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5 de febrero de 2023

El Monárquico

La Revista Digital de la HNME

¡Gloria a Ucrania!

6 minutos de lectura

«Slava Ucraini!», lema nacional ucraniano

escribir la invasión de Ucrania, de la que pronto hará un año, requiere varios calificativos, pero si hubiera que destacar alguno sería la impotencia.

La de un país que tiene que sufrir la agresión, sin poder dar una respuesta contundente, ante el chantaje nuclear susceptible de desembocar en la Tercera Guerra Mundial.

La embestida salvaje se descifra ahora mismo en una devastadora lluvia de drones y misiles contra infraestructuras críticas, que priva a la población de lo más elemental: agua, luz, calefacción…

La impotencia con la que los aliados occidentales, vecinos más próximos, asisten a la destrucción cruel y sistémica –acompañada de muerte, exilio, hogares destruidos– corre el riesgo de convertirse en una presión añadida y quizá en una respuesta que no sea, necesariamente, homogénea.

La impotencia que acompaña siempre a la injusticia, cuando al agresor –que ataca con saña al invadido– no le ocurre nada, más allá de incontables y escamoteadas pérdidas humanas.

Efectos secundarios de la invasión:

En el crepúsculo de este año, en que la guerra volvió a Europa, el mundo es hoy un lugar más peligroso que el 23 de febrero, cuando Putin –ignorando la determinación de Ucrania de seguir siendo una nación soberana y la voluntad de Occidente de ayudarla a conseguirlo– decidió la invasión.

Con ello, contribuyó a cambiar el orden internacional, provocando el mayor cambio geopolítico desde la Segunda Guerra Mundial.

Aunque no está claro el papel de la OTAN y el de Estados Unidos, no cabe olvidar los ultimátum de Putin en noviembre del 2021, a propósito de la neutralidad de Ucrania y la retirada de la OTAN de Europa del Este.

En el momento en que Rusia –¿tras haber mantenido negociaciones secretas con Estados Unidos?– los hizo públicos, la guerra se convirtió en una conclusión inevitable.

Fin de la neutralidad:

Cuando su orgullo le llevó a errar el cálculo, Putin, que parece cansado, aislado, algo triste y sin acabar de acostumbrarse a la derrota (las condiciones en los cuatro territorios ucranianos –anexionados ilegalmente– son «extremadamente difíciles») no podía imaginar que las decisiones de ingresar en la OTAN, de Suecia y Finlandia, dejarían sin sentido la alternativa de la neutralidad y ampliarían la frontera muchos más kilómetros de los que su controvertido ejército ha avanzado en Ucrania.

A esta corriente se sumó Dinamarca, que votó «sí» (67%) en un referéndum –con anterioridad rechazado dos veces– que puso fin a su exclusión voluntaria de algunas discusiones y misiones de defensa de la Unión Europea.

El canciller Scholz sorprendió con un «Zeitenwende», o punto de inflexión, al aumentar el gasto de Alemania en defensa, algo impensable desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

También Japón ha dado un paso que, de forma gradual, le aleja de su pacifismo formal, al incrementar el gasto militar en nuevas armas de «contrataque», que incluirán cientos de misiles de crucero estadounidenses Tomahawk capaces de alcanzar objetivos a más de 1.000 millas de distancia.

Occidente ha respondido con la mayor cohesión de los aliados desde la Segunda Guerra Mundial. Europa ha abandonado, a duras penas, la dependencia existencial del petróleo y el gas rusos y Ucrania se ha ganado el ingreso en la OTAN, con su heroico compromiso con la democracia.

Si Rusia –el mejor y único reclutador que ha tenido la OTAN– no tuviera 6.000 bombas nucleares y no hubiera mostrado ya una crueldad patológica hacia los civiles terminaría pagando caro uno de los errores estratégicos más estruendosos que se recuerdan.

Una galopada arriesgada:

Equipado por Estados Unidos y sus aliados, Ucrania ha sacado el máximo partido y cuenta con uno de los ejércitos terrestres más grandes y eficaces de Europa, hasta convertirse –como ha escrito recientemente Henry Kissinger– en un «Estado importante en Europa Central, por primera vez en la historia moderna».

Podría ser que con esto, Kissinger haya querido sacar la pata, después de haberla metido, al haber sido uno de los primeros en sugerir, como solución al conflicto: «tierra ucraniana por paz».

Planeada en secreto y con fuertes medidas de seguridad era la primera salida internacional de Zelenski, desde que hace 300 días Rusia invadiera Ucrania: 7.828 kilómetros recorridos en tren, coche y avión (Kiev-Przemysl-Rzesow-Maryland).

Ataviado con jersey y pantalones verde oliva, escoltado por aviones espía y de combate de la OTAN, a bordo de un Boeing C-40 Clipper de la Fuerza Aérea estadounidense, en un vuelo sin escalas desde Polonia, aterrizó en la Base de Andrews, instalación militar situada a las afueras de Washington.

En la Casa Blanca, agradeció al presidente Biden la ayuda recibida y lanzó un misil contra quienes presionan para que se gaste menos y mejor el dinero. Y lo hizo con ese lenguaje tan del gusto anglosajón: «Su dinero no es caridad. Cada dólar de esta inversión en la seguridad y la democracia va a reforzar la seguridad mundial».

Seguir ayudando a Ucrania resulta muy caro, sin hablar aun de la reconstrucción. Con la aprobación del último paquete de ayuda, 44.900 millones de dólares, EE. UU. –principal apoyo de Kiev– lleva destinados más de 100.000 millones de dólares.

En el Congreso, Zelenski volvió a agradecer la ayuda militar: «El apoyo estadounidense es crucial, no sólo para resistir en esta lucha, sino para llegar al punto de inflexión, para ganar»; descubrió una bandera ucraniana «símbolo de nuestra victoria en esta guerra» y recibió los aplausos más sonoros cuando clamó: «Ucrania nunca se rendirá».

Nada resulta fácil:

En este año de guerra, Estados Unidos dijo «no» al presidente ucraniano en distintas ocasiones: al negarse a facilitar la obtención de aviones de la era soviética de Polonia para las fuerzas aéreas de Ucrania y al rechazar –pública y tajantemente– los llamamientos de Zelenski para imponer una «zona de exclusión aérea» sobre Ucrania, advirtiendo, en su negativa, de que podría conducir a la Tercera Guerra Mundial. Aciertos, ambos, del tándem Biden-Blinken.

En respuesta a una acuciante demanda, con la que contrarrestar los implacables ataques aéreos contra su infraestructura civil, durante la visita se anunció que Ucrania recibirá una batería –que cuesta 1.000 millones de dólares– de misiles Patriot, el más avanzado del arsenal americano.

El Pentágono, buscando comprimir la instrucción –viene durando más de medio año– formará en un tercer país, probablemente Alemania, a las tropas ucranianas en el manejo y mantenimiento del sistema.

Si para alguien está resultado especialmente difícil, es para un héroe inesperado, el cómico Zelenski convertido –junto a sus fuerzas armadas, ciudadanos y ayuda internacional– en hombre de Estado y símbolo de la resistencia democrática.

En un discurso pronunciado por Manuel Azaña, en el tramo final de la Guerra Civil, dijo: «Cuando se está al frente de un gran pueblo, el ánimo más frívolo se transmuta hacia la trascendencia histórica de los aciertos y los errores».

La miseria moral, basada en el odio y no en la historia, y la destrucción a conciencia de un país, que está dando una lección de coraje, determinación y altura de miras, no pueden ser la resultante de esta guerra cruel, que se está haciendo larga y cara.

Los indicios de cansancio y ganas de remitir el esfuerzo, que puedan ir aflorando, pueden inclinarse a un acuerdo de conveniencia. Si bien la salida negociada a la guerra no está en el inmediato horizonte, es de esperar que las potencias occidentales mantengan la unidad en la resistencia política, militar y financiera.

Ahí queda el consejo de Joan Manuel Serrat en su despedida: «Olvídense de las nostalgias y de las melancolías, déjenlas a un costado».

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