la que únicamente se verificaron los individuos con PCR+; pero, en lo que atañe al plano general, era positivo por test o sintomatología, dando la sensación que cada Comunidad Autónoma hacía lo que mejor consideraba.

Llegando a la conclusión, que es enrevesado razonar una geometría tan caprichosa, si repentinamente se muestra distinta, o el Ministerio deja de publicarla como ha sucedido reiteradamente, dinamitando cualquier tentativa de análisis y desprendiéndose que algo se esconde en las cifras con decisiones de corte político y pragmático.

Examinar con rigurosidad la incidencia de la enfermedad infecciosa, es esencial para saber de primera mano, el ritmo de contagios, la ocupación de los hospitales y la totalidad de decesos. Pero, la metodología aplicada por el Ministerio de Sanidad para surtir y divulgar dichos datos, se ha demostrado ser insuficiente, inoperante y anacrónica.

Yendo a hechos concretos, en la anterior semana con el inicio de junio, el Ministerio retocó los recuentos y ocasionó un desconcierto en un momento inoportuno: justamente, en la notificación de los posibles rebrotes. Vicisitud que hizo imposible seguir la evolución del virus.  

Es más, el ‘Panel de Situación’ del COVI-19 del Centro Nacional de Epidemiología, su sitio web del Ministerio ofrece series de datos reproducibles sobre positivos, hospitalizados y muertos, pero no se actualiza y permanece congelado desde el 20 de mayo.

Por lo tanto, han existido serios inconvenientes de comunicación y transparencia; contrastar la pandemia requiere de un rastreo meticuloso de contactos, que se colapsó por la escasez de recursos humanos y materiales. Era evidente, que se requería de muchos más profesionales sanitarios y se demandaban sistemas de información ágiles, con el propósito del volcar la información que obligatoriamente tenía que ser simultánea y adicional.

Han transcurrido más de tres meses desde que el Ministerio de Sanidad difundiese el primer Informe sobre el curso real del coronavirus, en sus comienzos era una Hoja Informativa que sintetizaba el recorrido del escenario epidemial en el mundo.

Con la eclosión del COVID-19 y la demanda de atención médica en las urgencias, el Informe se ajustó exclusivamente a España. Los epidemiólogos del Centro de Alertas Sanitarias han modificado con reiteración el procedimiento, a la hora de procesar los detalles epidémicos, ocasionando como no podía ser de otra manera, la ruptura en la homogeneidad de los datos.

Ello ha entrañado, que momentáneamente no dispongamos de una radiografía minuciosa del avance o retroceso; o tal vez, cese pandémico, porque con cada salto en los criterios, las identificaciones preliminares nuevamente han de adecuarse para ser comparables. El desbarajuste por los cambios metodológicos, confirma la no sintonía entre el Órgano Central, el Ministerio de Sanidad y las Comunidades Autónomas.

A ello habría que asociar que, en la última semana de mayo con el sistema de recopilación promovido, persistieron las comprobaciones de las series estadísticas. De tal forma que, si se coteja la suma de perecidos de días precedentes con el actual, la cantidad integral aumenta en un óbito.

Análogamente, unos 12.000 certificados depositados en los registros civiles se han integrado al Sistema de Monitorización de la Mortalidad, abreviado, MoMo, situándose poco más o menos, en las 43.000 personas que realmente han perdido la vida por motivos del virus. Comprobando la serie histórica entre mediados de marzo y mayo, murieron en torno a 65.000, un guarismo que ha subido en el año 2020 por encima de los 107.000 difuntos.

De las 16.000 defunciones de más en el lapso antes especificado, 6.655, corresponden a la Comunidad de Madrid y 5.495 a la Comunidad de Cataluña, ambas sumas podrían pertenecer a las víctimas sin que se les practicara un test, o no estando internadas en hospital o centro sociosanitario, o en residencias y domicilios, o pacientes con otras patologías que no acudieron a los centros por el pánico a contagiarse o, finalmente, por eventualidades no esclarecidas.

Cualquiera que eche un vistazo a la fórmula empleada para la contabilización de los fallecidos, infunde a enormes interrogantes en el ámbito sanitario, judicial, estadístico e incluso en la población, porque bruscamente fractura la tendencia y continúa irresuelta la casuística post morten. Una cuestión lícita que, por el bien de todas y todos, debería de desenmascararse cuanto antes.

Consecuentemente, a España una espada le ha atravesado el alma, por cuantos familiares, parientes, amigos, camaradas, amistades, conocidos e incondicionales españoles: con vuestra partida galopante y desgarrada, nos habéis dejado derrotados. Justamente, lo contrario que siempre habéis deseado transferirnos: la superación.

El coronavirus ha alterado la configuración de la vida, pero, parece ser, que también ha ocurrido con la muerte, escondiendo una profunda huella en la salud emocional y mental, porque el retraimiento social, la turbación al padecimiento, el escepticismo, la pérdida de hábitos y costumbres, o las contrariedades económicas que se derivan de la crisis y el resultante estado de alarma prorrogado, han puesto a prueba a la resiliencia, para amoldarnos positivamente a un contexto inexplorado.

Ritualizar la despedida de un ser querido, es romper con la negación y admitir la pérdida; así, como desbloquear los muros infranqueables con la reflexión apaciguada, rindiendo homenaje a quienes amamos y a nosotros mismos, favoreciendo la prevención de un sentimiento traumático y patológico, al consumarse sin la debida despedida y ese hasta luego imperecedero acompañado de un beso y un abrazo innato en la naturaleza hombre.

De ahí, el menester ineludible de humanizar dulcificando los cuidados hasta el final de la existencia, que no sólo atañen al aspecto físico, indistintamente, a la perspectiva emocional. Pero, ¿quién comparte el tormento de los que experimentan en silencio una aflicción de este calibre, si ni tan siquiera exteriorizamos públicamente los que percibimos su abatimiento como propio?  

Foto: © National Geographic de fecha 02/VI/2020

Y, ¿cómo algunos medios de comunicación y redes sociales se han aliado en la complicidad del mutismo y sobriedad política y mediática para imposibilitar el amparo a los que más lo demandan?, ¿cómo nos hemos dejado llevar para predisponer un planeta tan deshumanizado? O, ¿dónde hemos errado para soportar semejante espacio infructuoso a nivel ético y moral?

Quizás, nos hemos olvidado hasta no hace mucho en el tiempo de los camposantos: agrestes y desiertos, ajenos a tantísimas tragedias y desdichas de una defunción seguida tras otra; donde los restos mortales recibían el último adiós con prisas envueltos en dos sudarios y en ataúdes precintados con cinta de papel de aluminio, sujetos a una desinfección con lejía y una solución de hipoclorito de sodio; y sin ceremonias, con la presencia de un máximo de tres acompañantes por entierro y con suerte, llevando mascarilla y guantes, siendo testigos del acto desde la distancia, porque una cinta señalizadora acordonaba la zona.

¡Qué desgarro hubieron de digerir!

Finalmente, concluyo este texto como lo comencé, inmortalizando con admiración a cuantos compatriotas han fallecido en el más insólito aislamiento de sus allegados. Un hecho que no tiene calificativos y por el que los españoles le debemos eterno recuerdo.

Enviándoos un fuerte abrazo y un beso con un te quiero en mayúsculas que no puede ser el último, porque desde el cielo, será la sinfonía celestial la que nos una para siempre y así, dar continuidad a su encomiable ejemplo.

¡Descansen en paz y brille la luz para siempre!

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