Quienes vivimos este momento histórico nos enfrentamos a un cambio de época que guarda pocos precedentes con cualquier otro tiempo reciente.  No lo digo yo, sino muchos pensadores muy heterogéneos que no voy a nombrar ahora.

Todos ellos han explicado cómo, en muy pocas décadas, la mayor parte de los pilares sobre los que desde hace siglos se asentaba la cultura occidental, han sido cuestionados, combatidos e incluso reemplazados. Ha sido una labor de ingeniería social, que ha cambiado por completo nuestra forma de ver la vida, y aboca a los católicos, en un futuro cada vez más próximo, a permanecer arrinconados.

Los católicos, y la familia, molestamos muchísimo en el nuevo orden mundial que nos quieren imponer. No podemos tener miedo a entrar en cuestiones como la defensa de la vida, el cuidado de enfermos y ancianos, la defensa de la familia natural, o el derecho de los padres a educar a sus hijos …

Quienes proponen un mundo sin Dios tienen claro su objetivo y no cejan, son incansables, tenaces, constantes. “Así que nosotros no podemos tener desidia, sino que cada uno en nuestro ámbito debemos ser activistas, ser militantes radicales de forma pacífica” (María San Gil, en coloquio El futuro de la familia en España.)

La ingeniería social ha sido muy eficaz en tres ámbitos: el aborto, la maternidad y la educación. José Luis del Barco, explica lo que denomina “la democracia vacía”: “Evocar los valores sólo sirve, al parecer, para romper el consenso social. Quien los evoca deja traslucir su oculto carácter dogmático. El único lenguaje legítimo es el hipotético y quien no está dispuesto a ver los valores como hipótesis revisables se comporta como un fanático intransigente.” En palabras prestadas de J. Ratzinger: “El concepto moderno de democracia parece estar indisolublemente unido con el relativismo, que se presenta como la verdadera garantía de la libertad”.  (“Verdad, Valores, Poder”).

El prototipo de político relativista es Pilato. “¿Qué es la verdad? “ (Jn 18,38).  Entonces Pilato volvió a entrar en el pretorio, y llamó a Jesús y le dijo: ¿Eres tú el Rey de los judíos?  Jesús le respondió: ¿Dices tú esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí?

Pilato le respondió: ¿Soy yo acaso judío? Tu nación, y los principales sacerdotes, te han entregado a mí. 

¿Qué has hecho? Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí.

Le dijo entonces Pilato: ¿Luego, eres tú rey? Respondió Jesús: Tú lo dices: Yo soy Rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, oye mi voz. 

Le dijo Pilato: ¿Qué es la verdad?

 Esta es una pregunta que cobra relevancia en los tiempos actuales, pues con la post modernidad el relativismo se impone, y ahora todo depende del lado que se vea, de la situación que se viva, del sentimiento que nos domine, ¡Todo es relativo! 

Se dirige Pilato a la multitud para que decida con su voto un difícil problema. Pilato expresa con esa maniobra el necesario escepticismo del político, que ha de ser indiferente, incrédulo y frío. Su credo es no creer en nada: ni en la verdad ni en el bien ni en la justicia. Al proceder como lo hace, Pilato se comporta como perfecto demócrata. El perfecto demócrata debe encogerse de hombros –o lavarse las manos–, ante dilemas morales y trasladárselos a la mayoría, que es fuente, origen, principio y raíz del valor. 

En el epílogo del libro de D. Pablo Carreño, titulado “Pilato o de la incompetencia directiva”, escribe: “Poncio Pilato … seguramente era un buen hombre. Sólo tuvo un fallo: Fue un gobernante incompetente, … sin cualidades para dirigir, … sin valor para defender su propia libertad como jefe. Fue un jefe alienado y dirigido, por el miedo al César y por el desprecio a sus gobernados. …. actuó como un déspota asustado, un cobarde injusto, porque, según parece por los textos, no quería creer, o no le interesaba, que existiera la verdad, ninguna verdad. Hay que reconocer que la verdad hipoteca nuestra vida. Sin ella, al menos durante un tiempo, nos puede parecer que somos más libres. Después pagamos cara nuestra ilusión. 

Ahora podemos preguntarnos, Estado, ¿para qué? Si volvemos a la conversación entre Pilato y Jesús, observamos que Jesúsreconoce sin reservas en el proceso el poder judicial del Estado que representa Pilato. Pero también lo limita cuando dice que el poder no le viene a Pilato de sí mismo, sino “de lo alto”. Pilato, en el momento en que deja de percibir su poder y el del Estado, como administración fiduciaria de un orden más alto, que depende de la verdad, lo utiliza en beneficio propio. El gobernador deja de preguntar por la verdad y entiende el poder como puro poder. “Al legitimarse a sí mismo, dio su apoyo al asesinato legal de Jesús” (H.Schlier, op.cit., p.3). Ha quedado clara la fragilidad de la posición estrictamente relativista. 

¿Qué es, pues, el Estado? ¿Para qué sirve? Corresponde al Estado, ante todo, gobernar, “… Gobernar no es tan sólo un oficio… Las misiones son obligaciones que, casi nunca se realizan voluntariamente, ni con gusto. Se hacen porque otros las necesitan, porque otros lo piden, porque es necesario y, siempre “a contrapelo” … Porque gobernar es servir, y servir siempre fatiga, esfuerzo, “sangre, sudor y lágrimas”, … “Dieron su hoy por nuestro mañana”, reza la inscripción en un conocido monumento a los caídos en la guerra del Pacífico. No entender esto es siempre oscurecer la meta, o buscarse a sí mismo en el ejercicio del gobierno. … Cuando esto ocurre, con demasiada frecuencia por desgracia, el desastre está servido, y alguien, que era un hombre bueno, destinado a ser feliz, se convierte en un gobernante incompetente, por eso mismo inmoral, y finalmente desgraciado” (P. Carreño)

 “No es misión del Estado traer la felicidad a la humanidad. Ni es competencia suya crear nuevos hombres. Tampoco es cometido del Estado convertir el mundo en un paraíso y, además, tampoco es capaz de hacerlo. Por eso cuando lo intenta traspasa sus límites, se comporta como si fuera Dios, convirtiéndose –como muestra el Apocalipsis– en una fiera del abismo, en poder del Anticristo.” (Joseph Ratzinger “Verdad, Valores, Poder”)El Estado que se tiene por Dios y establece por propia iniciativa lo que se ha de considerar justo y verdadero, destruye al hombre, niega la verdadera naturaleza humana y no puede exigir obediencia. Debe dejar abiertos espacios de libertad. Tiene que recibir de fuera la verdad sobre lo justo, pues la verdad no es patrimonio suyo.”

Recoge D. Pablo Carreño, al final del libro citado anteriormente, este precioso y oportuno soneto:

Firma Pilato la que juzga ajena
sentencia, y es la suya, ¡oh, cosa fuerte! 
¿Quién creerá que, firmando ajena muerte,
el mismo juez en ella se condena?

La ambición de sí tanto le enajena
que, con vil temor, ciego, no advierte
que carga sobre sí la infausta suerte
quien al Justo condena a injusta pena

Jueces del mundo, ¡retened la mano!
Aún no firméis, mirad si son violencias 
las que os pueden mover de odio inhumano

Examinad primero las conciencias;
mirad no haga el Juez, recto y soberano,
que en ajenas firméis vuestras sentencias


           Sor Juana Inés de la Cruz

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